Lecturas bíblicas: Eclo 24,1.3-4.8-12.19-21

                        Sal: Jdt13,18bcde.19

                        Gál 4,4-7

                        Lc 11,27-28

Revdo. P. Prior y religiosos de la Orden de Predicadores;

Capitulares del Excelentísimo Cabildo Catedral y hermanos sacerdotes;

Excelentísimas e Ilustrísimas Autoridades;

Cofrades de la Virgen y hermanos cofrades que nos visitáis;

Queridos hermanos y hermanas:

La fiesta de la Patrona nos llama una vez más a renovar la vida cristiana. Este año nos ofrece una particular y honda dimensión mariana. El próximo día 3 de septiembre será coronada la imagen de la Santísima Virgen de Gádor y el próximo día 8 del mismo mes la Iglesia diocesana vivirá la apertura del Año Jubilar de la Virgen del Saliente, con motivo del tercer centenario de la llegada de la sagrada imagen de Nuestra Señora. Fechas que quedarán inscritas en la historia contemporánea de la Iglesia de Almería. El transcurso de la vida diocesana del pueblo de Dios está marcado por una piedad intensamente mariana. Esta tierra de María Santísima ha recibido de Dios estos singulares motivos de gracia que son las fiestas de la Virgen, ocasiones de renovación honda de la vida cristiana que hemos de aprovechar para el hondo arraigo de la fe que inspira nuestros sentimientos dé el fruto de una cada vez mayor coherencia de vida y nuestras accione sean conformes con la voluntad de Dios.

En este Año Santo de la Misericordia, la fe que profesamos exige de nosotros una mayor y más radical conversión a Dios, que sólo podemos alcanzar dejándonos transformar por el Espíritu, portador de la divina sabiduría. Es el Espíritu Santo quien nos lleva a comprender la voluntad de Dios y a hacer de los mandamientos de la ley divina medio de santificación. El autor del libro del Eclesiástico habla de la sabiduría divina y la ve como criatura primigenia de Dios, realidad divina que todo lo envuelve, «haciendo amanecer en el cielo una luz sin ocaso y como niebla que cubre la tierra» (Eclo 24,2-3). La sabiduría es presentada como realidad personificada, que Dios decide establecer en el pueblo de su elección: «Desde el principio, antes de los siglos me creó y no cesaré jamás» (Eclo 24,9). Esta sabiduría creada, según la mente del autor sagrado, no es la palabra de Dios, sino la criatura primigenia que Dios ha derramado sobre toda la creación y se deja ver en el orden que acompaña a todas las criaturas creadas y a su conjunto[1]. La sabiduría es además realidad creada que Dios hace presente en su pueblo, y en el poema que hemos escuchado la sabiduría dice de sí misma: «Eché raíces en un pueblo glorioso, en la porción del Señor, en su heredad, y resido en la congregación de los santos» (Eclo 24,12).

Con estas expresiones, Jesús ben Sirac, autor del libro del Eclesiástico hace referencia a la inspiración que la sabiduría otorga a los sabios y santos del pueblo de Dios, para que conozcan el designio de salvación que Dios tiene sobre los hombres. Es este designio divino el motor de la historia y lleva a los miembros del pueblo santo al cumplimiento de la Ley divina como camino de salvación. Por eso, el autor sagrado, después de haber identificado la sabiduría que procede de Dios como creatura divina, terminará identificándola con la misma Ley de Dios. Los mandamientos son expresión y contenido de la sabiduría de Dios y han de regir la vida entera del hombre que sigue sus caminos, que busca y suplica la salvación. Se comprende así que, además, el autor sagrado contemple al hombre sabio, conocedor de las cosas de Dios, como aquel que gobierna su vida por el temor de Dios; y este no es el temor servil de quien tiene miedo ante Dios. Es, por el contrario, la actitud espiritual mediante la cual el hombre, practicando la virtud de la prudencia, trata de comprender la voluntad de Dios, que se manifiesta en los mandamientos y se propone cumplirlos. El verdadero sabio es el que hace de la ley divina criterio de conducta, la busca y se deja guiar por ella, y se «sacia de sus frutos» (Eclo 24,19).

La Iglesia aplica este hermoso poema a la Virgen María, que conducida por la divina sabiduría comprendió el designio de Dios sobre ella y lo acogió haciéndolo propio en la obediencia de la fe, glorificando a Dios que así conduce la historia de nuestra salvación. María acogió en la fe el mensaje de salvación que llegó a ella con el anuncio del hijo que nacerá de su vientre «y será llamado Hijo del Altísimo y el Señor Dios le dará el trono de David su padre» (Lc 1,32). Busca comprender y ahondar en la lógica de la fe que radica en la obediencia como respuesta a la voluntad divina. Por esto la liturgia canta la obediencia de María a la palabra de Dios y la proclama bienaventurada. En María se ven cumplidas las palabras proféticas dichas a Judit, la heroína hebrea que salvó a Israel frente al ejército de los asirios: «tu alabanza estará en la boca de todos los que se acuerden de esta obra poderosa de Dios» (Jdt 13,19).

Entendemos así que Jesús, replicando a quien ha bendecido a su madre, declare: «Mejor dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen» (Lc 11,28). Si la maternidad divina de María es el fundamento de su singular grandeza, Dios quiso hacer de María la figura del verdadero creyente, preparándola a acoger en su seno al Hijo de Dios enviado al mundo «en la plenitud de los tiempos, nacido de una mujer » (Gál 4, 4). Obediente al designio de Dios sobre ella, María abrió las puertas de nuestra salvación que la desobediencia de Eva había cerrado. De ella nacería el nuevo Adán, Cristo Jesús, que devolvió a la humanidad a Dios, de cuya amistad lo había apartado el viejo Adán pecador. Bien podemos cantar con el aleluya de la Misa: «Dichosa eres, santa Virgen María, y digna de toda alabanza: de ti ha salido el sol de justicia, Cristo nuestro Señor»; y al cantar a María, damos así cumplimiento a la profecía de la Virgen: «Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí, su nombre es santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación» (Lc 1,48-50).

Queridos hermanos, dejemos que la obediencia de María ilumine nuestra vida de cada día. La misericordia que Dios tiene con nosotros pide nuestra conversión y el cumplimiento de los mandamientos. Nuestro tiempo es un tiempo ciego para conocer y acatar la ley natural que Dios ha hecho asequible a la razón humana y que es el contenido moral de la conciencia. El hombre no puede ir contra sí mismo destruyendo su condición de criatura espiritual capaz de actos morales, que serán buenos o malos según sean acordes o contrarios a la Ley de Dios.

Apartarse de la imagen del hombre que nos ofrece la revelación es abandonar la ley natural y cegar la conciencia. En el marco cultural de nuestros días es un imperativo moral tener presente que la condición creada del ser humano en la diferencia, pues «varón y mujer los creó» (Gn 1,27), constituye el fundamento antropológico de cada sexo, y del matrimonio como institución natural y realidad sacramental, tal como Cristo lo ha revelado. Seguir la ley natural y proyectar la luz de la revelación de Cristo sobre el matrimonio y de la familia, fruto del amor creador de Dios[2], es seguir el camino de la santidad del amor humano y de la transmisión procreadora de la vida. Educar contra esta ley creatural y legislar sin tenerla presente, de espaldas al designio del Creador, es un proceder contrario a la norma suprema de moralidad. El Papa Francisco advierte contra la colonización de la mente que llevan a cabo ideologías anticristianas, y, como lo hicieron sus predecesores[3], alienta a los católicos a promover la belleza del amor matrimonial concebido según la mente divina del Creador, abierto responsablemente a la vida que llega como regalo de Dios[4].

El cumplimiento de los mandamientos de la ley de Dios garantiza el respeto a los derechos inalienables de la persona y de las comunidades humanas. La libertad religiosa es principio fundamental de un ordenamiento jurídico justo, y es propio al legítimo ejercicio de esta libertad poder exponer y proponer sin coacción ni descalificaciones la concepción del hombre y del mundo que emana de la fe religiosa. Del mismo modo es propio de este ejercicio de libertad poder educar a los niños y jóvenes según la conciencia religiosa y moral de padres y tutores; salvaguardados siempre el orden público y los derechos de todos amparados por las leyes justas como garantía de convivencia y paz social.

Vivimos bajo el imperativo de ideologías que quisieran modificar la ley natural impresa por el Creador en la conciencia moral, ley que ha inspirado el desarrollo de nuestra cultura, iluminada por la luz del Evangelio. Sin esta luz no se habría desarrollado el sentimiento de fraternidad que descubre en el prójimo la imagen de Dios y abre el corazón humano al dolor, necesidades y carencias de cuantos sufren a causa de tantas transgresiones morales, violencias y guerras que desplazan a grandes poblaciones de su propio hábitat natural y cultural, creando situaciones de gravedad conocida, dolorosamente impactantes en nuestros días.

Olvidar y silenciar conscientemente las motivaciones religiosas que pueden ayudarnos a solucionar tan graves y extendidos males, para dejarlo todo a los intereses y egoísmos que condicionan las diversas políticas, no es el mejor modo de servir la causa del bien y de los necesitados, de los pobres y de los perseguidos. Aunque las sociedades y los Estados tienen su modo propio de actuación ante las desgracias y las guerras, las carencias y las persecuciones, el terror y la pobreza, los cristianos tenemos que seguir practicando las obras de misericordia y dejarnos mover en la búsqueda de soluciones por aquella caridad de Dios que es el modelo de nuestro comportamiento. De esta caridad divina nos ofrece la Santísima Virgen el modelo.

María, en efecto, se dirigió presurosa a la montaña de Judea para asistir a su pariente Isabel; y preocupada por la carencia de vino de los jóvenes esposos, acudió a Jesús buscando la solución y confiando en que la encontraría. Fue madre de fe esperanzada al perder a san José, esposo legítimo que Dios puso al frente de su familia en la tierra; fue testigo de la fe en las horas terribles de la pasión y la cruz de su hijo y, una vez hubo resucitado Jesús, actuó como madre espiritual de la naciente comunidad cristiana. Por todo ello, María es modelo y figura de la Iglesia y de cada cristiano, llamado a ver en el cumplimiento de la ley divina y en la inspiración compasiva de la caridad el camino de la común vocación a la santidad.

Unidos a María y contando con maternal intercesión por nosotros, pidamos al Espíritu Santo la luz que ilumina el corazón de los creyentes, para que sepamos hacer de la ley de Dios la la norma de conducta frente al relativismo moral de nuestro tiempo y las ideologías que pretenden imponer una imagen del hombre y del orden social contraria a la voluntad de Dios Creador. Que la Santísima Virgen del Mar ruegue por nosotros y nos alcance la gracia de ser siempre conducidos por la ley de Dios.

Almería, 27 de agosto de 2016

Iglesia conventual de Santo Domingo

Santuario de la Virgen del Mar

+ Adolfo González Montes

Obispo de Almería

 


[1] Cf. sobre la sabiduría del Eclesiástico: G. von Rad, La sabiduría en Israel. Job, Proverbios, Eclesiástico, Sabiduría (Madrid 1985) 301-327.

[2] San Juan Pablo II, Exhortación apostólica sobre la misión de la familia cristiana en el mundo actual Familiaris consortio (22 noviembre 1981), n. 28. Francisco, Exhortación apostólica postsinodal sobre el amor en la familia Amoris laetitia (19 marzo 2016), n.168.

[3] Benedicto XVI, Carta encíclica sobre el desarrollo humano integral en la caridad y en la verdad Caritas in veritate (29 junio 2009), n. 44.

[4] Cf. Exhortación apostólica Amoris laetitia, n. 166.

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