Lecturas bíblicas: Éx 20,1-17;  Sal 18,8-11; 1Cor 1,22-25; Jn 2,13-25

Queridos hermanos y hermanas:

La visita pastoral que hoy inauguramos tiene un carácter propio, ya que hoy, gracias a la permanente comunicación entre el Obispo y los sacerdotes, y entre el Obispo y los fieles en general, la presencia del pastor de la diócesis es frecuente en las distintas comunidades parroquiales. Esto hace que también hoy la visita propiamente canónica se realice como un ahondamiento de esta relación fluida entre el Obispo y las comunidades parroquiales.

Tratándose además de una parroquia de la capital de la provincia, que es asimismo la ciudad episcopal de la diócesis, es fácil extender la visita a lo largo de un período de tiempo que sea suficiente para que el Obispo pueda tomar el pulso a la vida parroquial en diálogo con el clero parroquial y los distintos grupos de fieles; sobre todo teniendo en cuenta la aportación particular a la vida de la comunidad parroquial que llevan a cabo los colaboradores del párroco. Sin duda que, en este sentido, el encuentro con los diversos grupos de colaboración pastoral y grupos apostólicos ayuda al Obispo a conocer mejor la comunidad cristiana de la parroquia.  Un momento importante de la visita será la asamblea parroquial, en la que participarán todos estos grupos, y que será también abierta a cuantos feligreses quieran participar en ella.

Con la celebración de esta Misa de recibimiento del Obispo, abrimos hoy una visita que culminará ya en tiempo pascual con la solemne Misa estacional y la dispensación del sacramento de la Confirmación el domingo día 15 de abril. El programa de la visita lo iremos desarrollando en unos cuantos días, que me permitirán conocer mejor el tejido social de la parroquia, sus actividades apostólicas y la acción pastoral en su conjunto, la vida litúrgica y la frecuencia de los sacramentos, así como la administración pastoral, el estado de la economía, y las reformas que se están llevando a cabo en la iglesia y el complejo parroquial desde que la parroquia está administrada por el clero diocesano después de la marcha de los padres Franciscanos, a los que agradecemos muy sinceramente que hayan regentado esta parroquia hasta bien entrado el siglo XXI desde su erección por nuestro venerado predecesor Fray Bernardo Martínez Noval, de la Orden de Agustinos Eremitas.

Fue este venerable obispo religioso agustino el que mando construir la iglesia, que confió a los PP. Franciscanos, retornados a Almería después de la exclaustración del siglo XIX. Esto explica que la iglesia esté puesta bajo la protección titular de san Agustín, que era fraile de los Agustinos Eremitas. El pontificado de Fray Bernardo tuvo lugar desde el 10 de diciembre de 1921 al 23 de julio de 1934. No fueron los Franciscanos los que mandaron erigir la iglesia ni tampoco financiaron su construcción, sino el Obispo Fray Bernardo, que la confió a los Franciscanos, que, a su vez, construyeron el convento, para su retorno desde Murcia a la ciudad de Almería.

Este templo parroquial ha sido siempre de entera propiedad diocesana, y como tal ha vuelto a ser confiado al clero secular o diocesano, comenzando una etapa histórica nueva, en la cual la comunidad cristiana que alberga, igual que todas las comunidades de la diócesis, tiene que afrontar el reto que constituye la nueva evangelización de la sociedad. Una etapa que sigue a la generosa y entregada acción pastoral y apostólica de los PP. Franciscanos.

Esta visita pastoral, que inauguramos con la misa vespertina de la vigilia del Domingo III de la Cuaresma, nos brinda, queridos feligreses, una oportunidad particular para tomar conciencia del nuevo camino a recorrer con el que se enfrenta la comunidad parroquial de San Agustín, que hoy ha querido asimismo que sea bendecida la imagen patronal del gran santo obispo de Hipona, padre eminente de la Iglesia occidental y verdadero genio del cristianismo, a cuya intercesión en el cielo se confía esta comunidad parroquial. San Agustín es, tal vez, el más claro ejemplo de conversión a Jesucristo, del que se había alejado después de haber recibido la sal que se da a gustar al que es ritualmente introducido en la iniciación cristiana durante el catecúmeno, tiempo que prepara para recibir el bautismo y que tiene un eco particular en la Cuaresma. Está bien recordarlo hoy, ya que mañana, domingo III de Cuaresma, acogeremos en la Catedral un buen número de catecúmenos de la diócesis, que realizarán algunos de los ritos de la iniciación cristiana, ritos que los conducirán a la recepción del bautismo, la confirmación y la Eucaristía en la vigilia pascual del sábado santo.

No podremos llevar a cabo la revitalización de la vida cristiana si no nos convertimos por entero a Dios y a Cristo Jesús, Hijo eterno del Padre, dejándonos transformar y guiar por el Espíritu Santo. Jesús les dice a sus discípulos: «El que tiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama» (Jn 14,21); y también: «Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor» (Jn 15,10). La conversión a Cristo exige la guarda de los mandamientos, como así lo impera Dios en el pacto del Sinaí con los israelitas.

En este pacto de la antigua alianza, Dios impone al pueblo elegido el cumplimiento de los mandamientos para ser «mi propiedad personal entre todos los pueblos…» (Éx 19,5). Del cumplimiento de los mandamientos depende la protección que Dios otorga a su pueblo, acreditando que las promesas que hace están confirmadas ya de antemano por la relación que Dios ha mantenido con Israel, sacándolo de la esclavitud de Egipto por amor a sus padres (cf. Éx 32,13; Dt 4,37; Nm 14,23). Está en juego una relación de recíproco amor, aunque los sujetos del pacto, Dios y su pueblo de Israel, no son iguales. Sólo Dios es consistente y no mudable, su amor es revelación de su infinita misericordia con su pueblo, y es este amor misericordioso de Dios, siempre fiel a sus promesas, el que mueve el corazón de Dios arrancando a su pueblo de la esclavitud de Egipto.

Esto se lo recuerda Dios a Israel en esta lectura que acabamos de escuchar del libro del Éxodo, a modo de introducción histórica de la promulgación de los mandamientos. Dios hace este recordatorio dando a conocer su identidad, manifestando que es él quien, por puro amor a sus padres les ha conducido de la esclavitud a la libertad: «Vosotros habéis visto lo que he hecho con los egipcios, y cómo os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mí. Ahora, pues, si de veras me obedecéis y guardáis mi alianza, seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos (…) seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa» (Éx 19,3-4.6).

El amor a Dios se traduce en obras de obediencia como el amor de Dios se manifiesta en la liberación de su pueblo y la guía hacia la libertad y la tierra prometida. Esta alianza de recíproco amor ha de caracterizar la vida del pueblo de Dios. La conversión lleva consigo la guarda de los mandamientos, porque es obediencia en la fe a la voluntad de Dios, a su designio sobre nosotros, que nunca es de aflicción, sino de consuelo, y garantía de libertad.

Cuesta comprender que a luz se va, ciertamente, por la cruz. Jesús profetiza su resurrección en la contestación que da a los responsables del templo que le preguntan con qué autoridad ha expulsado del templo a los cambistas de moneda y ha volcado las mesas de los comerciantes del templo. Al hablar de su futura resurrección les está hablando del estado glorificado de su cuerpo, que equipara al nuevo y verdadero templo de Dios, pues como dice el apóstol san Pablo, «en él reside toda la plenitud de la divinidad corporalmente» (Col 2,9). Jesús es el verdadero templo de Dios donde el hombre puede encontrarle. Como han dicho los grandes teólogos de nuestro tiempo, Jesús es el sacramento del encuentro con Dios, y nadie va a Dios si no es por medio de Jesús (Jn 14,6).

Al purificar el templo de Jerusalén, Jesús realiza una acción profética: dando a entender que la santidad del templo orienta a la santidad del Hijo de Dios y a su condición de «Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,4). El papa Benedicto XVI dice que san Agustín quedó desde su primer encuentro con Jesucristo como catecúmeno fascinado por él; y siempre le amó, aunque se alejó de él como muchos jóvenes hoy se alejan de la fe cristiana. Ojalá comprendieran los adolescentes y jóvenes que hemos educado en la fe, como lo comprendió san Agustín, que «sin Jesús no puede decirse que se haya encontrado efectivamente la verdad» (Benedicto XVI, Catequesis del miércoles, 16 de enero de 2008).

Convertirse a Dios es dejarse regenerar, llegar a ser nueva criatura por la acción del Espíritu Santo. Que esta Cuaresma nos ayude a ello, para que se cumpla en nosotros la exhortación de san Agustín: «No rechaces rejuvenecer con Cristo, incluso en un mundo envejecido» (San Agustín, Sermón 81,8). Que nos acompañe en esta tarea de conversión, la más importante, la Santísima Virgen del Consuelo.

Iglesia parroquial de San Agustín

Almería, 3 de marzo de 2018

                           + Adolfo González Montes

                                 Obispo de Almería

                     

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