Lecturas bíblicas: Jer 1,4-9; Sal 15,1-2a.5.7-8 (R/. 5a); 1 Cor 9,16-19.22-23; Jn 1,47-51

Queridos sacerdotes y diáconos, religiosas y fieles laicos;

Hermanos y hermanas en el Señor:

La fiesta de los santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael nos llena muy en particular este año de gozo al llegar con el regalo para la Iglesia diocesana de cuatro nuevas ordenaciones de presbiterado: cuatro sacerdotes que tan necesarios nos son para llevar adelante la evangelización de la sociedad actual, y volver a proponer ante los ojos de los alejados de la Iglesia la novedad y belleza del Evangelio de la vida y de la salvación.

Damos gracias a Dios por este don que viene a potenciar la acción apostólica y pastoral de nuestra Iglesia particular, de la que se beneficiarán las comunidades parroquiales. La juventud de los nuevos sacerdotes ayudará por ley de vida a acercar la vida de la Iglesia a tantos jóvenes que, aun habiendo sido educados en la fe, necesitan que hombres jóvenes se acerquen a ellos y vuelvan a ilusionarlos haciendo nueva realidad para ellos los años de alegre convivencia parroquial compartiendo ilusiones de apostolado. La próxima asamblea del sínodo de los Obispos afrontará la situación de los jóvenes y la siempre difícil cuestión de las vocaciones. Tenemos esperanza en que nos ayudará a aplicar a la tarea pastoral de los jóvenes sacerdotes criterios y propuestas para la mejor educación en la fe de los jóvenes cristianos; para lograr el acercamiento evangelizador de los que se encuentran alejados de la Iglesia o no han tenido noticia clara del Evangelio y de la vida de la fe en la Iglesia.

Esta ordenación sacerdotal de hoy se produce, además, en esta fiesta de los santos Arcángeles, cuya misión es la de ser mensajeros (del griego ángelos) de la salvación. Dice san Agustín, que el ángel recibe su nombre del oficio y no de su naturaleza[1], aunque de la naturaleza de los ángeles, agrega el santo Doctor, hemos de afirmar su condición espiritual. También después de él, reitera esta idea el papa san Gregorio Magno, que como leemos hoy en el oficio, dice: Hay que saber que el nombre de “ángel” designa la función, no el ser del que lo lleva»[2].

Los ángeles son criaturas, como también lo somos nosotros de la grandeza omnipotente de Dios, autor de la creación, y por eso mismo, son «objeto de la complacencia de Dios»[3]. Los ángeles son seres espirituales, como «Dios es espíritu y ha de ser adorado en espíritu y en verdad» (Jn 4,24); y como tales, a Dios «le adoran eternamente los ángeles y los arcángeles gozosos en su presencia»[4]. Dios los creo para que le sirvieran «contemplando constantemente su rostro en el cielo» (cf. Mt 18,10); y para que, puestos a su servicio, fueran «ministros de tu gloria»[5]  y «agentes de sus órdenes, prontos a la voz de su palabra» (Sal 103,20).

Dios, que ha dispuesto los oficios de los ángeles y de los arcángeles, y de los coros angélicos, por medio de su Hijo Jesucristo ha dispuesto el orden de los oficios sagrados; y, como recitamos en la plegaria de ordenación de los presbíteros, ya en la primera Alianza eligió colaboradores subordinados de Moisés y Aarón, para gobernar y santificar a los israelitas. Así, del mismo modo, «habiendo consagrado a los Apóstoles con la verdad, los hizo partícipes de su misión, y ellos, a su vez, eligieron «colaboradores para anunciar y realizar por el mundo entero la obra de la salvación»[6]. De este modo convergen en un mismo fin el ministerio de los ángeles y el de los hombres elegidos por Dios para ser testigos de la redención de Cristo, y para anunciar la salvación que nos llega por medio de su Hijo, entregado por nosotros a la muerte y resucitado de entre los muertos, constituido mediador único y universal entre Dios y los hombres.

         Esta es, ciertamente, una misión que impone y hace dudar a los llamados desde el vientre de su madre de la propia capacidad para llevarla a cabo. Sin embargo, en la lectura del profeta Jeremías que hemos escuchado Dios fortalece a los que envía y ante la objeción del elegido que dice: «Mira que no sé hablar, que soy un muchacho» (Jer 1,6), el Señor le responde: «No digas: “Soy un muchacho”, que a donde yo te envíe, irás, y lo que te mande, lo dirás. No les tengas miedo, que yo estoy contigo para librarte» (Jer 1,7-8).

         Estas palabras de Dios al profeta fortalecen su joven corazón, que se ve armado de valor para afrontar la difícil misión de tener que denunciar los pecados y desvíos del pueblo elegido, su idolatría y su inclinación a abandonar la ley de Dios. Se hace por esto preciso reaccionar con coraje y valentía, cuando ronda la debilidad, que se manifiesta en la inclinación a la inhibición y al silencio, a cobijarse en la inacción. Los llamados al ministerio han de tener bien presente que sólo Dios es su heredad y que no hay compensaciones que se puedan comparar con la amistad de Cristo. Sus palabras han de ser el único escudo de defensa frente a la debilidad y el temor: «En el mundo tendréis tribulaciones; pero ¡no tengáis miedo! Yo he vencido al mundo» (Jn 16,33).

         Todos, queridos hijos, tenéis que tener muy presente que evangelizar lleva consigo riesgos personales, pero anunciar el evangelio es el cometido que hoy os encomienda la Iglesia como servicio a Cristo y a la salvación de los hombres de nuestro tiempo. Cristo ha rogado por cada uno de vosotros al Padre (cf. Jn 17,9), para que tengáis siempre en vosotros colmada la alegría de haber sido llamados por Cristo a seguirle y cooperar con él en la misión de salvación que el Padre le confió (cf. Jn 17,13). Como Pablo, el apóstol de las gentes, habéis sido llamados por Cristo a dar a conocer el Evangelio de balde, convertidos en servidores de todos, tenéis que poder decir: «Me he hecho débil con los débiles, para ganar a los débiles; me he hecho todo a todos, para ganar, como sea, a algunos» (1 Cor 9,22). Sois, por eso mensajeros de la alegría del Evangelio, para atraer a Cristo a cuantos acojan vuestra palabra y acepten vuestro ministerio en la Iglesia como pastores; y fuera de ella, acercar a su recinto de gracia a cuantos se sienten interpelados y se vean enfrentados con la llamada a cambiar de vida y convertirse a Dios y a Cristo.

         Tened fe plena en que Cristo es el que, por medio vuestro, llega a cada persona que Dios pone ante vosotros en el ejercicio de vuestro ministerio apostólico y pastoral. La nueva evangelización no será nada, si sólo pensamos en la eficacia de métodos y estrategias de convicción de los que no están con nosotros. Sólo Cristo es contenido de nuestra obra de evangelización, y por eso nos corresponde provocar y facilitar el encuentro con Cristo, acercar su divina persona a la de cada uno de los que han de recibir vuestro mensaje y sentirse interpelados por vuestro ministerio.

Si obráis así, como Jesús le prometió a Natanael, veréis que el cielo se abre y el Hijo del hombre se revela como redentor y salvador nuestro a cuantos caen en la cuenta de que Dios los ama. Descubrirán que los ángeles «suben y bajan sobre el Hijo del hombre» (Jn 1,51), porque Dios por medio de sus ángeles abrirá sus ojos ciegos y les revelará la divinidad de aquel a quien sirven, nuestro Señor y Salvador Jesucristo. El apóstol Natanael se maravillaba de que Jesús pudiera conocerle incluso en lo secreto, y Jesús le prometió, invitándolo a seguirle, que le esperaban cosas mayores. Sucederá lo mismo con vosotros: veréis que Cristo llega a los demás y que a vosotros os entrega su amistad, atrayéndoos a su corazón; y os descubriréis como lo que vais a ser: colaboradores de Cristo para llevar a Dios a los hombres.

Que la Virgen María y san José, y la compañía de los santos Ángeles os ayuden a llevar adelante la misión que hoy la Iglesia os confía, haciendo de vosotros ministros de la palabra y de los sacramentos, guías y maestros del pueblo de Dios, pastores según el corazón de Cristo.

Almería, a 29 de septiembre de 2018

         + Adolfo González Montes

               Obispo de Almería

 

[1] San Agustín, Enarratio in Psalmum 103: PL 37, 1348-1349.

[2] San Gregorio Magno, Homilía 34, 8: PL 76, 1250).

[3] Misal Romano: Prefacio de los ángeles.

[4] Misal Romano: Prefacio II de Santa María.

[5] Misal Romano: Prefacio del V Domingo de Cuaresma.

[6] Pontifical Romano: Plegaria de ordenación de presbíteros. Formulario I)

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