Lecturas bíblicas: Sab 11,23-12,2; Sal 144,1-2.8-11.13-14; Tes 1,11-2,2; Lc 19,1-10

         Querido Sr. Cura párroco; Queridos hermanos y hermanas en el Señor; Queridos confirmandos, que recibís hoy el Sacramento del Espíritu Santo:

         Con la celebración de la santa Misa de este Domingo XXXI del Tiempo Ordinario inauguramos  esta visita pastoral. Se trata de llevar a cabo unos encuentros más, que se suman a los que venimos teniendo con distintos motivos y se van articulando al ritmo del transcurso de la vida de la Iglesia tal, como ésta se expresa en la comunidad parroquial. Son encuentros que constituyen una experiencia de gracia que Dios concede tanto al Pastor diocesano como los fieles que en torno a él sienten cómo se acrecienta la comunión de la Iglesia diocesana. De la comunión diocesana forma parte esta querida parroquia de San Ildefonso, que cuenta ya con más de medio siglo de existencia, pues fue erigida por el Obispo Don Alfonso Ródenas García el 16 de septiembre de 1963.

La comunidad parroquial de San Ildefonso vive hoy un día gozoso por el comienzo de la Santa Visita Pastoral, durante la cual habré de reunirme con la asamblea parroquial, para escuchar vuestros informes sobre la vida parroquial y vuestras aspiraciones. Con entera libertad manifestaréis al Pastor diocesano vuestros logros e inquietudes y las dificultades tanto materiales como espirituales con las cuales se ve confrontada la parroquia.

En el marco del desarrollo de la santa Misa que celebramos, vamos a  dispensar el sacramento del Espíritu Santo a algunos hermanos; y al recibir el sacramento de la Confirmación, quienes recibís el sello del don del Espíritu completáis vuestra iniciación cristiana. La Confirmación no es un sacramento discrecional, es decir, que se puede o no recibir sin que afecte a la vida cristiana la ausencia de este sacramento. Este pensamiento ha sido fuente de no pocos errores pastorales. En años atrás se llegó a ver en la Confirmación el sacramento de la juventud, convirtiéndolo de este modo en un sacramento de edad, además de ver en él un instrumento para el apostolado con los jóvenes. La naturaleza, sin embargo, de este sacramento impide comprenderlo así, porque forma parte de la iniciación cristiana. En el caso de los adultos la disciplina de la Iglesia impide separar la Confirmación de la recepción del Bautismo; y, además se ha de colocar precediendo a la recepción de la Eucaristía, que es siempre y en toda circunstancia la plenitud de la iniciación cristiana. Si se ha adelantado la Eucaristía permitiendo la recepción de la primera Comunión en la edad del discernimiento y antes de la Confirmación, ha sido para facilitar una instrucción en la fe más sedimentada y bien llevada con la pedagogía de la fe propia de la catequesis de la edad. Es potestad de los Obispos regular según la ley de la Iglesia la recepción del sacramento en la edad del discernimiento; o bien atenerse al criterio indicativo de la adolescencia, entre los doce y los catorce años como máximo. Lo importante es que vayamos reduciendo la edad, al mismo tiempo que trabajamos en la catequesis y en la formación en la fe de los jóvenes y adultos no confirmados.  

La catequesis prepara a recibir los sacramentos a los que somos convocados por la palabra de Dios y hemos recibido el santo Bautismno. La participación activa en la liturgia de la Iglesia, que promovió el Concilio hace cincuenta años, no consiste en hacer muchas cosas en la Misa y en la celebración de los sacramentos y de la liturgia de las Horas, sino en hacer lo que la Iglesia quiere que hagamos, teniendo en cuenta que el ministro ordenado es el que actúa en la persona misma de Cristo. Por eso en la Visita pastoral hemos de esforzarnos por revisar cómo celebramos la fe que profesamos. No siempre celebramos bien, y debemos considerar que por medio de la lectura y proclamación de la palabra de Dios nos llega la voluntad, que nunca es arbitraria. La palabra de Dios nos abre el camino de la salvación encauzando nuestra vida mediante el cumplimiento de los mandamientos, que nos guían por el sendero del bien y nos preservan de hacer el mal. La  palabra de Dios nos transmite la sabiduría de arriba, de la cual nos habla hoy la primera lectura. Esa sabiduría que no es fruto de la ciencia humana, sino la sabiduría que viene de lo alto sin que pueda ser reducida tan sólo a los saberes y a los cálculos de la inteligencia y a la ciencia de los hombres. Es la sabiduría que nos enseña a discernir el bien del mal y a distinguir a Dios de las criaturas, la que nos ayuda a conocer a Dios y a conocernos a nosotros mismos. Por eso en el elogio de la sabiduría del libro de Job vemos que la creación divina en su grandeza y complejidad, mediante la cual se sustenta todo el equilibro de lo creado, los amigos de Job concluyen diciendo: «Temer al Señor es sabiduría, apartarse del mal es prudencia» (Jb 28,28).

Esta sabiduría divina nos es presentada por el autor de la lectura que hemos escuchado y es un fragmento del libro que se llama justamente así “libro de la Sabiduría”, escrito por un autor del siglo I a. C., con una clara intención de poner en relación la sabiduría que viene de lo alto y es conocimiento de las cosas divinas con la sabiduría de la que somos capaces los hombres por la luz de la razón y que da lugar a la cultura y a los conocimientos científicos. El autor sagrado no rechaza nada de cuanto el saber humano produce, como sucedía con la sabiduría de los griegos de su época. La razón humana es creación de Dios y ha de guiarnos con la luz natural de nuestra conciencia moral, que sin embargo, a causa del pecado está herida y necesita de la ayuda de la luz de la gracia para orientarse plenamente hacia Dios y valorar en su verdad las cosas buenas y las que no lo son. Por eso, el autor de este libro de la Biblia quiere salir al paso de una visión de Dios que nos hacemos los hombres, creyendo que Dios nos manda el mal o que ha creado seres malos, o que tuviera celos de nosotros de nuestra libertad y felicidad. Dios, por el contrario, nos dice el autor de este libro, ama todas las criaturas y no odia nada de cuanto ha creado; por eso se pregunta: «¿cómo podrían subsistir las cosas si tú no las hubiese querido, si no las hubieras llamado a la existencia?» (cf. Sb 11,24-26). Ignorar algo tan fundamental es haber comenzado a andar por el camino de la perdición, porque el hombre no encontrará seguridad ni salvación fuera de Dios.

Es lo que nos dice el evangelio según san Lucas que hemos proclamado: que con Cristo Jesús ha llegado la salvación a los pecadores, porque Dios, en verdad, busca la salvación de todos inspirando el arrepentimiento del pecador, tal como dice el libro de la Sabiduría dirigiéndose al mismo Dios en sublime oración: «Te compadeces de todos, porque todo lo puedes, cierras los ojos a los pecados de los hombres para ver si se arrepienten» (Sb 11,23). Es lo que Dios mismo se pregunta por boca de Ezequiel: «¿Acaso quiero yo la muerte del malvado —oráculo del Señor Dios— y no que se arrepienta y viva?» (Ez 18,23). Así, contra el parecer de los que se tenían por justos, Jesús dice a Zaqueo, que a los ojos de la sociedad judía de su tiempo era un pecador público, un cobrador de impuestos que vivían de las comisiones que cobraba y era víctima de una práctica extendida de corrupción extorsionando muchas veces a los que cobraba el impuesto. A este hombre pecador que le busca y se ha subido a una pequeña higuera para poder verlo, Jesús le dice: «Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa» (Lc 19,5). Dice el evangelista san Lucas que «bajo en seguida, y lo recibió muy contento» (Lc 19,6) , y Jesús sentenció: «Hoy ha sido la salvación de esta casa; también éste es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido» (Lc 19,10).

Qué gozo tan grande experimenta el pecador arrepentido al recibir el perdón de Dios, que «ha amado tanto al mundo que le entregó a su Hijo único, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16).

En este Año de la misericordia tengamos muy presente lo que dice el Apóstol que Dios ha querido realizar la redención de los pecadores sin pedir nada a cambio por amor nuestro; y así los pecadores somos justificados gratuitamente por pura gracia de Dios, que hizo de Cristo Jesús “instrumento de perdón” para quienes tienen fe en el valor redentor de su sangre  «para mostrar su justicia pasando por alto los pecados del pasado en el tiempo de la paciencia de Dios» (Rom 3,25-26a).

El sacrificio de Jesús, que nos rescató mediante su sangre en la cruz se hace presente en el altar cada vez que celebramos la Eucaristía. Podemos, en efecto, decir, como pongo de relieve cuando consagro un nuevo altar, que «el altar es el ara del sacrificio donde la inmolación de Jesús en la cruz se hace presente con sus efectos bienhechores para nosotros, al descubrirnos en su entrega a la muerte el amor sin medida de Dios por nosotros. La Misa es sacrificio de comunión que la Iglesia ofrece haciendo memoria de Cristo y de su muerte y resurrección, y ofreciéndonos el Cuerpo y Sangre de Cristo como alimento de vida eterna, los dones del altar, que se transforma así en mesa de la Cena del Señor, presente en el banquete eucarístico» (Homilía en el XXX Domingo del T.O: BOOA XXIV/10-12 [2016]).

San Pablo les recuerda a los tesalonicenses que él reza constantemente por ellos para que Dios les considere dignos de la vocación cristiana a la que han sido llamados. El Apóstol desea que la comunidad que por medio de él ha recibido la palabra de la verdad, permanezca fiel y empeñada sin desmayo en las tareas de la fe, para que «Jesús sea vuestra gloria y vosotros seáis la gloria de él, según la gracia de Dios y del Señor Jesucristo» (2 Tes 1,12).

Que la Virgen Santísima, a la que hemos dedicado el tradicional y hermoso rezo del Rosario en este mes que termina, nos ayude a permanecer firmes en la fe, alegres en la esperanza y ardientes en la caridad fieles a la vocación recibida. Que la comunión eclesial en la que se inserta esta parroquia os haga sentiros miembros de la familia de los hijos de Dios. Quiera interceder por ella san Ildefonso, cuyo nombre y protección son garantía de vuestra vida cristiana, que ha de permanecer apegada siempre a la comunidad parroquial.  Que así sea.

Iglesia parroquial de San Ildefonso

Almería, 23 de octubre de 2016

                                            X Adolfo González Montes

                                                     Obispo de Almería

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