Lecturas: Núm 21,4-9; Sal 77,1-2.34-38; Fil 2,6-11; Jn 3,13-17

Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos la Fiesta de la Exaltación (‘´Yphõsis) de la santa Cruz, que históricamente fue en primer lugar fiesta de la invención o hallazgo de la santa Cruz, acontecimiento que los calendarios antiguos fijaron el 14 de septiembre del año 320. Esta fiesta que comenzó celebrándose en Jerusalén y desde la Ciudad Santa se extendió a Oriente y Occidente, quedó establecida de forma segura dicha fecha como aniversario de la Dedicación de la Basílica de la Resurrección (Anástasis), que el emperador Constantino levantó en el lugar de la crucifixión del Señor y recibió el nombre de Basílica del Martyrium, ya que se construyó sobre el Calvario, y su dedicación aconteció el año 335 pocos años después del hallazgo de la Cruz.

Esta fiesta se fundiría en Occidente con la del 3 de mayo, llamada también de la “invención” de la santa Cruz, que encontró entre los latinos un gran eco y que ha llegado hasta nosotros, celebrándose hasta hoy, aunque la reforma del litúrgica del Vaticano II suprimió de hecho la fiesta de mayo. Los persas llegaron a arrebatar el madero de la cruz a los cristianos, pero fue rescatado y restituido a su lugar en Jerusalén por el emperador Heraclio, que la entregó al Patriarca Zacarías de Jerusalén el 3 de mayo del año 630. En este día acudían de todo el Oriente a la mostración de la santa Cruz, origen de la fiesta. La mezcla de ambas fiestas y de sus referencias históricas han pervivido en la liturgia cristiana latina [cf. estos datos en A. I. Schuster, Liber sacramentorum. Estudio histórico-litúrgico sobre el Misal Romano (Barcelona 1948) 286-290].

La antífona que hemos recitado como entrada de la misa de este día canta la exaltación de la santa Cruz. Es la misma del Jueves Santo: «Nosotros hemos de gloriarnos en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo: en él está nuestra salvación, vida y resurrección; él nos ha salvado y libertado». Se comprenderá por qué en este día se celebra la fiesta de tantos patronazgos que tienen las más diversas advocaciones de Cristo pendiendo de la cruz con la que fuimos redimidos, o suspendido de ella evocando en la figura del árbol de nuestra redención. Sin embargo, la fiesta se halla centrada sobre todo en la Cruz como instrumento de nuestra redención porque en ella Cristo crucificado alcanzó para los pecadores el perdón y la reconciliación con Dios, dando muerte en su cuerpo crucificado al pecado.

También vosotros, queridos cofrades de la «Ilustre y Muy Antigua Hermandad y Cofradía de Nazarenos de Nuestro Padre Jesús Nazareno y María Santísima de la Amargura y Santa Mujer Verónica» tenéis en alta estima la devoción del pueblo cristiano siente por la cruz del Redentor, y celebráis con gran gozo esta fiesta de la exaltación de la Cruz, porque en 1943 fueron bendecidas las sagradas imágenes de vuestros titulares Jesús Nazareno y la Virgen de la Amargura. La bendición aconteció el 18 de abril, domingo de Ramos de aquel año en el que recuperabais vuestros venerados titulares, plasmados de nuevo por la gubia del artista escultor José Martínez Puertas, después de la devastación del patrimonio religioso por la persecución religiosa, hace ahora setenta y cinco años. El martirio de las cosas sagradas acompañó el martirio de tantos cristianos en cuyos labios daba sentido a su muerte generosa el nombre de Cristo, confesando la fe en la realeza de aquel que reina desde el madero de la cruz.

La historia de vuestra hermandad y cofradía se remonta a los antecedentes de las cofradías históricas, entre las cuales la vuestra tiene el suyo en la cofradía erigida en 1743, alcanzando así, a pesar de los paréntesis históricos de cierta recesión de la hermandad, 275 años de historia de fe y devoción popular. Una historia que es expresión de la fe profesada en el credo, y de la fe vivida en el alma y el corazón: la fe que inspiró la vida de tantos cristianos a lo largo de los siglos, que, con sincera voluntad de seguir los pasos de Cristo hasta la cruz, cuando así lo dispusieron los avatares de la vida. Cristianos que vivieron sus gozos y también sus sufrimientos como como realidades acontecidas en el horizonte del designio de Dios para cada uno de ellos.

El libro de los Números narra lo acontecido al pueblo peregrino en el desierto, cuando orientó sus pasos desde el monte Hor hacia el mar Rojo, rodeando el territorio de las poblaciones paganas de Edom, para ser sometido a prueba y ver si de vedad servían a Dios sin preferir las ollas de Egipto y no la libertad que los arrancaba de la esclavitud. Añoraron las ollas y protestaron contra Dios, y quedaron tendidos sobre la tierra árida del desierto: picados por las serpientes venenosas, morían extenuados por haber pecado contra el quien los libertaba (cf. Núm 14,29). Moisés hizo aquella serpiente de bronce que levanto ante el pueblo, para que cuantos la miraran sanaran de las picaduras y no murieran (cf. Núm 21, 9).

Aquel estandarte levantado en el desierto prefiguraba aquel el estandarte de la cruz levantada ante los pecadores irremediablemente condenados a la muerte eterna, para que aconteciera lo que había predicho Jesús de su propia muerte en la cruz: «Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,31).  El Crucificado reina desde el madero de la Cruz, convertido en el trono de su gloria, porque por medio del madero de la cruz del cual pende el cuerpo exánime del Redentor, ha entrado para siempre en el reino de Dios y ha sido glorificado por el Padre. El evangelista lo contempla así, atravesado por la lanza del soldado y muerto en la cruz como aquel al que Dios ha convertido en remedio definitivo de la muerte, tal como había anunciado el profeta Zacarías: «Mirarán al que atravesaron» (Jn 19,37; Za 12,10).

La humillación de Cristo Jesús, cantada por el himno de la carta de san Pablo a los Filipenses, es el camino de nuestra santificación: «Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo Jesús: el cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo …Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Fil 2,5-8). Nos cuesta comprenderlo, porque aspiramos a ser reconocidos y la vanidad nos ciega, sucumbimos a la tentación de las apariencias hasta ofrecer muchas veces una imagen de nosotros mismos engañosa, que no responde a lo que de verdad somos y lo sabemos. Por eso, el Apóstol nos exhorta a tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús, que existiendo en la forma de Dios se despojó de su rango para aparecer como un hombre más. Sólo así llevó a cabo la obra de la redención, recibiendo de la Virgen madre el cuerpo de la pasión entregado a la cruz por nosotros.

La fiesta de la exaltación de la Cruz nos enseña a contemplar el camino de la salvación: no podemos vivir al estilo del mundo, buscando nuestra propia gloria, sino la gloria de Dios. La cruz de Jesús nos lleva a la purificación de nuestros sentimientos religiosos, sin que dejemos de plasmar en la belleza de las imágenes, que han de llevarnos al centro del misterio redentor, la historia de nuestra salvación y el lugar donde alcanza suprema expresión: el sacrificio eucarístico de la Iglesia, sacramento donde se hace presencia permanente sobre el altar el sacrificio de Cristo por nosotros, sucedido de una vez para siempre en el Calvario. Nuestra configuración con Cristo nos devuelve al realismo de nuestra condición pecadora, redimida mediante el sacrificio del Calvario. La necesaria imitación de Cristo en la vida de todo cristiano nos abre al camino de la salvación que nos viene de aquel que se hizo hombre por nosotros, despojándose de su condición divina para que nosotros llegáramos a la participación de la vida divina.

Que la Virgen de la Amargura nos ayude, queridos cofrades y fieles todos, a recuperar el sentido redentor del sufrimiento, mientras lo combatimos y construimos mejores condiciones de una vida que Dios nos ha dado como anticipación de la vida eterna. Asociada por designio de Dios a la pasión de Cristo y, desde el primer dolor cuando circuncidaron a Jesús hasta el dolor mayor del Calvario, María nos acompaña hasta que con Cristo entremos en la gloria del Padre y participemos plenamente de la vida divina.

Iglesia parroquial de San Antonio de Padua

Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz

Almería

                  + Adolfo González Montes

                        Obispo de Almería

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