Lecturas bíblicas: Mal 4,1-2ª; Sal97,5-9; 2 Tes 3,7-12; Lc21,5-19

Queridos hermanos y hermanas:

Llegamos hoy al término de un año de gracia, con el cierre de la Puerta de los Perdones de nuestra Catedral, puerta jubilar de este Año Santo de la Misericordia que abríamos con cantos de esperanza el 13 de diciembre de 2015, Domingo III de Adviento, después de haber celebrado la solemnidad de la Inmaculada, día en que el Papa Francisco abría la Puerta Santa de la basílica papal de San Pedro en Roma.

Durante todo este año se han sucedido las peregrinaciones a esta la iglesia Catedral de la Encarnación, iglesia madre de la diócesis, para acudir al sacramento de la Penitencia, celebrar la Eucaristía y orar por el Papa y por la Iglesia, con sincera voluntad de renovar la propia vida cristiana. Estas peregrinaciones han llegado también a los santuarios e iglesias de la diócesis que designé en su momento como iglesias jubilares. Grupos parroquiales y apostólicos han acudido a ellas buscando un encuentro con el Señor, con la ayuda de la Madre de Jesús, Redentor único y universal de la humanidad, por quien tenemos acceso a Dios y en cuya sangre hemos sido reconciliados con él.

No podemos evaluar los frutos de este Año Santo, pero tenemos la convicción de que los miles de diocesanos que lo han vivido de una u otra manera, peregrinando incluso fuera de la diócesis y particularmente a  Santiago de Compostela y a Tierra Santa, y un buen número a Roma para tomar parte en algunas de las grandes celebraciones presididas por el Santo Padre Francisco, son personas que han estado movidas por un deseo de mayor santidad de vida.

No podemos tampoco evaluar el eco que en los alejados haya podido tener este Año Santo en nuestra Iglesia diocesana, pero tenemos la esperanza de que haya dado sus frutos que Dios conoce. Estos días nos hemos sentido conmovidos por el encuentro del Santo Padre con los pobres y marginados, las personas más necesitadas que han acudido a ganar el jubileo acompañados de tantas personas buenas que trabajan incansablemente por ellos. Este final del Año Santo tan profundamente evangélico ha estado precedido del encuentro con el Papa de diversos sectores de la sociedad cristiana y particularmente de aquellos que tienen algún ministerio en la Iglesia, obispos y sacerdotes, diáconos y catequistas, educadores cristianos y tantos otros que desempeñan diversas tareas en favor del bien espiritual común de todo el pueblo de Dios.

Todos hemos vuelto a valorar las obras de misericordia y cómo en ellas se expresa la caridad de Cristo que nos apremia y que cubre la muchedumbre de los pecados. No porque las hubiéramos olvidado, porque todas ellas son expresiones de amor por el prójimo en las que se refleja, dándose a conocer, el amor que tenemos a Dios; sino porque hemos actualizado la significación de cada una de estas obras de misericordia corporales y espirituales. Una actualización que era necesaria y que nos ayudará a concretar mejor en la cultura y sensibilidad de nuestra sociedad las acciones de la caridad, que siempre inspira en el cristiano la búsqueda, promoción y aplicación de la justicia, y que, sin oponerse a la justicia, va más allá de la mera aplicación de ésta, para que no sea una «justicia sin corazón».

A lo largo de todo este año se ha realizado un esfuerzo notable para lograr poner en marcha y acción permanente la nueva evangelización. Con el lema inspirador que propuso el Papa para el Año Santo que ahora termina «Misericordiosos como el Padre», se han editado libros de reflexión teológica y catequística, materiales que han ayudado a la orientación de la predicación y de la catequesis, a una mejor y más honda aproximación al tema de la misericordia divina en la sagrada Escritura, en la tradición de los grandes doctores y maestros de la fe, y en la vida y magisterio de los santos. Algunas de las acciones que más hondamente pueden expresar la caridad misericordiosa de Dios son los gestos y manifestaciones de amor de las personas y las comunidades cristianas para con los pobres del mundo, los prófugos y perseguidos, y para con cuantos sufren la enfermedad, la soledad y el abandono, o se encuentran privados de libertad por sus malas acciones y necesitan ser perdonados y amados por sí mismos.

Estas y otras muchas acciones de diverso alcance han sido inspiradas en este año de gracia por la misericordia de Dios. Al cerrar la Puerta Santa, estas acciones no dejarán de prolongarse en la vida de los cristianos, porque constituyen el medio más eficaz de llevar el amor de Dios a los necesitados; y de transitar así por el camino del perdón para superar el juicio divino que a todos nos espera. No olvidemos lo que dice el apóstol san Pedro exhortando a las comunidades primitivas, y advirtiéndoles del fin de todas las cosas que llegará con el juicio que hemos de rendir a Dios: «El fin de todas las cosas está cercano. Sed, pues, sensatos y sobrios para daros a la oración. Ante todo, tened entre vosotros intenso amor, pues el amor cubre multitud de pecados» (1 Pe 4,8).

Próximo ya el fin del año litúrgico, la profecía de Malaquías resuena con gran fuerza anunciando el “día del Señor”, que traerá consigo el juicio divino. El día que será «ardiente como un horno: malvados y perversos serán la paja y los quemaré el día que ha de venir… y no quedará de ellos ni rama ni raíz» (Mal 3,19). Al final del año litúrgico la liturgia de la Iglesia renueva la llamada a considerar los novísimos, el desenlace de la vida del hombre. Ninguno de nosotros podremos soslayar la verdad de nuestra vida como pecadores que somos, aun cuando el Dios de las misericordias, siempre dispuesto a derramar su amor sobre nosotros, quiera poner la sangre de su hijo entre el Maligno y nuestros pecados. Si no nos arrepentimos y queremos ser salvados por su misericordia, Dios no salvarnos contra nosotros mismos. Dios, que como padre misericordioso sale al encuentro del pecador, respeta siempre su libertad.

Jesús se refirió al desenlace de la vida humana ante el tribunal de Dios sirviéndose en su discurso de las imágenes de la profecía de destrucción del templo y de Jerusalén por los enemigos del pueblo judío: «…no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has conocido el tiempo de tu visita» (Lc 19,44). Es probable que san Lucas conoció la destrucción de Jerusalén, aunque el evangelio de hoy tiene claras reminiscencias que evocan la primera destrucción de Jerusalén por los caldeos babilonios el año 587 a. C., profetizada y descrita por los profetas Jeremías y Ezequiel. Sea como fuere, el año 70 el general Tito destruyó Jerusalén y medio siglo más tarde el emperador Adriano terminaría reduciendo a ruinas Jerusalén para construir sobre ellas la nueva ciudad pagana Elia Capitolina y levantando una estatua de Zeus sustituyendo el culto judío por el culto pagano del Imperio.

En el discurso de Jesús sobre el final de los tiempos resuena la profecía de Isaías, que anuncia la enemistad entre los hombres y el levantamiento de unos pueblos contra otros: «peleará cada cual con su hermano y cada uno con su compañero, ciudad contra ciudad, reino contra reino» (Is 19,2). Jesús no cierra el horizonte cuando se refiere a estos tiempos finales, escatológicos. Anuncia las destrucciones y enfrentamientos que han de venir, incluso las persecuciones que amenazan la vida de los discípulos, pero abre el horizonte del fin de los tiempos a la esperanza de la salvación que viene de Dios y deja sentir ya la presencia de su reino entre los hombres. Llegarán las persecuciones por parte de los adversarios de la fe, pero la perseverancia traerá consigo la salvación.

Es así, por su perseverancia en la fe, como alcanzaron la victoria los mártires de nuestra Iglesia que ahora caminan a la glorificación de los altares. La próxima beatificación de los mártires de Almería ha de servirnos a todos para estimular en nosotros el seguimiento de Cristo siguiendo su ejemplo, para mantener la fe en la tribulación; en un tiempo como el nuestro, cuando parece perderse el sentido cristiano de la vida y la oscuridad nubla nuestra condición de redimidos y salvados en la sangre de Jesucristo. Los mártires  nos llaman al seguimiento del Protomártir y Testigo fiel que dio testimonio de la verdad ante Poncio Pilato, ante el cual pronuncio estas palabras: «Yo para esto nací y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz» (Jn 18,37).

Jesús anuncia un final del mundo con la llegada del Hijo del hombre que no es inmediata, incluso las mismas señales que acompañan el final se adelantan para dar ocasión a la prueba de los elegidos, que han de permanecer en pie en oración para no ser sorprendidos por la llegada del Hijo del hombre. No es la especulación sobre el final lo importante, como pensaban aquellos tesalonicenses muy ocupados en no hacer nada y huir hacia adelante abandonando sus deberes de cada día. Lo importante es la fidelidad al quehacer cotidiano y la convicción cierta de que el reino de Dios ha irrumpido ya en nosotros. El reino de Dios opera ya en este mundo y alcanza el corazón de quien acoge la voluntad de Dios, de quien sigue en su puesto sin perturbarse con la confianza puesta en Dios y la mente iluminada por la fe, para interpretar los signos de los tiempos.

Clausuramos el Año Santo de la Misericordia, pero permanezcamos en la confianza que proporciona la fe, sin abandonar nuestro deber y el trabajo de cada día, porque «la misericordia del Señor / dura desde siempre y por siempre, / para aquellos que lo temen; su justicia pasa de hijos a nietos: para los que guardan la alianza / y recitan y cumplen sus mandatos» (Sal 103,17-18). El amor de Dios es eterno. No nos faltarán los medios de gracia para perseverar y cumplir los mandamientos de Dios, porque su palabra resuena cada día en nuestros corazones para arrancarnos de la perdición; y sus sacramentos dan cauce a la gracia divina para que nos sirva de salvación. Que así lo creamos y lo pongamos en práctica, sabiendo que nos acompaña la intercesión de la Virgen María y de los santos.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

13 de noviembre de 2016

                                   X Adolfo González Montes

                                            Obispo de Almería

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