Homilía en el II Domingo de Cuaresma

Hermanos sacerdotes celebrantes;

Ilustrísimas Autoridades;

Queridos hermanos y hermanas:

El día de hoy es de gran gozo para la comunidad parroquial de esta villa de Huécija, y lo es también para la Iglesia diocesana de Almería, que da gracias a Dios al ver recuperada para el culto divino esta hermosa iglesia, que estuvo al servicio de la comunidad parroquial a lo largo de ciento cincuenta años. Un largo período de tiempo, que abarca los años transcurridos desde su traspaso a la diócesis, después de la expropiación del monasterio con todos sus inmuebles y la exclaustración de los frailes de la Orden de San Agustín, que habitaban el histórico convento de Santa María de Jesús, hasta el cierre al culto por deterioro de su fábrica.

Este convento de Agustinos ermitaños fue fundado mediante bula papal en 1511, apenas restaurada la cristiandad en estas tierras sometidas al antiguo reino Nazarí de Granada. La fundación fue obra de una mujer de santa memoria como la sierva de Dios doña Teresa Enríquez, nacida en Valladolid en 1450,  esposa de don Gutierre de Cárdenas, señor de Maqueda y de Torrijos, y fundadora también del convento de monjas concepcionistas de «Las Puras» en Almería. Doña Teresa, prima hermana del Rey Católico Don Fernando de Aragón, fundó además hospitales, donde llena de caridad socorría a enfermos y necesitados, inspirada por su fervoroso amor por la Eucaristía. Al fundar el convento de Huécija se proponía contribuir a la instrucción de los nuevos convertidos a la fe cristiana, del mismo modo que en sus casas de recogimiento auxiliaba a los niños pobres y sin instrucción en los territorios del señorío de su esposo en tierras de la meseta castellana.

La memoria de Teresa Enríquez va unida a su piedad eucarística y mariana. Veía en la Eucaristía la presencia amorosa de quien se hizo pan de vida eterna por nosotros, y todo le parecía poco para la exaltación eucarística. Su devoción mariana queda reflejada en la titularidad del convento de Agustinos, el mismo nombre que dio al convento de Torrijos, puestos ambos bajo la advocación de Santa María de Jesús.

Un título éste de la Virgen María inspirado en la noticia que narración evangélica que nos habla de la identidad de Jesús según la carne, que el Señor recibió de María. Para sus paisanos Jesús era el “hijo de María” (Mc 6,3); un título que nos habla de la encarnación del Hijo eterno de Dios en sus entrañas y de la humanidad del Verbo de Dios hecho carne por nosotros. Razón por la cual, la imagen de la Virgen, bella escultura en mármol de la maternidad de María donada en su día por la autora a la iglesia parroquial y que hemos querido colocar en el muro de cabecera de la iglesia, sea en adelante conocida como Santa María de Jesús, advocación titular de esta iglesia que hoy dedicamos a Dios nuestro Señor. De este modo la Madre de Jesús nuestro Redentor atraerá hacia el que Sagrario que guarda la reserva eucarística, colocado bajo la imagen de María, las miradas de los fieles. Contemplada por los fieles, éstos caerán una y otra vez en la cuenta de la fe que profesamos: que la humanidad del Verbo de Dios viene de su madre y que la identidad terrena del Hijo de Dios es la de haber querido ser a los ojos del mundo el “hijo de José” (Lc 4,22), el esposo de María. Jesús fue así conocido por sus paisanos como “Jesús de María” y su madre como “María de Jesús”. ¡Cuántas veces se referiría María a su hijo como lo hacen las madres, llamándole “mi Jesús”!

En María la Palabra de Dios “se hizo carne” (Jn 1,14) y, por ella, hemos podido escuchar a Dios en lenguaje humano. La Palabra de Dios centra así nuestra atención en Cristo, en quien se recapitula toda la historia de la Palabra divina dirigida a los hombres desde la alianza antigua, sellada primero con Abrahán y después con Moisés, a quien puso al frente de su pueblo camino de la libertad y de la tierra prometida. La alianza pactada por Dios con su pueblo en el monte Sinaí quedó codificada en la ley de Moisés, y la ley se convirtió así en la referencia de identidad comunitaria religiosa de Israel, su razón de ser como pueblo elegido. De la observancia de la ley o de su preterición y desprecio dependería la vida del pueblo elegido. En el Deuteronomio dice Moisés al pueblo: “Mirad, yo os enseño los mandatos y decretos, como me mandó el Señor, mi Dios, para que los cumpláis en la tierra donde vais a entrar para tomar posesión de ella, pues es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos (…) a vosotros os tomó el Señor y os sacó del horno de hierro de Egipto, para que fueseis el pueblo de su heredad, como los sois hoy” (Dt 4,5-6a.20).

Hemos escuchado la lectura del libro de Nehemías, el gobernador designado para llevar a cabo la restauración de la nación, al regreso del exilio de Babilonia. Con Nehemías colabora el sacerdote Esdras y de la obra de ambos surge, tras la cautividad asiria y babilónica, la restauración de Israel y el comienzo del nuevo judaísmo como religión, en el cual la raza, la ley, la tierra y el templo de Jerusalén constituyen sus elementos esenciales (cf. Sagrada Biblia: Introducción a Esdras y Nehemías, vers. oficial de la Conferencia Episcopal Española, Madrid 2010). La ley constituye el eje sobre el que gira el gozne que sostiene la existencia de Israel como pueblo de Dios.

El hallazgo del rollo de la ley mientras se lleva a cabo la reconstrucción del templo de Jerusalén lleva a la reflexión religiosa que desvela ante la asamblea reunida para el culto el misterio del grave castigo de la cautividad sufrida por Israel por haber abandonado el cumplimiento de la ley. Congregados por la palabra de Dios, Israel hace ahora propósito de guardar la ley, porque en su abandono está la causa de su fracaso como nación elegida. El pueblo responde con sincero corazón: “¡Amén, amén!” a palabra de Dios, que ahora oye con el gozo y la alegría de haber reencontrado la razón de ser de Israel como pueblo elegido.

Si hemos reconstruido esta iglesia es para que en ella resuene la palabra de Dios y para que, en ella, la acojamos, a fin de que nuestra vida se impregne de la revelación de Dios manifestada en Jesucristo. Al entregar el leccionario que contiene las sagradas Escrituras, el Obispo dice al entregar: «Resuene siempre en esta casa  la palabra de Dios, / para que conozcáis el misterio de Cristo / y se realice vuestra salvación dentro de la Iglesia» (Pontifical Romano: Ritual de dedicación de una Iglesia). La iglesia congrega a los fieles para que reciban con gozo la proclamación de la Palabra divina que resuena desde el ambón de la iglesia, desde el cual es asimismo pronunciada la homilía. En ella el sacerdote explana y aclara el contenido de las Escrituras cumplidas en Jesucristo y aplica su mensaje a la vida de los fieles.

Jesús es la Palabra de Dios encarnada y su divinidad se oculta bajo su humanidad. Se requiere por eso ver a Jesús con los ojos de la fe para llegar hasta su verdadera identidad. Los apóstoles y discípulos del Señor necesitaron de la revelación sucedida en la montaña santa para descubrir a Jesús como verdadero Hijo de Dios y ver en él la encarnación de la Ley y los Profetas, como queda de manifiesto en el evangelio de la transfiguración del Señor que hemos proclamado. Moisés y Elías se encontraron con Dios en el Sinaí o monte Horeb, y en la montaña acontece la transfiguración de Jesús revelando a los apóstoles que le son más íntimos su gloria divina y el sentido de su muerte como tránsito hacia la resurrección que se anticipa en la revelación de la transfiguración. La alianza de Dios con su pueblo pactada en el Sinaí con Moisés y defendida por Elías es ahora sustituida por la nueva Alianza en la sangre de Jesús, que va a morir para devolverle al hombre pecador la libertad definitiva.

El misterio de la muerte y resurrección de Jesús será celebrado en cada misa sobre el altar que vamos a consagrar al dedicar esta iglesia. Al sacrificio de Cristo Redentor han asociado los mártires su tormento y muerte, uniendo su sangre a la del Señor, para “completando en su carne lo que falta a los padecimientos de Cristo a favor de su cuerpo que es la Iglesia” (Col 1,24), según la expresión feliz de san Pablo, que asocia al sacrificio de Cristo nuestros sufrimientos. Estos sufrimientos alcanzaron un particular significado en el martirio de los cristianos sacrificados en este convento de Agustinos en la rebelión de los moriscos de 1568. A la sangre de aquellos mártires, entre los que se encontraban también algunos moriscos convertidos a Cristo, unieron la suya los mártires de España del siglo XX, entre ellos los obispos de Almería y de Guadix. Beatificados por el también beato Juan Pablo II, hoy colocamos sus reliquias bajo el altar que vamos a consagrar.

Por su consagración, el altar adquiere tiene una significación singular entre las piezas sagradas que componen el templo cristiano. Una iglesia no es una pieza polivalente, susceptible de múltiples usos, como he reiterado en mis intervenciones sobre tan importante consideración. Todo en el templo cristiano está dotado de un sentido sacramental que manifiesta el misterio de Cristo, y de un modo singular el altar, que a los ojos de la fe queda transfigurado en un sacramento del sacrificio de Cristo se convierte por la celebración en él de la santa Misa en la mesa del banquete místico del Señor, en la cual participamos de su Cuerpo y Sangre entregados por nosotros.

La Iglesia agradece vivamente a cuantos contribuyen a mantener el rico patrimonio histórico artístico que ha inspirado y generado la fe católica, y siempre ha mostrado con satisfacción este patrimonio, destinado a un uso principal y primero, como es el culto divino. A nadie escapa el valor cultural de una iglesia, porque la liturgia cristiana, no es que tenga un valor o alcance cultura, sino que ella por sí misma es cultura que se expresa en la práctica de la religión. Por eso cualquier otro acto cultural que se dé en una iglesia, para no perder su legitimidad, no puede entrar en contradicción con su destino primero y primordial, para el cual fue construida su fábrica y ornamentado su amueblamiento religioso interior.

Hoy manifestamos nuestra gratitud a las instituciones públicas que han hecho posible la recuperación de este templo contribuyendo con ello al ejercicio de la libertad de religión y de culto propio de una sociedad abierta. Nosotros mostraremos también cuanto la fe cristiana ha hecho posible  en armónica convergencia de inspiración religiosa e historia de los estilos artísticos. Que todo sea para la mayor gloria de Dios y gozo de los creyentes y de cuantos con espíritu abierto al misterio de la fe quieren comprender el significado de religioso del rico patrimonio histórico artístico al que ha dado lugar la historia de una sociedad inspirada por el genio del cristianismo.

Que Santa María de Jesús interceda en nuestro favor, cuando nos disponemos a celebrar el misterio pascual de Cristo, que por su muerte y resurrección, contenido de la Eucaristía, nos ha abierto el camino de la gloria futura.

Lecturas bíblicas: Ne 8,2-4a.5-6.8-10

Sal 18,8-10.15

Fil 3,17-4,1

Lc 9,28b-36

Iglesia de Santa María de Jesús

Huécija, a 24 de febrero de 2013

II Domingo de Cuaresma

+ Adolfo González Montes

Obispo de Almería

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