Lecturas bíblicas: Mal 3,1-4; Sal 23,7-10; Hb 2,14-18; Lc 2,22-40

Queridos sacerdotes, religiosos y religiosas;

Queridos hermanos y hermanas:

La fiesta de la Presentación del Señor tiene lugar a los cuarenta días de la Natividad del Señor, siguiendo el cumplimiento cronológico establecido por la prescripción mosaica del Éxodo (cf. Ex 13,11-16; cf. 34,19-20) y recogida también en el libro de los Números: «Todo primogénito de cualquier especie, hombre o animal, que se presente ante el Señor, será para ti; pero harás rescatar al primogénito del hombre y al primogénito de animal impuro» (Núm 18,15). Esta prescripción de consagrar al Señor todo primogénito varón tenía una clara intención teológica y, por tanto, se hallaba moderada por la consiguiente ley del rescate, que se extendía incluso a los animales impuros.

La intención teológica de esta prescripción respondía a la necesidad de mantener viva la memoria de la liberación de la esclavitud de Egipto, que había acarreado el sacrificio de los primogénitos de los egipcios. La consagración de los primogénitos recordaría para siempre a los hebreos la gesta de liberación realizada por el Señor: «Será para ti como señal en tu brazo y como recordatorio en tu frente; porque con mano fuerte te sacó el Señor de Egipto» (Ex 13,16).

         Haber respetado en el año litúrgico el transcurso en tiempo real de estos cuarenta días a partir de la Natividad del Señor, ayuda a evocar el paso del desierto a la tierra prometida ocurrido cronológicamente durante cuarenta años: un recorrido de la esclavitud a la libertad que se hacía presente en la fiesta judía de Pascua para cada uno de los hijos de los hebreos. Este mismo número aparece de nuevo para enmarcar el escenario de las tentaciones de Jesús en el desierto, resueltas con la victoria final de Jesús sobre el asedio de Satanás, triunfo que anuncia la victoria definitiva de Cristo sobre el pecado en su resurrección.

El simbolismo del número cuarenta justifica el tiempo que la ley prescribe para la purificación de la mujer después del parto, que se dividía en dos períodos temporales: los ocho días que transcurrían hasta la circuncisión, si se trataba de un varón, y los treinta y tres que completaban el número de cuarenta hasta su presentación con su hijo en el templo llevando la ofrenda de un cordero o un pichón, que el sacerdote ofrecía al Señor en el holocausto, y una tórtola para el sacrificio de expiación por el pecado. En el caso del nacimiento de una niña el período de purificación se alargaba a sesenta y tres días. Realizado el ritual, el sacerdote declaraba purificada a la madre oferente. Quienes no podían sacrificar una res menor para el holocausto, la ley prescribía al menos dos tórtolas o dos pichones, uno para el holocausto y el otro para el rito de expiación por el pecado (Lv 12,6-8).

         Se unían de este modo dos realidades simbólicas que adquirían un cierto significado sacramental: la memoria de la pascua y el ritual de purificación por el nacimiento de un hijo. En ambos aparece con claridad que sólo Dios es el Señor de la vida y que a él le pertenece. Haber salvado la vida del pueblo elegido se recordaría para siempre consagrando a los primogénitos, que Dios se los devolvía a los padres mediante el rescate. Es importante tener presente, al celebrar hoy la Jornada de la Vida consagrada, que prolongando el simbolismo pascual al servicio del culto judío, «los levitas son consagrados a Dios en sustitución de los primogénitos de Israel, entonces salvados de la muerte» (Biblia de Jerusalén: Nota a 13,11).

En la liturgia cristiana, la fiesta de la Presentación del Señor ha estado vinculada de este modo a los misterios del Señor y de María, contemplando con la presentación de Jesús en el templo, que así cumple la ley mosaica en su carne, la tradicional fiesta de la Purificación de María por el nacimiento de Jesús, convertida en una fiesta devocional de honda tradición popular. Por una parte, la fiesta representaba la prolongación de la vivencia feliz de la Navidad; y, por otra, la purificación de la Virgen Madre disponía a la apertura ya próxima de la Cuaresma, tiempo de expiación y purificación, camino de la Pascua. El sometimiento a la ley de Jesús y de María son expresión de la solidaridad del Hijo de Dios con los pecadores, «nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la condición de hijos» (Gál 4,4b-5)

Parte de los elementos salvíficos de esta fiesta se habían vivenciado en la tradición litúrgica occidental en la fiesta de la circuncisión del Señor en la octava de la Navidad; y, al hacer de ellos memoria en esta fiesta, la profecía de Simeón alcanzaba una significación propia de llamada de los fieles a reconocer en Jesús, que vertía en la circuncisión su primera sangre, aquel que es signo de contradicción y que será, por su sufrimiento, causa de salvación de los hombres. El evangelio asocia al sufrimiento y dolor del Redentor a su Madre, cuyo corazón es traspasado por la espada del primer dolor. Se explica la emoción que esta fiesta ha suscitado en el pueblo fiel, porque sus aspectos devocionales alcanzan a vivenciar proféticamente el camino que irá del nacimiento de Jesús en Belén a su crucifixión en el Calvario.

Al mismo tiempo, esta fiesta es fiesta de la luz que ha brillado en Belén, en el nacimiento del Señor, y anticipa la luz pascual de la resurrección. La Virgen de la Purificación es la Candelaria, que acude con las dos tórtolas a presentar en el templo con su esposo san José al hijo, «sol que nace de lo alto» (Lc 1,78) y es la luz del mundo. Aquel en cuyo abajamiento y humillación encontrará salvación el mundo. Jesús es «la luz verdadera que alumbra a todo hombre, viniendo a este mundo» (Jn 1,9). Hemos sido iluminados por la luz de Cristo y el cirio encendido que hemos llevado en nuestras manos en la procesión de luminarias es un signo visible de la luz de Cristo mientras alabamos al Padre de las luces y de las misericordias y le suplicamos que, «cuantos son iluminados en tu templo por la luz de estos cirios, puedan llegar felizmente al esplendor de tu gloria» (Misal Romano: Bendición de los cirios en la fiesta de la Presentación del Señor).

La profecía de Malaquías alude al que es «un fuego de fundidor» (Mal 3,3) para purificar a quienes han de presentar la ofrenda, para que puedan hacerlo como es debido, con aquella pureza interior que requiere la purificación externa. Los portones de la ciudad santa se abren al Rey que llega y el santuario se llena de la gloria del Señor. Cristo luz de las gentes entra en el templo, que su presencia ilumina y el templo donde brilla la luz de Cristo deja de ser necesario, porque el santuario es el mismo Cordero de Dios que purifica la humanidad pecadora: «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29.36). Jesús es el Cordero que con su muerte da la vida y cambia al hombre viejo haciendo de él un hombre nuevo. Cristo resucitado es el santuario que brilla en la ciudad nueva de Jerusalén, donde tampoco hay lámpara que lo ilumine, «porque su lámpara es el Cordero» (Ap 21,23). Es el corazón de la ciudad nueva que impulsa la vida divina que corre por el cuerpo místico de Cristo, la humanidad redimida. 

La Jornada de la Vida consagrada tiene un lema propio este año, como cada una de estas jornadas. Es un lema que ve a las personas de consagración religiosa o laical, contemplativa y apostólica, como «testigos de la esperanza y de la alegría». Lo son porque sus vidas han sido iluminadas por la luz que es Cristo. La esperanza que alienta en cada persona de vida consagrada se funda en la luz que la ilumina, que brilla en la llamada que ha experimentado a vivir en religión como forma de seguimiento pleno y camino de purificación y configuración con aquel que llama. Una esperanza que se alimenta en la oración como escuela de esperanza, que a todos los bautizados en Cristo nos hace «capaces para Dios y, precisamente por eso, capaces también para los demás» (Benedicto XVI, Carta encíclica Spe salvi, n. 33).

Las personas de vida consagrada, tanto en la contemplación como en la acción, han de alimentar su propia consagración de vida en esta escuela de esperanza que es la oración, y su dedicación a la oración se ha distinguir tanto por el tiempo que a ella dedican y por su intensidad. De la experiencia de Dios que el consagrado hace en la oración dimana la alegría que acompaña su existencia y misión. Como ha dicho el Papa Francisco, ninguno de los cristianos hemos de dejarnos robar la alegría de nuestra fe. La vida religiosa estaría en peligro, si como dice el Papa dejara de gozar la persona de vida consagrada de la dulce alegría del amor de Dios vivido y experimentado como entusiasmo por hacer el bien, por llevar a los demás a Dios, fuente del gozo interior que impulsa a amar al prójimo y darse a los más necesitados.

La vida religiosa es incompatible con el individualismo en que a veces se encierra la persona consagrada, abandonando la vida de comunidad, ahogada por las múltiples ocupaciones que la llevan a encontrarse vertida en los proyectos que  emprende y promueve, pero que pueden alejar del gozo del amor de Dios; siendo así que «del amor de Dios  se deriva la participación en la justicia y la bondad de Dios hacia los otros», dice Benedicto XVI; y añade cómo, de esta suerte, «el amor de Dios se manifieste en la responsabilidad por el otro» (Spe salvi, n. 28).

Esto, ciertamente, es válido para todos los bautizados, pero adquiere una radicalidad propia en la vida de las personas consagradas. Esta necesaria relación con Dios se establece por medio de la comunión con Jesús. Dice el Papa Benedicto XVI: «Estar en comunión con Jesucristo nos hace participar en su “ser para todos”, hace que éste sea nuestro modo de ser. Nos compromete en favor de los demás, pero sólo estando en comunión con Él podemos realmente llegar a ser para los demás» (Spe salvi, n. 28). Por eso, nada es más contrario a la vida consagrada que un modo de vivir para los demás, pero sin verdadera comunión con Jesucristo, porque, como el mismo Jesús le dijo a Marta: «María ha elegido la mejor parte, que no le será quitada» (Lc 10,42).

Pidamos a la Virgen Madre, que nos dio la luz del sol que nace de lo alto, Jesucristo nuestro Señor, que interceda por nosotros y con su maternal cuidado nos ayude conservar y hacer brillar nuestra consagración de bautizados y la vida de consagración, para que la vida religiosa adquiera así en nuestro mundo una proyección que acerque a los hombres a la luz Cristo.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

2 de febrero de 2017

                                   X Adolfo González Montes

                                             Obispo de Almería

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