Lecturas bíblicas: Sab 5,1-4.14-16; Sal 88,2.6.12-13.16-19; 1 Cor 1,18-25; Jn 15, 9-17

Queridos hermanos sacerdotes miembros del Excmo. Cabildo;

Ilustrísimo Sr. Alcalde;

Excelentísimas e Ilustrísimas autoridades;

Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos la solemnidad del Santo Patrón de la diócesis y del Seminario Conciliar, y Patrón de la capital de Almería. Una fiesta que retorna cada año para que demos gracias a Dios por medio de san Indalecio, porque por medio de él, Obispo fundador de nuestra Iglesia diocesana, dispuso  Dios en su designio de salvación que el pueblo que habita estas tierras llegara a conocer a Cristo, que es el camino que lleva a Dios Padre, y es al mismo tiempo la meta a la que conduce el camino.

Los teólogos han tratado de explicar cómo en la persona de Jesucristo Dios no sólo nos ha dado el camino por el cual podemos transitar hasta él, sino que nos hado también la meta del camino, que es Dios, en la persona divina de su Hijo Jesucristo. Así los teólogos han podido hablar con toda verdad de que en Jesucristo se identifica el portador del mensaje y el mensaje mismo, porque Jesús es el revelador, es decir aquel que trae y proclama la salvación que Dios ofrece al mundo, para que no se pierda; y Jesús es asimismo la salvación que el mensajero da a conocer.

Justamente en estos días de Pascua en los que en la liturgia de la palabra de la Misa se leen diversos fragmentos del evangelio de san Juan, el evangelista nos adentra en el llamado “discurso de los adioses” de este cuarto evangelio. En este lago discurso del cuarto evangelio, Jesús desvela el misterio de su propia persona. Después de afirmar que él mismo es el camino y la verdad y la vida, Jesús dice a los apóstoles: «Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocéis a mí, conocéis también a mi Padre» (Jn 14,7). Por eso, porque Jesús es la manifestación en nuestra carne del Padre, Dios invisible al que nadie ha visto nunca (cf. Jn 1,18), Jesús es Dios-con-nosotros (En-manuel) y en él hemos de permanecer para permanecer en Dios. Jesús nos ha revelado el amor de Dios y pide a los apóstoles permanecer en el amor para permanecer en él, en el amor de Dios.

¿Cómo podrán los discípulos de Jesús permanecer en el amor? Sólo guardando los mandamientos de Jesús, en los cuales Cristo Jesús ha recapitulado toda la ley y el mensaje de los profetas. Prueba suprema del amor es la que llevó a los mártires de nuestra Iglesia a dar su vida en la persecución religiosa del siglo XX en España, en la confrontación que dividió a los españoles y que fue acompañada de una cruel persecución, que forma parte sustancial de nuestra memoria histórica, que no puede manipularse al servicio de una visión sectaria de nuestro pasado.

Los mártires permanecieron en el amor de Dios porque guardaron los mandamientos y prefirieron morir a no aceptar la voluntad de Dios sobre ellos. El amor con el que los mártires entregaron su vida es un amor que reconcilia y salva, porque murieron perdonando y ofreciendo su sangre para la paz y la reconciliación. El futuro de nuestra sociedad sólo se puede esperar como futuro de paz y de prosperidad, si se levanta sobre el sólido fundamento del perdón y la voluntad sincera de fraternidad. Cuantos se sirven de la memoria histórica con intereses ideológicos y la utilizan sin voluntad alguna de verdad, mienten a las nuevas generaciones y se mienten a sí mismos ocultando la realidad del pasado histórico. Actuando así ponen, de hecho, en peligro un futuro de auténtica paz social.

         Hoy vivimos contradicciones que sólo pueden ser superadas con el reconocimiento objetivo de la verdad histórica, reconocimiento de los errores y sincera voluntad de futuro. Somos herederos de una secular tradición cristiana y, al mismo tiempo, vivimos en una nueva sociedad que se ha distanciado mucho de ese pasado cristiano del cual venimos, dando legítima cabida a una sociedad abierta. Sin embargo, esta sociedad actual puede estar en peligro, si se trata de ignorar o descalificar nuestra historia cristiana, y limitar y constreñir mediante control la libertad religiosa. El mensaje evangélico incluye una visión del hombre y del mundo que es contenido irrenunciable de la predicación cristiana.

Ciertamente, como hemos escuchado en la primera carta de san Pablo a los Corintios, la predicación del Evangelio es necedad a los ojos del mundo, porque en el núcleo de la predicación es que Dios nos ha salvado mediante la cruz de Jesús. Que Dios lo haya querido así es consecuencia de que los hombres han rechazado hacer uso razonable de la luz natural de la razón. San Pablo dice que Dios le ha dado al ser humano, como ser libre y de responsabilidades morales, una luz natural y un saber moral de la conciencia mediante los cuales puede descubrir que Dios, en efecto, es la respuesta a la pregunta por el misterio del mundo. Más aún, que Dios mismo es el contenido del misterio del mundo y sentido último de la vida humana. Lo propio es que los hombres fueran conducidos por la realidad de lo creado y reconocieran al Creador. Sin embargo, no ha sido así desde el comienzo de la humanidad, por eso dice san Pablo, argumentando en la carta a los Romanos con el rigor de la lógica, como la humanidad pecadora se ha venido negando desde el comienzo a reconocer a Dios en la creación (cf. Rom 1,19-21), «quiso Dios salvar a los creyentes mediante la locura de la predicación» (1 Cor 1,21). La locura de la predicación es hacer de la necedad de la cruz la expresión suprema del amor de Dios ofrecido a la fe. Según san pablo ni los poderosos ni los sabios se sienten inclinados a reconocer el amor de Dios en la cruz de Jesús. Por eso, el Apóstol sigue diciendo que Cristo crucificado revela la verdadera sabiduría de Dios, y que ha elegido lo necio del mundo para confundir la arrogancia de los se tienen por sabios y usan arrogantemente de la razón declarando razonable lo que Dios rechaza.

El intento de oscurecer el conjunto de los signos cristianos y desplazar la cultura inspirada por el cristianismo raya a veces en lo inverosímil; porque, según se comentada días atrás entre nosotros, ¿cómo se puede proponer, por ejemplo, una visión de la cruz como «indalo florecido»? Una propuesta así no puede ocultar la absurda intención de expulsar de la sociedad la cultura cristiana; porque absurdo es contemplar el árbol de la cruz florecido en las fiestas de la cruz de mayo sin la fe en la resurrección de Cristo, sin fe en el poder de Dios para devolver la vida a los muertos, porque sólo Dios es creador de cuanto existe y sacó el mundo creado de la nada, por eso Dios puede resucitar a los muertos y hacer que florezca el árbol de la cruz, convirtiendo el instrumento de suplicio que es la cruz en trono de gloria.

Se pretende transformar la herencia religiosa y cultural del cristianismo para hacerlo irreconocible, en un mundo “correctamente agnóstico”, ocultando con ello que la predicación de la cruz, necedad para la razón humana, es anuncio de la infinita sabiduría de Dios; y es salvación para quien la acepta, la acoge y la hace vida. La cruz, en verdad, es la revelación del amor de Dios por el hombre pecador, cuyos crímenes cargó Cristo sobre sí para que fueran aniquilados en la cruz y en su cuerpo glorioso dieran paso a la esperanza en la resurrección futura.

Ciertamente, conforme a la palabra de Cristo, «los hijos de este mundo son más sagaces con los de su clase que los hijos de la luz» (Lc 16,8). Por eso, los seglares no deberían olvidar que los laicos cristianos tienen el deber de hacer valer su propia fe como propuesta de bien para la sociedad, y no anteponer a la verdad el interés de la imagen y el interés político, pues ni la justicia ni la caridad pueden darse si no es en la verdad. La verdad no sólo libera la justicia de convertirse en mera aplicación de la ley sin atención a la condición y situación de las personas, también libera a la caridad «de la estrechez de una emotividad que priva de contenidos relacionales y sociales» dejó dicho el papa Benedicto, que añadía: «La verdad abre y une el entendimiento de los seres humanos en la lógica (lógos) del amor: éste este es el anuncio cristiano de la caridad. En el contexto social y cultural, en el que está difundida la tendencia a relativizar lo verdadero, vivir la caridad en la verdad lleva a comprender que la adhesión a los valores del cristianismo no es sólo un elemento útil, sino indispensable para la construcción de una buena sociedad y un verdadero desarrollo humano integral. Un cristianismo de caridad sin verdad se puede confundir fácilmente con una reserva de buenos sentimientos, provechosos para convivencia social, pero marginales» (Benedicto XVI, Carta encíclica Caritas in veritate, nn. 3 y 4).

Es propio de los seglares cristianos tratar con las realidades temporales, que tienen su propia autonomía y su lógica; pero han de hacerlo con sincera voluntad de justicia, inspirados por una caridad que sólo resulta eficaz cuando los asuntos de este mundo se afrontan en la verdad de las cosas. La fe ayuda a hacerlo así y proyecta su luz iluminando la vida humana, es decir, la verdad del ser humano y su dignidad, su origen y su destino trascendentes. No hacerlo así es de hecho cambiar la sabiduría que viene de arriba por la sabiduría del mundo, que Dios confunde al enfrentarla a la necedad de la cruz, como dice el Apóstol: «Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres» (1 Cor 1,25).

La integridad moral es siempre resultado de una vida acorde con la verdad, conscientes de que el aparente triunfo de los malvados es efímero frente a la vida bienaventurada de los mártires. Es cierto que en apariencia y a los ojos de los perseguidores, los mártires que sucumbieron a la persecución encontrando en ella la muerte. Sin embargo, no es así a los ojos de Dios, que les dio el triunfo sobre la persecución y la muerte que le dieron los impíos. Hemos vivido la beatificación de los mártires de Almería del siglo XX, que se ha llevado a cabo con el respeto de todos admirando la entereza con la que entregaron la vida y su glorificación por Dios. Ellos creyeron la palabra de la Escritura: «Si la esperanza del impío es brizna que arrebata el viento, espuma ligera que arrastra el vendaval, humo que el tiempo disipa (…) Los justos, en cambio, viven eternamente, encuentran su recompensa en el Señor y el Altísimo cuida de ellos» (Sab 5,16).

Quiera el Señor que el ejemplo de los mártires ayude a nuestra Iglesia diocesana a superar las dificultades que acarrea hoy un testimonio de la fe comprometido y valeroso, porque de nuestra fidelidad a Cristo hoy depende la fe cristiana de mañana. El testimonio de cada día es misión permanente de todos los cristianos, ministros, religiosos y pueblo fiel en su conjunto. Todos hemos recibido del Resucitado la encomienda de la misión de la Iglesia.

Pidamos por intercesión de la Virgen María, Madre de la Iglesia, que sepamos ser fieles a Cristo y poner nuestra vida al servicio del evangelio. Contamos también con esa “nube de testigos” que son los mártires. Nos encomendamos también a ellos, para que, con su victoria sobre el mundo y su glorificación junto a Cristo, unidos a María, Reina de los mártires, nos sostengan con su intercesión y estimulen nuestro testimonio con su ejemplo.

  1. A. I. Catedral de la Encarnación

Almería, 15 de mayo de 2017

                                   Adolfo González Montes

                                             Obispo de Almería

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