Lecturas bíblicas: 1 Cro 15,3-4.15-16; 16,1-2; Sal 26, 1-5; Hech 1,12-14; Lc 11,27-28

Queridos hermanos sacerdotes;

Excelentísimas e Ilustrísimas Autoridades civiles y militares;

Cuerpo de la Guardia Civil, que hoy celebra a su Patrona;

Hermanos y hermanas:

La antífona de entrada de esta entrañable fiesta mariana hemos recitado dos versículos: uno, del libro de la Sabiduría: «Les diste una columna de fuego, como guía para un viaje desconocido» (Sb 18,3); y «El Señor caminaba delante de los israelitas: de día en una columna de nubes, para guiarlos por el camino; y, de noche, en una columna de fuego para alumbrarlos; para que pudieran caminar día y noche» (Éx 13,21).

En las sagradas Escrituras del Antiguo Testamento encontramos diversas manifestaciones de la presencia de Dios en medio de su pueblo. Es el caso de esta columna de nube luminosa o columna de fuego de la cual habla el libro del Éxodo: una columna que servía de guía a los israelitas durante la travesía del desierto hacia la tierra prometida. La imagen expresa la convicción de fe del pueblo elegido de haber sido guiado por la providencia divina de la esclavitud de Egipto a la libertad y la conquista de la tierra. Dios no abandonó al pueblo de su elección, a pesar del pecado del pueblo y de su infidelidad a la Alianza. La experiencia religiosa de Israel se concreta en su historia: si el destierro fue el castigo de la infidelidad a la ley y a la alianza del Sinaí, el retorno a la patria se convertiría en manifestación de la fidelidad del Dios misericordioso.

La liturgia eucarística ha incorporado estos textos sagrados al oracional de esta fiesta, aplicándosela a la Virgen María, que se levanta sobre la columna de prodigiosa de luz que es la resurrección de Cristo. Él es la «luz verdadera que ilumina a todo hombre viniendo a este mundo» (Jn 1,9). María dio a luz al Hijo eterno del «Padre de las luces» (Sant 1,17), el que «habita una luz inaccesible» (1 Tim 6,16); y como Hijo de Dios es el autor de la vida que, por serlo, pudo decir de sí mismo: «Yo soy la luz del mundo; el que sigue no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12b).

La primera lectura, tomada del libro primero de las Crónicas nos habla del arca de la Alianza antigua, que los levitas portaban sobre sus hombros para trasladarla al lugar sagrado, al templo provisional que había preparado David para darle cobijo hasta que, conforme a la voluntad de Dios, su hijo Salomón construyera el templo. El arca que trasladó David había acompañado a los israelitas a lo largo de su travesía por el desierto, reposando en una tienda de campaña como el pueblo mismo en su caminar de etapa en etapa por la tierra árida. Este arcasagrada que según la tradición contenía las tablas de la Ley y la vara de mando de Moisés, guía del pueblo elegido, no llegó a ser sino tan sólo figura del arca que es María, en cuyo seno hizo morada el Hijo de Dios, para ser Mesías de Israel y Salvador del mundo. La Virgen Madre es vista como verdadera Arca de la nueva Alianza, prefigurada en el arca de la Alianza antigua. Es portadora de la Luz increada que es el Verbo de Dios que se hizo carne en las entrañas de la Virgen María, y glorificado, por su resurrección de entre los muertos, ha glorificado también a su Madre, que es amparo y cobijo de los que ella acuden. María es la «Estrella de la evangelización» que acompañó desde los comienzos de la Iglesia naciente a los discípulos, alentando la predicación del Evangelio y acompañando espiritualmente a los discípulos del Resucitado.

Dice la lectura que hemos escuchado del libro de los Hechos de los Apóstoles que, tras la ascensión del Señor al cielo, los Apóstoles volvieron a Jerusalén y, reunidos en el cenáculo con las santas mujeres, contaban con la presencia de la Madre de Jesús, permaneciendo con ella en oración. Desde los orígenes de la Iglesia María está con los discípulos de su Hijo, pues los ha recibido como hijos suyos de boca del Crucificado, cuando exclamó dirigiéndose a Juan desde la cruz: «Mujer, ahí tienes a tu hijo», para decir luego al discípulo: «Ahí tienes a tu madre» (Jn 19,26.27).

La tradición que se pierde en el tiempo dice que la Virgen vino en carne mortal a socorrer al Apóstol Santiago. Más allá de la cuestión histórica, la tradición expresa una verdad de fe que es asimismo parte de nuestra historia religiosa: María ha acompañado la obra de evangelización de nuestra nación. Amada por todos los pueblos y en todas las tierras de España, la Virgen María es bienaventurada por haber escuchado la Palabra de Dios llevándola a cumplimiento, como dice Jesús en el evangelio que hemos proclamado (cf. Lc 11,27-28). María, modelo de la Iglesia y de cada uno de los bautizados, ha alentado nuestra fe y nos ha ayudado a vivir el Evangelio orientándonos a la luz que es Cristo, para que no camináramos a oscuras.

María acompañó la obra evangelizadora de América y la respuesta a su presencia alentadora fue el fervor mariano con el que los pueblos de del Nuevo Mundo se han acercado a Cristo. Una confianza puesta en la Virgen que ha quedado para siempre plasmada en la súplica por la curación de su tío del indio san Juan Diego. Una súplica que encontró acogida y respuesta en las palabras que le dirigió la Virgen de Guadalupe:

«¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás por ventura en mi regazo?»[1].

Si es cierto que la obra del descubrimiento y colonización de América tiene elementos negativos que no podemos ignorar, tampoco podemos juzgar con la mentalidad de nuestro tiempo los hechos de finales del siglo XV y del siglo XVI. A pesar de los elementos negativos publicitados y agrandados por la Leyenda Negra, son muchos más los elementos positivos, algunos de verdadera excelencia en la historia de la humanidad. Son realidades que no pueden ser ignoradas o combatidas por odio a la fe cristiana y por motivos ideológicos contrarios a la gran obra civilizadora de España. Los evangelizadores se enfrentaron con gran valor a lo que consideraron contrario al Evangelio en el comportamiento de los colonizadores, y contribuyeron con la predicación del Evangelio y mediante la expansión de la obra humanitaria misionera de la Iglesia a que se produjera el gran mestizaje humano y cultural del mundo hispanoamericano.

Hoy, al celebrar la Fiesta Nacional de España en el día de la Virgen del Pilar, día en que se produjo el descubrimiento del Nuevo Mundo, queremos pedir por intercesión de Santa María del Pilar, Madre de España (Liturgia de las Horas: Himno de Laudes), que los creyentes en Cristo mantengamos la fortaleza en la fe contra su debilitamiento, seguridad en la esperanza contra la resignación desesperanzada, y constancia en el amor contra el desamor y el odio (cf. Misal Romano: Oración colecta de la fiesta de la B. V. María del Pilar); y que podamos así, con la ayuda de la Virgen, superar la tentación de abandonar la inspiración cristiana de nuestra historia.

En los difíciles y delicados momentos que estamos viviendo, esta inspiración cristiana contribuirá de forma decisiva a una verdadera y profunda reconciliación, que es fruto de la voluntad de entendimiento de quienes hemos vivido siglos unidos y alentados por la fe en Cristo y la confianza en la maternal intercesión de la Virgen. El amor a Nuestra Señora ha hecho de los pueblos de España una verdadera “tierra de María”, como la llamó el santo Papa Juan Pablo II al despedirse para siempre de España en su último viaje a nuestro país.

España es una de las grandes naciones del mundo, cuya obra de civilización es testimonio de la fe que la ha inspirado. Saber apreciar esta fe, respetar sus instituciones, es tener en consideración la religión no sólo como derecho fundamental de las personas y los pueblos, sino como contribución decisiva a su desarrollo espiritual, sin el cual el desarrollo material corre el riesgo de todo materialismo relativista y egoísta. La fe cristiana inspira no sólo relaciones solidarias entre las personas y las colectividades, sino verdadera fraternidad entre quienes se reconocen hijos de Dios, Padre común de todos los humanos; y entre hermanos verdaderos que se aman sólo hay generoso compartir en el aprecio recíproco y el afecto, que hace que arraiguen sentimientos de benevolencia y lazos que nos defienden del odio y la animadversión.

Desgraciadamente, en nuestro país el desprecio y el odio a la religión ha sido en nuestra historia un signo dramático de discordia y enfrentamiento que llevó al sacrificio de tantos mártires, entre ellos los mártires de Almería recientemente beatificados. Quiera el Señor y la santísima Virgen que este riesgo se aleje de las nuevas generaciones, a las cuales hay que dar a conocer la verdadera historia de España para que no repitan errores del pasado.

Hoy, cuando oramos por la concordia y la unidad de los hijos de la gran Nación española, oramos también de modo especial por vosotros, queridos miembros del cuerpo del Benemérito Instituto de la Guardia Civil. Habéis querido celebrar en esta nuestra iglesia Catedral de la Encarnación esta fiesta de vuestra excelsa Patrona, implorando de su intercesión protección para vosotros y vuestras familias, mientras realizáis vuestro generoso servicio a la Patria, tantas veces arriesgado, contribuyendo con él a la paz y al bienestar de los ciudadanos.

Pedimos a la Virgen del Pilar, vuestra Patrona, que os proteja y ayude en la realización del servicio que lleváis a cabo en favor de la paz social. Que la Virgen nos ayude a todos los cristianos de nuestro país a mantener la fe cristiana y a llevarla a los demás, convencidos de que sólo Cristo es la luz del mundo porque es el Salvador de los hombres.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

Almería, a 12 de octubre de 2017

                                 Adolfo González Montes

                                 Obispo de Almería

 

[1] Contenido publicado en es.gaudiumpress.org (acceso: 11.10.2017).

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