Lecturas bíblicas: 2 Mac 12,43-46; Sal 26,1.4.7-9.13-14; Rom 5,5-11; Lc 23,44-46.50.52-53; 24,1-6

Queridos hermanos en el episcopado;

Respetadas Autoridades presentes;

Queridos sacerdotes, seminaristas y religiosas;

Queridos hermanos y hermanas:

Judas Macabeo, jefe de Israel, «obró con gran rectitud y nobleza, pensando en la resurrección» (2 Ma 12,43). La fe en la resurrección da fundamento cierto a la oración como sufragio por los muertos. Es lo que hizo Judas Macabeo, quien después de la batalla, al contemplar los cadáveres de los caídos, recogió la limosna que envió al templo de Jerusalén para que ofreciesen un sacrificio de expiación por los muertos, con la esperanza de que Dios perdonara sus pecados y pudieran participar en la plenitud de vida de la resurrección. Confesamos en el Credo la resurrección de los muertos y la vida eterna, y ésta era ya la de del pueblo elegido dos siglos antes de Cristo, por eso el autor de la crónica histórica de los Macabeos dice con toda certeza: «Si no hubiera esperado la resurrección de los caídos, habría sido inútil y ridículo rezar por los muertos. Pero considerando que a los que habían muerto piadosamente les estaba reservado un magnífico premio, la idea (de rezar por los muertos) es piadosa y santa. Por eso mandó hacer este sacrificio expiatorio, en favor de los muertos, para que quedaran liberados del pecado» (2 Mac 12,44-46).

Este texto es de un gran valor no sólo como testimonio del arraigo de la fe en la resurrección en el pueblo elegido, sino también del valor concedido en él a la oración por los muertos como sufragio por el perdón de sus pecados. La revelación de la antigua Alianza lleva así a comprensión anticipada de la fe en la comunión de los santos, desarrollando la idea corporativa de la plegaria como sufragio.

Estamos ciertos de que la misericordia de Dios acogerá en su seno a cuantos han muerto en el Señor; y acogerá a quienes lo han buscan y desearían ver su rostro, aunque no hayan conocido la revelación de Cristo. La muerte de los que creemos en Cristo Jesús, muerto y resucitado para rescatar a los hombres del pecado y de la muerte eterna, nos une a su destino de muerte y resurrección. Como dice el Apóstol de las gentes, «nuestra salvación es esperanza» (Rom 8,24), pero esta esperanza es una esperanza cierta, porque se funda en la resurrección de Cristo. Vivimos, ciertamente, de una esperanza que no se ve, pero es una esperanza fundada en aquel que «estuvo muerto y vive para siempre» (Ap 1,18), y se mostró a los Apóstoles y por las santas mujeres después de haber estado muerto. Fue visto resucitado por gran número de los discípulos y salió al encuentro del propio Pablo en el camino de Damasco, dando así cauce a la esperanza en la resurrección. Esta experiencia de Cristo resucitado y marcó en tal manera a san Pablo que en adelante vivió de la vida de Cristo, dándole argumentos para predicar la esperanza de la vida eterna. Por eso dice con toda convicción: «Si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, vacía es nuestra predicación, vacía también vuestra fe» (1 Cor 15,13-14).

San Pablo reacciona ante una hipótesis infundada y contrarrestada por la fuerza de la experiencia: «¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de los que murieron… luego los de Cristo en su venida» (1 Cor 15,20.23b). Por eso, nosotros, en verdad, no podemos vivir ni «caer en la tristeza como los que no tienen esperanza» (2 Tes 4,13). Nosotros tenemos esperanza, y como también dice el Apóstol, «la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rom 5,5).

Los cristianos hemos sido marcados con el crisma de la salvación, pues con el agua del bautismo hemos sido después ungidos con la señal del Espíritu Santo, un sello imborrable que indica que somos propiedad del Señor, estamos en sus manos y es él quien nos ha puesto en la vida y nos ofrece, a través del tránsito de la muerte, la vida eternamente feliz y dichosa, participación de la vida divina. Todos, aunque seamos pecadores encontramos en Dios la patria y el hogar de nuestro destino.

Con esta confianza en Dios vivió mi padre, cuyas exequias nos reúnen para celebrar el misterio de la muerte y resurrección de Cristo. Dios concedió una larga vida a mi padre; y él ha sido la referencia de nuestra identidad familiar. Con las imperfecciones de todos los humanos, mantuvo la fe que recibió de niño hasta el final. La fe es el gran argumento que nos justifica, porque por la fe sabemos que «Cristo murió por los impíos» y que «apenas habrá un hombre justo…  mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros» (Rom 5,5-8).

Con esta convicción de fe los cristianos nos unimos a Cristo crucificado, y en la confianza de que no caeremos en el abismo de la nada podemos con Jesús decirle al Dios de las misericordias: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46). En las manos de Dios ponemos nuestra esperanza de vivir eternamente con él en la felicidad del cielo. Sabemos que, según la promesa del Señor, a quienes han participado en la mesa de su Cuerpo y Sangre, les espera la vida para siempre. Que por la eucaristía que estamos celebrando nos afiancemos en esta convicción de fe y crezca en nosotros la esperanza de alcanzar la vida eterna.

Se lo pedimos a la santísima Virgen del Carmen, la Estrella de los mares, cuya fiesta se inaugura esta vigilia, que ya alumbra el corazón de tantos hijos de la que es madre del Redentor y madre espiritual de la Iglesia. En ella ciframos la esperanza quienes hoy la invocamos como estrella que nos guíe al puerto seguro que es Cristo resucitado. A ella queremos confiarnos ahora y en la hora de la muerte.

Almería, a 15 de julio de 2016

                                   X Adolfo González Montes

                                            Obispo de Almería

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