Lecturas bíblicas: Ez 34,11-16; Sal 88,2-5.21-22.25.27; Col 1,24-29: Lc 5,1-11

                        

Queridos hermanos sacerdotes y diáconos;

Queridas religiosas y fieles laicos;

Hermanos y hermanas:

El Vaticano II habla del Obispo como sucesor de los apóstoles, y describe el cometido y misión del Obispo teniendo en cuenta el cometido y la misión que el Señor confió a los Apóstoles. Así, entre otras cosas, dice el Concilio: «Los obispos como vicarios y legados de Cristo gobiernan las Iglesias particulares que se les han confiado, no sólo con sus proyectos, con sus consejos y con sus ejemplos, sino también con su autoridad y potestad sagrada, que ejercen, sin embargo, únicamente para construir su rebaño en la verdad y santidad, recordando que el mayor debe hacerse como el menor y el superior como el servidor» (cf. Lc 22,26-27).

El vicario y el legado hace presente a quien le otorga  la delegación y la potestad vicaria, asociándolo a su propia misión y haciéndole partícipe de su misma potestad. Esto le confiere aquella autoridad que le capacita para su misión. De este modo, como profetizó Ezequiel, es el Señor en persona el que realiza por medio de su vicario y legado aquella misión pastoral que no es otorgada por ningún poder humano, sino por el mismo Cristo. Es la condición vicaria y la legación que hace del obispo presencia de Cristo en su Iglesia particular, presencia que el Señor ha querido confiar a cuantos participan con el Obispo del ministerio sacerdotal de Cristo, los presbíteros que reciben esta participación para colaborar con el obispo en el ejercicio de este ministerio que es presencia de aquel que es el único Pastor de sus ovejas.

Si la autoridad que recibe de Cristo le capacita para el ejercicio de su ministerio, la caridad con la que ha de ejercer este ministerio pastoral le configura con aquel que representa, que «no ha venido a ser servido, sino a servir y dar la vida en rescate por muchos» (Mc 10,45). La autoridad del pastor es inseparable de su configuración con Cristo pastor, que por medio de aquellos a los que llama es él quien ejerce si propio ministerio, el que le ha otorgado el Padre: «Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas, siguiendo su rastro… y las libraré, sacándolas de todos los lugares donde se desperdigaron un día de oscuros nubarrones» (Ez 34,12).

La misión del pastor es la de custodiar y salvaguardar la vida de las ovejas, para lo cual no ha de escatimar trabajo alguno ni ahorrar esfuerzo, porque de ello depende la vida de las ovejas. Dios se lamenta de que los pastores del pueblo elegido no hayan cumplido con su cometido sin excusar el extravío de las ovejas, la responsabilidad que ellas tienen en su propia pérdida de seguridad y, en definitiva, del peligro que las amenaza al cual irresponsablemente se han expuesto. La dispersión de las ovejas convierte la misión del pastor en un ministerio del retorno y de la vuelta a la unidad perdida del rebaño, retorno al aprisco y vida en el recinto de la salvación.

Las imágenes fulgurantes de la alegoría de Ezequiel se prolongarán en la parábola del buen Pastor del evangelio de san Juan. La imagen del pastor es inseparable de las otras imágenes que el evangelista utiliza y que emergen de la predicación de Jesús. Entre otras imágenes, la de la luz guarda una relación propia con el pasaje de Ezequiel que nos ayuda a su mejor interpretación. Jesús advierte a sus oyentes ante la inminencia de su partida y les exhorta: «Todavía, por un poco de tiempo, está la luz entre vosotros. Caminad mientras tenéis la luz, para que no os sorprendan las tinieblas» (Jn 12,35). La dispersión de las ovejas acontece en un día de nubarrones, sorprendidas por la oscuridad. Con la muerte de Jesús el mundo se oscureció, porque dejó de brillar la luz que vino a iluminar el mundo. No fue de modo definitivo, porque las tinieblas no pudieron con la luz, que brilló inextinguible en su gloriosa resurrección.

Sin embargo, mientras caminamos por esta vida, en peregrinación hacia la eterna, nos amenazan muchas oscuridades. La cristofobia de nuestros días trata de impedir la proclamación del mensaje de salvación, a cuyo servicio está el pastor, que ha recibido la misión de anunciar la luz y ser portador de la luz. El mundo sin Cristo retorna a las tinieblas de las que él lo sacó con la poderosa luz del evangelio de la vida. Las tinieblas cubren la tierra cuando los nubarrones del paganismo y del pecado oscurecen la vida humana alumbrándola con bengalas que se extinguen al instante, porque son una luz engañosa que sucumbe al poder de las tinieblas.

Una cultura sin Dios no puede iluminar el destino de la vida humana, por eso la recuperación de las ovejas dispersas no puede realizarse sin la predicación con fortaleza de la palabra de salvación que Dios ha pronunciado en Cristo. Los «pastos escogidos» y «pastizales de verdes dehesas» (Ez 34,14) son los que alimentan a las ovejas reunidas en el aprisco por el buen Pastor. Cristo Jesús es la luz del mundo y estamos llamados por él a ser «hijos de la luz» (Jn 12,36). La evangelización de nuestro tiempo pasa por el anuncio de Cristo sin capitulaciones, porque sólo la luz puede iluminar el mundo venciendo las tinieblas, en las que introducen al hombre de nuestro tiempo visiones de la realidad engañosas, aun cuando quienes las proponen, víctimas de su propio engaño, crean ofrecer visiones de esperanza. La caducidad de estos ensueños llega con la cruda realidad de la pérdida del sentido y de la perspectiva iluminadora de la vida humana a que abre el evangelio de Cristo.

El obispo y el pastor no puede renunciar a la «pesca de hombres», porque si Jesús transformó a los Apóstoles de pescadores del lago de Galilea en pescadores de hombres, los sucesores de los Apóstoles, los obispos con los presbíteros y el auxilio de los diáconos y el apostolado del laicado estamos llamados a prolongar en el tiempo, en las condiciones de la sociedad de nuestros días, la captación de nuestros contemporáneos para Cristo. No como quien practica un proselitismo de mala ley, sino como aquellos que han conocido la luz y son portadores de la luz que ofrecen a los demás, sin ahorrar esfuerzos, sin dejarse vencer por las dificultades; sin esperar recompensas ni caer en el derrotismo o la pereza, la tristeza de una vida mediocre y acomodada en la rutina.

«Nos apremia el amor de Cristo» (2 Cor 5,14) y, porque «la noche está muy avanzad, el día está cerca», dice el Apóstol de las gentes a los de Roma, exhortándoles con vehemencia: «dejemos, pues, las obras de las tinieblas y pongámonos las armas de la luz. Andemos como en pleno día comportémonos como en pleno día, con la dignidad» (Rom 13,12-13a).  Con la dignidad propia de la luz, porque «el que camina en tinieblas no sabe a dónde va» (Jn 12,35). No colaboremos con la confusión y el engaño, no seamos cómplices de la oscuridad del mundo sólo iluminado con luces que se extinguen; y digamos sin miedo a nuestros contemporáneos: «Mientras tenéis la luz, creed en la luz, para que seáis hijos de la luz» (Jn 12,35-36). Si Cristo abanara el mundo, se hundiría en las tinieblas.

Fiados en la palabra de Jesús, sí digamos como Pedro ante la carencia de peces en la barca después de una noche sin lograr nada: «por tu palabra, Señor, echaré las redes» (Lc 5,5). Echemos las redes del apostolado comprometido, de la pastoral de riesgo, salgamos a las encrucijadas de nuestra sociedad, para decir: Sólo Cristo es la luz del mundo. No abandonéis a Cristo porque sin él se extingue la luz que ilumina la vida de los hombres. Hagamos nuestra la propuesta de san Pablo: Nosotros anunciamos al Cristo que es para vosotros esperanza, ese Cristo por el cual «amonestamos a todos, enseñamos a todos, con todos los recursos de la sabiduría, para que todos lleguen a la madurez en su vida cristiana» (Col 1,28); y concluyamos también con el Apóstol: «ésta es mi tarea, en la que lucho denodadamente con la poderosa fuerza que él me da» (Col 1,29).

Que nos lo conceda Nuestra Señora la bienaventurada Virgen María, madre de la Iglesia y madre nuestra, que nos acompaña como reina de los Apóstoles y con su maternal cuidado nos auxilia.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

5 de julio de 2016

                                   X Adolfo González Montes

                                           Obispo de Almería

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