Lecturas bíblicas:  Is 52,7-10; Sal 97,1-6; Hb 1,1-6; Jn 1,1-18

         Queridos hermanos y hermanas:

         «Qué hermosos son sobre los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva, que pregona la justicia, que dice a Sión: “Tu Dios reina”» (Is 52,7). Estas palabras proféticas pertenecen a los capítulos de Isaías que forman el llamado «Libro de la Consolación de Israel». Anuncian un mensaje de salvación, un “evangelio” o buena noticia que pregona que Dios reina ya en entre los hombres, que ha llegado el tiempo final que fue prometido por los profetas.

Este libro comienza con la exhortación al consuelo, razón de su nombre: «Consolad, consolad a mi pueblo, ­dice vuestro Dios» (Is 40,1). Después de la experiencia terrible del cautiverio asirio y babilonio, llega la liberación del pueblo elegido, y más aún llegan los tiempos en que Dios perdona todas las culpas­ de su pueblo, abriendo el corazón de los que han permanecido fieles a la esperanza de salvación que ha alentado toda la historia de salvación. Las palabras del profeta anuncian un reinado de justicia divina que alcanzará a todas las naciones. Ningún poder de este mundo es más que Dios, porque la justicia de Dios a todos alcanza y la grandeza divina no es comparable a la justicia, siempre efímera y pasajera, de todos los reinos humanos.

El consuelo que trae el Señor a su pueblo supone la victoria sobre el opresor, que será desplazado por el imperio de la justicia: «Mirad, el Señor llega con poder y su brazo manda. Mirad, viene con él su salario y su recompensa lo precede» (Is 40,10). Por oposición al mando del opresor, el imperio de Dios libertador no es opresivo, se asemeja a la protección que el pastor brinda a su rebaño: «Como un pastor que apacienta el rebaño, reúne con su brazo los corderos y los lleva sobre el pecho; cuida él mismo a las ovejas que crían» (Is 40,11).

Este mensaje profético alcanza cumplimiento en el nacimiento de Cristo, Hijo de Dios, porque el que viene de Dios y ha nacido en nuestra carne es «el gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo» (Ti 2,13), como lo presenta san Pablo en su carta a Tito, que escuchábamos en la misa de medianoche. Es aquel que el ángel anunció a María, que nacería de su vientre, y aquel del que dijo el ángel: «Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin» (Lc 1,32-33).

El retorno de los desterrados de la cautividad babilónica, que llegan como quien atraviesa un nuevo éxodo, transitando por el camino que se abre en el desierto, es un camino que lleva a la instauración del reinado de Dios en su pueblo, la nueva tierra prometida. No será ésta una restauración de Israel al modo de la restauración de un reino humano, igualmente perecedero que todos los reinos de la tierra, sino la instauración «un reino eterno y universal: el reino de la verdad y la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz» (Misal Romano: Prefacio de la Solemnidad de Jesucristo Rey).

El profeta orienta la fe de los cautivos que acogen la liberación que Dios trae a su pueblo hacia una meta que sólo la misma fe puede alcanzar: un reino en el que Dios será el pastor de su pueblo, un reino en el que Dios en persona pastoreará a sus ovejas, como profetiza Ezequiel: «Yo mismo apacentaré a mis ovejas y las haré reposar, oráculo del Señor- (…) y reconocerán que yo, el Señor, soy su Dios, y que ellos, la casa de Israel, son mi pueblo, oráculo del Señor Dios. Vosotros sois mi rebaño humano, las ovejas que yo apaciento, y yo soy vuestro Dio, oráculo del Señor» (Ez 34,15.30-31).

El anuncio del nacimiento a María abrió este tiempo nuevo y último en que Dios envió a su propio Hijo para ser por medio de él, Mesías y Salvador, el único pastor de su pueblo. Jesús viene a traer la salvación, que es un nuevo orden de vida que sólo Dios puede dar al hombre, cautivo de tantos males cuyo origen último está en el pecado. El hombre nuevo se hace realidad en aquellos que por la fe en Jesús, «no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios» (Jn 1,13). Esta realidad, que es novedad plena no lograda por el esfuerzo del hombre, sólo Dios la comunica por el misterio asombroso de su Palabra hecha carne, que los hombres pueden acoger y salvarse o rechazar y perderse.

El evangelio de san Juan que hemos escuchado, después de dar cuenta de la identidad de Jesucristo, manifestando que es el Verbo de Dios encarnado, la Palabra divina que estaba en Dios en el principio y era Dios, dirá de esta Palabra que vino de Dios: «El Verbo era la luz verdadera que, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo» (Jn 1,9), porque nada se puede comprender al margen de esta divina Palabra por cuyo medio «se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de cuanto ha sido hecho» (Jn 1,3).

Si el mundo creado tiene sentido es porque es creación de la luz que ha brillado en Cristo, Hijo de Dios, por eso para entender el mundo creado y entender la vida del hombre, su aspiración a la verdad y al bien, es preciso dejarse iluminar por Jesucristo, venciendo con la gracia divina la tentación de sustituir la luz del sol que es Cristo Jesús por la breve luz de las bengalas y antorchas que pueden encender los hombres, que se consumen porque son fugaces, y no tienen ni luz suficiente ni tampoco duración. Sin la luz de Cristo no es posible alcanzar a comprender nuestro destino, sin esa luz divina quedamos a oscuras y las tinieblas se tornan el medio en que se desenvuelve una vida inclinada al pecado y envuelta en él. Todos tenemos la experiencia de la fuerza que tiene el mal y podemos comprender las imágenes del evangelista. Las tinieblas odian la luz, porque en la luz es posible distinguir el bien del mal e identificar que el mal es contrario a la voluntad de Dios y a la felicidad del hombre. Con todo, la luz brilla en la tiniebla y aunque las tinieblas pretenden asfixiar la luz, siempre es la luz la que obtiene la victoria sobre las tinieblas, aunque a veces parece que sucede lo contrario llevándonos a la desesperanza.

Hay tinieblas que son de carácter personal, cuando uno parece pasar la noche oscura de la que habló san Juan de la Cruz, sin encontrar sentido suficiente en la fe para iluminar la vida. Esta oscuridad la experimentaron santos como santa teresa del Niño Jesús, que sentía en la oscuridad de la noche la tentación de dudar de la existencia de Dios; y santa Teresa de Calcuta, la santa de la caridad y madre de los pobres, quien experimentaba con la alegría de cumplir el deber de cada día, el desconsuelo y la oscuridad, llegando a afirmar en una de sus cartas que la oscuridad es una parte muy pequeña de la oscuridad y del dolor de Jesús en la tierra. Dios lo permite, decían los Padres de la antigüedad cristiana, porque la vida cristiana es lucha y combate por el sentido y aprendizaje permanente, y podemos superar la duda y el miedo a la oscuridad, pero fácilmente vuelve a rondar nuestra vida, decía san Isaac de Nínive[1].

Otras veces la obscuridad de las tinieblas son consecuencia explícita del rechazo de Dios, como acabamos de ver en el evangelio: «Vino a su caso y los suyos no lo recibieron, pero a cuantos lo recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre» (Jn 1,11-12). El rechazo de Dios oscurece la vida y, como ha recordado con toda verdad el Patriarca ruso Cirilo estos días, la construcción de una sociedad sin Dios labra su propia destrucción. Pretender ignorar la naturaleza creada del hombre, iluminada por la luz poderosa del evangelio de Cristo, es contrario al bien del ser humano, cuya orientación a Dios no puede ser asfixiada por los sistemas políticos totalitarios ni las ideologías. Las criaturas sin Dios están envueltas en la tiniebla. Toda la vida humana se ilumina a la luz de Dios, manifestada en el Verbo hecho carne. San Cirilo de Alejandría comentando el evangelio de hoy, dice que las criaturas que están envueltas en tinieblas es que no han conocido la Luz que ha brillado en Cristo, porque «ciertamente el Verbo de Dios ilumina a todos los que son capaces de ser iluminados y, en general, a todas las criaturas que poseen una naturaleza capaz de ser iluminada»[2].

Todos somos capaces de ser iluminados, si nos dejamos liberar del pecado por la Luz que es Cristo. Es verdad, como dice el evangelista, que a Dios nadie le ha visto jamás, pero Dios invisible se ha dado a conocer en la humanidad de Jesús, para que pudiéramos ver a Dios; y para que en Cristo Jesús pudiéramos contemplar su gloria de Hijo único del Padre. En Jesús nacido por nosotros en Belén, Dios nos ha manifestado la verdad de Dios y la verdad del hombre mismo. Nos revela que Dios es amor y que por amor nuestro ha venido el Hijo de Dios al mundo, para que por él todo vengan a la luz. Cuando Jesús resucitado se aparece a san Pablo en el camino de Damasco, le dice que le ha elegido para enviarlo a los gentiles «para que les abras los ojos, y se vuelvan de las tinieblas a la luz y del dominio de Satanás a Dios; para que reciban el perdón de los pecados y parte en la herencia entre los que han sido santificados por la fe en mí» (Hech 26,18).

Es lo mismo que el Hijo de Dios, nacido en nuestra carne, nos pide hoy a nosotros: que seamos testigos de la luz que él ha venido a traer a la tierra, llevando esta luz a los hombres nuestros hermanos, para que salgan de la oscuridad de una vida sin la luz de Cristo; para que todos podamos vivir bajo el cayado de aquel en quien Dios mismo se ha convertido en pastor de nuestras almas, que por nuestro amor nace para entregar su vida por nuestra salvación.

Este mensaje gozoso de la Navidad es el anuncio que devuelve la alegría a los tristes y levanta el corazón de los desesperanzados, de quienes no pueden creer porque no tienen esta nuestra esperanza puesta en Cristo. Este anuncio consolador es el que los ángeles comunicaron a los pastores, conduciéndolos a Belén, para que con sus ojos contemplaran al Mesías esperado y al Salvador de los hombres, y quedaran absortos en adoración, contemplando, con María y José, el misterio del amor de Dios por nosotros aparecido en nuestra carne.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

Navidad de 2016

                          X Adolfo González Montes

                                   Obispo de Almería

   


[1] San Isaac de Nínive, Homilías ascéticas, 48, en Mar Isaacus, De perfectione religiosa, ed. P. Bedjan (París 1909), cit. según La Biblia comentada por los Padres de la Iglesia: NT 4a. Evangelio según san Juan (1-10), ed. Th. C. Oden y J. C. Elowsky (ed. general); y ed. e; ed. castellano M. Merino Rodríguez (Madrid 2012) 80.

[2]San Cirilo de Alejandría, Com. al evan. de s. Juan, 1, 7: ibid., 82.

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