Querido señor Cura párroco,

Ilustrísimo Sr. Alcalde y miembros de la corporación municipal,

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

La antífona de entrada de la santa Misa de este tercer domingo de Pascua nos invita a la alabanza divina porque el Señor ha hecho grandes maravillas, ha resucitado a Jesús de entre los muertos. El Resucitado se ha aparecido a las santas mujeres, a Pedro y a los apóstoles  y discípulos, y les ha hablado del sentido de su muerte, que ha acontecido conforme a lo que estaba predicho en la Escrituras.

El Resucitado ha confiado a sus apóstoles el testimonio de su resurrección y el anuncio del cumplimiento de las promesas hechas a los padres a lo largo de la historia de la salvación. La Iglesia prolonga en el tiempo el testimonio apostólico, y anuncia al mundo el perdón de los pecados y la vida eterna que se nos ha manifestado en el misterio pascual, en la muerte y resurrección de Jesús.

También vosotros, queridos hijos que hoy recibís el sacramento del Espíritu Santo, sois llamados a ser testigos de la resurrección de Jesús, para que de este modo se prolongue en el tiempo el testimonio de la Iglesia, a la cual os integráis plenamente mediante el sacramento que recibís, dando por concluida vuestra iniciación cristiana.

Son tres los sacramentos que os hacen cristianos: el bautismo, el sello de la confirmación con el que hoy sois marcados, y la Eucaristía, que es la meta a la cual mira tanto el bautismo como la confirmación. Este último sacramento se os retrasó por razones meramente pastorales, para que os pudierais formar en la fe y  se pudieran desarrollar en vosotros de forma coherente los comienzos de vuestra vida cristiana. La plenitud del Espíritu Santo que se os da, mira a una más plena inteligencia del misterio de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, comunión trinitaria de las tres divinas Personas, pero un único Dios. Comprender el misterio de amor que es Dios, comunión del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, os ayuda a apropiaros definitivamente de un concepto de Dios que nos identifica como cristianos.

Afirmamos que Cristo Jesús es el Hijo eterno de Dios, engendrado en el seno de Dios Padre antes de los siglos, y que, hecho carne por nosotros en las entrañas de la Virgen María, nos ha revelado el misterio de amor de Dios. Dice san Juan, en la introducción a su evangelio, que a Dios nadie lo ha visto jamás, y que es el Hijo unigénito del Padre el que nos lo ha dado a conocer. Jesús es “el Camino, la Verdad y la Vida”, y por eso, añadió Jesús hablando de sí mismo: “Nadie va al Padre si no es por mí” (Jn 14,6). Él habló de este modo de sí mismo, para dar a conocer en su verdad personal y, por esto mismo, dijo también que sólo podemos conocerle a él, si así nos lo concede Dios Padre: “Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae” (Jn 6,44). Preguntaréis cómo, pero la respuesta ya la tenéis, porque habéis hecho el recorrido de la catequesis preparatoria este día, a la recepción del sacramento que hoy os marca con el sello del Espíritu Santo. Dios Padre es quien nos lleva a Jesús por medio de la acción del Espíritu Santo en nosotros, transformando nuestra mente y abriendo nuestro corazón agradecido  a la gracia de la redención y de la santificación.

El Espíritu Santo os llena hoy de sus dones de inteligencia y entendimiento, de ciencia de lo divino, que nos permite a los cristianos conocer el amor de Dios y llamarle Padre. Os llena también de los dones de vida cristiana que os conducen por el camino del bien y de la salvación: dones de consejo, de fortaleza, de piedad y de temor de Dios. Por eso, la confirmación que recibís hoy perfecciona la acción que el mismo Espíritu Santo comenzó en vosotros mediante el bautismo, que os configuró con la muerte y resurrección de Jesús; místicamente, por medio del sacramento, pero verdaderamente. El bautismo se completa así mediante la unción con el santo crisma y la imposición de las manos del Obispo, que como sucesor de los Apóstoles trasmite el don del Espíritu a quienes tienen fe en Jesús y han sido bautizados en su nombre para el perdón de los pecados.

La confirmación os fortalece para ser testigos de Cristo resucitado en la Iglesia y en la sociedad, en un mundo que se aleja del Evangelio y que camina por caminos que no conducen a Dios, sino que apartan de él y de sus mandamientos. Un mundo, por eso mismo, en el que es difícil mantenerse como cristiano y dar testimonio de la verdad que hemos conocido, como Jesús mismo dio testimonio de la Verdad ante Poncio Pilato (cf. 1 Tim 6,13); como lo hicieron los apóstoles y las generaciones de cristianos que nos han precedido: a veces mediante la práctica heroica de las virtudes, como lo hicieron los santos, y a veces mediante la entrega generosa de la vida, porque como hemos escuchado en la lectura del libro de  los Hechos de los Apóstoles, “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hech 4,19). Las autoridades religiosas judías habían prohibido a los apóstoles hablar en nombre de Jesús, pero ellos respondieron practicando aquella libertad de conciencia y de religión que ni los hombres ni los estados pueden sofocar en las entrañas del ser humano reclamado por la verdad de Dios, clave y fundamento de la verdad de la vida humana.

Muchos cristianos, millones de cristianos ven hoy reprimidos sus derechos fundamentales, que emergen de la dignidad de la persona, y sus derechos ciudadanos por causa de la fe en Jesús; pero ellos dan testimonio de Cristo aun a costa de su vida, como a lo largo de la historia de la Iglesia lo hicieron los mártires, que ahora en el cielo dan gloria y alabanza al Cordero degollado y a Dios su Padre, como hemos escuchado en la bellísima lectura del libro del Apocalipsis. Su alabanza se suma al coro de los ángeles y de los bienaventurados proclamando: “Al que se sienta en el trono y al Cordero la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos” (Ap 5,13a).

El evangelio de este día nos habla de la pesca milagrosa que los discípulos hicieron fiados de la palabra de Jesús resucitado, a quien ellos no reconocieron, condicionados anímicamente por los hechos sucedidos y a pesar de haber vivido ya las primeras apariciones del Resucitado a las santas mujeres y a ellos mismos, cuando estaban en el cenáculo con las puertas cerradas por miedo a los judíos.

Aquella madrugada, con la llegada del alba, los apóstoles se encontraron con Jesús después de haber pasado la noche intentando pescar sin conseguir resultado alguno; cuando la pesca milagrosa les hizo caer en la cuenta que era él, Jesús, el que salía a su encuentro. Al principio no pare que le reconocieran, pero fue la fe del discípulo amado, modelo de fidelidad y de amor a Jesús, lo que les permitió descubrir la presencia del Resucitado: “Es el Señor” (Jn 21,7). El corazón y el temperamento de Pedro le impulsaron a vestirse  y arrojarse al agua, manifestando así su ardor de amor por Jesús y su arrepentimiento por haberlo negado. La alegría del reencuentro hacía que la sangre le hirviera en las venas y el corazón quisiera salir de su pecho, cuando se lanzó al agua. Jesús le había dicho que sería pescador de hombres y ahora junto al lago de Galilea le preguntaba si le amaba más que le amaban los demás. Entristecido Pedro porque se lo preguntó por tercera vez, le dijo: “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero” (Jn 21,16).

A vosotros, queridos muchachos que recibís el Espíritu Santo, en este día grande de vuestra confirmación, Jesús os pregunta por vuestro amor por él. Yo os volveré a examinar preguntándoos por la fe que tenéis y, al declararla ante la comunidad parroquial, profesaréis así vuestro amor por Jesús. La amistad de Jesús marcará para siempre vuestras vidas, pero tenedlo bien presente, esa amistad no fallará nunca por su parte, porque, “si somos infieles, él permanece fiel, pues no puede negarse a sí mismo” (2 Tim 2,13). Jesucristo, dice el libro del Apocalipsis, es el “Testigo fiel” (Ap 1,5) del Padre.

Pedidle a la santísima Virgen del Rosario que os ayude a permanecer junto a Jesús y a cultivar la amistad a la que os invita y hoy os ofrece entregándoos el don del Espíritu Santo, prenda y regalo de su resurrección. Justo hoy, cuando la villa de Gádor, con su alcalde al frente, quiere ofrecerle a la santísima Virgen, en la advocación de Nuestra Señora del Rosario, el bastón de mando del Ayuntamiento.

No se trata de un gesto meramente externo. Todos los feligreses de esta querida villa son conscientes de que hay muchas personas y grupos sociales que piensan de modo distinto a como pensamos y actuamos los cristianos. Vivimos en una sociedad democrática y respetuosa con los ideas de todos, pero la gran mayoría de quienes habitamos estas tierras somos cristianos; y nada nos impide expresar de forma pública nuestros sentimientos cristianos y reconocer, en este gesto institucional del Ayuntamiento de la villa de Gádor, el homenaje a la madre de Jesús, en cuyo patrocinio se honra, declarando que ha sido la inspiración de la fe cristiana la luz que ha iluminado su historia llenando de sentido la vida de sus habitantes. Reconocerlo así, en el respeto a los demás grupos sociales, aunque sean minoritarios, a todos honra.

Que la santísima Virgen del Rosario os conceda a mantenernos fieles a la fe recibida de la predicación apostólica y que todos los que formamos la Iglesia diocesana de esta tierra sepamos transmitirla a las nuevas generaciones dando testimonio de Cristo Resucitado.

Lecturas bíblicas: Hech 5,27b-32.40b-41

                                Sal 29,2-6.11-13

                                Ap 5,11-14

                                Jn 21,1-19

Gádor, a 14 de abril de 2013

                                                           + Adolfo González Montes

                                                                  Obispo de Almería

 

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