Lecturas bíblicas: 1 Cr 15,3-4.15-16; 16,1-2; Sal 26, 1.3-5: Hech 1,12-14; Lc 11,27-28

Queridos sacerdotes y diáconos, religiosas y fieles laicos;

Queridos hijos que hoy recibís el sacramento del Presbiterado;

Queridos hermanos y hermanas:

En este Año santo de la Misericordia, el Señor de la mies nos concede el gran don de estas ordenaciones sacerdotales, para que estos nuevos ministros de la Palabra y de los sacramentos, a quienes confiamos el ministerio pastoral, sigan administrando la gracia y la misericordia de Dios.

Quiere el Señor que esta ordenación sacerdotal venga a celebrarse en esta fiesta del Pilar, referente del fervor mariano de nuestra historia, de la devoción a la santísima Virgen María, y Fiesta Nacional de España, evangelizadora de pueblos numerosos. En este día, navegantes valerosos avistaron tierra allende el océano, dando cauce a la que habría de ser obra grande de evangelización del Nuevo Mundo, a pesar de errores y males que no pueden ocultar ni ensombrecer los bienes mayores surgidos de aquella gesta. La obra de la evangelización se realizó sin interrupción histórica fundamentalmente por la predicación de los misioneros del Evangelio, que desde el siglo XVI y XVI llevaron la Palabra de Dios y el anuncio de la misericordia divina a tan variadas gentes y civilizaciones, compartiendo su vida en tierras de América, África y las islas del Pacífico. Se cumplían así las palabras proféticas de Isaías: “Yo reuniré a todas las naciones y lenguas; vendrán y verán mi gloria. Pondré en ellos una señal y enviaré de entre ellos a las naciones (…); a las islas lejanas, que no conocen mi fama ni han visto mi gloria, y hablarán de mi gloria entre las naciones” (Is 66,19).

La obra evangelizadora de España constituye su gesta mayor, los miles de misioneros, que llevaron y siguen llevando la palabra de Dios a las naciones y cooperando con las que Iglesias plantadas por ellos y que constituyen hoy pueblos y naciones donde el Evangelio de Cristo ha resonado con fuerza, inspirando la concepción de la vida, sembrando la fe en Cristo Redentor y Salvador universal, y alentando esperanza en él de la vida eterna.

Hoy, a 525 años del comienzo de aquella gesta evangélica en el Nuevo Mundo y Filipinas se acrecienta la obra de nuestros evangelizadores, de los misioneros del Evangelio que hicieron posible el mosaico de Iglesias hermanas. Los primeros trabajos de inculturación de la fe en las lenguas indígenas se expresa en las exposiciones de la doctrina cristiana de los catecismos, siglos antes de que la inculturación de la fe se convirtiera en tema de nuestro tiempo; como sucedió también aunque más tardíamente en China en las misiones de los jesuitas. Ignorarlo es tergiversar la historia, mutilarla en su verdad y empobrecerla, como dijo en Aparecida el Papa Benedicto XVI, afrontando con valor oponerse sin miedo a las visiones involucionistas de algunos regímenes totalitarios antagónicos a la visión cristiana de la vida. Las luces de la evangelización son más que las sombras porque los evangelizadores entregaron su vida por los pueblos evangelizados: vivieron y murieron en y para ellos.

La gran devoción a la Virgen Santísima es parte significativa de la evangelización de las poblaciones del Nuevo Mundo, un distintivo del catolicismo que compartimos con el Oriente cristiano, que ha visto en Virgen María la Madre piadosa de Guadalupe que se apareció al indio san Juan Diego, angustiado por la enfermedad de su tío con estas consoladoras palabras: ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa? Que ninguna otra cosa te aflija, ni te perturbe”.

María conduce siempre a Cristo, descubriéndonos en el amor de Cristo por el mundo las entrañas de misericordia del Padre. La devoción a la Virgen se extiende por todas las naciones evangelizadas por España, y tiene en la Virgen de Guadalupe un referente conmovedor de universalidad auténtica. En efecto, en las apariciones de la Virgen al indio san Juan Diego, decía el santo papa Juan Pablo II siguiendo a los obispos mejicanos,  «el mensaje de Cristo, por medio de su Madre, tomó los elementos centrales de la cultura indígena, los purificó y les dio el definitivo sentido de salvación (…) Es así que Guadalupe y Juan Diego tomaron un profundo sentido eclesial y misionero, siendo un modelo de evangelización perfectamente inculturada” (San Juan Pablo II, Homilía en la misa de canonización de san Juan Diego, 31/7/2002).

María es portadora de Cristo, como arca de la nueva Alianza porque llevó al Hijo de Dios en sus entrañas y sigue llevándolo a cuantos la invocan y la ponen por intercesora. María acompañó a la Iglesia naciente y en medio de ella alentó la fe de los Apóstoles, por lo cual el libro de los Hechos observa: “Todos ellos se dedicaban a la oración en común, junto con algunas mujeres, entre ellas  María, la madre de Jesús, y con sus hermanos” (Hech 1,14). María participaba en la oración de la naciente Iglesia de Jerusalén, madre de todas las Iglesias.  María, según la tradición piadosa del Pilar vino a confortar a Santiago fatigado por los trabajos de la predicación apostólica.

Más allá del carácter legendario de la aparición mariana junto al Ebro, la tradición encierra verdad incontrovertible: la Virgen ha alentado a los evangelizadores, los ha acompañado espiritualmente y los ha sostenido en las dificultades. María nos acompaña hoy como siempre, y como aparece en el libro de los Hechos en la Iglesia naciente, María ora con nosotros.

La Virgen María es bienaventurada por haber creído en el anuncio del ángel y haber acogido la palabra que viene de Dios, diciendo: “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38); y es asimismo destinataria de la bienaventuranza de su Hijo: “¡Dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen!” (Lc 11,28). Por eso sostiene  nuestra débil de con su fe e intercede por nosotros ante Jesús, para que nunca nos falte el don de lo alto, que viene del Espíritu del Padre y del Hijo, por medio del cual nos mantenemos en la comunión de la Iglesia.

Queridos diáconos que hoy recibís el Presbiterado: dejaos conducir en el ejercicio de vuestro ministerio por la Virgen María, madre de la Iglesia y Reina de los Apóstoles. Vais a ser con el Obispo ministros de la Eucaristía. Lo dejó dicho en su alto magisterio san Juan Pablo II: «Repetir el gesto de Cristo en la Última Cena, en cumplimiento de su mandato: “¡Haced esto en memoria mía!” se convierte al mismo tiempo en aceptación de la invitación de María a obedecer sin titubeos: “Haced lo que él os diga” (Jn 2,5)» (Encíclica Ecclesia de Eucharistia, n. 54).

Nos lo dice la Virgen a todos: hemos de creer en la palabra de Jesús, porque sólo seremos discípulos suyos haciendo lo que nos dice: “Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando” (Jn 15,14). Se os pide confiar en la palabra de Jesús y creer en él, sin esta fe no podréis ejercer vuestro ministerio. Tened presente que Dios quiere llevar a Cristo por medio vuestro a los hombres, y que habéis de tener fe firme en que sois de verdad aquellos instrumentos por medio de los cuales Dios Padre entrega a Cristo al mundo. Una entrega que alcanza en la Eucaristía el momento cumbre —culmen y fuente de la vida cristiana, dijo el Concilio—, tal como supo verlo con honda fe san Juan de Ávila, comparando el ministerio del sacerdote a la entrega de Cristo al mundo por María. San Juan Pablo II afirmaba por esto: «En continuidad con la fe de la Virgen, en el Misterio eucarístico se nos pide creer que el mismo Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, se hace presente con todo su ser humano-divino en las especies del pan y del vino» (EEu, n.55b).

No os habituéis a tratar rutinariamente la Eucaristía y comenzad vosotros, antes que aquellos a quienes se lo pidáis al repartirla, en dar su justo valor a tan grande sacramento. Cuando los sacerdotes titubean en la fe con la que los fieles reciben este sacramento, se debilita la fe de la Iglesia.

Dejaos conducir por María, y con ella llevad a los fieles a Cristo. Evangelizad con María y ofreced al mundo la salvación que es Cristo, cuya presencia llega a cada uno de los seres humanos que vienen a la fe con el don del Espíritu Santo. El Dios creador que hizo al primer Adán,  creó también en las entrañas de María una humanidad nueva para el Hijo de Dios, el Hombre Nuevo. Que María os ayude a fortalecer la fe en la Encarnación y la fe en la acciones de vuestro ministerio, porque por medio vuestro Dios sigue entregando a los hombres aquel que es nuestro Salvador, Jesucristo nuestro Señor.

S. A. I. Catedral de la Encarnación

Almería, a 12 de octubre de 2016

                                            X Adolfo González Montes

                                                     Obispo 

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