Lecturas bíblicas: Hech 20,17-27; Sal 67, 10-11.20-21; 1 Cor 1,18-25; Jn 17,1-11a

         Queridos hermanos sacerdotes y diáconos, queridos seminaristas:

         En este día de la fiesta de san Juan de Ávila, Patrón del Clero español, concelebramos la Eucaristía, sacramento de la unidad de la Iglesia y para cuya presidencia y colación hemos sido ordenados el Obispo, al cual se le ha dado la plenitud del sacerdocio de Cristo, y los presbíteros que forman con él el colegio sacerdotal que preside la Iglesia diocesana, al cual se agregan los diáconos como ministros que auxilian y extienden el ministerio pastoral del Obispo y de los presbíteros. Todo para edificación y santificación de la comunidad eclesial y utilidad común, con miras a la salvación, que Cristo nos entrega como don por su victoria sobre el pecado y la muerte.

         Aunque tenemos un presbiterio notablemente joven en el conjunto de las Iglesias diocesanas de nuestro país, son bastantes los sacerdotes que ya han superado con creces el largo servicio de años entregados al ministerio pastoral, mediante el servicio de la predicación y la dispensación de los sacramentos junto con el pastoreo de la comunidad, un servicio que el Buen Pastor premiará abundantemente a cuantos dejaron todo por él y el Evangelio. Poco a poco algunos van jalonando la celebración anual cumpliendo las bodas de plata con el ministerio, como es el caso de quien ha sido nuestro Vicario general durante los últimos diez años, hasta el presente curso pastoral, en que fue relevado de este importante oficio diocesano; y los dos sacerdotes que celebran sus bodas de oro sacerdotales. A todos agradezco vivamente cuanto hacen, y en especial a quienes conmigo comparten los oficios de gobierno pastoral en la diócesis, participando de la jurisdicción del Obispo de forma propia y extendiendo su ministerio apostólico.

Hoy queremos homenajear de forma especial a Mons. Bernardo Ávila Ortega, párroco emérito de Antas, sacerdote benemérito que acaba de dejar su oficio parroquial, aunque sigue colaborando cuanto le permiten las fuerzas, como sucede con algunos sacerdotes ancianos, que no dejan el tajo pastoral después de haber rebasado la edad de jubilación canónica.

Con el título de Capellán de su Santidad, que le otorga el Santo Padre Francisco, don Bernardo recibe así un reconocimiento y estima que comparte con todos los sacerdotes diocesanos, porque sólo en el colegio presbiteral se ejerce el ministerio que se ha confiado a los presbíteros. Quiera el Señor conservarle y bendecirle en su ancianidad a él y a nuestros sacerdotes más ancianos.

         Gracias a Dios, el número más nutrido de sacerdotes es, sin embargo, el de las nuevas generaciones de presbíteros, con las que el Señor ha querido bendecir a nuestra Iglesia particular. Es verdad que hoy, en la situación en que nos encontramos, necesitamos un número mayor de presbíteros, que puedan asumir el ministerio pastoral, para servir a las muchas comunidades que los reclaman. Los jóvenes sacerdotes no pueden realizar el recorrido de experiencia y maduración pastoral que antes podían hacer comenzando junto a un sacerdote experimentado el primer ejercicio de su recién estrenado ministerio. Sin embargo, el mayor contacto que los seminaristas tienen hoy con la sociedad en su conjunto y su buen conocimiento de las comunidades parroquiales diocesanas, permiten esperar una inserción acertada de su trabajo pastoral en el conjunto de la diócesis; estando distribuidos en la geografía diocesana de forma que puedan encontrarse en arciprestazgos donde la experiencia de unos pueda ayudar la falta de experiencia de los más jóvenes.

         A nadie escapa la importancia de asistir a la formación permanente y a los retiros espirituales, la obligación moral de hacer hueco a la tanda anual de Ejercicios espirituales y la ayuda recíproca que los presbíteros se prestan, si son fieles a las reuniones arciprestales. En ellas los sacerdotes han de compartir preocupaciones pastorales, estudiar aquellas situaciones morales que exigen una evaluación contrastada, y dificultades aciertos en la siempre difícil tarea de nueva evangelización. Es necesario, además y sobre todo, que los sacerdotes compartan ilusión y celo sacerdotal por poner el mayor empeño en la acción apostólica y misionera que tantos cristianos en nuestra sociedad de hoy necesitan para redescubrir su propia cristianía, y para atraer a Cristo a los que han de ser evangelizados.

Los sacerdotes podrán hacerlo si renuncian a un contagio laboral que se está convirtiendo en copia empresarial de la organización de las sociedades de bienestar, aún a pesar de las dificultades por las que pasamos en nuestros días. Justamente la fiesta de nuestro Patrón viene a ayudarnos a descubrir cada año, una y otra vez, como el sacerdote lo es siempre y no puede nunca poner entre paréntesis su condición sacerdotal. También cómo un diácono que se ha ordenado para auxiliar el ministerio pastoral tiene asimismo que estar disponible para secundarlo, posponiendo a veces obligaciones que sin duda son importantes, pero que a veces hay que sacrificar al servicio de la comunidad cristiana.

Los peligros que hoy nos acechan son muchos, pero sobre todo podemos ser víctimas de la reglamentación que convierte en funcionarial nuestro servicio pastoral. Nos lo ha recordado algunas veces el Papa Francisco, llamando la atención sobre esta forma nueva de acomodación de nuestro ministerio al espíritu del mundo. El sacerdote, sin embargo, sabe que su ministerio se ejerce siempre en unión con Cristo sacerdote y víctima, ofreciendo su generosa entrega al Evangelio para la salvación de los hermanos.

San Pablo desde Mileto mandó llamar a los presbíteros de Éfeso, para advertirles de los peligros en que se desarrollaba su ministerio, ya que el Evangelio de la cruz y resurrección de Cristo, es necedad para unos y locura para otros, no se acomoda a la lógica del mundo y, en consecuencia, siempre es extraño a ella. Pablo en este discurso a modo de testamento pastoral les advierte de las maquinaciones de sus adversarios; y lo hace en una situación personal de incertidumbre completa sobre su inmediato futuro, no sabe qué le aguarda en Jerusalén, tal vez la muerte. Recapitula su ministerio y cree que si alguno se pierde no será por culpa suya. Ha predicado el Reino incansablemente, «dando testimonio tanto a judíos como a griegos para que se conviertan y crean en nuestro Señor Jesús» (Hch 20,21). Nada ha omitido por miedo nada de cuanto debía decirles, ha anunciado «todo el designio de Dios» (Hch 20,27).

Las palabras de Pablo nos confrontan con nuestro propio deber misionero y ministerial. ¿Podemos decir como el Apóstol de las gentes que no hemos callado por miedo, ni hemos dejado de comunicar el mensaje de la salvación íntegro, el designio de Dios sin acomodación y recortes que lo hagan más aceptable y acomodaticio a nuestros oyentes? ¿Podemos decir con san Pablo que no hemos dejado de proclamar la palabra, «insistiendo a tiempo y a destiempo… con toda paciencia y doctrina»? (2 Tim 4,2). Tal vez nos hemos dejado vencer por la tentación de no proponer un mensaje hiriente o extraño a la mentalidad imperante, regida por la opinión pública y, en cuanto mentalidad promovida por quienes la imponen, una mentalidad publicada como modo correcto de pensar y estar en la sociedad?

Pablo se sabía prisionero del Espíritu Santo, al tiempo que presa de la incertidumbre ante el futuro inmediato, y decía. A Pablo no le importan cárceles y luchas, ni siquiera la vida, sino «completar mi carrera, y cumplir el encargo que me dio el Señor Jesús», que consiste —dice el Apóstol: «en llevar a término mi carrera y el ministerio que he recibido del Señor Jesús» (Hch 20,24). El testimonio de su vida es una invitación a secundar las mociones del Espíritu Santo, a obedecer el imperativo del Evangelio. Lo que a Pablo le importa es «ser testigo del Evangelio, que es la gracia de Dios» (20,24). Este es nuestro reto misionero y pastoral: dar testimonio de Cristo, para que la esperanza de la salvación aliente en el corazón de los hombres nuestros hermanos; y para que siendo sacramento vivo de su presencia en la comunidad cristiana los fieles reconozcan en nosotros al Buen Pastor.

San Juan de Ávila se identificó con el modelo de apóstol y pastor que nos dejó san Pablo, quien veía en los trabajos arduos del Evangelio su propia oblación existencial, supliendo en su carne—decía el Apóstol de las gentes— «lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia, de la cual he sido llamado a ser ministro…» (Col 1,24s), para ser con Cristo víctima de redención. Es así como Pablo hará su vida un ejercicio litúrgico que habría de consumar en su propia libación, como confiesa él mismo a sus colaboradores, al ver que su vida y con ella su ministerio tocaba a su fin: «Yo estoy a punto de ser derramado en libación y el momento de mi partida es inminente. He combatido el noble combate, he acabado la carrera, he conservado la fe. Por lo demás me está reservada la corona de la justicia, que el Señor, juez justo, me dará en aquel día…» (2 Tim 4,6-8).

La identificación con Cristo del santo Maestro Juan de Ávila, que le lanzó a la evangelización de Andalucía como apóstol de Cristo, portador del fuego divino de la palabra, la aprendía el gran evangelizador en lección continuada ante la cruz, cátedra suprema de teología, convencido como estaba de que el mundo nada tiene que ofrecer alternativamente a la vida cristiana fundada en el conocimiento de Cristo. Todo el amor al prójimo emana para el santo Maestro de la cruz de Cristo: «Ahora mirad cómolo habéis de sacer del conocimiento de Cristo […] Suplicad al Señor que os abra los ojos, para que veáis el encendido fuego de amor que en su corazón ardía cuando subió a la cruz por el bien de todos, chicos y grandes, buenos y malos, pasados y presentes y por venir. Y por los mismos que le estaban crucificando Y pensad que este amor no se le ha resfriado, mas, si la primera muerte no bastara para nuestro remedio, con aquel amor muriera ahora que entonces murió» (San Juan de Ávila, Audi, filia [1556] 66: ed. Obras completas de San Juan de Ávila, ed. L. Sala Balust / F. Martín Hernández, vol. I [Madrid2000] 473).

En esta convicción honda de fe basó el ejercicio de su apostolado misionero en un momento histórico en el que la reconstrucción del sur de España, tras la restauración plena de la cristiandad en el reino de Granada, exigía una honda conversión a Cristo del conjunto de las tierras del sur, para transformar en sociedad cristiana las poblaciones que evangelizaba.

En este martes de la VII semana de Pascua, queridos sacerdotes y diáconos, hemos leído como evangelio un fragmento de la oración sacerdotal, del discurso de los adioses de la última Cena, que nos transmite san Juan. El Señor ha rogado por nosotros: «Te ruego por ello; no ruego por el mundo, sino por estos que tú me diste y son tuyos» (Jn 17,9). El Señor ha rogado por nosotros y, tal como prometió a los apóstoles, él sigue presente en su Iglesia por medio nuestro. La oración de Cristo es la garantía de nuestro ministerio, que sólo flaquea cuando nuestra fe se debilita. Entonces necesitamos recordar que Jesús oró por nosotros, como oró por Pedro, y que ahora sigue intercediendo por todos ante Dios como «sumo sacerdote de los bienes venideros» (Hb 9,11). Jesús, glorificado por su resurrección y ascendido a los cielos ha vuelto al Padre para interceder por todos ante Dios. La oración de Jesús en el cielo es la garantía segura del sostenimiento de la Iglesia y del ministerio sacerdotal. No podemos desfallecer, porque la oración de Cristo nos confirma y nos sostiene. De ella sacaba fuerza nuestro santo Maestro Ávila para su apostolado incansable de la palabra y la santificación. Que su oración y la intercesión maternal de la bienaventurada Virgen María nos guarden en la fidelidad al ministerio que se nos ha confiado, y a san José su esposo, promotor de las vocaciones sacerdotales. Se lo pedimos al santo Maestro Juan de Ávila, que Dios nos ha puesto como abogado a todos los miembros del clero de España.

S. A. I. Catedral de la Encarnación

Almería, a 10 de mayo de 2016

                                      Adolfo González Montes

                                               Obispo de Almería

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