Lecturas bíblicas: Ne 8,2-6.8-10; Sal 18B, 8-10.15 R/. Tus palabras, Señor, son espíritu y vida; 1 Cor 3,9-11.16-17; Aleluya: En mi casa, quien pide recibe _dice el Señor­, Quien busca encuentra, y al que llama se le abre (Mt 7,8); Jn 2,13-22

         Querido señor Cura párroco y hermanos sacerdotes concelebrantes;

Ilustrísimo señor Alcalde;

Queridos hermanos y hermanas:

Con gozo visito hoy pastoralmente esta comunidad parroquial de Almócita, puesta bajo la intercesión constante de la Santísima Virgen en la hermosa advocación de “Nuestra Señora de Gracia”, y “de la Misericordia”. La Virgen María ha sido invocada como mediadora de toda gracia, en cuanto madre del único Mediador Jesucristo. No porque ella suponga mediación alguna al lado de la mediación de Cristo, sino porque es inseparable de él como madre e intercesora ante su Hijo. A ella nos encomendamos hoy y siempre, y con ella damos gracia al Padre por medio de Cristo Jesús.

Mediante la visita pastoral a una comunidad parroquial el Obispo fortaleza la fe de los fieles, confirma la confesión de la fe en ellos y les alienta para vivirla y dar testimonio de Cristo. Nuestra sociedad no es hoy la sociedad cristiana de otro tiempo, son muchos los bautizados que no viven su fe o que se han alejado de ella, aunque conserven sentimientos religiosos personales, a veces ocultos y que sólo se manifiestan al exterior en ocasiones de particular contenido religioso, como los desfiles procesionales o las fiestas patronales.

Sucede a veces así con el retorno al pueblo de las personas que se fueron en busca de mejor vida del lugar que las vio nacer. Cuan estas personas retornan, al contemplar la iglesia en la fueron bautizadas experimentan una gran emoción y hondos sentimientos de pertenencia. El recuerdo de la comunidad de origen, simbolizada en la iglesia parroquial, acompaña la vida de quienes practican la fe y de quienes se sienten ligados cultural o sentimentalmente a ella, aunque se hayan alejado y ya no practiquen la fe cristiana. Esto les hace sentir la iglesia del pueblo como propia. Para muchos volver a la iglesia parroquial es evocar la educación en la fe recibida desde la infancia, de la que a veces sólo quedan las fiestas patronales y, en algunos casos, su significado social.

         Vuestro Obispo desearía hoy poder afianzar en todos vosotros la fe que vosotros sí tenéis y practicáis, y exhortaros a no dejarla morir, porque de la fe cristiana que profesáis, queridos fieles, recibimos todos nosotros el sentido de la vida y la inspiración de la esperanza que tenemos puesta en Cristo. En la fe que profesamos se esclarece para todos y cada uno de los fieles cristianos nuestro origen y nuestro destino. Ambos están en Dios, porque fuimos creados por él y en esperamos consumar nuestra vida, llegando a participar en plenitud de la vida divina que ya aquí, en la tierra y por la fe, hemos recibido como el mayor don que se nos ha hecho.

         Habéis afrontado con gran ilusión la restauración de la iglesia parroquial, que todos desearíais poder culminar incorporando a este recinto habilitado ahora de nuevo parte de la fábrica que sigue sin cubierta desde su casi completa ruina en el siglo XIX. Construida en estilo mudéjar, esta hermosa iglesia experimentaría en el siglo XVII, una remodelación de su primera fábrica que le dio la figura que todavía hoy contemplamos, y que se ha mantenido a pesar de su ruina y de las modestas intervenciones posteriores en la misma. Sin embargo, a pesar de hallarse todavía hoy sólo parcialmente reconstruida, no deja de ser lugar sagrado ninguno de sus espacios, no reducibles a un espacio de usos múltiples. Es importante que así lo consideréis, para poder afrontar su plena reconstrucción.

         La iglesia consagrada a comienzos del siglo XVIII, el 15 de diciembre de 1703, una vez destruida requería su nueva consagración que nunca se llevó a cabo, cosa que hoy realizamos dedicando sus muros reconstruidos y el nuevo altar. Damos gracias a Dios por el esfuerzo de todos los feligreses de este municipio alpujarreño, que con tanto cariño ha emprendido la restauración que la iglesia reclamaba. Ciertamente, una pequeña comunidad requiere mucho esfuerzo y el Obispo sabe valorarlo. Vuestro esfuerzo no es aislado, porque hoy, gracias a Dios, las comunidades parroquiales se saben responsables de la financiación y mantenimiento de su iglesia y de su propio complejo parroquial. Participamos con la ayuda que nos es posible prestar, pero el Obispado no podría hacer frente al conjunto de las intervenciones que requiere la conservación y restauración de su propio patrimonio histórico sin vuestra ayuda y la que nos presta la iniciativa privada y la administración pública, aunque el mayor esfuerzo sigue siendo el de la Iglesia, sin el cual sería imposible el mantenimiento de tan importante patrimonio.

         Esta restauración nos ayuda a conocer mejor el significado sacramental de la iglesia, ámbito donde es proclamada la palabra de Dios, que a todos nos congrega. El libro de Nehemías que hemos leído como primera lectura deja ver cómo el pueblo de Dios descubre, en la lectura del rollo de la ley de Moisés, su verdadera identidad de pueblo elegido de Dios; y con esta lectura cae en la cuenta de que la cautividad sufrida en Babilonia, después de la invasión del país por los asirios y la toma de Jerusalén, es el resultado de la desobediencia a la ley divina, a los mandamientos de Dios.

La palabra de Dios congrega de nuevo a su pueblo, disperso por el pecado y abre el corazón de los congregados a la esperanza en un futuro marcado por la renovación de la alianza con Dios, rota por las infidelidades pasadas del pueblo. La renovación de la alianza traerá consigo la presencia de Dios en el templo reconstruido después de la destrucción del primer templo, el que David había querido construir, pero no pudo hacerlo porque había derramado mucha sangre. Lo construyó su hijo Salomón. El templo era para el pueblo hebreo el lugar donde se Dios hace visible su presencia divina, porque en él Dios oye la plegaria y las súplicas de su pueblo y desde él, donde reside su gloria, Dios acompaña la peregrinación del pueblo.

         Hemos de preguntarnos si nosotros vivimos de la palabra de Dios y en su presencia, y si sentimos que esa palabra gobierna nuestra vida, y si queremos que se ajuste siempre la voluntad de Dios. Los mandamientos de Dios son la senda de la regeneración para el pecador, que ha roto la alianza y busca regeneración y nueva vida. El bautismo sigue siempre a la audición de la palabra, al anuncio del Evangelio que nos transmitieron los apóstoles; y, por medio del bautismo, nos integramos en el cuerpo místico del Señor. Pablo se comprende a sí mismo como heraldo del Evangelio y apóstol de Cristo, “colaborador de Dios”, llamado a sembrar la semilla de la fe en el “campo de Dios” (1 Cor 3,9), que son los fieles, que es sembrado y crece por la predicación de la palabra del Evangelio, que genera la fe.

Hemos de ser la tierra buena en la que cae la semilla del sembrador y produce fruto abundante, en la proporción en la que hemos recibido la semilla. Creciendo como fruto de la gracia, formamos parte del cuerpo de Cristo, que es la comunidad de los fieles, templo santo de Dios, levantado por el “hábil arquitecto, que puso el cimiento mientras otro levantó el edificio” (1 Cor 3,10). Bien se puede comprender que este templo de piedras de sillería y hermosa fábrica es figura y sacramento de la realidad que somos nosotros mismos, insertos en el cuerpo de Cristo como piedras vivas de la edificación y casa de Dios.

         Insertos en Cristo, de él recibimos nuestra condición de piedras vivas del templo Dios, porque en realidad siendo Cristo nuestra cabeza, y siendo nosotros su cuerpo, somos la casa y edificación de Dios que es Cristo con nosotros, el que san Agustín llama Cristo total, donde reside la gloria de Dios. Por eso hemos escuchado el evangelio según san Juan que nos habla de cómo Jesús se entendía a sí mismo como el Hijo del Padre que revela el misterio de su Hijo: “Nadie conoce el Hijo sino el padre y aquel a quien el Padre se lo quiera dar a conocer” (Mt 11,27). Jesús hablaba del templo de su cuerpo, cuando respondió a los que le preguntaban qué autoridad tenía para hacer lo que hacía, por haber purificado el templo.

         En Jesús reside la gloria de la divinidad y es en él donde encontramos a Dios, el Padre de las misericordias al que acudimos día y día. Seamos conscientes de cómo nuestro bautismo nos ha configurado con la muerte y resurrección de Jesús, y obremos en consecuencia. Permanecer en Jesús y ser discípulos de Jesús es cumplir los mandamientos y guardar la palabra del mismo Jesús (cf. Jn 15,10). Es misión del Obispo hacer la Eucaristía por mandato de Jesús, y así darle fundamento a la unidad del cuerpo de Cristo, a la Iglesia que el Obispo preside. El ministerio del Obispo no es resultado de la decisión de los fieles, sino el don de Dios a los fieles, para que el Obispo como sucesor de los Apóstoles, dé coherencia y unidad a la comunidad de los bautizados. Este es el servicio que el Obispo presta a la comunidad eclesial por decisión del mismo Cristo: “Quien a vosotros oye, a mí me oye y quien a vosotros rechaza me rechaza a mí y al que me envió”.

Este ministerio y don de unidad que se ha confiado al Obispo vincula a la Iglesia diocesana con las demás Iglesias, que el Sucesor de Pedro, el Santo Padre Francisco preside en la caridad. Por medio del ministerio del Obispo nuestra Iglesia entra en el tejido de la Iglesia universal, la gran comunión de fe, esperanza y caridad que hace de la Iglesia signo de la presencia de Cristo en el mundo. En ella tienen todos los hombres, pero en especial los más necesitados que aguardan el reino de Dios, su propio puesto, en su condición de piedras vivas que forman el templo espiritual donde Dios mora.

Al consagrar el nuevo altar pidamos a Dios nos dé el Espíritu Santo que haga de nosotros ofrenda viva, sacrificio espiritual por nuestra unión con Cristo, única víctima inmolada que quita el pecado del mundo. El altar es el signo sacramental que expresa el misterio de Cristo sacerdote, víctima y él mismo también altar. Por eso, al dedicar el templo y hacemos de él expresión y signo de la piedra angular de la edificación que es el mismo Cristo. Ara del sacrificio y mesa del banquete donde el Cuerpo y la Sangre del Señor son los alimentos de vida eterna, que abren el corazón de los fieles a la santa esperanza.

Que Santa María de Gracia nos otorgue vivir de Cristo y para él, dando el testimonio que Cristo y el mundo de hoy esperan de nosotros.

Iglesia parroquial de Almócita

Sábado de la XXXIV Semana del T.O.

                                   X Adolfo González Montes

                                         Obispo de Almería

        

         

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