Lecturas bíblicas:  Ex 17,3-7; Sal 94,1-2.6-9; Rom5,1-2.5-8; Jn 4,5-42

Queridos hermanos y hermanas:

En este tercer domingo de la Cuaresma, la palabra de Dios está simbolizada en el agua que, por mandato de Dios, Moisés hizo brotar de la roca, para que pudiera beber el pueblo extenuado en el desierto, y con él los ganados que los israelitas llevaban consigo. Fue aquel acontecimiento de salvación símbolo y figura del agua del bautismo y del Espíritu Santo que recibe el que se bautiza, bebida espiritual, pues dice el Apóstol: «[los israelitas nuestros padres] todos fueron bautizados en Moisés por la nube y por el mar; y todos comieron del mismo alimento espiritual; y todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que los seguía; y la roca era Cristo» (1 Cor 10,2-4).

         El pueblo estaba ya tan exhausto que muchos piensan morir en el desierto, pero su sed será saciada con el agua que Moisés hizo brotar de la roca. Aquella agua, era figura de la bebida espiritual que es el Espíritu Santo. De esta agua de vida eterna le habla Jesús a la samaritana, sin que ella acierte a comprender que Jesús no le habla del agua física del pozo que Jacob hizo excavar para que pudieran beber su casa y sus ganados. La samaritana iba al pozo de Jacob a aprovisionarse de agua potable y no entendía otra cosa, no estaba en actitud de comprender a Jesús, que sabe quién es ella y le habla de la bebida espiritual que puede calmar la sed de la humanidad pecadora. Jesús, por eso, le dice: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú y él te daría agua viva» (Jn 4,10).

         El agua del mar que cruzaron los israelitas y el agua de la roca del desierto son figura de la bebida espiritual que Jesús ofrece como don de vida eterna; y a este don de Jesús se llega sólo mediante la fe de quien se convierte y se adhiere al Cristo de Dios: «Si alguno tiene sed, que venga a mí y beba (…) De su seno correrán ríos de agua viva» (Jn 7,37-38). Comenta el evangelista que Jesús decía esto «refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él» (Jn 7,39). Con estas palabras Jesús evocaba la promesa del agua viva de la que Isaías pone en boca del Dios de Israel: «Derramaré sobre el suelo sediento, raudales sobre la tierra seca. Derramaré mi espíritu sobre tu linaje…» (Is 44,3).

         El tema del agua viva se reitera en la Escritura y Jesús lo incorpora a su predicación, para revelar mediante el simbolismo del agua la salvación que llega con su persona y ministerio. El evangelista contrapone el lenguaje de la samaritana y la palabra de Jesús, que la samaritana entiende de forma materialista: «Señor, dame de esa agua; así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla» (Jn 4,15). El Espíritu es el don de la resurrección de Cristo y, por eso mismo, se derramará sobre toda carne, como había prometido el profeta Joel como dádiva y gracia divina que acompaña el perdón de los pecados y trae la regeneración del hombre (cf. Jl 3,1-5; cf. Hch 2,17ss). El Espíritu Santo va unido al agua del bautismo significada en el agua del Mar Rojo igual que en el agua del desierto que Moisés hizo brotar de la roca.

La Cuaresma es tiempo de preparación al bautismo y a los sacramentos de la iniciación cristiana para cuantos recibirán el bautismo en la próxima vigilia pascual, y en las semanas de Pascua que siguen al domingo de resurrección. Los catecúmenos se preparan para el don del Espíritu, y también los que, habiendo sido ya bautizados, han de recibir el sacramento del Espíritu Santo, la Confirmación.

         El don del Espíritu no sólo es protagonista en los sacramentos de la iniciación cristiana, también lo es en el sacramento del Orden, mediante el cual Dios derrama, por Cristo el Espíritu Santo sobre los elegidos, para que desempeñen los oficios eclesiásticos que alimentan la vida de los fieles congregados en la Iglesia y unidos con los ministros por el bautismo.

         Cristo marca de forma indeleble con su sello, que es el Espíritu Santo, a quien es ordenado, para que de esta manera se convierta en medio de santificación en la Iglesia. El don común del Espíritu que se da en el bautismo a todos los fieles, se da en forma específica a algunos de ellos, para que por ejercicio del ministerio ordenado Cristo siga derramando su Espíritu sobre los que vienen a la fe en él. Hoy imponemos las manos a un candidato al Orden sacerdotal, para que reciba el sacramento del Diaconado y, después de ejercerlo, en la forma transeúnte en que lo ejercen los seminaristas que reciben la ordenación diaconal, accedan a la recepción del ministerio sacerdotal de los presbíteros.

Hoy este hermano nuestro da un paso decisivo en su camino hacia el presbiterado, al acceder a la ordenación de diácono. Poder ordenar a este hermano nuestro es una gracia que Dios otorga al Obispo, pero que requiere la colaboración previa del presbiterio, ya que son los sacerdotes los que han de estar más interesados en la pastoral vocacional. El camino que han de recorrer los candidatos al ministerio sacerdotal requiere la colaboración de las familias, porque es en la familia, verdadera iglesia doméstica donde se realiza la primera transmisión de la fe y se acompañan los primeros pasos de acercamiento a la parroquia de los niños y adolescentes. Requiere, sobre todo, la colaboración propia del Seminario y del equipo de formadores. Su responsabilidad es la propia de quienes han sido puestos para orientar al sacerdocio a los jóvenes que se van decantando por el seguimiento discipular de Cristo, hasta lograr la plena configuración con él, para ser representación viva del Buen Pastor al servicio espiritual de la comunidad eclesial.

La responsabilidad primera es del Obispo, pero todos los agentes que intervienen en la selección y formación de los sacerdotes deben tener presente el criterio que la Iglesia establece: «Por el bien de toda la Iglesia conviene tener presente que la caridad pastoral, en todos los niveles de responsabilidad, no se ejercita admitiendo a cualquier persona al Seminario, sino ofreciendo una orientación vocacional ponderada y un proceso formativo válido» (Ratio formationis sacerdotalis [2016], n. 128b).

Quiera el Señor ayudarnos a suscitar en los niños, adolescentes y jóvenes las vocaciones al sacerdocio que la Iglesia necesita para el ejercicio del ministerio pastoral. Al dar gracias a Dios por esta nueva ordenación, suplicamos del Padre de las misericordias que no falten en nuestra comunidad diocesana los ministros de Cristo que nos guíen por las sendas de la santidad. Sendas que son obra del Espíritu Santo, que alienta y conduce con suave brisa espiritual el seguimiento y la configuración con Cristo de los candidatos a las sagradas Ordenes. Así se lo pedimos a la santísima Virgen y a su esposo san José, cuya fiesta nos acerca a su patrocinio sobre la Iglesia y las vocaciones sacerdotales. Fiel custodio de la sagrada Familia, san José fue custodio del primer seminario de la historia, y sigue siendo en el cielo el gran protector de las vocaciones. Si la carencia de vocaciones es en cierta medida un fracaso de las familias y de las comunidades parroquiales, pidamos por intercesión de María y de José las vocaciones necesarias y recibamos cada una de estas vocaciones como un don que fortalece la vida cristiana de las familias y el compromiso misionero de las parroquias.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

19 de marzo de 2017

                                   X Adolfo González Montes

                                            Obispo de Almería

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