Lecturas bíblicas: Gn 14,18-20; Sal 109, 1-4; 1 Cor 11,23-26; Lc 9,11-17

Queridos sacerdotes, seminaristas y fieles laicos;Hermanos y hermanas:

Dice el Concilio que «la Eucaristía contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo nuestra Pascua y Pan de vida, que da vida a los hombres por medio del Espíritu Santo» (PO, 5; cf. CCE 1324), y es, por ello, «la fuente y el culmen de toda la vida cristiana» (SC, n.47). Instituida por Cristo en la última Cena, la Eucaristía adelantaba sacramentalmente el sacrificio de su inmolación por nosotros el viernes santo en la cruz. El sacrificio que Cristo entregó a su Iglesia, para vida de los hombres es la fuente de la gracia y de la salvación, y esta fuente mana del costado abierto de Cristo crucificado por nuestros pecados. Dios Padre por medio de la acción del Espíritu Santo mantiene presente en la Iglesia este sacrificio de amor, en el que su Hijo se entrega por la salvación del mundo en la santa Misa, donde hacemos memoria de Cristo y de su entrega por nosotros. La Misa perpetúa en la Iglesia por medio del ministerio de los sacerdotes este sacrificio sacramental que se ofrece por los vivos y por los difuntos.

No es que se repita el sacrificio de Jesús, sino que se hace presente en el altar con sus efectos de salvación para nosotros. Haciendo presente el sacrificio de Jesús, la Misa nos asocia a nosotros mismos al sacrificio de Cristo y hace de nosotros sacerdotes de un culto nuevo y espiritual. En la Misa Cristo nos asocia a su sacerdocio, que ejercemos ofreciéndonos con él, y hace de nosotros un pueblo verdaderamente sacerdotal. El culto vivo de la Iglesia es el culto del que habló Jesús a la samaritana como culto espiritual que sustituye los sacrificios e inmolaciones de la antigua Alianza. Jesús le dijo a la samaritana: «Créeme, mujer, que llega la hora… en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad» (Jn 4,21a.23).

¿Cómo hemos de entender esta adoración en espíritu y en verdad? La adoración que tributamos a Dios es, antes todo, acatamiento de su voluntad, como Cristo hizo suyo el plan de Dios Padre, su designio de salvación para el mundo. Ejercemos como sacerdotes cuando hacemos de nuestra vida ofrenda de uno mismo en obediencia a Dios Padre, como Cristo realizó esta obediencia aceptando ser entregado por nosotros. Su sacrificio es un sacrificio existencial, que implica la ofrenda de la propia existencia, de la propia vida, hasta la inmolación por nosotros, que nos trajo y nos trae salvación y vida eterna.

Mantengamos firme la fe en el misterio de la Eucaristía, con conciencia clara de que la Misa es sacrificio de comunión, mediante el cual participamos de la vida divina de aquel que se entregó por nosotros a la cruz. La vida divina que nos llega por medio del alimento celestial de su Cuerpo y Sangre, que está precedido por la participación en la mesa de la palabra. En la Eucaristía la palabra que hemos acogido en nosotros y nos viene de Dios se nos da hecha Cuerpo y Sangre de aquel que es la Palabra eterna de Dios. Necesitamos participar de la mesa de la palabra y del sacramento para poder vivir como cristianos. Es el mismo Señor el que nos alimenta y fortalece espiritualmente en la Eucaristía, convertido en alimento de vida eterna.

Tengamos presente además que el don admirable de la Eucaristía no se lo puede dar la Iglesia a sí misma, la comunidad cristiana no se da a sí misma la Eucaristía. No podemos recibir la Eucaristía como un derecho, como algunos cristianos pretenden hacer valer, porque la Eucaristía es un don que la Iglesia, esposa de Cristo, recibe de su Esposo. Lo recibe de Cristo por mediación del ministerio de los sacerdotes, que representan a Cristo en la celebración de este sacramento de amor divino. Así lo ha querido el mismo Cristo, que habiendo padecido la pasión y la cruz, una vez resucitado y glorificado, está sentado a la derecha del Padre, donde intercede permanentemente por nosotros como sumo sacerdote de la alianza Nueva.  Él ha sellado con su sangre, vertida por nosotros, esta Alianza, y ha confiado a hombres pecadores como los demás mantener vivo y presente su propio sacrificio. Son sus propias palabras pronunciadas en la última Cena: «Haced esto en memoria mía» (1 Cor 11,24b).

Con estas palabras Jesucristo abre la era del culto espiritual nuevo y definitivo, prefigurado en la ofrenda de pan y vino que vemos en el libro del Génesis fue la ofrenda del sumo sacerdote Melquisedec a Abrahán, cuando regresaba de derrotar a sus enemigos. El rey de Salem y sacerdote del Dios Altísimo ofreció pan y vino y bendijo a Abrahán, el cual le entregó el diezmo de todo lo que tenía (cf. Gn 14,18-2).

Como dice el santo Papa Juan Pablo II, la Iglesia ha sido fundada «sobre la comunidad apostólica de los Doce, que, en la última cena, han participado del cuerpo y de la sangre del Señor bajo las especies del pan y del vino» (Exhortación apostólica Dominicae Coenae [1980], n. 4). Hemos recibido la Eucaristía de Cristo mismo mediante los apóstoles, por eso la Eucaristía no puede dársela la comunidad eclesial a sí misma, le es entregada como don y requiere el ministerio de los sacerdotes. Decía Juan Pablo II que «el sacerdote ejerce su misión principal y se manifiesta en toda su plenitud celebrando la Eucaristía, y tal manifestación es más completa cuando él mismo [el sacerdote] deja traslucir la profundidad de este misterio, para que sólo él resplandezca en los corazones y en las conciencias humanas a través de su ministerio» (Dominicae Coenae, n. 2). ¡Cuánto hemos de pedir a Dios conceda los sacerdotes necesarios para la vida de la Iglesia, nos los conceda en número y en santidad, para bien de la santa Iglesia! Una Iglesia diocesana que no da vocaciones sacerdotales es una Iglesia mortecina y secularizada, que no vive aquella forma y estilo de santidad verdadera que produce frutos y que corre el riesgo de ser un instrumento inútil para la evangelización del mundo.

La Eucaristía es la meta de la evangelización y el término real de la iniciación cristiana que comienza con nuestro Bautismo. Por medio de la Eucaristía nos integramos plenamente en el cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia; y por nuestra pertenencia a la Iglesia, al comer y beber el Cuerpo y Sangre del Señor la vida divina circula por las arterias vivificadoras de la vida de la Iglesia, la vida que nutre a cada bautizado, redimiéndolo del pecado y de la muerte eterna. En la Eucaristía tenemos el fundamento de la unidad que formamos mediante la comunión en el Cuerpo y Sangre del Señor formamos un solo cuerpo. Por eso puede decir san Pablo: «El cáliz de nuestra acción de gracias, ¿no nos une a todos en la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no nos une a todos en el cuerpo de Cristo? El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan» (1 Cor 10,16-17).

Ante tan admirable misterio de comunión, el gran san Agustín exclama definiendo a la Eucaristía del modo conocido: «¡Sacramento de piedad, signo de unidad y vínculo de caridad!» (Comm. in Johan. Evang. 26, 13). Si no hay verdaderamente Iglesia sin la Eucaristía, sin ella tampoco hay verdadera caridad, porque la caridad emana de la mesa eucarística, de donde fluyen los dones sobrenaturales de la vida divina recibida en el sacramento de las Eucaristía, vida que transforma el interior del ser humano y cambia la conducta de cuantos a ella acuden. El evangelio de san Lucas que acabamos de proclamar recoge las palabras de Cristo a los apóstoles cuando se dispone a multiplicar los panes y los peces para la multitud: «Dadles vosotros de comer» (Lc 9,13), para significar que el alimento de vida eterna le es dado al pueblo de Dios desde lo alto, por medio de los Apóstoles, a los cuales Jesús se lo entrega para que lo distribuyan. Viene de lo alto, porque e sobra de la acción del Espíritu Santo en la Iglesia, como venía de lo alto el maná que Dios proporcionó a los israelitas en el desierto. Es un don que viene de arriba y es repartido por aquellos a quienes se ha confiado hacerlo.

El alimento material que buscamos no puede ser alternativo al alimento espiritual, porque uno está contenido en el otro. Por eso la comunión de bienes materiales es siempre expresión y signo de la comunión de bienes espirituales. Los pobres, los hambrientos y necesitados de nuestra ayuda, son inseparables del gran don de la Eucaristía que nosotros recibimos. El alimento de vida eterna que Cristo nos invita a buscar es significado en el alimento terreno que nos manda repartir en justicia y con amor para poder vivir en caridad. El amor de caridad que nos une a los pobres y a los menesterosos dimana del amor de aquel que nos amó primero (cf. 1 Jn 4,19; cf. 1 Jn 4,9-10). El amor de Dios por nosotros es la fuente y el fundamento de nuestro amor por los demás, porque es la verdadera razón de ser de la opción de la Iglesia por los pobres. No es un planteamiento social o político el que nos lleva al amor al prójimo y al necesitado, al pobre e indigente, al prófugo y sin patria, al que carece de trabajo, al enfermo y al abandonado. Es el fundamento teológico de la caridad cristiana. Lo expresa con meridiana claridad el papa cuando afirma: «Para la Iglesia la opción por los pobres es una categoría teológica antes que cultural, social, política o filosófica. Dios les otorga “su primera misericordia”. Esta preferencia divina tiene sus consecuencia en la vida de fe de todos los cristianos, llamados a tener “los mismos sentimientos de Jesucristo” (Fil 2,5)» (Exhort. apost. Evangelii gaudium, n. 198).

Hoy día de la caridad de la Iglesia, Jornada tradicional de Caritas, hemos de sentir la llamada de cuantos necesitan de nuestra ayuda a ser consecuentes con la fe eucarística que profesamos, teniendo bien presente que es Dios el que nos amó primero. La Eucaristía —enseñaba san Juan Pablo II— significa esta caridad de Dios en nosotros que nos reclaman los hermanos necesitados. Por eso —continúa el santo papa— «cada vez que participamos en ella consciente, se abre en nuestra alma una dimensión real de aquel amor inescrutable que encierra en sí todo lo que Dios ha hecho por nosotros los hombres y que hace continuamente» (Dominicae Coenae, n. 4).

Quiera la Santísima Virgen que no nos apartemos del amor de su Hijo hecho Eucaristía de vida eterna. Que ella nos acompañe en la procesión de alabanzas que hoy tributamos a la santísima Eucaristía y nos ayude a estimar este alimento celestial, sin el cual no podemos vivir.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

29 de mayo de 2016

                          X Adolfo González Montes

                                    Obispo de Almería

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