Lecturas bíblicas: Sab 5,1-4.14-16; Sal 88,2.6.12-13.16-19; 1 Cor 1,18-25; Jn 15,9-17

Queridos hermanos sacerdotes y diáconos;

Excelentísimas e Ilustrísimas Autoridades civiles y militares;

Queridas religiosas y seminaristas;

Hermanos y hermanas:

La fiesta de san Indalecio Patrón de nuestra Iglesia diocesana nos reúne en esta asamblea litúrgica, para la celebración de la solemne Misa en su honor; y para suplicar de él su intercesión por nosotros y pedirle que fortalecer nuestra fe; y sobre todo, para alabar, bendecir y dar gracias a Dios por don del Evangelio que san Indalecio predicó entre nosotros. Una antigua tradición hispana le hace discípulo de los Apóstoles y enviado por ellos a proclamar la buena noticia de la salvación entre los habitantes naturales e hispanorromanos de la península Ibérica. Más allá de elementos hagiográficos legendarios, lo importante de ello es que san Indalecio como los demás varones apostólicos que sucedieron en las Iglesias a los Apóstoles fueron en verdad portadores del mensaje apostólico, y la predicación del Evangelio que llevaron a cabo hizo posible la fundación a las nuevas Iglesias en los países que misionaron.

La identidad apostólica de las Iglesias es la garantía de la presencia en ellas de la verdadera y única Iglesia de Jesucristo. Esta presencia se ha hecho realidad en la historia mediante la fundación de las Iglesias particulares primero por los Apóstoles y después por los varones apostólicos que ellos instituyeron para ponerlos al frente de las Iglesias fundadas;   y para que llevaran a cabo la prolongación de la misión dando lugar a la fundación de nuevas Iglesias. En este sentido, dice el gran padre de la Iglesia Tertuliano, que cuando los Apóstoles obtuvieron de lo alto la fuerza del Espíritu Santo dieron testimonio de Jesucristo primero en Judea, donde instituyeron las primeras Iglesias y después «anunciaron a los paganos la misma doctrina de la misma fe». De modo que las Iglesias que fueron fundadas más tarde, para poder ser apostólicas, tomaron como referencia de la fe que profesaban a las Iglesias apostólicas, y así, en razón de esta común fe, todas ellas son Iglesias apostólicas y son una única Iglesia con aquella primera Iglesia fundada por los Apóstoles en Judea, la Iglesia de Jerusalén, madre de todas las Iglesias, porque de ella nacieron las Iglesias de las naciones. En cuanto Iglesias que profesan la misma fe «todas son primeras y todas son apostólicas, en cuanto que todas juntas forman una sola». Añade Tertuliano: «De esta unidad son prueba la comunión y la paz que reinan entre ellas, así como la mutua fraternidad y hospitalidad. Todo lo cual no tiene otra razón de ser que su unidad en una misma tradición apostólica» (Tertuliano, Tratado sobre la prescripción de los herejes, cap. 20-21: CCL 1,201-204).

Al celebrar al santo Patrón de nuestra Iglesia celebramos el misterio mismo de la Iglesia, fundamento de la unidad de todas las Iglesias como expresión y presencia de la Iglesia una y santa, católica y apostólica. El evangelio de Cristo se hace carne de cada pueblo y de cada cultura, transformando desde dentro la misma sociedad en la que es plantada la Iglesia. Con  la llegada del Evangelio la vida de fe se amolda a la identidad de las naciones, para transformarlas desde dentro. La fe se “incultura” amoldándose al modo de ser los pueblos, pero no puede, sin embargo, legitimar las carencias y pecados que los pueblos arrastran; muy por el contrario, denuncia y transforma cuanto de hombre viejo hay en alma de las naciones proponiendo el modelo de humanidad que Dios nos ha dado en Cristo Jesús, «el hombre nuevo a imagen de Dios creado en justicia y santidad verdaderas» (Ef 4,24). El mensaje del Evangelio lleva a las personas y a las naciones a su conversión a Cristo, ofreciéndoles la sabiduría de lo alto y la ciencia de la cruz. Esto hace que a los pueblos se resistan a ser evangelizados, que rechacen a veces a los evangelizadores y que los conviertan en mártires de Cristo.

Este rechazo resulta siempre de la incomprensión del mensaje del Evangelio, que rompe la lógica mundana, que es la lógica del interés egoísta por lo propio con menosprecio del prójimo; la lógica del triunfo del más fuerte y la postergación del débil; la lógica, en fin, de la propia visión del mundo impuesta a los demás incluso con la violencia. La vida generosa del justo es incomprendida por los malvados, a los cuales da grima el que vive en la presencia de Dios y cumple los mandamientos, pero el juicio definitivo sobre el valor de la vida del justo no es cosa de un tribunal humano, sino del tribunal de Dios, a quien pertenece la vindicación de las víctimas y la justicia que sólo Dios puede impartir. Por eso, el libro de la sabiduría dice que, a cambio de la condena final de los malvados,  «los justos   viven eternamente, encuentran su recompensa en el Señor y el Altísimo cuida de ellos» (Sab 5,16).

Esta sabiduría de lo alto que comprende los mandamientos divinos y se rige por la práctica de las virtudes tiene su mayor expresión en el mensaje de la cruz, porque comprender la cruz forma parte de la inspiración del Espíritu Santo. La cruz no es pretendida ni buscada, sino el resultado del compromiso con el Evangelio, la cruz es consecuencia de obedecer a Dios antes que a los hombres, de regirse por la lógica de Dios y no por la lógica del mundo. Por eso el martirio es la expresión consumada de esta obediencia a Dios. El mártir no es nunca el suicida y el asesino, sino la víctima de la violencia del malvado; porque el martirio no es el resultado de una inmolación criminal para causar la muerte y la desolación de los demás, ni tampoco se identifica con las acciones temerarias de guerra, que pueden ser llevadas a cabo con el heroísmo del que son capaces algunas personas. El martirio se sufre por Dios, por fidelidad al Evangelio en identificación con Cristo crucificado, porque «el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar la vida en rescate por muchos» (Mc 10,45 y par.). Por eso el martirio es prueba suprema de amor según las palabras del mismo Jesús: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13).

El seguimiento de Cristo es el camino del apóstol y del evangelizador, que no se puede recorrer si no en permanente fidelidad a los mandamientos de Cristo, porque el anuncio del Evangelio lleva consigo permanecer en el amor del Señor; y la permanencia en el amor de Cristo es guarda de los mandamientos. Quien no guarda los mandamientos no es de Cristo, y sólo puede anunciar a Cristo quien le ha conocido en la fe. La garantía de haber conocido a Cristo, que da autenticidad al testimonio evangélico, es la guarda de los mandamientos: «Quien dice “lo conozco”, y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso, y la verdad no está en él» (1 Jn 2,4). Por esto mismo se comprende que la predicación tiene que estar respaldada por las obras.

Así, la evangelización de nuestra sociedad pasa por nuestras obras, porque el mundo necesita el testimonio eficaz de las obras que dan autenticidad a las palabras. La acción evangelizadora de Jesús, proclamación evangélica estuvo siempre respaldada por sus obras y a ellas apelaba contra sus adversarios que no reconocían la presencia del Padre en él; por eso les decía: «… si hago las obras de mi Padre, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí y yo en el Padre» (Jn 10,38). El evangelizador tiene en Cristo su propio paradigma, porque sólo Jesús es el modelo del evangelizador y es Jesús mismo quien elige a los que cooperan con él.: «No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure» (Jn 15,16).

Son palabras, ciertamente, dirigidas a los Apóstoles y a sus sucesores, a los ministros del evangelio en general, pero son también palabras dirigidas a cada uno de los bautizados, porque es la Iglesia entera la portadora del Evangelio, cada uno de los cristianos es enviado por Jesús a dar testimonio de él y llevar el Evangelio a los que no lo conocen. San Indalecio pudo fundar la Iglesia urcitana porque contó con el compromiso y el testimonio de los primeros que él evangelizó. La nueva evangelización de la sociedad de hoy pide de todos los bautizados la cooperación para atraer a nuestros contemporáneos a la luz de la fe. Cada uno debe dar testimonio de Cristo en las circunstancias personales que son las suyas propias: familia, situación profesional, relaciones sociales y presencia pública. Nadie en la Iglesia puede colocarse  al margen de la acción evangelizadora, porque el Resucitado nos ha enviado al mundo para que el mundo alcance la salvación.

Que nos lo conceda la Santísima Virgen del Mar, estrella de la evangelización, y la intercesión de san Indalecio, fundador de nuestra Iglesia.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

14 de mayo de 2016

                                   X Adolfo González Montes

                                            Obispo de Almería

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