Lecturas bíblicas:    Mi 4,1-5; 2 Cor 5, 14-20; Sal 87; Jn 20,11-18

Queridos hermanos y hermanas:

Con la celebración de estas solemnes vísperas concluimos hoy la Semana de oración por la unidad de los cristianos, en la fiesta de la Conversión del apóstol san Pablo.  El próximo 31 de octubre, en el año que hemos comenzado a recorrer, se cumplirán los 500 años de los inicios de la Reforma protestante, que dio comienzo, como tradicionalmente se entiende, cuando el fraile agustino Martín Lutero clavó en las puertas de la iglesia del Palacio de Wittemberg las 95 tesis, con las que él pretendía un debate abierto sobre la práctica de las indulgencias tal como venía siendo a lo largo de la Edad Media.

se nos ha revelado el amor misericordioso de Dios, que nos urge, la caridad divina que nos apremia. Para Martín Lutero la gran pregunta era dónde hallar un Dios misericordioso, y encontraba que la sagrada Escritura dejaba patencia del lugar donde Dios se revela como un Dios en favor nuestro, un «Deus pro nobis», en el que poder confiar y a cuyo amor acogerse: no en otro lugar que en Cristo crucificado.

La revelación del amor de Dios en la muerte de Cristo a todos nos alcanza, porque en la muerte de Jesús crucificado todos estamos incluidos. Cristo ha muerto por todos los pecadores, puesto que ha muerto en representación de todos los condenados a la muerte eterna. Esta concepción de la muerte de Cristo como una muerte vicaria, En el fondo de aquella práctica medieval, lo que Lutero impugnaba era la doctrina que la alimentaba, al vincular la salvación de quien lucraba la indulgencia a su coste crematístico; y al considerar las acciones vinculadas con la indulgencia como causa de la salvación. Contra una concepción de la salvación apoyada en las obras religiosas que el hombre pudiera hacer, Lutero apelaba a la gratuidad de la salvación que sólo la fe alcanza.

Sólo la obra redentora de Cristo es causa de nuestra salvación y en el misterio pascual es decir, en lugar del pecador, nos descubre que en la cruz Jesús ha clavado y ha dado muerte a la maldición que pesa pobre todos, porque «un colgado es una maldición de Dios» (Dt 21,22-23). Con Jesús y en él es el pecador el que ha sido llevado a la cruz como reo de delito capital. Muriendo por nosotros en la cruz, «Cristo nos rescató de la maldición de la ley, haciéndose él mismo maldición por nosotros» (Gál 3,13).

Cristo se hizo plenamente solidario de la humanidad reo de condena. El Apóstol lo comenta en la carta a los Romanos, exponiendo cómo aquello que era imposible al hombre, incapaz de cumplir la ley divina, sometido a la impotencia de la carne, «Dios, habiendo enviado a su propio Hijo en una carne semejante a la del pecado, y en orden al pecado, condenó el pecado en la carne» (Rom 8,3).  Lo que Dios le ha revelado a Pablo es este misterio de amor que ha estado oculto durante los siglos, hasta el momento en que Dios en su designio ha juzgado tiempo oportuno para darlo a conocer. Pablo se comprende a sí mismo como ministro de este misterio de amor divino: «que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la misma promesa en Cristo Jesús por medio del Evangelio» (Ef 3,6).

         La revelación de este misterio, del que Pablo es partícipe por revelación de Cristo resucitado desvela el carácter universal del Evangelio de Cristo, que nos apremia. En el Evangelio se revela el amor de Dios que en la resurrección de Cristo ha pronunciado su palabra regeneradora de la creación: «Mira que hago nuevas todas las cosas» (Ap 21,5). Como profetizara Miqueas, Dios convoca a las naciones para enseñarles el camino que conduce a la nueva humanidad, prefigurada en la reconstrucción nacional de Israel (cf. Mi 4,4,2).

El mensaje del Apóstol es la salvación universal de Cristo, porque «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2,4; cf. Ez 18,23) y como el hombre no puede salvarse por el camino de la ley, ya que no es capaz de cumplir la voluntad de Dios a causa de la fuerza del pecado, independientemente de la justicia que el hombre no puede alcanzar por el camino de la ley, Dios le otorga la justicia de Cristo para que la acoja por la fe en Jesucristo. Dice el Apóstol en la carta a los Romanos que la justicia de Dios se ha manifestado como «justicia por la fe en Jesucristo, para todos los que creen ­pues no hay diferencia; todos pecaron y todos están privados de la gloria de Dios­ y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús…» (Rom 3,22-24).

Fue esta convicción la que llevó a Lutero a reivindicar la doctrina de la justificación por la sola fe como centro del Evangelio y a enfrentarse a la Iglesia histórica. Es evidente que esta doctrina podía ser malinterpretada. La Reforma fue obra de teólogos, de maestros de la fe, que querían una Iglesia que, tal como se afirma en Confesión de Augsburgo, creyera con pureza y, por esto mismo, partieran del origen y fundamento de nuestra salvación: que sólo Dios es artífice de la salvación; y que administrara rectamente los sacramentos, el bautismo y la Cena del Señor, sin que se malinterpretara el valor de los ritos sagrados, como si por sí mismos pudieran justificar al pecador. El hombre no puede salvarse por aquello que haga por sus propias fuerzas, ni siquiera mediante los ritos de la religión.

Sin embargo, los católicos siempre consideraron que había algo de preocupante en las afirmaciones del reformador: «Algo en el lenguaje de Lutero despertó en los católicos la preocupación acerca de si él negaba la responsabilidad personal de las personas por sus acciones. Esto explica por qué el Concilio de Trento subrayó la responsabilidad de la persona humana y su capacidad para cooperar con la gracia de Dios» (Comisión luterana / católico romana, Del conflicto a la comunión, n. 120).

No sólo esto, ni católicos ni ortodoxos, es decir, católicos de oriente y de occidente, podrían aceptar una doctrina de la justificación que no considerara suficientemente el proceso de santificación del pecador, que sólo se detuviera en el perdón de los pecados sin considerar la acción recreadora de la gracia divina, del proceso de santificación como verdadero proceso de divinización del hombre por la gracia, que trae al hombre la verdadera recreación que da como fruto divino la humanidad nueva. Con el perdón de los pecados, el don del Espíritu Santo que los sucesores de los Apóstoles entregan a los bautizados trae consigo el cambio radical del ser interior del hombre. El evangelio de san Juan, Jesús dice cómo en quien tiene fe en él «de su seno correrán ríos de agua viva» (Jn 7,38).

En los cincuenta años transcurridos desde que, clausurado el Vaticano II, se dio paso a la constitución de las comisiones de diálogo ecuménico de las Iglesias, se han logrado avances muy importantes hacia la convergencia. Católicos y luteranos han podido consensuar una Declaración conjunta sobre la doctrina de la justificación por la fe que fue firmada por las autoridades de nuestras Iglesias en Augsburgo ya en 1999.

Damos gracias a Dios por ello, y porque comprendemos mejor, en un nuevo contexto de diálogo teológico, alimentado por el diálogo de la caridad, la personalidad religiosa de Lutero. No dejamos, sin embargo, de tener presente las circunstancias que llevaron a la ruptura y al enfrentamiento. La radicalización del momento histórico en que se fue configurando la Reforma no sólo condujo a incomprensiones de los católicos y de las autoridades de la Iglesia de Roma ante la empresa religiosa pretendida por Lutero y los reformadores. También los intereses políticos de los príncipes alemanes frente al Imperio motivaron la protección que los príncipes dieron a los reformadores, que de este modo contribuyeron a legitimar las pretensiones políticas de los príncipes.

En la Iglesia, aquella situación condujo asimismo a los reformadores y al propio Lutero a agresivas ofensas y descalificaciones del Papa y del gobierno universal de aquella Iglesia medieval en cuya comunión él mismo había sido bautizado y ordenado presbítero, en la que él había profesado los votos religiosos. El movimiento que Lutero desencadenó sin pretender dividir la Iglesia daría por resultado el fraccionamiento posterior de las Comunidades eclesiales surgidas de la Reforma protestante, dividiendo el cristianismo occidental hasta nuestros días.

Todo aquello, aunque persisten dificultades que lleva consigo el peso del pasado, o bien han surgidos otras nuevas, queda hoy superado en la común voluntad comprensión recíproca, urgidos por el amor de Cristo que nos convoca a la comunión, que nos pide un esfuerzo común por la evangelización del mundo, por la conversión a Dios de la cultura y de la sociedad de nuestros días, marcadas por el agnosticismo y el relativismo.

Luteranos y católicos hemos alcanzado un acuerdo sobre la doctrina de la justificación que llena de alegría a todos los cristianos, pero tanto los luteranos como en general las Iglesias y Comunidades eclesiales protestantes, igual que los católicos y los cristianos ortodoxos nos hallamos ante un futuro difícil de prever para la Iglesia. Estamos ante un futuro que constituye un verdadero desafío, porque en verdad sin Dios y sin Cristo no hay salvación, y ni siquiera un verdadero futuro digno del hombre; aunque el mundo contemporáneo haya llegado a creer otra cosa. Dios y sólo Dios en Cristo es el verdadero futuro del hombre.

Hoy más que nunca los cristianos de todas las Iglesias y Comunidades eclesiales estamos ante la obra de evangelización que requiere el esfuerzo de todos, porque todos hemos recibido el mandato de Cristo de predicar el Evangelio y de anunciar la voluntad salvífica universal de Dios a todos los pueblos de la tierra. Hoy más que nunca los cristianos somos convocados a la comunión eclesial que fortalece nuestra misión evangelizadora porque es misión que Cristo ha confiado a su Iglesia, gobernada por el ministerio apostólico. Los cristianos estamos llamados a enraizar nuestra vida eclesial en la común herencia apostólica, para que, siendo fieles a la sucesión apostólica, podamos prolongar en el tiempo y para las nuevas generaciones el mensaje redentor de Cristo.

Cristo Jesús nos llama a tomar como principio la novedad que él ha traído a la tierra con su misterio pascual, porque, con palabras del gran Apóstol: «el que está en Cristo es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo. Y todo proviene de Dios que nos reconcilió consigo por Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación» (2 Cor 5,17-18).

El mundo de hoy es un mundo acosado por luchas fratricidas y envuelto en múltiples guerras y actos de terror que afligen a millones de cristianos en el mundo. Tenemos presentes en nuestra oración y en nuestros corazones el dolor y el sufrimiento de cuantos son perseguidos en nombre de Cristo; y si su sacrificio por el Evangelio es tan grande, ¿cómo podemos nosotros no sentirnos urgidos por el amor de Cristo y ser solidarios con ellos? Queremos vivir del amor de Jesús y llevar el mensaje del Evangelio a cuantos con buena voluntad quieran acogerlo y se dejen interpelar por el amor de Dios revelado en Cristo crucificado, que a todos reconcilia y atrae a Dios, como san Pablo nos enseña cuando dice: «Porque en Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres, sino poniendo en nosotros la palabra de la reconciliación. Somos embajadores de Cristo, como si Dios exhortara por medio nuestro» (2 Cor 5,19-20).

Todos los cristianos estamos llamados a llevar al mundo esta embajada de reconciliación. Le pedimos a la bienaventurada Virgen María, a la que invocamos con nuestros hermanos orientales como verdadera Theotókos, Madre Dios y madre nuestra, imagen y figura de la Iglesia, que como Madre de la unidad y reina de la paz interceda ante Cristo Jesús, para que podamos cumplir la misión que nos ha confiado.

S. A. I. Catedral de la Encarnación

25 de enero de 2017

                                   X Adolfo González Montes

                                             Obispo de Almería

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