Lecturas bíblicas: Is 7,10-14; 8,10b; Sal 39,7-11; Aleluya: Jn 1,14; Lc 1,26-38

Queridos hermanos sacerdotes, miembros presentes del Cabildo Catedral y del Presbiterio diocesano; religiosos y religiosas, personas de vida consagrada y fieles laicos.

Hermanos y hermanas en el Señor nacido de la Virgen María.

Nos congrega esta tarde la solemne bendición de la imagen de Nuestra Señora de la Encarnación, imagen sagrada de la Virgen Madre de Cristo Jesús, que por ser el Hijo de Dios engendrado en el seno del Padre antes de los siglos, la Iglesia la invoca con toda legitimidad como verdadera Madre de Dios (Theotókos), como la proclamó el Concilio de Éfeso el año 431.

Como he manifestado en la carta que he dirigido con este motivo a todos los diocesanos, colocamos la imagen de Nuestra Señora de la Encarnación en el presbiterio de la Catedral, imagen del mismo título de la iglesia madre de la diócesis, para que desde aquí atraiga las miradas de toda la asamblea y las oriente al fruto bendito de sus entrañas Jesucristo nuestro Señor, presente en la Eucaristía con su cuerpo y sangre, que recibió de María; con el alma inmortal que es asimismo creación divina, pues cuerpo y alma hacen el hombre creado por Dios; y con la divinidad que recibió del Padre como Hijo eterno. María es la “mujer eucarística”, como la llamó el Papa san Juan Pablo II, por haber vivido unida a la entrega sacrificial de Jesús; y mediante esta imagen que la representa congrega en torno al altar del sacrificio eucarístico nos acompaña en esta hora de gracia, para celebrar el memorial de la pasión, muerte y gloriosa resurrección de Cristo, que se hacen presentes sacramentalmente en cada misa.

Ocupa esta nueva imagen sagrada el mismo lugar que ocupó de forma provisional y durante algunos años la imagen de la Asunción de María. Hemos devuelto esta sagrada imagen de la Virgen, representada en el misterio de su gloriosa Asunción, al retablo de la antigua capilla del Sagrario, que nuestro venerado predecesor el Obispo Don Alfonso Ródenas García mandó construir al artista Jesús de Perceval, para albergar la imagen de la Asunción. Esta imagen de la glorificación de María, igual que la imagen de la Virgen de la Encarnación que hoy bendecimos, han salido de los talleres Granda. Fue en los primeros años cincuenta del pasado siglo cuando el benemérito obispo de Almería rehabilitó el culto de la capilla destruida en la persecución religiosa del siglo XX, para celebrar con gozo la proclamación en 1950 el dogma de la Asunción de la Virgen en cuerpo y alma a los cielos.

La imagen que hoy bendecimos es obra de un equipo interdisciplinar que ha sabido interpretar con grandísimo acierto nuestro anhelo de contar con una imagen de la Virgen Madre en esta nuestra Catedral, consagrada a Dios con el título de la Encarnación del Verbo en el seno de la Virgen, por medio de la cual el Hijo de Dios entró en la historia de los hombres dotado de nuestra humana naturaleza, que hizo suya para siempre sin dejar de poseer la naturaleza divina. Como confiesa la Iglesia, fiel a la predicación de los Apóstoles, y a la enseñanza de los santos Padres y los concilios de la Iglesia antigua, Cristo Jesús se hizo hombre en María para que nosotros pudiéramos llegar a la divinización de la naturaleza humana.

La representación de la maternidad de la Virgen evoca de modo particular este misterio de amor: que hemos sido redimidos por la misericordia infinita de un Dios que es en sí mismo amor y que, por amor, se hizo hombre por nosotros. En lograr la bella imagen de la Virgen que vamos a contemplar desde hoy en este lugar han trabajado durante un largo período de tiempo los miembros de un equipo multidisciplinar que han puesto en juego elementos de arquitectura y escultura, el virtuosismo del difícil arte de dorar y bruñir el oro y que permite el estofado, dándole a la policromía la singular belleza de las tallas policromadas.

Esta talla de la Virgen que, desde hoy reclama nuestras miradas, invitándonos a la súplica por intercesión de María que anhelamos llegue hasta el Señor, es el resultado del trabajo de este equipo de los «Talleres de Arte Sacro Granda». En esta talla de bulto redondo en madera de tilo, contemplamos cumplida en la Virgen María la profecía de Isaías al rey Ajaz, que hemos escuchado en la primera lectura: «He aquí que una doncella está encinta y va a dar un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel» (Is 7,14). Porque la palabra de Dios es eficaz y cumple aquello que profiere, se ha cumplido lo que anunciara el profeta y el de nuevo repitiera el saludo del arcángel Gabriel a María: «Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús» (Lc 1,31). Es el “Hijo de Altísimo” que nace del vientre de María y su nombre es Jesús, porque Dios trae con él y por medio de él la salvación, ya que sólo “Dios libera y salva”; y es al mismo tiempo el «hijo de David», su padre según la carne, porque «cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la adopción filial» (Gál 4,4), pue para esto se hizo Emmanuel o “Dios-con-nosotros”; y de este modo, verdaderamente, «el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14).

Este misterio es amor divino por nosotros, sin que podamos comprenderlo, sino tan sólo y con su ayuda acogerlo y gozarnos en que Dios nos haya amado de tal manera, dándonos a su propio Hijo nacido de la Virgen María. Por eso, contemplando la divina maternidad de la Virgen, digamos con santo Tomás de Villanueva: «¡Qué ánfora el vientre sagrado de María!, ¡vientre lleno de Dios, alma a rebosar!» [Conciones, con. 277, n. 1: Santo Tomás de Villanueva, Obras completas VII, ed. de BAC (Madrid 2013) 287]. Porque si, en verdad, el Verbo de Dios es la fuente de la vida, por María nos ha llegado el Autor mismo de la vida; y como quiere el gran obispo agustino, citando a su padre san Agustín: «Mucho me atrevo, porque es mucho el gozo que siento», por eso dediquemos a María al terminar la celebración eucarística el saludo del ángel a la llena de gracia por primera vez ante la imagen de su divina maternidad diciendo confiadamente: ¡Ave María! [Ibid., 288].

La imagen de la Virgen que hoy bendecimos quiere evocar en su misma composición artística la elección de la Virgen María como Madre del Redentor al haber sido concebida como como trono del Hijo que sentado en su regazo muestra su desnudez que hace visible la carne que de notros tomó Dios para su Hijo, tan sólo cubierta por el paño de pureza, mientras alza su mano derecha para bendecir. Santo Tomás de Villanueva comentando una de las visiones del profeta Isaías dice que el profeta vio al Señor sentado sobre un trono alto y elevado, rodeado de los serafines que se mantenían por encima de él proclamando la santidad de Dios (Is 6,1); y añade comentando el pasaje: «El trono es la Virgen. Los otros espíritus son el asiento de Dios. Desde el solio de Salomón y desde el trono, la tierra se veía llena de su majestad (Is 6,2), porque a los demás los llenó de sus dones, pero a la Virgen la llenó de sí mismo» [Conciones: con. 227, n.1: cit., 287].

Llevando a cabo la misión de madre del Mesías redentor, María es la estrecha colaboradora de aquel que tomó de ella la condición humana para cumplir con la misión que el Padre le encomendó; y, cargando con los pecados del mundo, realizó en plena obediencia a la voluntad de su Padre la redención del género humano. Así, mediante su obediencia y su sacrificio devolvió a la humanidad la esperanza de la salvación que en él contempla al “Hombre nuevo”, al nuevo Adán (cf. 1 Cor 15,209-22.45), nacido de María, la nueva Eva y verdadera «Madre de los vivientes»]; es decir, madre de los renacidos a la vida [Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, n. 56; cit. San Ireneo, Adv. haer. III, 22,4: PG 7,959A; San Epifanio, Haer. 78,18: PG42,728-729.  

La Virgen llega a ser la madre del Redentor respondiendo al ángel, con meditada respuesta, estar dispuesta a que se cumpliera en ella la voluntad del Señor. Asociada a la redención de Cristo, María es la discípula predilecta que «ha elegido la mejor parte que no le será arrebatada» (cf. Lc 10,41). Mas no sin los sufrimientos que la convierten, al tiempo que en la mujer «llena de gracia» (Lc 1,30), en Mater dolorosa, madre de corazón traspasado por una «espada de dolor» (Lc 2,35), como le profetizara el anciano Simeón. En el seguimiento de Jesús, María se adentró por la espesura de la cruz participando en la pasión del Hijo para llegar con él a la gloria de la resurrección.

La plasmación de la imagen que contemplamos hoy quiere traducir, en plástica sagrada, estas verdades de fe sobre la participación de María en nuestra redención. Vemos por ello que en la imagen que bendecimos la Virgen viste túnica roja, símbolo de la pasión de Cristo. Un vestido que parcialmente se cubre con el manto azul, que evoca la gloria de la que es bienaventurada por haber creído lo que el Señor le anunció por el ángel y fue predicho por los profetas (cf. Lc 1,45). El manto azul, salpicado de bella ornamentación, evoca los conceptos de verdad y eternidad que acompañan la palabra de Dios. El velo blanco y dorado ha sido siempre alusivo a la gloria divina, que realza la figura de Santa María de la Encarnación coronada como reina, que se sienta en el trono que convierte su regazo en asiento del Rey, de aquel cuya realeza la Iglesia celebra en el último domingo del año litúrgico, aquel a quien todo le ha sido sometido por el Padre, aquel de quien es el juicio sobre el mundo y la historia, porque sólo a él todo le ha sido entregado por el Padre (cf. Mt 11,27).

Finalmente, quiero poner de manifiesto que esta bella descripción de la imagen sagrada de la Virgen de la Encarnación nos ofrece el destino transfigurado de quienes, como ella, pobres y sencillos de corazón, alcanzarán a participar de su bienaventuranza. La Virgen asocia a sí a cuantos las lágrimas, el dolor de la injusticia y la pasión por el reino de los cielos padecen hambre y son perseguidos, acosados por el mundo y por el pecado que en el mundo reina. María es reina de la humanidad nueva, liberada del pecado, y por eso María cubre con su manto real a los pobres y necesitados, a cuantos son asociados a los sufrimientos que, a causa del pecado, genera un mundo sin corazón y sin amor.

Quiera Dios misericordioso, Padre de nuestro Señor Jesucristo, al llamarnos a seguir a su Hijo, ayudarnos por su gracia a transitar por el camino de María: el camino que siguen cuantos la tienen por madre y maestra de la nueva vida en Cristo, convencidos de que el amor de María anticipa y hace partícipes del amor de Dios a cuantos a ella acuden. Por eso, en la composición escultórica de esta maternidad divina, de inspiración renacentista, la gubia del tallista ha querido plasmar, con la ternura del amor entre madre e hijo, su maternal ternura para con el pueblo de las bienaventuranzas y como hijos espirituales reconocemos en ella la madre de nuestra esperanza.

S.A.I. Catedral de la Anunciación

25 de noviembre de 2017

                                     + Adolfo González Montes

                                              Obispo de Almería

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