Lecturas bíblicas: Mal 3,1-4; Sal 23,7-10; Hb 2,14-18; Lc 2,22-40

Queridos hermanos y hermanos de vida consagrada;

Hermanos y hermanas en el Señor:

La fiesta de la presentación del Señor en el templo de Jerusalén nos invita a la contemplación de la ofrenda que sus padres hacen de Jesús, cumpliendo de este modo la ley de Moisés, que establecía que todo primogénito varón debía ser consagrado al Señor (cf. Ex 13,2.11). Al hacerlo así, se actuaba conforme a la ley, como memorial de la salvación de los primogénitos israelitas al salir de Egipto, mientras fueron sacrificados los hijos de los egipcios. Con el rescate ritual de los primogénitos de Israel se evocaba aquella gesta de liberación con la que Dios hizo posible la salida de Egipto de los israelitas. El rescate ritual de los primogénitos en el templo se realizaba mediante la ofrenda de un animal, y en el caso de las familias a las que no era asequible adquirir una res menor basta el sacrificio de «dos tórtolas o pichones» (Lv 5,11). De esta manera, al tiempo que se producía la ofrenda sacrificial, se alcanzaba la purificación de los pecados y se adquiría la pureza ritual exigida por la ley.

Esta consagración de los primogénitos al Señor alcanza en Jesús un significado redentor, pues mira proféticamente a su inmolación como víctima que se ofrece en libertad a la pasión y a la cruz por la salvación de la humanidad alejada de Dios por el pecado y reconciliada en su sangre, como expone autor de la carta a los Hebreros, que dice: «Pues si la sangre de los machos cabríos y de los toros y la ceniza de una becerra tienen el poder de santificar con su aspersión a los contaminados, en orden a la purificación de la carne, ¡cuánto más la sangre de Cristo…!» (Hb 9,13-14)

Tomando la consagración de los primogénitos al templo, consideremos nosotros que la consagración de vida de quienes siguen los consejos evangélicos se acomoda al modelo de Cristo, en una particular configuración con él, en alabanza de Dios misericordioso y en servicio a los hermanos. Esta consagración de vida responde ―tal como reza el lema de este año para la jornada de la Vida consagrada― al encuentro con el amor de Dios que precede a toda respuesta, en la fe y en el seguimiento de Cristo, a este amor de Dios, que ofrece su perdón al pecador y quiere nuestra salvación de todos. Es así, porque los designios de Dios para los hombres, dice el Señor por el profeta, «son pensamientos de paz y no de aflicción, de daros un porvenir de esperanza… Me buscaréis y me encontraréis, cuando me solicitéis de todo corazón; me dejaré encontrar de vosotros…» (Jr 29,11b-14a).

Jesús se ofrece al Padre por la salvación del mundo y, en esta ofrenda de sí mismo sometiéndose al designio de salvación de Dios, Jesús rescata a los que estaban destinados a la perdición por causa del pecado; como Dios rescató a los cautivos de Israel, entregados a la dispersión por haber desobedecido la ley del Señor. Aquella recuperación de los cautivos, que Dios recogió «de entre las naciones y lugares donde os arrojé» (Jr 29,14), y por donde estaban dispersados, era figura de la definitiva recuperación en Cristo del hombre perdido por el pecado y alejado de Dios.

Esto nos permite entender el contenido de aquel rito por el cual Jesús hubo de ser circuncidado y al tiempo rescatado como primogénito, sin perder la condición de consagrado al Señor, porque el amor del Padre por el mundo lo entregaba en obediencia perfecta a la pasión y a la cruz. Es lo que ponían de manifiesto las palabras proféticas de Simeón: «Este está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida…» (Lc 2,34).

Es la carta a los Hebreos la que hace la interpretación de la humillación del Verbo de Dios, haciéndose carne al tomar la naturaleza humana. Se coloca por debajo de los ángeles aquél que está sobre ellos, pero este abajamiento del Hijo de Dios tiene una finalidad sacrificial, cuyo contenido es la redención mediante el sacrificio que obtiene la expiación de los pecados. Tal fue la razón por la cual Cristo Jesús se despojó de su gloria, como afirma Pablo en la carta a los Filipenses, porque Cristo se abajó haciéndose por nosotros un hombre más, «obediente hasta la muerte de cruz» (cf. Fil 2,8).

La palabra de Dios que hemos proclamado presenta a Jesús como «luz para alumbrar a las naciones» (Lc 2,32), en boca de Simeón. Es la otra vertiente de la inmensa riqueza de gracia y salvación que contiene el evangelio.  Jesús ha venido para iluminar y llenar el corazón del hombre de luz sobrenatural, capaz de iluminar la vida del hombre y su destino. Luz que alumbra la noche de la historia de Israel, el pueblo elegido, como lo profetizó Isaías, anunciando la llegada del tiempo mesiánico: «¡Levántate y resplandece, porque llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti!» (Is 60,1).

Es el cántico del profeta que inspira el himno que entona Simeón al ver en Jesús la luz de la redención que llega a las gentes y alcanza a iluminar a los pueblos desde el lugar donde aparece y brilla esta luz en la persona divina del Verbo revestida de la carne de la humanidad para derramar la salvación: «luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel» (Lc 2,32).

          Esta luz es la fuente de la alegría de la vida cristiana, que hace de los bautizados testigos del Redentor del hombre y Salvador mundo. No debemos olvidar el mensaje del papa Juan Pablo II en la primera Jornada de la Vida consagrada (Juan Pablo II, Mensaje para la primera jornada de la vida consagrada, 6 enero1997), con la que pretendía alcanzar tres importantes objetivos. En primer lugar, alabar al Señor y darle gracias por el don de la consagración de vida, que radicaliza la consagración bautismal iluminando la vida de los cristianos y de cuantos reciben la luz del testimonio de Cristo, que brilla con especial brillo en la vida de los que siguen en radicalidad los consejos evangélicos. Promoviendo, en segundo lugar, con esta Jornada un mejor conocimiento de la vida de consagración en la Iglesia, con las muchas obras de amor que acompañan la vida religiosa y de especial consagración en general.

Finalmente, en tercer lugar, san Juan Pablo II quiso que esta Jornada fuera motivo de descubrimiento de la belleza que acompaña una vida de consagración como vida entregada a Dios y a los hombres. Belleza que es obra del Espíritu Santo, autor de los carismas y sujeto divino que sostiene con su gracia la vida de consagración, obrando en la vida consagrada como obró en María el prodigio de dar a luz al mundo al Redentor.

Quiera el Señor bendecir este don admirable de la consagración de vida de tantos miles de hombres y mujeres, que por el Evangelio lo han dejado todo, para seguir a Jesús por los caminos de la pobreza, la castidad y la obediencia, para alabanza de Dios y servicio de los hombres. Que María, Virgen de vírgenes y Madre de la Iglesia lo obtenga de su divino Hijo para todas las personas de vida consagrada.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

Presentación de Jesús en Templo

                   + Adolfo González Montes

                            Obispo de Almería

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