Queridos hermanos y hermanas:

«Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Jesucristo» (Ef 1,3). Con estas palabras comienza san Pablo la alabanza y bendición a Dios (eulogía) en respuesta a la bendición divina acontecida sobre nosotros en la persona de Jesucristo. Este esquema de la oración hebraica tiene en la carta de san Pablo a los Efesios una expresión singular. Los expertos en el Nuevo Testamento han observado que esta oración de alabanza, si se leyera completo el fragmento de la carta a Efesios, consta en realidad de seis bendiciones. La lectura de hoy recoge las tres siguientes: la elección de que hemos sido objeto por parte de Dios, anterior a la creación del mundo, querida desde siempre por Dios, e inseparable del destino para el cual fuimos elegidos: «para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor» (Ef 1,4); la filiación divina que nos ha sido dada en Cristo, pues por el bautismo hemos sido hechos hijos de Dios en el Hijo; y la constitución del pueblo de Israel como pueblo de la elección divina. Esta elección de Israel tiene como finalidad ser mediación de la humanidad ante Dios en la historia de la salvación. En la historia del pueblo de Israel Dios se hace interlocutor de la humanidad.

Estas bendiciones se completan con las otras tres no recogidas en esta lectura: la redención por la sangre de Cristo y remisión de los pecados; iniciarnos en el misterio de la voluntad de Dios, que consiste en revelarnos el carácter universal de la salvación que Dios ofrece; y la destinación de los creyentes en Cristo a la alabanza de Dios[1].

Todas estas bendiciones han encontrado en María una singular realización, porque nuestra bendición en Cristo es inseparable de la bendición divina de María. Es así porque, por medio de la bienaventurada Virgen María, se hicieron realidad en nosotros las bendiciones divinas, porque de ella nació aquel de quien procede toda bendición de la humanidad.

La bendición de María se contrapone desde el origen de la humanidad a la maldición del Maligno simbolizado en la serpiente tentadora de nuestros primeros padres. El diablo es el origen de la muerte eterna, pues dice el libro sagrado de la Sabiduría que «por envidia del diablo entró el pecado en el mundo y la experimentan sus secuaces» (Sb 2,24). Hemos escuchado cómo el libro del Génesis dice que Dios puso hostilidades entre la serpiente y la mujer, es decir, entre el diablo que indujo a nuestros primeros padres a la desobediencia a Dios, que está en el origen de la desgracia de la humanidad, y la obediencia de María. La maldición divina de la serpiente termina con la profecía de la victoria de la mujer, que, en contraposición con Eva, la madre de los vivientes, que introdujo el pecado tentada por el diablo, María como nueva Eva es la madre del hombre nuevo, por quien nos viene toda bendición: Jesucristo nuestro Señor.

Las palabras de esta promesa divina de salvación constituyen el proto-evangelio, de suerte que aquello de lo que Eva nos privó lo hemos recibido acrecentado por la maternidad divina de María. Nuestra elección y predestinación en Cristo antes de los siglos incluye la predestinación de María como nueva Eva, madre de la humanidad redimida y salvada en Cristo, «en quien, por su sangre, tenemos la redención, el perdón de los pecados» (Ef 1,7).

María es saludada por el ángel Gabriel como «llena de gracia» (Lc 1,28), porque fue «preservada de todo pecado», como dice la oración colecta de la Misa, para que cubriera la desobediencia de Eva con la obediencia de su fe. Dice el Concilio, y lo recoge también el Catecismo de la Iglesia Católica, que la enseñanza de los antiguos Padres de la Iglesia contrapone la obediencia de María a la desobediencia de Eva, porque «Dios no utilizó a María como un instrumento puramente pasivo, sino que ella colaboró por su fe y obediencia libres a la salvación de los hombres» (LG, n. 56)[2]; y citando a san Ireneo añade que María, en efecto, «por su obediencia fue causa de la salvación propia y de la de todo el género humano» (Adv. haer. III 22,4)[3].

Esta afirmación sobre la cooperación de María con la salvación es reforzada por el Catecismo al referirse a la concepción inmaculada de la Virgen, asegurando que, si el ángel la llama “llena de gracia”, Dios la quiso así porque «para dar el asentimiento libre de su fe al anuncio de su vocación era preciso que ella estuviese totalmente conducida por la gracia de Dios» (CCE, n. 490). El Concilio recuerda a este respecto la enseñanza de los Padres, que coinciden plenamente con san Ireneo, el cual dice que «el nudo de la desobediencia de Eva lo desató la obediencia de María. Lo que ató la virgen Eva por su falta de fe, lo desató la Virgen María por su fe» (Adv. haer. III 2,124). Comparándola con Eva, cuyo nombre significa «madre de los vivientes», los Padres aseguran que no es Eva sino María la verdadera madre de los que viven (S. Epifanio), porque «la muerte vino por Eva, la vida por María» (S. Jerónimo) (cf. LG, n. 56).

Por esto justamente, la cooperación de María con la acción de la gracia nos estimula a nosotros, que en ella tenemos el ejemplo de quien acoge la palabra de Dios y la hace fructificar, porque merecen la alabanza que Jesús hizo de su madre: «…bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen» (Lc 11,28). El mismo Cristo remueve nuestra instalación en la mediocridad con estas palabras, y trata de sacarnos de una vida guiada por la lógica del mundo para atraernos a la cooperación con el designio de salvación de Dios Padre. Cristo rescata nuestra vida y nosotros hemos recibido la misión de rescatar la vida de nuestro prójimo con nuestro ejemplo, llamados y enviados como estamos por Cristo a ser testigos de su resurrección y vida nueva, vencedor de la muerte y del pecado.

Cuanto la Iglesia dice de la Virgen María no sólo es inseparable de cuanto la Iglesia, custodia de las enseñanzas de los Apóstoles, afirma de Cristo como redentor del género humano. Lo que se dice de María es asimismo inseparable de lo que enseña nuestra fe sobre el misterio de la Iglesia como heraldo del Evangelio y portadora de la salvación de Cristo. María es figura de la Iglesia, y en ella se realiza la santidad de la Iglesia de modo ejemplar admirable. Por nuestra predestinación fuimos destinados a ser santos e irreprochables ante Dios y la Virgen María encarna esta predestinación divina en forma perfecta, como enseña el Concilio: «La Madre de Dios es figura de la Iglesia, como ya enseñaba san Ambrosio: en el orden de la fe, del amor y de la unión perfecta con Cristo. Ciertamente, en el misterio de la Iglesia, que también es llamada con razón madre y virgen, la Santísima Virgen María fue por delante mostrando en forma eminente y singular el modelo de virgen y madre» (LG, n. 63).

La Iglesia ha llevado a la liturgia esta fe en el misterio de María como madre virginal de Cristo, nuevo Adán y comienzo de la nueva humanidad. Así uno de los prefacios de la Virgen canta: «En Cristo nuevo Adán y en María nueva Eva, se revela el misterio de tu Iglesia, como primicia de la humanidad redimida»[4]. María es figura de la Iglesia como congregación de los santos, comunión de los redimidos que permanentemente están siendo arrancados del pecado por el perdón del bautismo y de la gracia sacramental de la penitencia.

En cuanto figura de la comunidad eclesial, la Iglesia se mira en María, y por la fe y la predicación del evangelio lleva al bautismo a cuantos creen en Cristo, engendrándolos a una vida nueva. La Iglesia se convierte de esta manera en madre espiritual de los renacen a la nueva vida, de cuantos se configuran con Cristo, hombre nuevo. La maternidad espiritual de María permanece en la historia de la Iglesia, porque ella, glorificada por su asunción a los cielos sigue intercediendo por cuantos a ella se encomiendan, porque intercede por toda la Iglesia. Como dice el Concilio, «María no ha abandonado su misión salvadora, sino que continúa procurándonos con su múltiple intercesión los dones de la salvación eterna […] Por eso la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora» (LG, n. 62); y con los muchos títulos con los que vamos desgranando las alabanzas marianas de las letanías lauretanas del santo Rosario.

Con voluntad de alentar las peregrinaciones al santuario mariano del Saliente, primero entre los santuarios marianos de la Iglesia diocesana, cuando se cumplen trescientos años de la sagrada imagen de la Virgen de los Desamparados y del Buen Retiro, he recordado en mi reciente Carta pastoral «Inmaculada y Asunta a los cielos» la proclamación de María como Madre de la Iglesia, por el beato Pablo VI durante las sesiones del Vaticano II. Al contemplar hoy el misterio de la Inmaculada Concepción de la Virgen, bendecimos a Dios, porque en verdad ha hecho obras grandes en María, y en ella nos ha dado a la Madre de la Iglesia y de cada uno de los bautizados. En María nos ha ofrecido el ejemplo de santidad consumada, unida a Cristo su hijo, en quien tenemos el perdón y la redención de los pecados.

Por eso, cuando nos disponemos a celebrar la Natividad del Señor, meta de este tiempo santo del Adviento, os exhorto a acoger la llamada de la Iglesia a imitar la fe y la caridad de la Virgen, dispuestos como ella a colaborar con Dios en nuestra propia salvación y la de todos los hombres. Dios, que no deja a sus criaturas sin su amor redentor y su misericordia, nos ha dado en la Virgen Inmaculada la ayuda maternal que nos alienta y estimula en el seguimiento de Jesús, la “madre virgen” que ruega por nosotros e intercede por nosotros.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

Almería, 8 de diciembre de 2016

                                            X Adolfo González Montes

                                                   Obispo de Almería


[1] Cf. H. Schlier, La carta a los Efesios. Comentario (Salamanca 1991) 49-96.

[2] Vaticano II: Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, n. 56 [LG].

[3] San Ireneo de Lyón, Adversus haereses, lib. III 22,4: SC 211,440; cf. Catecismo de la Iglesia Católica / Catechismus Catholicae Ecclesiae, n. 494 [CCE].

[4] Misal Romano: Prefacio IV de la Virgen María.

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