Lecturas bíblicas: Jer 1,4-9; Sal 109,1-4;2 Cor 5,14-20; Jn 1,35-42

Queridos hermanos sacerdotes y diáconos; religiosas y seminaristas;

Queridos fieles laicos;

Hermanos y hermanas en el Señor:

El Señor nos bendice de nuevo con una ordenación sacerdotal, esperada por las comunidades a las que el nuevo presbítero será enviado, pero en realidad esperada por toda la Iglesia diocesana. Las vocaciones al ministerio sacerdotal nos son tan necesarias como la misma Iglesia, ya que sin el ministerio ordenado no está consumada la plantación de la Iglesia. La presencia de la Iglesia comienza con el anuncio del evangelio y el testimonio de una vida santa, confiado a todos los bautizados, pero requiere la guía pastoral y la autoridad de los sucesores de los Apóstoles. La Iglesia recibe de Cristo el ministerio sacerdotal para llevar a los hombres los dones de la salvación, que nos llegan con la participación de la vida divina gracias mediante la recepción de los sacramentos.

El ministerio ordenado del Obispo y de los presbíteros da articulación a la comunidad eclesial y sirve a su constitución e identidad como pueblo de Dios. El ministerio pastoral corresponde en primer lugar al Obispo, pastor y guía de la comunidad eclesial que le ha sido confiada; y en grado subordinado a los presbíteros, a los que habitualmente denominamos sacerdotes, como estrechos colaboradores del Obispo, como nos ha recordado la enseñanza del último concilio.

Como colaborador del Obispo, el presbítero es enviado a una comunidad parroquial para que sea en ella su pastor inmediato, que la guíe por el camino de la santidad y contribuya de forma decisiva, mediante el fiel ejercicio de su ministerio pastoral, a convertirla en la porción parroquial del pueblo de Dios en marcha hacia la plenitud escatológica; es decir, final, consumada en Dios, cuando los redimidos alcancen la plena participación en la vida divina.

El presbítero acompaña la vida de cada miembro de la comunidad que le ha sido confiada, y lo hace como guía de las almas y maestro de la fe que da sentido a la existencia del cristiano. Por eso, requiere una vocación específica, de especial consagración. El ministro del Evangelio ha sido llamado por Dios como lo fueron los profetas y los apóstoles, como Jeremías y los discípulos de Jesús. La llamada de Dios al que siente la vocación a anunciar el Evangelio no deja de incluir, unas veces con hondo dramatismo y otras con suave persuasión, una cierta resistencia al seguimiento de la llamada. La duda atormenta en ocasiones y el sentimiento de falta de cualidades y de idoneidad, para el ejercicio de la misión que Dios confía al que llama, echan para atrás a quien ha escuchado en su interior que Dios le llama; y a veces esta duda suscita sentimientos de temor a la infidelidad, e incluso, como en el caso de Jonás, abierta resistencia a obedecer la palabra divina por desconfianza en el éxito de la misión.

Sin embargo, Dios al que llama le impera el cumplimiento de la misión, como arrastró a Jonás hasta Nínive, ciudad de pecadores, para que predicara a sus habitantes la conversión. Así, en la lectura de Jeremías que hemos escuchado, vemos que la vocación del joven profeta no estuvo tampoco exenta de resistencia, pero Dios, que es el alfarero del hombre y hace a cada ser humano, conoce bien a cada uno de los seres humanos que ha llamado a la vida; sin dejar de crear en libertad a quien llama, cuando así lo dispone, lo envía para que los demás encuentren salvación y no se pierdan. Dios es el que le ha creado y el que ha dotado al profeta de carne de profeta. Las palabras de Dios a Jeremías no dejan lugar a dudarlo: «Antes de formarte en el vientre, te escogí; antes de que salieras del seno materno, te consagré: te nombré profeta de los gentiles» (Jer 1,4).

Por eso imperativamente le confía una misión, a veces desde muy temprano, como a Jeremías, disipando de su ánimo toda duda y temor, toda desconfianza de sí mismo. Dice Jeremías respondiendo a la llamada del Señor: «¡Ay, Señor mío! Mira que no sé hablar, que soy un muchacho» (Jer 1,6); a lo que Dios replica: «No digas: “Soy un muchacho”, que a donde yo te envíe, irás, y lo que yo te mande, lo dirás. No les tengas miedo, que yo estoy contigo para librarte» (Jer 1,7-8).

No es posible soslayar la llamada de Dios y esconderse, ni alegar temor y miedo alguno. Dios está con aquel que llama, le sostiene y le auxilia en la dificultad y el peligro. Siempre ha habido resistencia a la llamada, defecciones y abandonos a veces en circunstancias que resultan del espíritu de una época, cuando se oscurece la visión cristiana de la vida, en unos tiempos más que en otros, pero en todas las épocas. Hoy hay dos circunstancias que hacen especialmente difícil el seguimiento de los jóvenes por el camino del discipulado de Cristo: una es el espíritu del tiempo, que ha traído consigo un oscurecimiento de la vida cristiana, que afecta en modo significativo a las familias, ámbito primordial donde se despierta a la fe; y otra, la fragilidad de las jóvenes generaciones, que ante las dificultades sienten la tentación del abandono con facilidad: un abandono que se da entre los jóvenes tratando de evitar las consecuencias del seguimiento fiel de la vocación, emprendida y abrazada como camino de realización de la propia existencia. No se quieren compromisos costosos, es decir, de fidelidad cotidiana, sin vuelta atrás y de por vida.

En esta situación, con todo, no deja el Señor de llamar a la mies y a la labor de la viña. Dios sigue suscitando en la comunidad cristiana, por medio de su Espíritu, vocaciones al ministerio pastoral; y la inquietud de la vocación llena de sugestiva atracción por Jesucristo el corazón de los jóvenes, como les sucedió a Juan y Andrés. Los dos primeros discípulos en seguir a Jesús eran discípulos del Bautista, pero habían oído al Precursor señalar a Jesús, a quien él había bautizado, como el «Cordero de Dios que quita los pecados del mundo» (Jn 1,29.36).

Juan Bautista predicaba un bautismo de penitencia para el perdón de los pecados, pero no podía Juan borrar los pecados del pueblo, sino aquel a quien él «no era digno de desatarle la correa de su sandalia» (Jn 1,27). El mismo que ahora señalaba como el Cordero de Dios que había de quitar el pecado; a la situación de oscurecimiento de la conciencia que impide distinguir entre el bien y el mal, como consecuencia del dominio de Satanás sobre el mundo. Cristo es aquel que trae la liberación del pecado, que devuelve la libertad al hombre, para que realmente sea libre, porque ahora, siendo esclavo del pecado, se cree libre y en esto consiste su ceguera y su permanencia en el pecado. Jesús en debate con sus adversarios les dice: «Si el Hijo os da la libertad, seréis realmente libres» (Jn 8,36).

Los dos discípulos comprendieron bien la confesión de fe que había hecho el Bautista al señalar a Jesús como aquel que quita el pecado del mundo, el siervo de Dios del que habló Isaías, y que atado de pies y manos, como el cordero inmolado sobre el altar de los sacrificios, anticipa el misterio redentor del «cordero pascual»: el sacrificio redentor de Cristo(cf. Biblia de Jerusalén: Nota a Jn 1,29).

El ministerio sacerdotal que hoy confiamos a este diácono diocesano para que ejerza el sacerdocio de Cristo le convierte en ministro del evangelio de la reconciliación y del perdón, que Dios ha otorgado al mundo por el sacrificio de Cristo. Se le exhorta a actuar como lo han de hacer los ministros de la reconciliación, llamados por Cristo a prolongar el ministerio apostólico del perdón, pues dice san Pablo que él ha sido enviado a anunciar la reconciliación con Dios (2 Cor 5,18), «porque Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuenta de sus pecados» (2 Cor 5, 19).

El sacerdote es ministro del sacramento de la penitencia y la reconciliación, que abre las puertas a la celebración de la Eucaristía, el sacrificio eucarístico que es meta y culmen de la evangelización y, por esto mismo, culmen del ministerio sacerdotal. El sacerdote ha sido puesto al frente de los fieles para otorgar la dispensación de estos sacramentos que contienen el perdón y la gracia de la redención y la santificación, mediante los cuales somos transformados espiritualmente y asimilados a Cristo. El sacerdote sirve al Evangelio mediante la predicación y la instrucción en la fe, y guía al pueblo de Dios por el camino de la salvación, llevándolo a la participación de la gracia sacramental que transforma en cuerpo místico de Cristo la comunidad de los fieles bautizados y configurados con la muerte y resurrección del Señor.

Querido hijo y hermano en Cristo sacerdote, hoy, víspera del Domingo mundial de las Misiones, te recibimos en el colegio presbiteral de la Iglesia diocesana para que, unido al cuerpo de los presbíteros presidido por el Obispo, lleves la buena noticia de la reconciliación y la gracia de la santificación a los fieles que te confiamos. Te pongo bajo la protección de la Santísima Virgen María, mujer eucarística y madre espiritual de los discípulos de Cristo, y te encomiendo a san José, custodio de Jesús y de María, y con cuyo nombre fuiste bautizado, para que nos ayudes a pastorear al pueblo de Dios y a llevar a Dios al corazón de cuantos viven alejados de él, y de cuantos carecen de esperanza en las promesas de Dios cumplidas en Jesús. Ten este día, en vísperas del domingo mundial de las Misiones, te recordamos que has de empeñarte en reavivar en ellos la fe que recibieron y en proponerles a Cristo, a los que no le han conocido, para que unos vuelvan a la fe que abandonaron y los otros entren por vez primera y para siempre en la congregación de los santos.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

21 de octubre de 2017

                               X Adolfo González Montes

                                         Obispo de Almería

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