Lecturas bíblicas:    Dn 12,1-3; Sal 26,1.4.7.8b.9a.13-14; Rom 14,7-9.10b-12; Jn 6,37-40

Excelentísimo y Reverendísimo Sr. Obispo de Guadix, querido hermano;

Excelentísimas e Ilustrísimas Autoridades;

Excelentísimo cabildo Catedral y queridos hermanos sacerdotes;

Queridos familiares y fieles;

Hermanos y hermanas en el Señor:

Hemos recibido en esta Santa Apostólica Iglesia Catedral los restos mortales del Arzobispo titular de Bolsena, Mons. Justo Miguel Mullor García, del clero de Almería, que durante años fue destinado al servicio diplomático de la Santa Sede y, más tarde nombrado Nuncio Apostólico en distintos países de África, Europa e Hispanoamérica. Los últimos años fue Presidente de la Pontifica Academia Eclesiástica en Roma y, finalmente, miembro de la Congregación para las Causas de los Santos.

Los cargos que el Arzobispo Mullor desempeñó a lo largo de su vida al servicio de la Sede Apostólica le mantuvieron ausente prácticamente de por vida de la que él siempre consideró su diócesis, un largo período vital con el que el Señor quiso agraciarlo desde que terminó sus estudios de Teología, Derecho Canónico y la carrera diplomática. Él procuraba paliar esta ausencia pasando algunas semanas en Almería durante los meses de verano; y, aunque nació por el destino temporal de su padre en tierras de Jaén, por motivos laborales, mantuvo en todo momento su identidad de hijo de familia almeriense, orgulloso de haber salido del clero de la Iglesia de Almería.

Desde su infancia, Don Justo sintió la vocación al sacerdocio, ingresando en el Seminario Conciliar de Almería, donde cursó sus estudios. Ordenado sacerdote en 1954, fue enviado por el Obispo de Almería, el Dr. Alfonso Ródenas García a ampliar los estudios superiores que le llevarían al servicio de la Santa Sede. En 1967 el Papa Juan Pablo II le confiere la ordenación episcopal, después de haberle nombrado Arzobispo titular de Emérita Augusta, y más tarde será titular de Bolsena. Méjico es su última Nunciatura, prestando una importante contribución a la regularización del estatuto de la Iglesia en el país hermano.

Hoy regresa a su ciudad amada de Almería para recibir sepultura en la iglesia Catedral de la Encarnación, donde ha querido que fueran inhumados sus restos mortales, suplicándolo así personalmente y en su testamento al Obispo diocesano de Almería. Con gusto hemos accedido a esta súplica, conscientes de su valioso servicio a la Iglesia y a los Papas, que queda bien de manifiesto en el mensaje de condolencia que hemos recibido del Santo Padre Francisco, expresión del aprecio por la obra realizada por el Nuncio, en el desempeño de los oficios que le fueron confiados al frente de las legaciones de la Santa Sede ante los gobiernos de distintos países, como delegado del Papa ante sus Iglesias particulares y como observador permanente de la Sede Apostólica en diversos organismos internacionales.

El Obispo recibe el ministerio episcopal como un servicio y no como un honor, aunque el ejercicio de este ministerio lleve consigo la dignidad propia de quien preside a los fieles en la sucesión apostólica. El Vaticano II enseña que «así como, por disposición del Señor, san Pedro y los demás Apóstoles forman un único Colegio apostólico, por análogas razones están unidos entre sí el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, y los obispos, sucesores de los Apóstoles» (Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, n. 22). La tarea que los Papas confiaron a Don Justo Mullor estuvo siempre al servicio de esta unión entre los obispos y el Papa, que responde al «carácter colegial del orden episcopal» (ibid.).

Los nuncios apostólicos tienen la misión de servir a esta unidad de los obispos y el Papa, como legados del Sucesor de Pedro ante las Iglesias particulares de un país.  Pues, como dice santo Tomás de Cantorbery, cuyo martirio hemos conmemorado hace unos días: «Quién se atreve a dudar que la Iglesia de Roma es la cabeza de todas las Iglesias y la fuente de la doctrina católica? ¿Quién ignora que las llaves del reino de los cielos fueron entregadas a Pedro? ¿Acaso no se edifica la Iglesia sobre la fe y la doctrina de Pedro, “hasta que lleguemos a todos al hombre perfecto en la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios”?» (Santo Tomás de Cantorbery, Carta 74: PL 190, 533-536; vers. española de la Liturgia de las Horas: Oficio de lectura de la memoria del 29 diciembre).

Una valiosa tarea al servicio de la unidad de la Iglesia que desarrollan los representantes del Sucesor de Pedro ante las Iglesias diocesanas de un país, al mismo tiempo que actúan como embajadores del Santo Padre ante los Estados, promoviendo las mejores relaciones de cooperación entre las autoridades de los países y la Iglesia formada asimismo por fieles que no dejan de ser ciudadanos.

Hoy damos sepultura a un servidor fiel y prudente que puso el mayor empeño en cumplir, aun cuando hubo de pasar por dificultades que no ignoramos. Como ayudó cuanto pudo a fortalecer la presencia pública de la Iglesia al servicio de la sociedad, para lograr, siempre y en todo momento, aquella paz social que hace posible la evangelización mediante la predicación del Evangelio, porque sólo la predicación del Evangelio puede transformar la vida de las personas y de la sociedad.

Una tarea que es la misión propia de la Iglesia, el anuncio de la salvación en Cristo, misión destinada a lograr aquella renovación del ser humano que le lleve a vivir, anticipadamente en la tierra, la transformación prometida para los tiempos finales. La transformación de la humanidad y del mundo creado, cuando Dios instaure su reinado, el reino del Hijo del hombre, a quien el Padre ha entregado el poder y el juicio de los hombres. La consumación de este reino pasa por el discernimiento del juicio y la victoria final de Dios sobre el mal desencadenado por el pecado, cuyo resultado es la muerte eterna.

El profeta Daniel refiere la victoria final del arcángel san Miguel, el Príncipe de los ejércitos celestiales, en cuya acción espiritual de protección de los fieles contra el Maligno, se nos ofrece un anuncio y representación de la victoria de Cristo resucitado, que llevará consigo a los predestinados: «los inscritos en el libro de la vida», mientras otros resucitarán «para vergüenza e ignominia perpetua» (Dn 12,2). Este importante pasaje del Antiguo Testamento da testimonio de la fe en la resurrección de los muertos, como el conocido pasaje de Judas Macabeo, que, pensando en la resurrección, consideró un acto de piedad ofrecer un sacrificio expiatorio por los muertos (cf. 2 Mac 12,43-46). Esta fe confirmada por la resurrección de Cristo, da sentido a nuestra súplica por los difuntos como intercesión por el perdón de sus pecados, y súplica de que la resurrección se consume un día en los que han muerto piadosamente, para que, purificados de todos sus pecados, puedan hallarse presentes ante el Dios todo santo, que nos quiere a nosotros santos, y cuya misericordia se ha revelado en la entrega de su Hijo por nosotros. Por esto, cuando el libro de Daniel habla de cómo «los sabios brillarán con fulgor de firmamento y cuantos enseñaron la justicia, como las estrellas, por toda la eternidad» (Dn 12,3), el autor sagrado se está refiriendo a la transformación que Dios realizará de cuantos mueren en el Señor.

Es de fe que hemos de presentarnos ante el juicio de Dios, pero también que podemos afrontarlo con la confianza puesta en la misericordia de Dios revelada en la cruz de Jesucristo. Sabemos, como hemos escuchado en el evangelio, que Jesús no echará fuera cuanto le da el Padre, porque él ha venido al mundo para que todos «tengan vida y la tengan abundante» (Jn 10,10b); y ha bajado del cielo, dice el mismo Jesús, «no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del Padre que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día» (Jn 6,39).

Esta es nuestra esperanza fundada en la voluntad salvífica de Dios, que es universal porque Dios es misericordioso. San Pablo dice que nuestra vida está, por esto mismo, en las manos de Dios y el Padre ha confiado nuestra vida de pecadores a Cristo, para que, liberados por su pasión y su cruz de nuestros pecados, vivamos para él como él vivió para nosotros y por nosotros dio su vida. Por esto, «si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; así que ya vivamos, ya muramos, somos del Señor. Pues para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de muertos y vivos» (Rom 14,8-9).

La confesión de fe que don Justo nos ha dejado en su testamento una recia fe en Jesucristo, que ha inspirado su servicio a la Iglesia, consciente de que servir a Dios y a su Iglesia y, con ellos, es una aventura a los hombres todos es una aventura que sólo se acepta y se realiza al impulso de la Gracia». Consciente de sus limitaciones, de la desproporción entre el servicio eclesial que de él se pedía y su propia poquedad, dice con gran humildad, acepta su propia muerte y las pruebas que hayan de precederla «como acto supremo de purificación (…) Asociada mi muerte a la de Cristo en la cruz, mi vida pecadora y mi imperfecto servicio a la Iglesia adquirirán finalmente el sentido que en todo momento intenté darles sin siempre conseguirlo».

Que por el sacrificio eucarístico que vamos a celebrar, el Señor le otorgue el perdón y el premio que todos los que tenemos fe en Jesucristo esperamos de la misericordia del Padre. Que la santísima Virgen, a la que veneró con especial amor por la advocación de Nuestra Señora del Mar, Patrona de nuestra ciudad, que madre de misericordia y vida y esperanza nuestra interceda por él ante Cristo Resucitado. Amén.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

Almería, a 4 de enero de 2017

                 

                                   X Adolfo González Montes

                                             Obispo de Almería

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