Lecturas bíblicas: Jl 2,23a.26-3,1-3ª; Sal 103,1.24-27.30-34; Rom 8,26-27; Aleluya: n. 6 (“Ven Espíritu Santo”);  Jn 7,37b-39

Queridos formadores, profesores y seminaristas;

Religiosas y personal colaborador:

Dios nuestro Señor nos concede abrir de nuevo un curso académico en el Centro de Estudios Eclesiásticos de nuestro Seminario Diocesano. Como comunidad educativa se abre ante nosotros el reto de un curso para el estudio y la preparación humana, espiritual y pastoral de los jóvenes que se forman como seminaristas, la mayoría de ellos candidatos oficiales a las sagradas Órdenes. Una comunidad que de modo especial está en la mente y el corazón de todos los diocesanos y, sin duda, muy en particular en el corazón del Obispo y de los sacerdotes. Todos oramos por el progreso en la marcha hacia el sacerdocio de nuestros seminaristas, destinatarios y protagonistas, a un mismo tiempo, de un proceso de formación que requiere el concurso de toda la Iglesia diocesana.

La formación sacerdotal hoy es una tarea difícil como reto y cometido, pero nunca ha sido fácil, porque requiere el concurso de cuantos contribuyen al proceso de formación de los candidatos ateniéndose tanto a la mente de la Iglesia como a la realidad sociológica y cultural de cada tiempo. Requiere, en definitiva, la atención a las orientaciones que emanan de quienes en la Iglesia universal y en la Iglesia particular tienen la responsabilidad de guiar el proceso de formación; y proporcionar la habilitación cualificada de los que han de ser pastores de las comunidades cristianas, guías y maestros de los fieles que el Obispo ponga a su cuidado pastoral.

Por eso, al abrir hoy un nuevo curso en el Seminario, no sólo tenemos ante nosotros el nuevo curso académico propiamente tal, sino el curso de formación en su conjunto destinado a los seminaristas mayores de nuestra Iglesia diocesana. En esta formación convergen los distintos procesos que conforman un curriculum de estudios y un proceso de habilitación humana, espiritual y pastoral que capacite a nuestros seminaristas para el ejercicio del ministerio eclesiástico. Esto sólo será posible, si del proceso de formación resulta impresa en sus almas la imagen del Buen Pastor; y que llegue a ser así, es obra fundamental de la gracia de Dios y la cooperación de los que se forman para este ministerio, dejando hacer a Dios en ellos.

Conscientes de ello, celebramos esta misa «de Spiritu Sancto», suplicando de la misericordia de Dios que nuestros seminaristas vean consolidada su vocación en la medida en que avanzan hacia la meta que se han propuesto alcanzar con la gracia de Dios, sostenidos por la oración de las comunidades donde han nacido y crecido en la fe; y de este modo, esperando confiadamente en ser llamados públicamente por la Iglesia para el ejercicio del ministerio.

Las lecturas que hemos escuchado nos alientan hoy a confiar en la promesa del Señor. El profeta Joel alienta la esperanza del pueblo de Israel como pueblo elegido, y este aliento divino de la palabra profética se proyecta sobre el nuevo pueblo de Dios, sobre la vida de la Iglesia en un tiempo difícil y recio que puede minar con la vacilación y desconfianza la fe en que Dios es el que llama y da fundamento a la vocación de los candidatos al ministerio. Escuchemos con esperanzada confianza la palabra de Dios por voca del profeta: «Sabréis que yo estoy en medio de Israel, el Señor vuestro Dios, el Único, y mi pueblo no será confundido jamás» (Jl 2,27).

Cuando Jesús confía a Pedro el gobierno de la Iglesia lo compara con la roca firme sobre la que el mismo Jesús levantará su construcción: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará» (Mt 16,18). Las palabras proféticas de Joel se proyectan sobre la confesión de fe de Pedro y la promesa de Jesús. Los evangelios recogen la promesa de Jesús de estar siempre con la Iglesia, dando aliento a la fe de los discípulos en la obra de Dios comenzada en ellos. Tienen miedo y son acobardados, pero Jesús los sostiene. La voz de Jesús caminando sobre las aguas a media noche da confianza a sus discípulos, cuando llenos de miedo creían ver un fantasma: «¡Ánimo!, soy yo; no temáis» (Mt 14,27). Del mismo modo sucederá tras la crucifixión, que ha dejado desolados a los discípulos de Emaús: Jesús caldea con su palabra y su presencia el corazón angustiado de sus discípulos: «¿No ardía nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» (Lc 24,32). Sucedería lo mismo en la aparición del Señor resucitado a los desconcertados apóstoles refugiados en el cenáculo, que escuchan el amistoso reproche de Jesús invitándoles a palpar su realidad incluso física: «¿Por qué os turbáis? ¿Por qué se suscitan dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que tengo yo» (Lc 24,38-39).

Cuando el Resucitado se despide de ellos con el imperativo de la misión, les promete: «Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Esta convicción de fe: que Jesús resucitado está en medio de su Iglesia, sosteniendo su misión parece faltar en los momentos difíciles y turbadores de las crisis históricas y de cambio de época por las que pasa y ha pasado la Iglesia, que corre la misma suerte de la humanidad, porque la Iglesia participa también de los avatares de la historia humana. Jesús, sin embargo, no ha faltado a su promesa: la palabra de Jesús se ha tornado, sin embargo, palabra cumplida. La Iglesia sigue adelante y así hasta el final de los tiempos. Sucederá que siempre la renovación de la fe dará paso a esperanza renovada como obra de Dios Espíritu Santo, que infunde las virtudes teologales en el alma del cristiano y no ignora ninguno de los sonidos del mundo universo en aquella armonía de la creación que la redención de Cristo ha restaurado venciendo en su muerte el pecado. El Señor ha derramado, en verdad, su Espíritu sobre sus siervos y siervas, y, como dice el Vaticano II, el Espíritu Santo está en la Iglesia al modo como el Verbo se ha unido a la humanidad de nuestro Señor «como órgano vivo de salvación, que le está indisolublemente unido» (Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen Gentium, n. 8a).

Dice el Apóstol que «el Espíritu Santo viene en ayuda de nuestra debilidad» (Rm 14,26a), para que podamos pedir lo que nos conviene, porque «el que escudriña los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu y que su intercesión por los santos es según Dios» (Rm 14,27). Por ello pidamos el don del Espíritu Santo, para venga en nuestra ayuda y él, que conoce nuestros corazones, inspire nuestra súplica. El Espíritu obra ya en nosotros, que hemos sido bautizados en el nombre de la Trinidad Santa y sellados con el don del Espíritu. Es el Espíritu quien dirige nuestros pasos a Cristo y sostiene nuestro amor el Señor y nuestro compromiso, porque es él quien obra en la Iglesia. Hemos de dejar al Espíritu trabajar nuestras almas, para que todos seamos conformados con Cristo: para que la figura pastoral de aquel que es el único Pastor vaya dando a nuestros seminaristas la cualificación que los convierta en sacramento de su presencia entre los hombres; y para que a los que nos llamó para ser guías del pueblo de Dios, nos sostenga y fortalezca en el ejercicio del ministerio que se nos ha confiado para salvación de los hombres.

Que la Virgen María de la Merced, cuya memoria se celebra en este día y se halla inscrita en el calendario litúrgico hispano, y san José, patrono mayor de la Iglesia y de los seminarios, intercedan por nosotros, para que su intercesión consolide las vocaciones sacerdotales; y para que los sacerdotes alcancen la santidad de vida que haga creíble que su ministerio «no es para destrucción, sino para edificación de la comunidad» de cuantos creen en Cristo (2 Cor 10,7).

Capilla mayor del Seminario Conciliar de San Indalecio

Almería, a 24 de septiembre de 2018

         + Adolfo González Montes

               Obispo de Almería

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