Lecturas bíblicas: Eclo 35,15-17.20-22; Sal 33,2-3.17-19.23; 2 Tim 4,6-8.16-18; Lc 18,9-14

         Querido Sr. Cura párroco D. Eduardo;

         Ilustrísimo Sr. Alcalde y respetadas Autoridades;

         Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

         Con este nuevo encuentro y participación en la santa Misa del Domingo XXX del Tiempo Ordinario concluye esta visita pastoral que comencé el pasado año con motivo de la Fiesta del Voto. Ha sido una experiencia de gracia que Dios nos concede este encuentro del Pastor diocesano y los fieles de esta querida parroquia de Santiago Apóstol, que hoy vive un día de fiesta mayor, con la bendición del nuevo ambón y la dedicación del nuevo altar, dos piezas fundamentales en la configuración del presbiterio de la Iglesia. El ambón que hemos bendecido es el lugar donde se proclama la palabra de Dios, de ahí que haya de ser mantenido en su verdadera identidad, sin hacer de él el atril para la comunicación funcional. Por esto, la normativa litúrgica dice que «desde el ambón únicamente se proclaman las lecturas, el salmo responsorial y el pregón pascual» (Ordenación general del Misal Romano, n. 309). Además puede hacerse desde él la homilía, que prolonga la palabra de Dios en la explanación de los textos bíblicos que corresponde al sacerdote. Al hacerlo así, el sacerdote se dirige a la asamblea con la autoridad que le es propia, recibida de Cristo, cometido que no corresponde a los demás fieles. Desde el ambón se puede también hacer la oración universal de la Iglesia, es decir, las preces de los fieles. La norma de la Iglesia establece así que sólo suba a él el ministro de la palabra y que antes de ponerlo en uso sea bendecido conforme lo establece el Ritual romano (ibid).

El ministro sube a él para leer la sagrada Escritura y proclamar el Evangelio a la comunidad congregada por la palabra de Dios. Somos, pues, convocados por la palabra divina y, por medio de su lectura y proclamación, es Dios mismo quien nos habla y nos transmite su voluntad, que nunca es arbitraria, sino que nos abre el camino de la salvación. La palabra de Dios encauza nuestra vida orientándola al cumplimiento de los mandamientos, que nos guían por el sendero del bien y nos preservan de hacer el mal.

Por nosotros mismos no podemos cumplir la voluntad de Dios, sus justos mandamientos, que son el camino de la vida. Necesitamos orar y suplicar de Dios su misericordia, para que perdone nuestros pecados e ilumine nuestra mente para conocerle y amarle. Dios escucha siempre la oración de quienes le suplican. Escucha a quien con humildad y consciente de su desvalimiento se dirige a él.  Es la actitud con la que el hombre ha de dirigirse a Dios, consciente de su impotencia frente al mal y la injusticia, sabiendo que, aunque los hombres podemos hacer mucho por mejorar la vida sobre la tierra, nuestra limitación y nuestra condición de pecadores nunca podrá desterrar plenamente el poder del mal, la fuerza del pecado, origen de toda injusticia.

Acogiendo con fe la palabra de Dios nos disponemos a acoger el auxilio divino, que trae consigo el perdón de los pecados. El que tiene fe en Dios sabe que Dios «no es parcial contra el pobre, escucha las súplicas del oprimido… los gritos del pobre atraviesan las nubes y hasta alcanzar a Dios no descansa, y el juez justo le hace justicia» (Eclo 35,17-18).

A veces no parece que sea así, porque a los ojos del mundo siempre parecen triunfar los malvados. El justo e inocente se pregunta en la Escritura por el éxito de los malvados. Sin embargo, la justicia de Dios, porque es trascendente y no es justicia de este mundo es contenido de la fe. El que cree en Dios sabe Dios es justo y que el hombre no puede escapar del juicio divino. De ahí que sólo le quede suplicar de Dios el perdón de sus pecados, con la confianza puesta en su misericordia, sin que nos exima de suplicar el perdón de Dios por ser pobres o personas no relevantes, porque también el pobre es pecador, y el evangelio de la misericordia le alcanza privilegiadamente si se abre al Dios que le busca, le acoge y le consuela.

El evangelio de hoy nos presenta contrapuesta a la actitud orgullosa del fariseo a la actitud humilde del publicano. Podemos preguntarnos, si acaso el publicano no era precisamente malvado, porque como cobrador de impuestos vivía de los tributos que cobraba con comisión frecuentemente injusta, extorsionando a los contribuyentes. La práctica de la corrupción no es patrimonio de un grupo humano, sino que, por efecto del pecado que compartimos, es tentación que ronda el corazón del hombre.

El fariseo hacía lo que pregonaba orgulloso en el templo y el publicano era un extorsionador. El fariseo no obraba mal, creía sin embargo que Dios le debía la recompensa y había olvidado que no hacía otra cosa que aquello que debía hacer: cumplir los mandamientos. Dios a nadie debe nada, porque todos somos fruto del amor de Dios. El pecado es solo nuestro y el mal moral infecciona nuestra vida con culpa nuestra. Dios es sensible a nuestras desgracias y a nuestros males, Dios no quiere el sufrimiento de sus criaturas ni de sus hijos, y en Jesús ha cargado sobre sí mismo todo el sufrimiento del mundo pecador. El Hijo de Dios se ha entregado al sacrificio por nosotros, para liberarnos de toda culpa y por pura gracia revestirnos de su justicia.

Por eso, el autor del libro del Eclesiástico quiere salir al paso de una visión de Dios que nos hacemos los hombres, creyendo que Dios nos manda el mal o que ha creado seres malos, o que tuviera celos de nosotros. En otro libro sapiencial leemos que Dios no sólo no odia a sus criaturas, sino que, por el contrario, ama todas las criaturas y no odia nada de cuanto ha creado; pues, ciertamente, ¿cómo podrían subsistir las cosas si Dios no las hubiese querido, si no las hubiera llamado a la existencia (cf. Sb 11,24-26). Por esto mismo el hombre no encontrará seguridad ni salvación fuera de Dios.

Esto es lo que justamente afirma el evangelio de hoy: que ante Dios no hay nadie justo ni uno solo. Por eso, aun cuando el hombre procure portarse bien y conducirse según la voluntad de Dios, no termina de expulsar de su mente y corazón el mal que anida en todos los pecadores. No hay otro antídoto contra esta enfermedad que el amor de Dios. Así, contra el parecer de los que se tenían por justos, Jesús dice el publicano, que era un pecador públicamente reconocido como tal, pero que tenía fe en el perdón de Dios y acudía a su misericordia, al salir del templo, «bajó a su casa justificado y aquel (el fariseo) no. Porque todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido» (Lc 18,14).

Los hombres tendemos a demonizar, a hacer malos a nuestros adversarios, y sólo creemos que saldremos adelante contra ellos, porque sólo en la descalificación y la exclusión de los demás creemos estar seguros nosotros mismos, disponer el poder y los bienes. Nos equivocamos, porque nada tenemos que no hayamos recibido. Nos debemos a las generaciones que nos precedieron y el mundo no puede comenzar con nosotros, porque el planeta que habitamos tiene millones de años. Quien es humilde sabe que desde su nacimiento el ser humano es desvalido y necesita protección y amparo. Negarnos a reconocer nuestra permanente situación de dependencia recíproca, la que tenemos unos de otros, es negar nuestra propia condición y pretender ocupar el poder que la enfermedad y la muerte nos impiden retener.

En este Año santo de la misericordia tengamos muy presente lo que dice el Apóstol: que Dios ha querido realizar la redención de los pecadores sin pedir nada a cambio por amor nuestro; y así los pecadores somos justificados gratuitamente por pura gracia de Dios, que hizo de Cristo Jesús “instrumento de perdón” para quienes tienen fe en el valor redentor de su sangre  «para mostrar su justicia pasando por alto los pecados del pasado en el tiempo de la paciencia de Dios» (Rom 3,25-26a).

El sacrificio de Jesús, que nos rescató mediante su sangre en la cruz se hace presente en el altar cada vez que celebramos la Eucaristía. El altar es, por esto mismo, la pieza más importante de una iglesia, más incluso que las imágenes, que siempre nos dan devoción al representarnos al mismo Cristo, a la Virgen María y a los santos. El altar es el ara del sacrificio donde la inmolación de Jesús en la cruz se hace presente con sus efectos bienhechores para nosotros, al descubrirnos en su entrega a la muerte el amor sin medida de Dios por nosotros. La Misa es sacrificio de comunión que la Iglesia ofrece haciendo memoria de Cristo y de su muerte y resurrección, y ofreciéndonos el Cuerpo y Sangre de Cristo como alimento de vida eterna, los dones del altar, que se transforma así en mesa de la Cena del Señor, presente en el banquete eucarístico.

Por tener este destino sagrado, el altar representa al mismo Cristo, en cuyo cuerpo sacrificado se aúnan el altar, los dones ofrecidos de su cuerpo y sangre, y el sacerdote que los ofrece y reparte, Cristo presente en el sacerdote que oficia la Misa. El sacerdote que preside y confecciona la Eucaristía actúa por voluntad y mandato de Cristo en representación de la persona del mismo Jesús que se entrega por nosotros.  Dios recibe también nuestra entrega que el sacerdote pone en la patena con el pan que ha de ser consagrado. Ofreciéndonos a Dios somos rescatados del pecado y de la muerte.

En el altar convergen así la ofrenda de Jesús y la nuestra, que es  asociada a la suya porque Jesús la hace suya, ya que él se entregó por nosotros. Ejercemos así el sacerdocio del pueblo de Dios, el sacerdocio de los fieles, que como Pablo interpretan la consumación de su vida como verdadero sacrificio, ofrenda que se asocia a la entrega de Jesús. Dice el Apóstol evocando su muerte próxima a manos de los perseguidores: «Yo estoy a punto de ser sacrificado y el momento de mi partida es inminente. He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida…» (2 Tim 4,6-8a)». Ojalá podamos decir nosotros lo mismo, porque entonces nuestra vida habrá sido grata a los ojos de Dios.

Vamos ahora a consagrar el altar, a ungirlo con el santo crisma, haciéndolo partícipe de la consagración del mismo Cristo y de la nuestra, porque esta piedra es la “piedra angular” que es Cristo; como es asimismo la mesa del banquete de la salvación. Sólo el altar y los muros de las iglesias consagradas son ungidos, para que en ellos se exprese aquello mismo que Cristo es y de lo que nosotros participamos: la morada de Dios y el templo del Espíritu, porque somos el cuerpo místico del Señor y estamos unidos a él, que es nuestra cabeza.

Es fácil comprender por qué besa el sacerdote el altar al comienzo y al final de la celebración eucarística. Venera y perfuma con incienso la piedra que representa a aquel que es la piedra angular: el sumo sacerdote y único mediador entre Dios y los hombres. Siguiendo con atención el rito sagrado que vamos a realizar después de invocar la intercesión de la Virgen María y de los santos en las letanías, veremos y experimentaremos con emoción cómo el altar se transforma en el centro del culto cristiano como signo sacramental del mismo Cristo, que se entregó por nosotros y se nos dio en alimento. Un alimento que ha de transformarse en la mesa eucarística en vida para el mundo, por la palabra del Evangelio que la Iglesia, que es enviada por Cristo como misionera a proclamarlo a los que no han oído hablar de él. Hoy, domingo de las misiones, toma fuerza la misión de la Iglesia, que es difícil realizar en un mundo plural y complejo como el nuestro. La Iglesia anuncia a Cristo y socorre a los pobres del mundo, la obra de las misiones se expande por la caridad de Dios que no es alternativa a la justicia, sino que humaniza la justicia y lleva el calor del corazón de Dios a un mundo sin corazón.

Que la Virgen Santísima, en este mes del Rosario, advocación con la que veneráis a la Madre del Señor, nos ayude a vivir con fe y fruto espiritual la dedicación de este nuevo altar. Que en torno a él crezca la comunión de todos sintiéndoos miembros de la familia de los hijos de Dios. Que la iglesia parroquial, casa espiritual de cuantos formáis parte de esta comunidad, protegida por la Virgen del Rosario y Santiago Apóstol, sea lugar abierto para acoger a todos cuantos por el bautismo somos piedras vivas del templo espiritual de la Iglesia, sin distinción y en fraterna comunión, para llevar a las jóvenes generaciones y a todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo el amor del «Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo» (2 Cor 1,3). Que así sea.

Iglesia parroquial de Santiago Apóstol

Terque, 23 de octubre de 2016

                                            X Adolfo González Montes

                                                     Obispo de Almería

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