Lecturas bíblicas: Ef 3,2-12; Sal Is 12,2-6; Lc 12,39-48

“Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo,

que nos ha bendecido en la persona de Cristo

con toda clase de bienes espirituales y celestiales”

(Ef 1,3).

Queridas religiosas Hijas de la Caridad, educadores, profesores y alumnos de este benemérito y centenario Colegio «El Milagro»;

Queridos padres de alumnos y amigos del Colegio:

Al celebrar hoy una efeméride en la historia del Colegio El Milagro como lo es que se cumplan ahora ciento veinticinco años de su fundación por la Hijas de la Caridad, hacemos nuestra la acción de gracias de la carta a los Efesios del apóstol san Pablo. Hacemos nuestros los sentimientos de acción de gracias del Apóstol, que tan viva experiencia tenía de haber sido agraciado por Cristo Resucitado, que se manifestó a él, a pesar de haber sido perseguidor de los cristianos, para hacer de él vaso de elección y el Apóstol de las gentes. Como él dice en la carta a los Efesios que hemos escuchado, su ministerio es fruto de la distribución gratuita que Dios hace de la gracia en favor de los hombres. Esta gracia le fue dada al Apóstol para que el ejercicio del ministerio de salvación que Dios le confío fuera el fruto del conocimiento del misterio de Cristo, oculto hasta la revelación que Dios hizo de él para que fuera dado que fuera dado a conocer a los hombres por medio del ministerio apostólico. El misterio de Cristo en el cual hemos sido salvados tiene un alcance universal y llega a los gentiles por la predicación apostólica, porque «también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la Promesa en Jesucristo por el Evangelio, del cual yo soy ministro —dice del Apóstol— por la gracia que Dios me dio con su fuerza y poder» (Ef 3,6-7).

Hoy damos gracias Dios también nosotros y le alabamos, siguiendo los versos del salmo responsorial que hemos recitado, contando sus hazañas y proclamando que «su nombre es excelso» (Is 12,4), porque este Colegio que cumple ciento veinticinco años es manifestación del amor de Dios, de la caridad de su corazón: amor de Dios que se revela en la maternal atención de las Hijas de la Caridad para con los enfermos y con los niños y los jóvenes, entregadas con sus equipos de educadores y profesores a la tarea de la educación, siempre difícil y al tiempo apasionante. Comenzó con la preocupación por las niñas más necesitadas a finales del siglo XIX y, después de un siglo y cuarto de existencia, se ha convertido en una contribución decisiva para la formación de la infancia y de la juventud con un proyecto de educación  que desde el principio, siguiendo los pasos de san Vicente de Paúl y de santa Luisa de Marillac se propuso ser manifestación de la caridad, del amor misericordioso de Dios por el hombre, con especial atención a los más necesitados.

En la carta de san Pablo a los Romanos, justamente en el fragmento que ayer se incluía en la lectura continuada de la Escritura, dice el Apóstol que Adán introdujo el pecado en el mundo, y con el pecado el hombre contrajo la culpa que le hace merecedor de la muerte eterna, del alejamiento de Dios y de su amistad para siempre. El pecado está, en efecto, en el origen de todos los demás males, entre ellos el desorden social que crea marginación y lleva a situaciones de pecado en las cuales se manifiesta la injusticia que tantas heridas y desgarrones causa en el cuerpo social. Se  comprende el alcance universal de la salvación cuando se tiene presente la universalidad del mal y del pecado que anida en el corazón del hombre de todas las generaciones.

El mensaje de salvación que Cristo ha confiado a los Apóstoles nos llena de esperanza, porque Dios no ha permitido que la injusticia se instalara en la vida de los hombres para siempre. La figura de Adán representa a la humanidad pecadora, dando lugar a la atmósfera de pecado en la que todos vivimos. Si los humanos hubiéramos quedado bajo el dominio del pecado para siempre, no tendríamos verdadera esperanza, porque no habría posibilidad alguna de remediar su situación. Sin embargo, el Apóstol dice que si esto es verdad, lo es también —y esto es lo verdaderamente importante— que «si por la culpa de uno murieron todos, mucho más, gracias a un solo hombre, Jesucristo, la benevolencia y el don de Dios desbordaron  sobre todos» (Rom 5,17).

Con el viejo Adán llegó el reino de la muerte, pero con Cristo, el nuevo Adán, ha llegado la vida definitiva. Nuestra acción de gracias es, por eso, en primer lugar, porque mediante la educación en la fe conocemos que la humanidad no está perdida sino que tiene una meta de vida sobreabundante, que es la participación de la vida divina cuando lleguemos a participar de la resurrección de Cristo, pero que comienza ya en este mundo en la medida en que vencemos el mal y el pecado.

Algunos pedagogos han hablado con gran acierto sobre cómo el proceso educativo, siempre acompasado por el desarrollo y crecimiento en la fe, es como un proceso de conversión permanente a la vida; es decir, al  Dios de la vida que en Cristo nos ha entregado la suya propia, la vida divina que colma de aquella felicidad, de la que ya participan los santos, que no tendrá fin, y que alcanzaremos por gracia de Dios una vez vencido definitivamente el pecado y con él la muerte eterna.

Este mensaje gozoso, positivo y esperanzador es contenido del Evangelio de Jesús que los Apóstoles anuncian como mensajeros de la salvación, e inspira vuestra generosa entrega de la vida, queridos educadores y profesores, al servicio de la educación humana y cristiana de vuestros alumnos, alentados todos vosotros por la vida de consagración a Dios y de servicio al prójimo de las Hijas de la Caridad.

La tarea de orientar la educación a partir de la visión del mundo y del ser humano a la luz de la fe forma parte de la misión de la Iglesia; es decir, de la evangelización de la sociedad, que sólo llegará por medio de la regeneración de cada una de las personas que vosotros educáis para que lleguen al conocimiento de Cristo y, por su gracia, desarrollen las facultades humanas orientados por la luz de la fe. Por eso, la educación dispone y prepara a los educandos para acoger la regeneración de la existencia de cada ser humano que Cristo ha venido a traer a la tierra, devolviéndole a la cercanía y amistad de Dios. La educación de la infancia y de la juventud proyecta sobre el desarrollo personal de cada niño y de cada joven la iluminación de la realidad humana entera mediante «la realización del misterio de Cristo, escondido desde el principio de los siglos en Dios, creador de todo» (Ef 3,9).

Por medio de Jesús su Hijo hecho carne en la Virgen María,  Dios nuestro Padre nos atrae a sí y nos regala la vida nueva que Jesús conquistó para nosotros con su cruz, dando muerte en la sí mismo al hombre viejo que llevamos dentro de nosotros, es decir, al pecador que hay dentro de cada uno de nosotros. Por eso san Pablo les dice a los de Roma: «Y así como reinó el pecado causando la muerte, así también por Jesucristo, reinará la gracia causando la salvación y la vida eterna» (Rom 5, 21).

Lo que de verdad vale es cumplir los mandamientos, hacer la voluntad de Dios. Jesús realizó nuestra salvación cumpliendo la voluntad de Dios Padre, y diciendo: «Aquí estoy… para hacer tu voluntad» (Sal 39,8.9). Cuando no hacemos la voluntad de Dios, nos exponemos a ser excluidos de la vida de Dios para siempre, como aquel criado inconsciente y malvado del cual habla el evangelio, que en ausencia de su señor se puso a pegar a los demás empleados de la casa, a beber y a emborracharse, en vez de cumplir con su cometido y trabajo de principal responsable de la buena marcha de la casa. Sucedió dice Jesús que dice Jesús que nos puede suceder a todos, si no somos vigilantes y cumplimos la voluntad de Dios: «Vendrá el señor de ese criado el día que no espera y a la hora que no sabe y lo castigará con rigor, y le hará compartir la suerte de los que no son fieles» (Lc 12,46).

Para obrar bien, necesitamos distinguir entre el bien y mal, es decir, desarrollar y formar la conciencia moral que hay en nosotros, puesta por Dios. La importancia de la educación religiosa es por esto mismo decisiva para lograr una educación de la persona verdaderamente acorde con el plan de Dios para la humanidad. El Colegio «El Milagro», fiel a su ideario cristiano, como los demás colegios católicos, quiere ofrecer una formación moral de los niños y de los jóvenes partiendo del ideal cristiano de la vida que dimana del Evangelio de Jesús. Hoy damos gracias a Dios por los ya largos años de vida de este proyecto educativo puesto en marcha por la Hijas de la Caridad y le pedimos a Dios que quienes formáis parte de esta comunidad educativa os mantengáis fieles a este proyecto manteniendo firme el ideario cristiano de la educación. Se lo pedimos al Señor y a la Santísima Virgen, que las Hijas de la Caridad invocan en su tradicional advocación de la Milagrosa, en esta ciudad en la cual los que en ella vivimos nos hemos puesto bajo el manto de la Virgen del Mar, nuestra Patrona.

Pedimos al Señor y a su santísima Madre que,  por la fidelidad al ideario cristiano, en esta comunidad educativa no haya nunca cabida para prácticas inmorales inaceptables, que ofenden la dignidad de las personas y una verdadera educación en la libertad responsable. Aquí no pueden tener cabida una propuesta educativa que no tenga en cuenta la orientación cristiana de la vida, ni un modo de entender la educación de la sexualidad contraria a los principios evangélicos, y dominada por la ideología de género, que en palabras del Papa Francisco representa una verdadera colonización de la mente. En la escuela católica no tiene cabida el acoso escolar, ni el desorden contrario a la autoridad de los padres y de los educadores, ni la renuncia al esfuerzo y sacrificio para lograr las mejores cotas de desarrollo intelectual, afectivo y espiritual de cada alumno.

Una escuela y un colegio católico tiene un ideario que debe prevalecer, porque de lo contrario habríamos perdido la libertad de enseñanza y se habría conculcado el derecho de los padres a elegir la educación para sus hijos acorde con sus creencias y principios morales. Así se lo pedimos a la Santísima Virgen Milagrosa y así os propongo que os mantengáis como comunidad educativa a todos en este día de acción de gracias por tantos beneficios recibidos de Dios dador de toda gracia.

S. A. I. Catedral de la Encarnación

Almería, a 18 de octubre de 2016

                                   X Adolfo González Montes

                                            Obispo de Almería

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