“…hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos” (Jn 20,9).

Queridos hermanos sacerdotes y diáconos;

Miembros de las Hermandades y Cofradías;

Hermanos y hermanas en Cristo Resucitado:

Hemos celebrado con fervor estos días santos convocados para la celebración memorial de los misterios de Cristo que nos han salvado; y hemos prolongado las celebraciones del Triduo pascual en los desfiles procesionales, que han convocado una gran multitud en torno a las imágenes sagradas de la Semana Santa. Con esta misa solemne de la Pascua de Resurrección llegan a su término las acciones sacramentales de las cuales vive el año litúrgico. La luz poderosa de la Pascua ilumina desde este centro de la fe cristiana las semanas que han de seguir, dando curso a cincuentena pascual: los cincuenta días que van desde el Domingo de Resurrección hasta la celebración de Pentecostés, con la cual termina el tiempo pascual, para retornar de nuevo al tiempo ordinario del año.

Hemos vivido días en los que la palabra de Dios nos ha instruido acerca del sentido de nuestra vida, para cuyo rescate Dios Padre nos ha entregado a su Hijo, que aceptó la muerte por nosotros. Los sufrimientos y muerte del siervo del Señor nos han traído la salvación; y, para afianzar nuestra fe en el valor redentor de este dolor, Cristo Resucitado abre el entendimiento de los discípulos para que comprendan en la experiencia de su victoria sobre la muerte que este era el designio de Dios. El sufrimiento y muerte del Hijo de Dios tenían un sentido: nuestro rescate del pecado, y de ello hablan las Escrituras que ellos, los discípulos, no entendían, aun cuando se leían los sábados en las sinagogas de Israel. El Resucitado así se lo dice a los discípulos de Emaús: “¿No era necesario que el Cristo padeciera eso para entrar así en su gloria? Y empezando por Moisés y continuando por los profetas, les explicó  lo que había sobre él en todas las Escrituras” (Lc 24,26-27). Esta será la argumentación de Pedro y la de Esteban en sus discursos ante los judíos. Pablo y Bernabé argumentarán del mismo modo en sus discursos de misión en las comunidades judías. Les dicen: “Los habitantes de Jerusalén y sus jefes cumplieron, sin saberlo, las Escrituras de los profetas que se leen cada sábado (…) Pero Dios lo resucitó de entre los muertos” (Hech 13,27.30).

En la muerte y resurrección de Jesús se han cumplido las Escrituras y esta es la Buena Nueva: que “la Promesa hecha a los padres, Dios la ha cumplido en nosotros, los hijos, al resucitar a Jesús, como está escrito en los salmos: «Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy»” (13,32b-33). San Pablo, escribiéndo a los Corintios, les dice cuál es el núcleo de su predicación: “que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, según las Escrituras” (1 Cor 15,3b-4).

La resurrección de Jesús abrió la mente de los discípulos y comprendieron el significado de sus padecimientos, el valor redentor de la cruz de Jesús. Los efectos de aquel acontecimiento que ha cambiado la historia de la humanidad para siempre han quedado registrados en los orígenes de nuestra fe: en el sepulcro vacío y las apariciones del Resucitado. Pedro y Juan acudieron presurosos al sepulcro de Jesús a constatar la veracidad de las palabras de María Magdalena y lo encontraron vacío: Pedro entró y  “vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza (…) Entonces entró el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro: vió y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos” (Jn 20,6-7a.9).

Las apariciones convirtieron a los apóstoles y discípulos en testigos acreditados de la resurrección de Jesús y heraldos de la Buena Nueva. Nuestra fe descansa sobre su testimonio, pero no sólo, porque esta fe nuestra desencadenada por la predicación de los Apóstoles es obra principal del Espíritu Santo, obra del Dios misericordioso que ha cambiado nuestra vida haciéndonos vivir de la fe en Cristo resucitado. De suerte que vivimos la experiencia de la fe sintiendo que Cristo vive en nosotros y, como dice el apóstol san Pablo, hemos muerto con Cristo para resucitar a la vida nueva de la redención y la santificación. Se puede decir de quienes creen en Cristo resucitado que, en efecto, muertos al pecado y renacidos a la nueva vida en el bautismo,  su vida “está con Cristo escondida en Dios” (Col 3,3). No se ve, porque la realidad creída en la fe es interior, pero sus signos externos la manifiestan y provocan la fe de cuantos acogen la predicación y el testimonio de los cristianos.

La manifestación exterior de la fe es una vida nueva, una conducta acorde con la fe profesada, que es lo que pide Pablo a los Colosenses: “Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los viernes de allá arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra” (Col 3,1-2); es decir, los bienes que transforman el mundo y son cosecha celestial, no los bienes mundanos que se corrompen y pudren  llevándose consigo la vida del hombre a la muerte. El Apóstol les dice que han de apartarse de los vicios y, abandonando la vida mundana,  les invita a revestirse de la nueva vida en Cristo, “pues despojados del hombre viejo con sus obras, os habéis revestido del hombre nuevo” (Col 3,8-10).

Esta experiencia de nueva vida es la que los nuevos cristianos hacen suya al recibir las aguas del bautismo en la noche santa de la Pascua y durante este tiempo pascual que hoy comenzamos. Oremos por ellos y por nosotros, que hemos renovado nuestras promesas bautismales y nos proponemos vivir la vida que viene de arriba y nos ha entregado Cristo resucitado, abriéndonos al misterio de Dios y a su amor por nosotros.

María, que acompañó a Jesús hasta la cruz, interceda por nosotros y nos acompañe ahora en el gozo de la Pascua, para que preservemos la vida divina que nos ha traído como fruto de alegría madurado en el camino de la redención la resurrección de Jesucristo. A él la gloria por los siglos. Amén.

Lecturas bíblicas: Hech 10,34a.37-43

Sal 117,1-2.16ab-17.22-23

1 Cor 5,6b-8

Jn 20,1-9

S.A.I. Catedral de la Encarnación

31 de marzo de 2013

Pascua de Resurrección

+ Adolfo González Montes

Obispo de Almería

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