Domingo de la procesión del Santísimo Cristo de la Luz

Queridos hermanos sacerdotes;

Respetadas Autoridades;

Queridos cofrades;

Hermanos y hermanas:

Un año más, después de haber celebrado la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, asistimos a la celebración de la santa Misa en el domingo de la procesión con la sagrada imagen del Santísimo Cristo de la Luz, que tendrá luz esta tarde. Como preparación a la procesión, al terminar hoy la santa Misa viviremos con emoción religiosa la bajada de la imagen del Santísimo Cristo, para ser venerada por los fieles. La palabra de Dios que hemos escuchado en este XXIV Domingo del tiempo ordinario nos ayuda a penetrar en el misterio pascual de la muerte y resurrección del Señor, contenido de la misa de cada domingo, fiesta cristiana que la tradición apostólica consagra como «día del Señor», centro y eje de la vida cristiana en el transcurso del año litúrgico.

La imagen de Cristo crucificado es el rostro de la misericordia de Dios para con la humanidad pecadora. Al contemplar a Cristo crucificado entendemos las palabras del Señor dichas a Nicodemo, aquel amigo de Jesús incapaz de confesarle su amistad a la luz pública, incapaz de comprender las palabras de Jesús que le habla del nuevo nacimiento de lo alto. Lleno de perplejidad le pregunta a Señor: “¿Cómo puede un hombre nacer de nuevo siendo ya viejo? ¿Acaso ha de entrar otra vez en el vientre de su madre para volver a nacer?” (Jn 3,4). Jesús que hablaba del nacimiento del Espíritu repuso: “¿Eres maestro de Israel y no sabes estas cosas? (…) Si al deciros cosas de la tierra no creéis, ¿cómo vais a creer si os digo cosas del cielo?” (3,10.12).

La conversación con Nicodemo prosiguió aludiendo Jesús al levantamiento de la serpiente que curó a los mordidos en el desierto por serpientes venenosas, para profetizar su propio destino, el de Jesús mismo: “Y como Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (3,14-16).

Este pasaje del evangelio de san Juan tan conocido nos da la clave de la cruz de Jesús: en ella está la revelación del amor de Dios por nosotros, la revelación de su misericordia sin límites. La que le impidió aniquilar al pueblo elegido por Dios, pero rebelde y descreído, constantemente blasfemo y provocador, que se hizo un becerro de oro, como acabamos de escuchar en la crónica del libro Éxodo, que narra la travesía hacia la libertad, que ellos no pueden soportar en la fe; necesitan la imagen tangible del becerro, porque el Dios de Moisés, el Dios de los padres, no puede ser encerrado en representaciones humanas. Dios no aniquiló a su pueblo que pecó de idolatría porque Moisés intercedió en su favor, anticipando la función de mediador que Dios Padre entregaría a Cristo de forma única y definitiva. Moisés recordó a Dios, para mover su corazón, la promesa hecha a los padres: a Abrahán, Isaac y Jacob, a quienes Dios había jurado: “Multiplicaré vuestra descendencia como al estrellas del cielo” (Ex 32,13). Hablamos, ciertamente, a lo humano, pero en este lenguaje hablamos de la eficacia de la oración personal dirigida al Dios personal. Dios permaneció fiel a sí mismo en razón de su promesa, pero movido por la intercesión de Moisés, accedió a la misericordia. La mediación de Moisés es intercesión que ablanda el corazón de Dios y evoca la mediación que Abrahán a favor de la ciudad de Sodoma, la ciudad pecadora que Dios perdonaría en razón de unos cuantos justos, si se hubieran encontrado entre sus habitantes.

En el evangelio de hoy se nos descubren las entrañas maternales de Dios, que Jesús da a conocer mediante las parábolas que hemos escuchado: la parábola de la cien ovejas, de las cuales se pierde una, la “oveja perdida” que motiva la búsqueda incansable del pastor bueno que arriesga su vida  hasta encontrarla y, cargándola sobre sus hombros y lleno de alegría, la devuelve al redil, donde estará segura y alimentada. Jesús comentará a sus oyentes: “Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se con vierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse” (Lc 15,7).

Lucas, el evangelista de la misericordia divina, nos transmite a continuación al parábola de la dracma perdida, para abrirnos camino hacia la parábola del hijo pródigo, que algunos expertos en la Escritura consideran con buenas razones exegéticas que, en realidad, es la parábola del padre misericordioso, que sale un día y otro a esperar el retorno del hijo perdido hasta que, al fin, lo ve venir, corre a su encuentro y lo estrecha entre sus brazos. No sólo el hijo perdido, sino principalmente el padre lleno de amor por él es el verdadero protagonista de esta parábola. Algo que sucede así, porque dice Dios: “Acaso me complazco yo en la muerte del malvado —oráculo del Señor— y no, más bien, en que se convierta y viva?” (Ez 18,21-23). Ante este amor desconcertante de Dios, san Pablo trata de explicar el misterio de la cruz de Jesús, muerto por nuestros pecados, afirmando primero que “Dios encerró a todos en rebeldía para usar con todos ellos de misericordia” (Rom 11,32), y asegura después que  “Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres” (2 Cor 5,19).

Dios no se cansa nunca de perdonar y siempre acoge nuestra súplica de perdón, pero pide de nosotros arrepentimiento verdadero y voluntad de cambio y transformación, no porque podamos lograrlo por nosotros mismos, sino porque Dios mismo con su gracia nos sostendrá y nos ayudará a transformar nuestra vida en una vida grata a los ojos de Dios. Dios nos perdona si nosotros tenemos voluntad de ser perdonados y, en consecuencia, estamos dispuestos a cumplir los mandamientos y dejar que Dios guíe nuestra vida caminando por la senda de la santidad.

En un mundo en el que se pretende vivir poniendo a Dios entre paréntesis, ¿cómo podrá el hombre de hoy obtener la misericordia de Dios si le niega y pretende vivir como si Dios no existiera? Esta sociedad a la que nosotros mismos hemos dado lugar no podremos cambiarla y regenerarla, si no nos dejamos cambiar nosotros por Dios, si no tenemos voluntad sincera de ser transformados por la gracia divina. Nos falta fe en Dios para amarlo con suficiente amor como para que Dios pueda cambiar nuestro corazón. Dios no violenta el corazón del hombre contra su voluntad, porque Dios nos ha creado en libertad y quiere una respuesta libre a su propio amor.

Si la contemplación de Cristo crucificado por nuestro amor mueve nuestro corazón, cada uno de nosotros ha de preguntarse de forma personal: ¿cómo puedo yo responder al amor de Cristo por mí? En la cruz Dios me revela su misericordia y su perdón, pero no podré recibirlos si no acojo en mí el amor de Cristo convertido en impulso de bondad sin límites, un impulso que me abre a Dios y al prójimo, para redescubrir que Dios es quien me reclama, cuando siento la llamada del deber moral; y es Dios el que me pide que distinga el bien del mal y sepa escuchar la voz interior de mi conciencia y obrar en consecuencia. Así acaba de decírselo el Papa Francisco a las personas que no creen o no pueden creer, pero quieren ser moralmente honradas y solventes,

Es la hora del cambio personal, porque sin este cambio personal de cada uno no será posible combatir y vencer el mal que atenaza una sociedad corrompida por el egoísmo y el materialismo, por la corrupción que resulta de la búsqueda sin escrúpulos morales de ganancias fáciles y la negligente y desdeñosa marginación del deber moral para con nosotros mismos y para con el prójimo. Es legítima la aspiración a una sociedad de bienestar, pero el bienestar es resultado del esfuerzo personal y colectivo, que no reúsa colaborar lealmente con los demás, aunque no compartan las propias ideas, y ni siquiera con el adversario político, cuando así lo exige el bien común, renunciando a tener como único criterio el logro del poder. La paz social es resultado del sacrificio honrado para lograr la justicia, que es su fundamento; pero la justicia recibe su inspiración más profunda de la caridad, del amor benevolente por el prójimo necesitado que nos ayuda a descubrir la aplicación de la justicia según las necesidades objetivas de las personas.

Se trata, en definitiva, de cambiar los criterios de nuestra vida, abandonando la búsqueda de nosotros mismos y abriéndonos a la palabra de Dios que restaña las heridas y sana nuestros males iluminando nuestra existencia con la luz del Espíritu Santo. Cada uno de nosotros puede decir con san Pablo que es cierto que “Dios derrochó su gracia en mí, dándome la fe y el amor cristiano” (1 Tim 1,14); y que, por tanto, si somos consecuentes con la fe que profesamos, de la fe viene la inspiración honda de la esperanza y de la caridad, y de ésta, de la caridad el calor de unas relaciones humanas fundadas en un trato justo y equitativo con el prójimo. ¿Por qué me empeño en vivir como si no tuviera fe y no hubiera conocido a Cristo? Si creemos, como dice san Pablo, que “Jesús vino a salvar a los pecadores”; y el Apóstol dice de sí mismo: “y yo soy el primero de los pecadores” (1 Tim 1,15), entonces hemos comenzado a recorrer el camino de la transformación interior y cabe esperar que también la sociedad pueda cambiar para mejor.

Que así nos lo conceda Dios misericordioso, que entregó a su Hijo a la cruz por nuestra salvación. Su muerte y resurrección se hacen ahora en el altar realidad presente que nos alcanza a cada uno, por medio del sacrificio eucarístico que la Iglesia ofrece por los vivos y los muertos para la salvación del mundo. Bien podemos decir con espíritu de verdadera adoración y piedad: «Te adoramos o Cristo y te bendecimos porque por tu santa Cruz has redimido al mundo»; y que la santísima Virgen de los Dolores, cuya memoria litúrgica coincide también con este domingo, nos ayude a cambiar la vida del pecado por la vida de la gracia conforme al modelo de humanidad que Dios nos ha dado en Cristo.

Lecturas bíblicas: Ex 32,7-11.13-14

                                Sal 50, 3-4.12-13.17 y 19

                                1 Tim 1,12-17

                                Lc 15,1-32

Iglesia parroquial de Santa María de Ambrox

Dalías, a 15 de septiembre de 2013

 

                                                                       +Adolfo González Montes

                                                                               Obispo de Almería

 

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