Lecturas bíblicas: Is 52,7-10; Sal 97,1-6; Hb 1,1-6; Jn 1,1-18

Queridos hermanos y hermanas:

«A Cristo, que por nosotros ha nacido, venid, adorémosle». Con esta invitación comienza la liturgia de las horas, la alabanza del día de Navidad. Como los pastores, que presurosos corren a Belén, también nosotros hemos adorado al Niño esta noche santa de la Navidad. Una noche que anuncia la noche gozosa de la resurrección. En la vigilia del Sábado Santo, el pregón pascual exclama: ¡Qué noche tan dichosa en que se une lo humano y lo divino! El diácono que canta el pregón pascual bendice a Dios por el triunfo de Cristo sobre la muerte, y la naturaleza humana del Resucitado asciende victoriosa del sepulcro unida a la divinidad del Verbo para siempre.

San Pablo dice en la carta a los Efesios, refiriéndose a Cristo resucitado, que el que bajó, llegando incluso a las profundidades del abismo «es el mismo que subió por encima de todos los cielos, para llenar el universo» (Ef 4,10). Como comentábamos hace tan sólo unas horas, en la homilía de la misa de medianoche, no podemos separar el canto de los ángeles que glorifican a Dios por el nacimiento de Cristo en Belén, en la noche de Navidad, del canto de la Iglesia en la vigilia pascual por la luz poderosa que ha brillado en la noche pascual, iluminada por la resurrección de Cristo.

La luz que ha brillado en las tinieblas es el gran contenido del anuncio cristiano, el evangelio de la luz y de la vida es el evangelio de la salvación. Anunciamos al mundo lo que los ángeles anunciaron a los pastores y los apóstoles, enviados por el Resucitado, anunciaron al mundo: que Dios consuela a su pueblo y cancela las deudas de la humanidad, que han sido perdonados los pecados. Con el nacimiento de Cristo se ilumina el mundo, porque Dios consuela a su pueblo.

El libro de la consolación, incluido en el libro de profecías de Isaías, describe, en la primera lectura de esta misa del día de Navidad, el retorno jubiloso de los israelitas de la cautividad asiria a la ciudad santa de Jerusalén. El profeta anuncia este retorno a Jerusalén porque Dios libera a su pueblo y anuncia un reino eterno y universal. Se van a cumplir las palabras proféticas de Natán a David: Dios asegura la dinastía de David y Jerusalén tendrá rey, y este rey será el mismo Dios, que reinará para siempre. El retorno de los exiliados a la patria es contemplado el profeta como la figura de humanidad jubilosa en camino hacia la patria definitiva simbolizada en la ciudad santa de Jerusalén.

Este retorno es visto como un nuevo Éxodo que evoca el éxodo o salida de los judíos de la esclavitud egipcia, pero ahora el camino hacia la tierra prometida tiene como meta el templo de Jerusalén, porque el profeta concibe esta marcha de los israelitas que retornan como una gigantesca procesión litúrgica hacia la casa de Dios, el templo que quiso construir David, pero Dios determinó que fuera su hijo Salomón, “rey de paz”, el que lo construyera. Hacia este templo van los israelitas llevando en sus manos no el botín arrancado a los egipcios la noche en que salieron de Egipto, sino los vasos sagrados del templo restituidos por Ciro (Biblia de Jerusalén: Nota a Is 52,12).

El nacimiento de Jesucristo nos revela que este templo y morada definitiva de Dios es la carne de Jesús nacido virginalmente de María. El Hijo de Dios no fue creado como lo hemos sido nosotros, sino que fue engendrado en el seno eterno de Dios antes del tiempo y desde toda la eternidad, pero su cuerpo humano fue creado en las entrañas purísimas de la Virgen para que, unido al Verbo, el Hijo de Dios se uniera definitivamente a la humanidad para siempre. Hemos escuchado las palabras del prólogo o introducción al evangelio de san Juan: «El Verbo [la Palabra eterna de Dios] se hizo carne, y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14). Por eso, como nadie ha subido hasta Dios, sino el mismo que bajo a nosotros haciéndose hombre, sólo por medio de Él podemos llegar a Dios. Él dijo de sí mismo: «Yo soy el Camino y la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6).

El gran padre de la Iglesia antigua y teólogo de gran hondura Orígenes comenta que cuando el profeta Isaías afirma como nosotros hemos escuchado: «¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva, que pregona la victoria!» (Is 52,7) lo hace con gran acierto, porque «ha comprendido el sentido profundo, la hermosura y la conveniencia de la predicación de los apóstoles que caminan en aquel que dijo: “Yo soy el camino”» (Orígenes, Com. al evangelio de Juan 1, 8,51: SC 120,86).

Orígenes ve en el anuncio del profeta una figura del anuncio evangélico confiado por Jesús a los apóstoles y prolongado en la sucesión apostólica y, en definitiva, en la misión de la Iglesia, que está llamada a anunciar a Jesús en su entera composición como comunidad de redimidos. Orígenes continúa en el mismo lugar diciendo que, por eso mismo, Isaías alaba, «bajo el término simbólico de pies, a los que caminan por el camino inteligible de Jesucristo y acceden a Dios a través de la puerta». Es decir, llegamos a Dios por medio del conocimiento de Cristo Jesús. Conociendo a Jesús conocemos a Dios, porque el Dios al que no podemos ver, como dice el prólogo de san Juan, se nos ha revelado en el rostro de Cristo: «A Dios nadie lo ha visto jamás: El Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien nos lo ha dado a conocer» (Jn 1,18).

Orígenes concluye: «Ellos [los apóstoles], cuyos pies son hermosos, anuncian el bien, es decir, a Jesús». El Hijo de Dios hecho carne es nuestro sumo bien, porque es Emmanuel, es Dios-con-nosotros, y Dios nos habla por eso por medio de él. Lo hizo en otro tiempo, en las etapas de la historia de nuestra salvación, tal como dice el autor de la carta a los Hebreos, por medio de los profetas, pero «ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo (…) Él es resplandor de su gloria, impronta de su ser» (Hb 1,3). Entendemos que dijera a Felipe la noche de la última cena: «Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”?» (Jn 14,9).

San Pablo dice con el mismo propósito que los otros autores del Nuevo Testamento que «Jesús es Imagen del Dios invisible» (Col 1,15) y, por esto mismo, a Dios se va por el camino que es Jesucristo. Conocer a Jesús es conocer a Dios, y dar a conocer a Jesús es el contenido de toda evangelización. Los pastores que acudieron presurosos a ver qué había sucedido en Belén, siguiendo el anuncio de los ángeles, se convirtieron en los primeros apóstoles de Cristo, pregonando el anuncio angélico. Dice el evangelista san Lucas que «los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, tal como se les había dicho» (Lc 2,20).

También nosotros como los pastores hemos de hacernos con los pies hermosos de los que anuncian la gloria de Dios reflejada en el resplandor de Jesús, el Hijo de Dios en nuestra misma carne. Dios ha venido a morar con nosotros haciéndose hombre, y el gozo inunda el corazón del hombre que ha conocido a Cristo Jesús. Cuanto más se aleja el mundo de Cristo más se acerca a su perdición, porque la libertad de los liberados del pecado es el don de Cristo, camino para llegar a Dios. Ciertamente, no es posible celebrar la Navidad sin Jesús, renunciando así al contenido verdadero del anuncio de la Navidad: «Hoy os ha nacido, en la ciudad de David, un salvador, que es Cristo Señor» (Lc 2,11).

Con María y con José contemplemos, hermanos, el misterio del amor de Dios por los hombres, porque el amor se ha hecho carne y en la debilidad de un niño se ha acercado a nosotros, para levantar lo caído y hacernos partícipes de su vida divina.

S.A. I. Catedral de la Encarnación

Navidad 2017

                            Adolfo González Montes

                                  Obispo de Almería

 

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