Lecturas bíblicas: Job 19,1.23-27ª; Sal 24,6-7bc.17-18.20-21; 2 Cor 5,1.6-10; Aleluya: Si morimos con Cristo, viviremos con él. Si perseveramos, reinaremos con él;  Lc 23,44-46.50.52-53; 24,1-6a

Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos esta misa de exequias en sufragio del alma de nuestro hermano D. José Luis Sánchez Nogales, que nos ha dejado al ser llamado por Dios, dando por consumada su vida, cerca ya de la meta bíblica que asigna setenta años al hombre y al más robusto hasta ochenta, años que dice el salmista «pasan a prisa y vuelan» (Sal 89,10). La esperanza de vida de nuestra sociedad ha alargado notablemente nuestros días, y el zarpazo de una cruel enfermedad que arrebata a un ser querido resulta especialmente doloroso, cuando todavía el que nos deja nos hace concebir la esperanza de poder apreciar durante años su vida y su persona, su actividad laboriosa; y cuando se trata de un sacerdote y de un teólogo, la esperanza puesta en el fruto sobrenatural del ejercicio de su ministerio y del magisterio religioso que lo acompaña.

Cuando inesperadamente y en pocos meses se resuelve una vida apreciable que nos deja, sólo cabe la confesión de fe que sustenta la esperanza y da sentido a su partida definitiva de quien nos deja, cuando ya nunca más le volveremos a ver. La confesión esperanzada de quien, como Job, después de haber sido despojado de sus bienes y herido en su carne, ha contemplado no sin decepción cómo sus allegados y amigos, a los que acudía pidiéndoles amparo, justifican a Dios que le hiere sin pensar siquiera que el único refugio en la desgracia sigue siendo Dios y que, por tanto, cabe esperar una palabra luminosa de él sin renegar de su amor.

Sólo la fe puede garantizarnos que Dios no está contra nosotros, y «si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?» (cf. Rm 8,31; cf. L. Alonso Schökel/J. L. Sicre Díaz, Job. Comentario teológico y literario [Madrid 22002] 353). Job será justificado porque discutiendo con Dios, que así trata a sus amigos, sabe que el sufrimiento que lleva consigo la vida del hombre sobre la tierra es sólo la prueba por la que ha de pasar para ver a Dios cara a cara: para encontrarse con el único que es garantía de justicia, el Viviente, que es la fuente inagotable de la vida que no termina. Job desea que sus palabras se graben en cobre, porque su respuesta al dolor que se le inflige es la confesión de la fe inconmovible en Dios: «Yo sé que está vivo mi Redentor, y que al final se alzará sobre el polvo: después que me arranquen la piel, ya sin carne veré a Dios; yo mismo lo veré y no otro, mis propios ojos lo verán» (Jb19,25-27).

La fe en Dios, único vindicador de los inocentes y los justos, suscita la plegaria de confianza de quienes, a pesar de los sufrimientos que padecen, no pierden la esperanza, porque Dios escucha a sus fieles: «El Señor es compasivo y misericordioso (…) no nos trata como merecen nuestros pecados, / ni nos paga según nuestras culpas» (Sal 102,10). Movido por la fe inquebrantable, el justo sufriente confía en Dios y suplica esperanzado: «Recuerda, Señor, que tu ternura / y tu misericordia son eternas» (Sal 24,6); porque tiene la certeza de la fe en Dios, y firmemente cree en la palabra de promesa del Creador y Redentor del hombre, que por puro amor de su pueblo elegido y de cada ser humano, sin mérito de nadie ante él, Dios responde de quien se fía de él.

El que fía en la palabra de Dios, aunque pase por las cañadas oscuras de la vida y la plena oscuridad de la muerte (cf. Sal 22, 4), como pasó Jesús por el abandono de la cruz, nada ha de temer, porque Dios no abandonó a su Hijo en la oscuridad del sepulcro ni dejó a su Ungido conocer la corrupción (cf. Sal 15, 10). Así, aunque la morada terrenal se desmorone, los fieles del Señor «tienen un sólido edificio construido por Dios, una casa que no ha sido levantada por mano de hombre y tiene una duración eterna en los cielos» (2 Cor 5,1). La prueba final del ser humano es un tránsito hacia la luz plena en la resurrección que compartirá con Cristo. Puede dormir y descansar en paz, y entregar el espíritu al Dios que es Padre, porque pasado el tiempo de la corrupción y llegada la cosecha del trigo renacido, los fieles que mueren en el Señor abandonarán la región de los muertos y habitarán para siempre en las moradas del cielo. Como a Jesús resucitado, no podrán ser hallados en entre los muertos, porque están vivos para siempre en Dios.

 Que estas palabras de fe alienten en el corazón de cuantos lloramos la pérdida de don José Luis, sacerdote que consagró su vida a la inteligencia de la fe, para promover aquella certeza del creyente que afianza la vida del ser humano en Dios. Arrebatado por la muerte prematuramente, después de un período de enfermedad más corto de lo esperado al principio, don José Luis era plenamente consciente de que su final estaba cerca. Por ello, se dispuso a desprenderse de cuanto había amado con pasión como profesor eminente, en plena madurez de magisterio tras largos años de duro estudio e investigación, convencido de que lo mejor está en vivir con Cristo para siempre, pues, si morimos con él, viviremos con él en Dios, y perseverando con él por la fe, reinaremos con él (cf. 2 Tim 2,11-12).

Nos ha dejado don José Luis, cuando su jubilación académica le abría a un período fecundo para escribir y prestar su saber a la causa del diálogo interreligioso en el grupo de expertos de la Conferencia Episcopal y de la Santa Sede. Asesor y miembro de las comisiones de la Doctrina de la Fe y de las Relaciones Interconfesionales, su ayuda nos fue muy estimable a los obispos que hemos presidido estas comisiones y a todos sus miembros durante años. Descanse en paz y que el Señor premie sus servicios a la Iglesia como ministro del Evangelio.

Con el auxilio de la Virgen María, Madre de Cristo Sacerdote y de la Iglesia, confiamos al Buen Pastor nuestra oración en sufragio de nuestro hermano sacerdote de Cristo.

Iglesia parroquial de la Anunciación

Berja, a 23 de junio de 2018

                          + Adolfo González Montes

                               Obispo de Almería

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