Lecturas bíblicas: Gn 2,4b-9.15; Sal 2,7-12; Rom 8,14-17; Lc 5,1-11

Querido Vicario para Andalucía Oriental;

Queridos sacerdotes y fieles laicos del Opus Dei;

Hermanos y hermanas:

La fiesta de San Josemaría es ocasión propicia para bendecir al Creador y alabar su obra de gran alfarero y artífice del mundo universo, en el cual quiso plantar al ser humano, al que hizo «a su imagen y semejanza» (Gn 1,26), y al cual «colocó en el jardín de Edén, para que lo guardara y lo cultivara» (Gn 2,5).

Este relato de un autor identificado por los exegetas como yahvista, porque menciona a Dios (Elohim) como el Señor por el nombre de Yahvé Elohim, el «Señor Dios», nos da a entender cómo Dios después de disponer el orden natural del mundo, modela al hombre insuflándole el espíritu, el aliento divino de vida que lo anima. Dios, antes de crear al hombre, había creado a los animales, a modo de ensayo para que el hombre no estuviera solo, pero el hombre no encontró en ellos una compañía de su naturaleza y altura espiritual, dando lugar así a la creación de la mujer como ser creado igual hombre.

Sin embargo, los versículos que hemos leído no se detienen en la antropología bíblica, sino en las condiciones de vida y en el cometido que Dios dispone para el hombre. El relato bíblico nos dice que Dios puso al hombre en el jardín del Edén que creó para él: «para que lo guardara y lo cultivara» (v.15). De esta manera el libro del Génesis matiza el verdadero alcance de la entrega que Dios hace al hombre del mundo creado, diciéndole a Adán y a Eva: «Sed fecundos y multiplicaos; llenad la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves del cielo y en todo animal que repta sobre la tierra» (Gn 1,28).

El hombre no recibe la tierra para su explotación destructiva, sino para su cultivo y custodia; y si todo cuanto en ella hay Dios lo pone a disposición del hombre, el dominio del mundo que le entrega es custodia y cultivo. El autor sagrado completa la descripción de los orígenes mediante la narración de la caída y la ley del trabajo. Este último, el trabajo, es el medio del cultivo de la tierra y es dado al hombre como mandato en la misma entrega por Dios de la creación. Lo que añade la situación en que la caída original pone al hombre es el sudor que acompaña el trabajo, a veces incluso sin resultados por la esterilidad en que el pecado deja a la creación; y con el sudor del trabajo el pecado agrega a su cúmulo de distorsión de lo creado el dolor de la procreación, mediante la cual Dios quiso asociar al hombre, creado desde el principio como varón y mujer, a la transmisión y custodia de la vida.

En la fiesta de san Josemaría se nos brinda de nuevo esta reflexión sobre la ley del trabajo como medio de custodia y cultivo de la tierra, que asemeja el hombre a Dios, de quien dice Jesús: «Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo también trabajo» (Jn 5,17). Por medio del trabajo el hombre se realiza como persona, ciertamente en las condiciones del mundo caído y marcado por el pecado, pero asimismo liberado del dominio del pecado por la gracia redentora y santificadora. La ociosidad es contraria al Creador, por eso puede decir san Pablo llamando a los cristianos de la primera hora a cumplir con el deber de trabajo: «Si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma» (2 Tes 3,10). San Josemaría contempló el trabajo como medio privilegiado dado al hombre que le asocia a la obra creadora de Dios y hace posible tanto la transformación de la tierra como la convivencia orgánica de la sociedad como colectividad organizada. De ahí la grave dificultad en que la carencia de trabajo sitúa al hombre en la sociedad.

En nuestros días, ante la amenaza que supone la explotación indebida y sin escrúpulos de los recursos, medio de enriquecimiento de unos pocos y de empobrecimiento de tantos millones de seres humanos, el Papa Francisco ha llamado con energía la atención sobre el significado del mundo creado como receptáculo y matriz de la vida, como hogar y casa común, cuya custodia nos ha entregado el Creador. Su encíclica «Laudato si’» es como un aldabonazo destinado a despertar las conciencias, para que el hombre abandone el camino equivocado, resultado del pecado contra la creación y el orden divino de lo creado, contra su propio su fin y destino, y se vuelva a la contemplación de la morada transitoria pero arca de inmensa belleza que surcando los espacios infinitos nos conduce como peregrinos a la morada eterna. La encíclica del Papa es también, por esto mismo, una exhortación e invitación a la alabanza divina por el don inmenso de la creación, condición de vida del hombre y camino hacia la vida definitiva.

La tierra está llena del soplo de vida del Espíritu creador (Spiritus creator): «Porque el espíritu del Señor llena la tierra y, como da consistencia al universo, no ignora ningún sonido» (Sb 1,7), como dice el libro de la Sabiduría. El mundo creado alentado por el Espíritu creador está tocado por la armonía prodigiosa del amor divino, autor de la gran sinfonía de la creación y del hombre, el ser semejante a Dios mismo para el cual creó el mundo. ¿Cómo podríamos dejar de llamarle «Abbá, Padre!» (Rom 8,15) y de invocarle movidos por el Espíritu Santo?; porque es el Espíritu el que pone en nuestros labios, como nos dice san Pablo, la palabra que convertida en oración nos conviene para dirigirnos a Dios.

Con el mundo natural creado, el mundo como realidad social nos permite ver el trabajo en su grandeza y descubrir que el alimento que la creación natural nos proporciona es manifestación del Dios que ama a la humanidad: el Dios que en Cristo creó el mundo y en él lo ha redimido y salvado de la perdición. Mediante Jesús, su Hijo encarnado por nosotros y por nuestra salvación, Dios nos ha devuelto a la vida y nos ha arrancado de la perdición inexorable a que conduce el pecado. La pesca milagrosa es así la gran imagen, la parábola ajustada a realidad de la obra de la redención del hombre mediante el ministerio de salvación que Cristo confió a los Apóstoles convirtiéndolos en «pescadores de hombres» (Lc 5,10; cf. Mc 1,17.20).

Si el trabajo es medio de custodia y cultivo de la creación, mediante el cual el discípulo de Cristo se santifica, el apostolado de los ministros es el trabajo prodigioso mediante el cual se construye el reino de Dios.  De esta manera, en la conjunción de la obra espiritual de los ministros y el trato de las realidades temporales por el laicado, la Iglesia va realizando su misión en el mundo, para llevar a los hombres a la salvación mientras los creyentes en Cristo se comprometen con aquella transformación del mundo, con la consecratio mundi que hace posible ofrecer a la humanidad un signo del mundo futuro que esperamos: un signo de los cielos nuevos y de la tierra nueva que el Señor nos ha prometido y nos ha anticipado en su resurrección gloriosa, realidad que se hace presente misteriosamente en cada eucaristía en la comunión de todos los fieles en el cuerpo y la sangre del Señor.

Que así lo creamos, y que esta fe aliente nuestra esperanza y con la intercesión de la Virgen y de san Josemaría y de todos los santos alcancemos lo que esperamos.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

25 de junio de 2016

                          X Adolfo González Montes

                                   Obispo de Almería

Pin It

BANNER02

728x90