Lecturas bíblicas: Eclo 24,1.3-4.8-12.19-21; Sal Jdt 13,18b-e.19; Gál 4,4-7; Lc 11,27-28

Dichosa eres, santa Virgen María, y digna de toda alabanza:

de ti ha salido el sol de justicia, Cristo nuestro Señor (Lc 11,27)

         Con estas hermosas palabras inspiradas en el evangelio de san Lucas, hemos cantado el Aleluya que nos introduce en el misterio de la excelencia de la Virgen María. En mi carta a los diocesanos he querido poner de relieve cómo la vida del pueblo de Dios transcurre acompasada por la maternal intercesión de la Virgen María, que experimenta los fieles de modo especial en la celebración de los llamados misterios de la Virgen. La solemnidad de la Virgen del Mar ocurre justamente después de la gran fiesta mariana de la Asunción de la Virgen y de la memoria litúrgica de la Virgen Reina. Elevada a los cielos, María es coronada en la gloria, lenguaje simbólico con el cual queremos expresar la fe que, por singular privilegio concedido a María en razón de su divina maternidad, Dios la glorificó en cuerpo y alma, participando así plenamente en el señorío de Cristo Jesús sobre la creación. Es el destino que anhelamos y que esperamos ver realizado en nosotros, como discípulos de Jesús y con la intercesión de la Virgen.

         La Iglesia celebra la realeza de María después de haber celebrado su asunción a los cielos en cuerpo y alma, que es celebrar un único misterio en dos actos simbólicamente expresivos de la glorificación de la Madre del Señor. La Virgen comparte el destino de gloria del Hijo, a quien crucificaron los hombres y Dios lo resucitó de entre los muertos (cf. Hch 2,24; 4,10); y «lo exaltó con su diestra haciéndolo Jefe y Salvador» (Hch 5,31). El año litúrgico termina con la solemnidad de Cristo Rey del universo, de quien el libro del Apocalipsis dice que es «el Testigo fiel, el Primogénito de entre los muertos, el Príncipe de los reyes de la tierra» (Ap 1,5). Por su resurrección Jesucristo ha comenzado a reinar, «porque él debe reinar hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies» (1 Cor 15,25); pues Dios Padre se lo ha sometido todo, para que por el reinado de Cristo «Dios llegue a ser todo en todos» (1 Cor 15,28).

         Dios ha querido asociar al reinado de Cristo a su madre, en razón del misterio de su maternidad divina. Madre del Príncipe de los reyes de la tierra, María es reina con Cristo rey del universo, pues Dios, que todo lo creó por medio de Cristo, por él y para él (cf. Col 1,16), «todo lo puso bajo sus pies y lo constituyó cabeza suprema de la Iglesia, que es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todo» (Ef 1,22-23). Cuando en el rezo del santo Rosario contemplamos el quinto misterio glorioso, vemos a María coronada como reina y señora de todo lo creado, porque en ella se ha cumplido en plenitud la redención y ha sido para toda la eternidad asociada a la realeza, al señorío de Cristo, cabeza de la Iglesia En María coronada como reina junto al Rey vemos a la Iglesia, Esposa de Cristo coronada, vemos el destino de gloria de cada uno de los redimidos y salvados.

Esta imagen de María ante nosotros es estímulo que alienta nuestra fe en la vida eterna, de la cual el mundo actual poco sabe, no anhela el hombre de hoy alcanzar la meta de nuestra esperanza, que la sagrada Escritura describe mediante símbolos que nos permiten contemplar en el destino de María nuestro propio destino como partícipes de la vida y la felicidad de Dios. Se ha debilitado tanto la fe en la vida eterna en los cristianos que se ha hecho corriente hablar indeterminadamente de un «allí donde estés» para hablar de los seres queridos ya difuntos. En realidad, el problema no es que no se sepa dónde están, sino que no se cree que estén en algún lugar y nos consolamos con el imaginario laico de una fe falsificada que se expresa en un lenguaje sin sentido.

         Todos los misterios de María responden a su lugar en la historia de nuestra salvación, y la contemplamos unida a la glorificación de Cristo, porque fue elegida por Dios para ser ella misma la morada de Cristo, palabra y sabiduría de Dios que por la encarnación vino a morar entre los hombres, para llevarnos a la morada de plenitud de su reino. Dios predestinó a María a morar en la heredad de la ciudad escogida, porque en el símbolo de la ciudad santa de Jerusalén se prefigura la ciudad del cielo: la humanidad redimida por la sangre de Cristo y glorificada en el cielo. Meta que sólo podemos alcanzar por la gracia de Dios, pues hemos sido hechos hijos adoptivos de Dios por medio de Jesucristo, «para alabanza de la gloria de su gracia con la cual fuimos agraciados en el Amado» (Ef 1,6).

         La Virgen del Mar es la estrella que brilla iluminando nuestra vida con el resplandor de la gloria de Cristo resucitado. Su luz es como un faro que guía al puerto donde refugiarse en la tempestad y donde hallar seguridad. Su luz alumbra una vida de obediencia a la palabra de Dios y cumplimiento de los mandamientos, constante aceptación del designio de Dios para ella, que la convierte en ejemplo de acogida y cumplimiento de la palabra de Dios.

Es dichosa la Virgen por haber llevado en su vientre al Salvador del mundo, pero Dios lo quiso así, porque María oyó la palabra divina y la hizo fructificar en su vida. No lo hizo con fuerza humana, sino por la gracia que la escogió y la dispuso para recibir en su seno al Hijo de Dios «llegada la plenitud de los tiempos», para que fuera «nacido de mujer» (cf. Gál 4,4), y así llegara a ser hombre entre los hombres. A veces creemos que podremos guardar los mandamientos, nos vemos inclinados al pecado e incapaces de guardar los mandamientos, pero lo que es imposible para el hombre, no lo es para Dios. Cuando habló Jesús de las riquezas como impedimento para entrar en el reino de Dios, le preguntaron sus discípulos sobre quién podría salvarse en tal condición y Jesús mirándolos fijamente, dice: «Para los hombres imposible, pero no para Dios; porque todo es posible para Dios» (Mc 10,27). Jesús pone de relieve que la salvación es gracia de Dios, pero el camino a seguir es claro: no podemos apegarnos a las riquezas. Lo mismo sucedió cuando le preguntaron por el divorcio, y Jesús contestó con claridad que el divorcio no entra en el plan de Dios, y el matrimonio cristiano sólo se puede vivir como experiencia de gracia (cf. Mc 10,10-12).

María preguntó al ángel sobre cómo podría ser que diera a luz al Hijo de Dios, si ella no conocía varón. La respuesta fue la misma: «porque nada hay imposible para Dios» (Lc 1,37), a lo que María respondió con fe: «Hágase en mí según tu palabra» (v. 38). Todo es gracia de Dios y este agraciamiento nos ha venido por Jesucristo en abundancia tal que podemos decir con el evangelista que «de su plenitud [de Cristo] hemos recibido todos, y gracia por gracia» (Jn 1,16).

En una cultura como la nuestra, fácil y líquida, no es posible mantener la tensión propia de la vida cristiana sin confiar en la gracia de Dios y, al mismo tiempo, esforzarse para poner por obra la fe que profesamos. Hacemos lo que apetece, no hacemos nada que pueda desagradarnos, nos exija alguna disciplina de la voluntad y somos víctimas de la pereza y de la indolencia de una vida cómoda. Nos parece que ya ha pasado el tiempo del sacrificio y del cumplimiento esforzado de los mandamientos divinos. El relativismo es el resultado de una vida sin esfuerzo por buscar la verdad y abrazarla, vivir en la verdad y dar testimonio de la verdad, siguiendo las huellas de Cristo, que nació de la Virgen «para ser testigo de la verdad» (Jn 18,37)

Hemos dejado de creer en el cielo y en la vida eterna, y sin fe acomodamos nuestras aspiraciones a las cosas de la tierra sin el horizonte de la vida eterna. Sin fe, la vida de la tierra pierde su sentido más profundo, porque la vida terrena es camino para alcanzar la eterna y llegar a la gloria de Cristo y de Nuestra Señora.

Por eso, cuando nos sea difícil no ceder a cualquier clase de tentación que nos arrastra a vivir sin fe en la vida eterna, cuando la tentación quiera alejarnos del ideal de la vida cristiana, digamos con san Bernardo: «Mira a la estrella, invoca a María (…) Que nunca se cierre tu boca al nombre de María, que no se ausente de tu corazón, que no olvides el ejemplo de su vida; así podrás contar con el sufragio de su intercesión» (San Bernardo, Sermones «In laudibus Virginis Matris». Homilía II, 4.17: ed. biling.  BAC II, Madrid 1994, 639).

Iglesia conventual de Santo Domingo el Real

Santuario de la Virgen del Mar

Sábado 25 de agosto de 2018

                          + Adolfo González Montes

                                   Obispo de Almería

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