Lecturas bíblicas: Is 9,1-3.5-6; Sal 44,11-12.14-18; 1 Cor 15,20-26; Lc 1,26-38

Queridos Sr. Cura párroco y sacerdotes concelebrantes;

Ilustrísimo Sr. Alcalde de Berja y respetadas Autoridades;

Queridas religiosas y fieles laicos: cofrades de la Virgen y peregrinos:

Queridos hermanos y hermanas:

Vivimos un día de gracia hondamente anhelado no sólo por la comunidad parroquial, principal protagonista de esta efeméride religiosa, sino asimismo por los miles de devotos: unos, virgitanos de origen; y otros, procedentes de este amado Poniente diocesano y de los distintos lugares de la diócesis que peregrinan a las plantas de la sagrada imagen de la Virgen de Gádor. Peregrinos que venís para suplicar de la Madre del Señor su amparo maternal y su protección mediadora. En verdad, el anhelo de esta coronación se ve hoy atendido por el maternal cuidado de la Virgen que vela por el bien espiritual de todos sus hijos, de cuantos en ella han puesto su esperanza, confiando en su amorosa intercesión ante su Hijo.

Todos cuantos hoy os congregáis en torno a la imagen de la Virgen es a ella, a la Reina del universo, a la que veneráis, a la madre del Rey que gobierna cielos y tierra, aquel que esperaron los siglos y que, por nosotros y por nuestra salvación, bajó del cielo y se hizo hombre para conducirnos a Dios. Con el nacimiento de Cristo de la Virgen María en nuestra carne, aquel que era la Palabra eterna de Dios, el Hijo engendrado en el seno del Padre, se hizo carne por nosotros y, entregado por nuestros pecados, nos condujo a Dios reconciliándonos en su propia sangre. María siempre nos llevará a él y nos dirá, como dijo a los sirvientes del banquete de las bodas de Caná: «Haced lo que él os diga» (Jn 2,5).

Podemos preguntarnos cómo es María nuestra Reina, y conocemos bien la respuesta. María participa de forma plena de la realeza de su Hijo, Rey del universo, a quien Dios Padre ha sometido la creación que fue hecha por él, pues por medio de su palabra Dios «hizo todas las cosas y sin ella no se hizo nada de cuanto ha sido hecho» (Jn 1,3). Al recordarnos que Dios nos ha hablado por medio de Cristo su Hijo, el autor de la carta a los Hebreos nos dice, de modo parecido al evangelista san Juan, que Dios «nos ha hablado por medio del Hijo, a quien instituyó  heredero de todo, por quien también hizo el universo» (Hb 1,1-2), para afirmar a continuación que este Hijo encarnado es «el resplandor de su gloria e impronta de su sustancia y el que todo lo sostiene con su palabra poderosa» (Hb 1,3a). Así, pues, es señor del universo porque es su propio creador, ya que Dios Padre todo lo hizo por medio de su Hijo.

Por eso, el pasaje bíblico de Isaías que hemos escuchado como primera lectura se refiere a la encarnación del Hijo de Dios y a su nacimiento del seno de la Virgen María. Es a Cristo a quien aplica la Iglesia las palabras del profeta: «Un niño que nos ha nacido, un  hijo se nos ha dado: lleva a hombros el principado y es su nombre “Maravilla de Consejero, Dios Fuerte, Padre perpetuo, Príncipe de la paz» (Is 9,5). Porque el Rey nos ha nacido de María, aplicamos a  la madre del Rey la invitación del profeta a la alegría y al gozo en el poder de Dios que viene a salvar a su pueblo: «Acreciste la alegría, aumentaste el gozo» (Is 9,2). El profeta Zacarías invita al resto de Israel, a la comunidad que ha permanecido fiel al Señor durante la cautividad: «Alégrate, hija de Sión; canta, hija de Jerusalén, mira a tu rey que viene a ti justo y victorioso» (Zac 9,9).

María, que recapitula en sí misma la fe de Israel, el pueblo elegido de Dios, y es la figura de la Iglesia como comunidad de salvación, recibió del ángel el saludo que es invitación a la alegría: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lc 1,28). Por eso conviene, queridos hermanos, que tengamos bien presente que el sentido profundo del rito de coronación que vamos a realizar es manifestación de la gloria de Cristo, afirmación de su realeza sobre todas las cosas, porque de esta realeza y gloria participa su madre, la Virgen María, a la que invocamos como Reina por ser madre del único y verdadero Rey, Cristo Jesús. La carta a los Hebreos dice que Jesús, por medio de su pasión, muerte y gloriosa resurrección, «habiendo llevado a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad (de Dios) en las alturas» (Hb 1,3b). Es lo que confesamos en el Credo, cuando decimos que está sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso.

Vemos a Jesús, en efecto, «coronado de gloria y honor, por haber padecido la muerte, pues por la gracia de Dios gustó la muerte para bien de todos» (Hb 2,9). El misterio pascual de la muerte y resurrección del Señor está en el centro del año litúrgico y es el núcleo de nuestra fe. Cada misa es la celebración sacramental de este misterio, del cual mana la gracia redentora y santificadora que nos llega por medio de la comunión eucarística.

Vamos a simbolizar en el rito de la coronación esta primacía de Cristo en gloria, porque de él procede la gloria de María; y un día esperamos alcanzar por la misericordia de Dios la nuestra. Por esto colocamos en primer lugar la corona sobre las sienes de la imagen del Niño Jesús, que la Virgen lleva en sus brazos, como portadora de aquel que es el Autor de la vida y Señor nuestro Jesucristo. Con Sedulio, escrito cristiano del siglo V, podemos hoy recitar la antífona que se incluye en las misas del común de la Virgen: «¡Salve, Madre santa, Virgen Madre del Rey, que gobierna cielo y tierra por los siglos de los siglos!».

De la María dice la plegaria de la liturgia de las horas que la Virgen Inmaculada precedía cual aurora luciente al Sol de justicia, Cristo nuestro Señor (Liturgia de las Horas: Laudes del común de la Virgen María). Todo en ella lo dispuso la providencia de Dios, que quiso «por la concepción inmaculada de la Virgen María, preparar a su Hijo una digna morada, librándola de toda mancha de pecado en previsión de la muerte de Cristo» (cf. Misal Romano: Oración colecta de la solemnidad de la Inmaculada Concepción de santa María Virgen). No sólo, sino que como ha recordado en sus enseñanzas el Vaticano II, «terminado el curso de su vida en la tierra, fue llevada a la gloria del cielo y elevada al trono por el Señor como Reina del universo, para ser conformada más plenamente con su Hijo, Señor de señores (cf. Ap. 19,16) y vencedor del pecado y de la muerte» (Vaticano II: Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium, n. 59).

El salmo con el que hemos dado respuesta a la primera lectura canta a la esposa del Rey, y María, siendo hija del Padre y madre del Hijo, decimos también de ella que es esposa del Espíritu Santo, porque su divino Hijo nació de la Virgen por obra del Espíritu. El Dios que ha creado en el seno de María la humanidad de Jesús sin concurso de varón es el mismo Dios que todo lo creó de la nada. María es figura de la Iglesia, verdadera esposa de Cristo. El bello salmo que hemos recitado canta a la princesa que será desposada con el Rey. María, la llena de gracia, se engalana para Dios que la creó purísima y la convirtió en madre del Hijo del Altísimo, como llamó a Jesús el ángel en la anunciación: «…darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin» (Lc 1,31-32).

Por eso, la Iglesia debe mirarse siempre en María y, obediente como María, a la palabra de Dios está llamada a hacerla realidad en la vida de cada uno de los que somos discípulos de Jesús. María es, ciertamente, singular colaboradora con Cristo redentor, pues, por su maternidad divina y conforme al designio de Dios, tuvo en verdad una participación en la obra de la salvación. María estuvo asociada a Cristo y se hizo, por su obediencia a la palabra de Dios, verdadera discípula de su Hijo. Por eso fue declarada por el mismo Jesús mujer bienaventurada. Dichosa por su fe, como la proclamó Isabel (cf. Lc 1,42), escuchó y puso en práctica la  palabra de Dios (cf. Lc 11,28).

Esta unión con Jesús la asocia en especial a su pasión y, por esto, partícipe de los sufrimientos de su Hijo y permaneciendo «junto a la cruz de Jesús» (Jn 19,25), cuando nos fue dada por madre espiritual en la persona del discípulo amado, se abrió camino hacia la gloria, recibiendo la «corona merecida» (2 Tim 4,8), que es «corona de la vida» (St 1,12; Ap 2,10) y «corona de la gloria» (1 Pe 5,4) (cf. Ritual de la coronación de una imagen de Santa María Virgen, n. 5c). Si como nueva Eva es madre fecunda que nos dio Cristo, nuevo Adán, es también madre espiritual de los que la hemos recibido como hijos suyos y a ella acudimos invocándola «con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora» (LG, n. 62). Con estos y otros títulos se dirige a ella la Iglesia, esperando alcanzar de su maternal intercesión las gracias y favores que ante su imagen en cada comunidad suplicamos.

Hoy pedimos a la Reina del universo que reine en nuestros corazones y sobre nuestras vidas, para ponerlas a buen recaudo ante los peligros que nos acechan de la increencia y el alejamiento de la vida cristiana. Le pedimos que atienda nuestras súplicas y necesidades, pero sobre todo que el evangelio de Cristo siga rigiendo nuestra vida, porque somos y queremos seguir siendo discípulos de Jesús en el mundo de hoy, que es el nuestro. Que sepamos ser testigos y evangelizadores en la sociedad de nuestro tiempo, sin sucumbir a las tentaciones de una cultura tan secularizada, que avala pautas de comportamiento lejanas a la fe cristiana y opuesta a ella.

Deseamos abrir nuestro corazón a la llamada de Jesús a la conversión a Dios, para dar frutos de vida eterna y ser fermento en la sociedad que inspire formas de vida y de conducta acordes con el Evangelio, que pongan por obra los mandamientos de Dios y la práctica de las virtudes cristianas. Como dice el Concilio, la Iglesia mira a María, que engendró a Cristo en la obediencia de la fe, «para que por medio de la Iglesia Cristo nazca en el corazón de los creyentes» (Vaticano II, Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, n. 65). Que la santísima Virgen de Gádor que hoy coronamos venga en nuestra ayuda.

En Berja, a 3 de septiembre de 2016

Parroquia de la Anunciación de Nuestra Señora

                                   X Adolfo González Montes

                                          Obispo de Almería

                                   

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