Lecturas bíblicas: Hech 34a.37-43; Sal 117; Cor 5,6b-8; Jn 20, 1-9

 

Queridos hermanos y hermanas:

Jesús resucitó de entre los muertos y ha sido glorificado a la derecha de Dios Padre todopoderoso. Esta es la gran noticia de la Pascua, contenido de la liturgia de la palabra de Dios proclamada en esta primera parte de la Misa del domingo de Pascua que estamos celebrando. En la resurrección de Jesús, Dios ha revelado que la muerte no tiene la última palabra, porque «Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos» (Mc 12,27). Así lo dijo Jesús mismo, apuntando el error de quienes concebían la vida de los resucitados al final de los tiempos al modo de la vida terrena. La respuesta apela a la lectura en su conjunto de las Escrituras, que hablan del mismo Jesús. De hecho, Jesús se quejará de quienes no entendían que el Mesías tenía que padecer para entrar en su gloria, por lo misma razón: la resurrección no es la prolongación de la vida feliz terrena, sino vida plenamente nueva y definitiva.

Los apóstoles no podían tampoco entender qué relación podía guardar el sufrimiento y pasión de Jesús con el reino de Dios. La experiencia pascual les llevaría a reconocer en las apariciones del Resucitado la plenitud de una vida nueva que no podían retener en el marco estrecho de la vida cotidiana. Fueron por esto conducidos a la convicción de fe en que Jesús resucitado era el mismo que ellos habían conocido y había vivido con ellos. A esta conclusión fueron llegando progresivamente, pero en un tiempo muy corto, mientras el Resucitado se dio a conocer mostrándoles las llagas de pies, manos y costado, comiendo con ellos, para disipar la idea de que estuvieran viendo algún espíritu o fantasma, y retrospectivamente llevándolos al marco cotidiano de los días de la predicación en torno al lago de Galilea, a las escenas de la pesca milagrosa con la que Jesús les daba a conocer que era el mismo que los había llamado junto al lago, para hacer de ellos pescadores de hombres.

El pasaje del libro de los Hechos recoge la predicación de Pedro en casa del centurión romano Cornelio, discurso en el que Pedro reconstruye la trayectoria de la vida pública de Jesús «ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con él» (Hch 10,38). Para Pedro la resurrección de Jesús confirmaba que las acciones sanadoras de Jesús y su predicación eran obra de Dios, porque Dios había ungido a Jesús en su bautismo en el Jordán derramando sobre él el Espíritu Santo. De esto él y los apóstoles daban testimonio, como testigos escogidos de antemano, para dar cuenta de cuanto dijo y de cuanto hizo como enviado de Dios; y para acreditar ahora su resurrección de entre los muertos. La unción bautismal de Jesús anticipó de hecho la revelación que se manifiesta en la resurrección de Jesús, dejando al descubierto que, en verdad “Dios estaba con él”.

La resurrección es el gran acontecimiento de intervención divina en la historia de la humanidad, no porque la resurrección sea un acontecimiento como los demás acontecimientos históricos, pues la resurrección es entrada en una vida trascendente, que no es de este mundo; no es, por tanto, una vuelta a la vida terrena, sino una entrada en la vida de Dios, a la que Jesús ha llegado atravesando la oscuridad de la muerte.

La resurrección deja, sin embargo, huellas y signos en la historia terrena por medio de los cuales Dios conduce a la comprensión y conocimiento de la resurrección de Jesús. Estos signos son el sepulcro vacío y las apariciones del Resucitado. En el evangelio de este día toma un protagonismo espacial el sepulcro vacío de Jesús. María Magdalena cree que se han llevado el cadáver de Jesús y corre asustada y llena de preocupación a dar cuenta de lo sucedido a Pedro y los apóstoles. Pedro y el discípulo a quien Jesús tanto quería corren presurosos y desconcertados a ver qué es lo sucedido. Pedro y el otro discípulo no parece concluir que lo que están viendo sea aquello de lo que hablan las Escrituras, sino que llegan a éstas conducidos por la fuerza de los hechos. Tiene su importancia constatar que los lienzos y el sudario con los que fuera envuelto el cadáver de Jesús no han sido abandonados al desorden de un robo precipitado del cadáver; pues, aunque los lienzos están en el suelo, el sudario ha sido doblado y colocado en un sitio aparte. Sin duda el detalle forma parte del signo que representa el sepulcro vacío, y el discípulo amado comenzó, en efecto, a creer que Jesús había vencido la muerte.

A la luz de esta experiencia llegarían los apóstoles a la interpretación de las Escrituras. Una lectura nueva de las mismas explicaba la muerte de Jesús.El mismo Resucitado así se lo decía a los desolados discípulos de Emaús: «¿No era acaso necesario que el Mesías padeciera eso para entrar a sí en su gloria?» (Lc 24,26); y si tenía que padecer, el sufrimiento y la pasión de Jesús tenían un sentido que sólo ahora podían comprender. Fueron pasando progresivamente de la sorpresa a la convicción de que Jesús vivía en Dios y al tiempo estaba en medio de ellos de una forma nueva. Poco a poco fueron conducidos por el Espíritu Santo a la conclusión que se decían unos a los otros con gozo incontenible: «¡Es verdad!¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!» (Lc 24,34).

Jesús mismo lo corroboraba para ellos, testigos elegidos por designio de Dios para testimoniar la resurrección de Jesús. Las apariciones pascuales de Jesús fueron la prueba definitiva en la misma medida en que, pasando de unas apariciones a otras, todos los testigos agraciados iban concluyendo la verdad de lo sucedido.

Esta es nuestra fe y esta es la fe de la Iglesia, y podemos decir al unísono con los apóstoles que Dios estaba con Jesús, que Jesús es el Hijo de Dios y que, resucitado de entre los muertos, ha sido glorificado a la derecha de Dios. Podemos continuar recitando el Credo y afirmando que Jesús vive ahora y para siempre en el reino de Dios Padre, desde donde volverá en la consumación del mundo como juez de vivos y muertos. Podemos decir con la certeza de la fe que él está de forma nueva con su Iglesia, que él fundo sobre la piedra apostólica que es Simón Pedro y sobre los apóstoles; y que él estará con nosotros hasta el final de los tiempos.

Hemos vivido el Triduo Pascual con la emoción y la intensidad de una fe fervorosa que se siente fortalecida por la presencia eucarística del Señor en el sacramento del Altar. En la vigilia pascual algunos de nuestros catecúmenos han recibido el bautismo, la confirmación y la Eucaristía, los tres sacramentos que nos hacen cristianos, y se han incorporado a la comunión de la Iglesia. Otros muchos catecúmenos en todo el mundo han vivido esta misma experiencia en la noche pascual; y muchos más se irán incorporando a lo largo de este tiempo pascual. Debemos retomar los que ya fuimos bautizados, la mayoría de infantes, nuestra fe bautismal, la que nos transmitieron quienes respondieron por nosotros al presentarnos al bautismo; y renovar aquellos los propósitos bautismales que hicimos progresivamente nuestros. Recordemos lo que el Catecismo nos enseña: que «unidos a Cristo por el bautismo, los creyentes participan ya realmente en la vida celestial de Cristo resucitado, pero esta vida permanece “escondida con Cristo en Dios”» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1003).

Por el sacramento de la confirmación los bautizados son hechos partícipes de la unción de Cristo y reciben el sello sacramental del Espíritu que le hace miembros del pueblo sacerdotal, de la Iglesia, y se unen más estrechamente a Cristo como hijos adoptivos del Padre. Además de acrecentar los dones del Espíritu que fortalecen la vida cristiana, la confirmación une a quienes la reciben de manera más perfecta a la Iglesia, para ser testigos de Jesús y de su resurrección ante el mundo (cf. Catecismo, nn. 1302-1305).

Finalmente, porque la Eucaristía «contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua» (Vaticano II: Const. Sacrosanctum Concilium, n. 47; cf. Catecismo, n. 1324), en la Eucaristía, meta y culmen de la iniciación cristiana, participamos del alimento de la vida eterna; y «cuando resucitemos en el último día, también “nos manifestaremos con él llenos de gloria” (Col 3,4 (cf. Catecismo, n. 1003).

Damos gracias a Dios por los nuevos hijos adoptivos de Dios Padre que se incorporan a la Iglesia, cuerpo de Cristo, en esta Pascua; y rogamos por ellos para que siempre se sean fortalecidos por el Espíritu y hechos capaces de dar testimonio de Cristo, que los ha atraído a la comunión eclesial. Nos confiamos con ellos a María, la Madre del Redentor y constante intercesora nuestra, para que ella, que acompañó a Jesús hasta la cruz y tuvo el gozo inmenso de reencontrarlo resucitado, los ayude a ellos y a nosotros a mantenernos unidos a él como discípulos suyos y testigos de su resurrección.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

16 de abril de 2017

                                    Adolfo González Montes

                                             Obispo de Almería

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