Lecturas bíblicas: Núm 6,22-27; Sal 66,2-3.5-6.8; Gál 4,4-7; Aleluya: Hb 1,1-2; Lc 2,16-21

Queridos hermanos y hermanas:

¡Salve, Madre Santa!, Virgen Madre del Rey, que gobierna cielo y tierra por los siglos de los siglos.

Son las palabras de salutación de la comunidad congregada para celebrar la Palabra y la Eucaristía en este día festivo en honor de la Virgen Madre del Señor, esta antigua fiesta, tal vez la primera, en honor de la santísima Virgen. En este día, primero de cada nuevo año, se celebra la Jornada Mundial de la Paz, desde que la instituyó el beato papa Pablo VI, vinculándola al mensaje de paz de los ángeles que invitan a la adoración del recién nacido en Belén, el Mesías, el Señor. Jesú,s como lo anunciara el profeta Isaías, es el «niño que nos ha nacido, el hijo que se nos ha dado, que lleva a hombros el principado y es su nombre: “Mensajero del designio divino”, “Dios fuerte”, “Siempre Padre”, “Príncipe de la Paz”. Grande es su señorío, y la paz no tendrá fin sobre el trono de David y sobre su reino, para restaurarlo y consolidarlo por la equidad y la justicia» (Is 9,5-6a).

Estas palabras del profeta Isaías recogen los títulos que se le daban a los reyes orientales como el faraón, a quienes se consideraba presencia de Dios en la tierra y, por esto mismo en estos títulos se expresaba el carácter divino de la realeza. En el caso de la monarquía hebrea, se funden en estos títulos la sabiduría que Dios otorgó a Salomón para regir el reino fundado por su padre David con la fortaleza y la pacificación mediante la victoria sobre sus enemigos del mismo David. Con la sabiduría y la fortaleza del Rey-Mesías que había de venir, y a quien los israelitas esperaban como heredero de la dinastía davídica, Dios había de consolidar su reinado sobre el pueblo elegido.

La profecía del Emmanuel que leemos en Isaías le anuncia al rey Ajaz un descendiente que nacerá de una virgen. Si el profeta se refirió al hijo del propio rey Ajaz que habría de nacer, bien pronto se vería que el piadoso rey que fue Ezequías, descendiente de Ajaz, no llegó a cumplir las esperanzas puesta en él, y desde entonces las expectativas del profeta y del pueblo israelita se proyectarían al futuro, en la esperanza del Rey y Mesías que traería la restauración final de Israel. 

Para nosotros, Jesús está en el centro del tiempo, en el que había de venir estaban puestas las esperanzas de la humanidad anterior a su nacimiento, y desde su nacimiento hasta hoy los cristianos vivimos de la esperanza puesta en él, sabiendo que a Jesús resucitado de entre los muertos Dios lo ha acreditado como Cristo, el Ungido de Dios que gobierna y conduce la historia humana hacia su consumación final en Dios, cuando Cristo venga a consumar el reino de su Padre. El tiempo que transcurre para nosotros año tras año tiene un origen y una orientación hacia el final de gloria que Dios ha querido para la creación, liberada de la esclavitud del pecado por medio de su Hijo.

Nosotros contemplamos en la Navidad cumplidas las promesas proféticas en el Niño que nos ha nacido y se nos ha dado, abriendo nuestra esperanza a su venida de Jesús en gloria. Reconocemos en Jesús al Cristo de Dios, al Mesías y Salvador de la humanidad, y le confesamos como el verdadero Emmanuel (Dios-con-nosotros) y Príncipe de la Paz. Es el mensaje de la liturgia navideña y la fe de la comunidad celebrante[1]. Dice san Juan Crisóstomo, a propósito del nacimiento de Jesús como Príncipe de la Paz: «Ningún hombre desde el comienzo de los tiempos, ha sido llamado “Dios fuerte”, ni “Príncipe de paz semejante”». El mismo padre de la Iglesia aclara a continuación por qué no existe límite alguno a la paz que Jesús vino a traer a la tierra, añadiendo: «Porque la paz que procede de los hombres es fácilmente destruible y está sujeta a muchos cambios, mientras que su paz es segura, inamovible, firme, estable, inmortal y no tiene fin»[2]. Esta paz es aquella de la que habló Jesús a los apóstoles la noche de su despedida: «Mi paz o dejo, mi paz os doy, no como el mundo la da os la doy yo» (Jn 14,27). Esta paz es fruto de la reconciliación de Dios con el mundo acontecida en Cristo. Por eso, los títulos que se dan a Jesús como Príncipe de la Paz son los títulos que se dan al rey futuro que había de venir y que sólo son títulos que corresponden a Dios, y se aplican a Cristo como Hijo de Dios a quien el Padre ha entregado el ejercicio de gobierno y del ministerio propio del verdadero Rey de Paz[3].

María es la Madre del Rey mesiánico, y como tal reina con su Hijo, coronada de gloria, porque la que quiso Dios asociar al sufrimiento redentor de su Hijo, ha sido asociada a la victoria de la resurrección de Cristo Jesús. Al comienzo del año, coincidente con el cumplimiento de la octava del nacimiento de Jesús, la Iglesia contempla a María como la principal destinataria de las bendiciones divinas, que Dios encomendó a los levitas, entregándole la fórmula con la cual había de bendecir al pueblo. Lo hemos escuchado en la lectura del libro de los Números. El contenido más preciado de estas bendiciones divinas que recaen sobre Maria hay que verlo en su divina maternidad, acontecida ­–dice san Pablo­– cuando llegó la plenitud de los tiempos y el Hijo de Dios nació de una mujer ( 4,4). El mismo san Pablo agrega que este nacimiento de mujer del Cristo de Dios aconteció viniendo Jesucristo «del linaje de David según la carne» (Rom 1,3; cf. 2 Tim 2,8).

La liturgia de la Navidad nos conduce suavemente de la adoración del Niño nacido por nosotros en Belén, celebrado por los ángeles y adorado por los pastores, a la contemplación de María, la Virgen Madre que «conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2,19). La Navidad nos coloca ante el niño y ante su madre, de la cual ha nacido el Príncipe de la Paz. María es inseparable de Jesús, porque de ella ha nacido el que trae la paz al mundo. Cuando los pastores acudieron a Belén, «encontraron a María y a José acostado en el pesebre» (Lc 2,16), porque Dios quiso que su hijo viniera al mundo en el hogar de amor de una familia, regazo materno y fortaleza paterna que amparan el nacimiento y la protección de una nueva vida. El niño venía de Dios y el misterio de su concepción virginal nos es ofrecido como revelación de aquel que es nacido de Dios (cf. Jn 1,13) y llega al hogar en el que nacemos los hombres, la familia que acoge a cada vida humana que llega al mundo, el regazo y la protección que el evangelio personifica en María y en José. Ellos son los testigos y protagonistas de la encarnación del Hijo de Dios; y a ellos acude la súplica de la Iglesia para recibir a Jesús como ellos lo acogieron para que morara entre los hombres.

En esta Jornada de la Paz, el Papa Francisco nos invita a la fraterna solidaridad con cuantos necesitan de la paz estable y duradera que Dios da, poniendo fin a las guerras y a la pobreza que ahoga la vida de los pueblos más necesitados. Nos exhorta el Papa en su mensaje para esta Jornada a ser solidarios de manera particular con los migrantes a causa de las guerras regionales que asolan la paz y el bienestar de naciones enteras, y pone un énfasis especial en que sepamos acoger, proteger, promover e integrar a los emigrantes y refugiados que buscan verse libres de la persecución y buscan una vida mejor, a la que todos los seres humanos tienen derecho. No se podrá hacer sin la colaboración de los responsables de los gobiernos y la ayuda internacional, para que todo suceda conforme a los derechos de todos.

Pidamos a la Virgen María y a San José la intercesión en favor de todos los emigrantes y refugiados, porque la sagrada Familia hubo de emigrar a Egipto para salvar la vida del Niño y conocieron en sí mismos las penas de la huida y de la búsqueda de un refugio. Que por su intercesión El Príncipe de la Paz, que dio su vida para reconciliar al mundo con Dios ilumine la mente de cuantos rigen los destinos de los pueblos, para que la paz se asiente sobre un orden de justicia que respete y proteja los derechos de todos los pueblos.

Almería, 1 de enero de 2018

          + Adolfo González Montes      

            Obispo de Almería

        

 

[1] Cf. Biblia de Jerusalén: Nota a Is 9,5-6.

[2] San Juan Crisóstomo, Demostración contra los paganos 2, 8-10.

[3] R. E. Brown /J. A. Fitzmyer / R. E. Murphy (eds.), Nuevo comentario bíblico San Jerónimo. Antiguo Testamento, n. 15: 23-24.

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