Lecturas bíblicas:    

Dt 8,2-3.14-16

Sal 147,12-15.19-20

1 Cor 10,16-17

Jn 6,51-59

 

Queridos sacerdotes, religiosos y religiosas, seminaristas y cofrades;

Queridos fieles laicos;

Queridos hermanos y hermanas:

La Iglesia celebra hoy la solemnidad del Cuerpo y Sangre del Señor, concluido ya el tiempo litúrgico de la pascua y después del domingo de la Santísima Trinidad. El Corpus Christi es una de las más grandes fiesta de la fe católica. Es la fiesta de la presencia de Cristo glorificado con su sacrificio redentor en el sacramento del altar, alimento de vida eterna. Signo y vínculo de caridad, la Eucaristía es el sacramento de la unidad de la Iglesia.

La Eucaristía es alimento de vida eterna, para que el hombre no muera y aprenda a apreciar la Palabra de Dios es el alimento espiritual que da la vida duradera. Cristo Jesús, Verbo de Dios encarnado para darse en alimento, dice a los que le siguen: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que come de este pan vivirá para siempre» (Jn 6,51-52). Jesús es el pan celestial, porque ha venido del Padre para comunicarnos la vida divina, y dándonos su cuerpo y sangre como alimento sacramental siembra en nuestra carne la semilla de la inmortalidad.

Nos aferramos al alimento material, para mantenernos vivos, pero a pesar de ello morimos irremediablemente. Somos mortales y comemos porque no queremos perecer de inanición; unas veces lo hacemos llevados por el instinto de supervivencia, y otras degustando los manjares que halagan el paladar. Es así por nuestra condición de creaturas amenazadas por la propia fragilidad, pero Jesús nos recuerda que este pan materia, el que cada día nos ayuda a vivir como creaturas marcadas por el tiempo, no es alimento definitivo, como no es definitiva nuestra vida terrena. Jesús les recordaba a sus adversarios que el hombre no vive sólo de pan; y que si les dio el maná bajado del cielo y que ellos ni sus padres conocían para que comprendieran que el hombre no vive sólo del pan cotidiano conocido, sino de la palabra de Dios. Con todo, el maná que los mantuvo con vida durante la travesía del desierto camino de la tierra prometida, tampoco era el pan definitivo, sino figura del pan de vida eterna que Jesús les quiere dar.

Jesús les dice que el pan material es un don de Dios como lo es toda la creación, pero el pan que él les da viene del Padre y contiene la vida de Dios; y por, porque es el pan que Dios les da, puede dar la vida eterna. Dice Jesús refiriéndose a quien coma del pan que él ofrece: «el pan que yo le voy a dar es mi carne para vida del mundo» (Jn 6,51). La vida que comunica Jesús a quien come su cuerpo es misma vida de Dios, para que el hombre no venga a morir para siempre. Se entienden bien las palabras de Jesús, cuando dice que lo que da la vida al hombre no es el alimento material, sino el alimento espiritual que es la Palabra de Dios.

En realidad, Jesús en su discurso les está hablando de él mismo como Palabra de Dios hecha carne. Dios dio el maná a los israelitas como figura del pan que es el mismo Jesús, para que los israelitas nuestros padres recordaran siempre que «no sólo de pan vive el hombre, sino de todo cuanto sale de la boca de Dios» (Dt 8,3). Son las palabras del Deuteronomio que hemos escuchado hoy, con las que Jesús venció la tentación que el demonio durante el ayuno de cuarenta días que Jesús hizo en el desierto. Fue durante ese tiempo de prueba para Jesús cuando el demonio le pide que, si es el Hijo de Dios, convierta las piedras del desierto en panes. Jesús le respondió: «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4,4). Responde así al demonio citando estas palabras de la sagrada Escritura, que invitan a considerar «que no es la variedad de frutos lo que alimenta al hombre, sino que es tu palabra la que mantiene a los que creen en ti» (Sb 16,26).

«Llamados a ser comunidad» es el lema de la Jornada de Caridad de esta solemnidad del Corpus Christi en las Iglesias de España. Hemos dicho también que la Eucaristía es el sacramento de la unidad de la Iglesia, porque al proporcionarnos el alimento espiritual que es la misma vida divina que Jesús nos da convierte el corazón del hombre en morada de Dios. Jesús decía a sus oyentes: «Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él» (Jn 14,23). El cumplimiento de la palabra de Jesús, es decir, la guarda de sus mandamientos es condición de la permanencia en Jesús de quien quiere seguirle; pues Jesús, hablando alegóricamente, dice de sí mismo y de sus discípulos, de cada uno de nosotros hoy: «Yo soy la vid; y vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 14,5).

El amor al prójimo está incluido en el amor a Dios, y la comunión con nuestros hermanos tiene su fuerza motriz en la comunión con Jesús. La Eucaristía es el sacramento de la unidad de la Iglesia, como dice san Pablo, cuando preguntaba a los corintios: «El cáliz de nuestra Acción de Gracias, ¿no nos une a todos en la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no nos une a todos en el cuerpo de Cristo? El pan es uno y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan» (1 Cor 10,16-17). Es la Eucaristía la que hace nuestra unidad en la Iglesia por encima de todas nuestras diferencias. Si profesamos la misma fe, a pesar de estas diferencias, al comulgar en el cuerpo y sangre del Señor, y ser asimilados él, a su vida, alcanzamos aquella unidad que anticipa la comunión final en Dios, a la que estamos llamados.

Así es, en verdad, y podemos por esto afirmar que «la Eucaristía significa y realiza la comunión de vida con Dios y la unidad del Pueblo de Dios por las cuales la Iglesia es ella misma. En la Eucaristía se encuentra a la vez la cumbre de la acción por la que, en Cristo, Dios santifica el mundo, y del culto que en el Espíritu Santo los hombres dan a Cristo y por medio de él al Padre» (S. C. Culto divino, Instrucción Eucharisticum mysterium, n. 6: Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1325).

Los límites de la comunión no los podemos poner nosotros, estrechando o extendiendo la comunión según nos parece mejor. Los límites de la comunión en el cuerpo eucarístico de Cristo están dados en la profesión de fe que juntos hacemos. Nos engañamos si no tenemos la fe de la Iglesia en la presencia del sacrificio de Cristo en la Eucaristía. Nos engañamos si no creemos que el Resucitado está presente en el sacramento del altar, ofreciéndonos su cuerpo glorioso y su sangre redentora en el sacrificio eucarístico. Quiera el Señor llegue pronto el día en el que, recuperada la unidad en la fe, podamos todos los cristianos participar de la misma mesa eucarística. No podemos obviar las dificultades del ecumenismo apelando a los sentimientos, porque nos engañaríamos.

Del mismo modo los límites de la comunión están en el pecado grave. No podemos apelar a la conciencia mientras tengamos clara conciencia de vivir al margen de los mandamientos de Dios. Cristo les dice a sus apóstoles en la noche de la Cena: «Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor» (Jn 15,10). Quienes tienen conciencia de vivir en pecado no deben apartarse de la Iglesia, sino vivir en su amplia comunión de amor y perdón, y madurar su mejor arrepentimiento y conversión. Son miembros de la Iglesia y en ella han de permanecer, acrecentando en la comunión espiritual su vivo deseo de recibir al Señor y suplicándole que llegue para ellos el momento en que, gracias al perdón sacramental de la Penitencia, podrán acercarse a la mesa eucarística y comulgar el cuerpo y sangre del Señor.

Hoy no podemos dejar en el olvido que «en la liturgia de la Iglesia antigua, la distribución de la santa comunión se introducía con las palabras: Sancta sanctis, el don santo está destinado a quienes han sido santificados. De este modo se respondía a la exhortación de san Pablo a los Corintios: “Examínese, pues, cada cual, y coma así este pan y beba de este cáliz”» (Benedicto XVI, Homilía en la solemnidad del Corpus Christi, 26 de mayo de 2005).

En la comunión de la Eucaristía nos encontramos con nuestros hermanos, por los cuales Jesús ha entregado su vida como la ha entregado por mí; y si Jesús los amado como me ama a mí, dando por ellos y por mí la vida; si en la comunión de la Eucaristía somos transformados por Cristo que nos hace partícipes de su vida, entonces la Eucaristía, cuerpo sacramental de Cristo, el amor viviente que da vida eterna, nos lleva al amor de nuestros hermanos, a la superación de cuanto nos separa de ellos, para dar paso a la comunión en Cristo con ellos, con los que nos son lejanos igual que con los están cerca de nosotros, y sobre todo con los que más necesitan de nosotros, los más pobres y faltos de amor. Comunión real con nuestro prójimo, aunque sea una comunión imperfecta o gradual.

Cuando nos separan grandes diferencias de fe, hemos de orar para que Dios nos conceda superarlas, pero cuando son nuestros pecados o los de ellos los que nos alejan de la comunión eucarística, la invitación de Cristo a su mesa tiene que ser un acicate para que, mediante el amor, que «cubre la muchedumbre de los pecados» (1 Pe 4,8), la oración y la penitencia sacramental, podamos saldar nuestras deudas y alcanzar la plena comunión en Cristo con nuestros hermanos.

Finalmente, cuando aquellos a los que debemos el amor al prójimo como mandato de Cristo están fuera de la Iglesia o alejados de ella, la celebración de la Eucaristía tiene que suscitar en nosotros el vivo deseo de orientarnos hacia ellos, sintiendo como nuestras sus carencias, necesidades y anhelos, y doliéndonos por su alejamiento de Dios. La celebración de la Eucaristía nos tiene que disponer para ponernos en camino hacia el mundo que ha de ser santificado, porque de la Eucaristía dimana el amor que nos une incluso a quienes están lejos de nosotros.

Que la Virgen María, de quien Jesús recibió nuestra carne, ahora glorificada junto a Cristo, nos ayude a ir a Cristo Eucaristía y nos acompañe en la misión de llevar a Cristo a nuestro a los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

18 de junio de 2017

+ Adolfo González Montes

Obispo de Almería

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