Lecturas bíblicas: Sal 23, 45 y 86 (de Santa María Virgen);Rom 5,12-21; y Lc 1,26-38

Lectura de los padres y teólogos: San Anselmo de Cantorbery, Sermón 52: PL 158, 955-956

Queridos hermanos y hermanas:

Hemos recitando la liturgia de las horas en esta vigilia de la Inmaculada, que hemos prolongado en la proclamación del evangelio de la Anunciación. La primera de las reflexiones que provoca en nosotros la audición de la lectura del Apóstol en la carta a los Romanos es considerar de qué modo tan desconcertante Dios, creador y redentor del hombre, ha querido librar del pecado a la humanidad. Lo ha hecho recreando a Adán en Cristo verdadero nuevo Adán y hombre nuevo.

Esta nueva creación de la humanidad en Cristo tiene efectos duraderos en aquellos que aceptan ser redimidos en su sangre, y reciben el perdón de los pecados y la infusión del Espíritu Santo, iniciador de la «nueva vida en Cristo» del bautizado. San Pablo hace causa de muerte al viejo Adán y causa de vida a Cristo Jesús. Esta causalidad del viejo y del nuevo Adán se interpreta, tal vez con demasiada frecuencia, tan sólo desde el punto de vista de la herencia recibida; es decir, tanto la culpa como la gracia son entendidas como herencia recibida. Sin embargo, san Pablo no deja de afirmar que la transmisión del pecado no acontece sin la culpa de todos, «porque todos pecaron» (Rom 5,12). Se nace bajo el signo del viejo Adán y, al mismo tiempo, por el pecado los seres humanos se apropian del pecado de nuestros primeros padres, descrito simbólicamente en la Sagrada Escritura, para afirmar que, en efecto, el pecado en los orígenes de la humanidad es acontecer histórico que ha creado una nueva situación o estado de la entera humanidad, que ha quedado afectada sustancialmente por el pecado presente en la historia humana desde los albores del género humano.

La complicidad de cada uno de los seres humanos con el pecado de Adán ha ido tejiendo esa tela de araña que aprisiona la existencia del ser humano. El condicionamiento de nuestra vida por el pecado hace que cada uno de los nacidos venga al mundo en una atmósfera empecatada, de la cual nos ha arrancado Cristo con su muerte y resurrección.

El pecado de nuestros primeros padres, en los que se recapitula la humanidad primigenia, cualquiera que sea su realidad histórica, objeto de la investigación científica, ocupada en saber cómo surgieron los primeros seres humanos, constituye ciertamente una herencia de inclinación al mal que invalida toda tentativa del hombre para poder hacer el bien y merecer ante Dios el reconocimiento de nuestra justicia. San pablo lo expresa con un dramatismo fuerte, referido a su propia experiencia personal: «Pues sé que nada bueno habita en mí, es decir, en mi carne; en efecto, querer el bien lo tengo a mi alcance, mas no el realizarlo, puesto que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero. Y si hago lo que no quiero, no soy yo quien lo obra, sino el pecado que habita en mí» (Rom 7,18-20)

         Hijos del primer Adán, somos radicalmente pecadores y como tales en vano pretendemos tener justicia. Como dice el profeta Isaías, en la primera lectura de la misa del domingo I de Adviento: «Todos éramos impuros, nuestra justicia era un paño manchado; todos nos marchitábamos como follaje, nuestras culpas nos arrebataban como el viento… y nos entregabas al poder de nuestra culpa» (Is 64,5-6).

         La carta a los Romanos recoge esta tradición profética que afirma la condición universal del pecado en la revelación de la antigua Alianza, para afirmar la misericordia de Dios como definitiva medicina de una humanidad enferma. La misericordia divina es la causa de nuestra redención, porque nuestra liberación del pecado es sólo fruto del amor ilimitado de Dios por el hombre; pues Dios no es sólo el creador del género humano, sino también su misericordioso redentor. Por esto, dice san Pablo, refiriéndose a la culpa contraída por Adán y contrapuesta a la justicia de Cristo: «una sola culpa resultó condena de todos, y un acto de justicia resultó indulto y vida para todos» (Rom 5,18).

San Pablo personifica de manera corporativa en ambos, en Adán y en Cristo, el «nuevo Adán», el pecado y la gracia otorgada por Dios sin mérito alguno del hombre. El pecado contraído por cada uno de los humanos es herencia, ciertamente, de la culpa de Adán, porque el pecado de nuestros primeros padres supone, en verdad el comienzo de la humanidad pecadora de forma absoluta, transformándose en realidad colectiva e inducida por el pecado del primer hombre; pues la herencia del pecado estriba en esta «marca» que debilita la naturaleza dejándola inclinada al pecado. Nosotros mismos somos testigos, y lo sabemos por experiencia propia cómo opera sobre nosotros, como lo sabía de sí mismo san Pablo.

Hemos llegado hasta aquí con la sagrada Escritura, teniendo presente el relato del libro del Génesis; pero, ¿cómo entender el pecado? El Apóstol de las gentes entiende el pecado tal como lo concibe el autor inspirado del Génesis: el pecado es desobediencia al mandamiento de Dios, porque así se deduce de la narración bíblica: «Adán y Eva habrían desobedecido a Dios, y comido de la fruta del árbol prohibido, con la intención de apropiarse del poder divino de dictaminar el bien y el mal» [J. Morales, Pecado original: C. Izquierdo (dir.), Diccionario de teología (Barañaín, Navarra 32014) 798].

 La doctrina del pecado original es vista por san Pablo en el contexto del anuncio cristiano de la salvación, por eso frente a la desobediencia de Adán y Eva, el Apóstol contrapone la obediencia de Cristo, sentenciando: «En efecto, así como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo, todos serán constituidos justos» (Rom 5,19).

         Este primer punto de nuestra meditación en esta vigilia nos permite pasar a una segunda consideración colocándonos ante la imagen sagrada de Virgen Madre que contemplamos en el presbiterio de nuestra Catedral; porque la concepción inmaculada de la Virgen María mira, en el designio de Dios, a Cristo y, por tanto, a la maternidad divina de María. Por esto mismo frente a la desobediencia de Eva, prolongando la oposición de tipos y anti-tipos en la historia de nuestra salvación, los santos padres y los grandes teólogos, verdaderos maestros de la fe como san Anselmo de Cantorbery, han ensalzado la obediencia de María, nueva Eva.

En los escritos de estos maestros que explanan la fe creída por la Iglesia, siguiendo a san Pablo, la fe de María es contrapuesta a la desobediencia de Eva. La mujer pecadora que está en el origen de la raza humana sospechó de Dios embaucada por la serpiente, según el relato del Génesis, y no dudó en proyectar sobre Dios lo ya en ella era pecado: la desconfianza de la veracidad de Dios y de la bondad del mandamiento divino de no comer del árbol que estaba «en medio del jardín» (Gn 3,3). Eva creyó a la serpiente y juzgó que Dios les ocultaba el secreto del árbol para conservar sólo para sí su divina sabiduría; y creyendo a la serpiente, pensó que ella podría alcanzar la sabiduría que Dios celosamente guardaba para sí comiendo del «árbol de la ciencia del bien y del mal» (Gn 2,17).

         María, como hemos escuchado en el evangelio de la anunciación, también quiere saber cómo podrá ser madre de Jesús sin conocer varón, pero le basta con la respuesta del ángel de que todo descansa en el poder de Dios. María cree en las palabras del ángel Gabriel, fiando en el poder de Dios lo que desconoce y no sabe cómo va acontecer. María fue concebida sin pecado para poder contar con una condición humana redimida y encontrarse con Dios como Adán y Eva antes de la caída, sin la inclinación al pecado que dejó en la humanidad el pecado de nuestros primeros padres.

Una inclinación que san Agustín llamó concupiscencia, y es tan poderosa que sólo puede ser vencida por la gracia de Dios que hemos de suplicar de su misericordia, manteniéndonos permanentemente en vela, haciendo lo que Jesús nos pide en todo momento de nuestra vida, como se lo pidió a los apóstoles y discípulos durante el tiempo de su vida pública, exhortando a la vigilancia; con especial dramatismo ante la pasión que se le echaba encima, en la noche de la agonía de Getsemaní: «Vigilad y orad para no caer en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil» (Mt 26,41). Cuando Jesús enseñó a sus discípulos a orar con el modelo y paradigma de oración que nos dejó en el padrenuestro, incluyó en la plegaria dominical la súplica de vernos libres en la tentación de sucumbir al acoso del Maligno: «No nos dejes caer en tentación y líbranos del mal» (Mt 6,13).

La fe de María es por esto mismo la propuesta ejemplar que Dios nos hace de proceder como personas religiosas, capaces de fiar en Él y, por la gracia divina, mantener la fe que alimenta la esperanza en la bondad del designio divino sobre nosotros. María deja a Dios ser Dios, consciente de que en él reside la sabiduría mediante la cual Dios creo el mundo y llamó al ser a todas las cosas. A veces nos es difícil fiar en Dios y nuestra desconfianza se muestra como secreto ateísmo que mina la entereza de nuestra fe; porque la fe es ante todo acogida de la palabra de Dios y cumplimiento, siguiendo el ejemplo de la Virgen María. Ella supo acoger la palabra de Dios, mereciendo así la bienaventuranza de Jesús, aun cuando los oyentes pudieran pensar que Jesús mantenía distancias con su madre al corregir la alabanza de aquella mujer que, asombrada de la enseñanza de Jesús y complacida, exclamó: «“¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!” Pero él dijo: “Dichosos, más bien, los que oyen la palabra de Dios y la guardan”» (Lc 11,27-28).

Es tal el don que Dios hizo al mundo con María que en ella todo lo que perdimos con Eva ha sido en verdad recobrado, al darnos al Redentor de la humanidad. Con san Anselmo podemos decir: «El cielo, las estrellas, los ríos, el día y la noche, y todo cuanto está sometido al poder y utilidad de los hombres, se felicitan de la gloria perdida, pues una nueva gracia inefable, resucitada en cierto modo por ti, ¡oh Señora!, les ha sido concedida» (San Anselmo, Sermón 52: PL 158, 955-956).

Podemos decir que hay en estas palabras un paralelismo claro con el canto del pregón pascual: ¡Oh feliz culpa que mereció tal Redentor! Cristo Jesús nacido de la Virgen María. Por ello decimos con san Pablo: «donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia; así lo mismo que el pecado reinó por la muerte, así también reinará la gracia en virtud de la justicia para la vida eterna por Jesucristo nuestro Señor» (Rom 5,20-21).

San Anselmo lo glosa como hemos escuchado: por la plenitud de la gracia de María en razón de su divina maternidad, no sólo cuantos hemos nacido después de Cristo y hemos conocido el anuncio evangélico experimentamos el gozo de la salvación que Dios nos otorga por la fe en Cristo; sino que, «por el poder del Hijo glorioso de la gloriosa virginidad», también «los justos que perecieron antes de la muerte vivificadora de Cristo se alegran de que haya sido destruida la cautividad, y los ángeles se felicitan al ver restaurada su ciudad medio derruida» (San Anselmo, ibid.).

El gran obispo y teólogo de alto Medievo contempla el fundamento soteriológico, es decir, en razón de nuestra salvación, de la gracia sobreabundante de María, a la que el ángel Gabriel saluda como a la que es la «llena de gracia» (Lc 1,28). De este modo, por María Dios se hace hombre para que nosotros alcancemos la vida divina: «Valiéndose de María, se hizo Dios un Hijo, no distinto, sino el mismo, para que realmente fuese uno y el mismo el Hijo de Dios y de María» (ibid.). Es lo que confesamos cada vez que recitamos el símbolo de nuestra fe y afirmamos que el Hijo de Dios nació de la Virgen María por obra del Espíritu Santo.

Quiera el Señor que, al celebrar la inmaculada concepción de la Virgen, la fe que profesamos en el abajamiento de Dios hasta nosotros en la encarnación del Verbo, por la intercesión de la Virgen Inmaculada, nos ayude a superar la tentación de vernos sin Dios y sin Cristo en un mundo que no reconoce al que vino a Salvarle naciendo de las entrañas inmaculadas de María.

Vigilia de la Inmaculada

S.A.I. Catedral de la Encarnación

                                      Adolfo González Montes

                                            Obispo de Almería

        

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