Queridos hermanos sacerdotes y diáconos;

Queridos religiosos y religiosas, y personas de vida consagrada;

Hermanos y hermanas:

La presentación del Señor en el templo de Jerusalén forma parte del abajamiento del Hijo eterno de Dios y de su sometimiento a la ley. Como dice el Apóstol: “al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la adopción de hijos” (Gál 4,4-5).  Nacido, pues, como hebreo y miembro del pueblo elegido, Jesús se somete a la ley, cumpliéndose así en él la condición de verdadero israelita, porque según las palabras del mismo Jesús a la samaritana: “la salvación viene de los judíos” (Jn 4,22b). Nacido como hijo de la ley mosaica, Jesús la llevará a cumplimiento pleno, como dice a sus seguidores en el Sermón del Monte: “No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. Non he venido a abolir, sino a dar cumplimiento” (Mt 5,17). Jesús ratifica el más pequeño de los mandamientos. Frente al trasgresor de los mandamientos, “el que los observe y los enseñe, ése será el más grande en el Reino de los Cielos” (Mt 5,19).

Hemos contemplado este sometimiento de Cristo a la ley al asumir nuestra carne: aparecerá a los ojos del mundo como “hijo de José” (Lc 3,23), cabeza de la familia de “Nazaret, donde se había criado” (Lc 4,16), formada por el santo Patriarca, custodio del Redentor y de María, “la madre de Jesús” (Jn 2,1; cf. 19,25). Ante el asombro de sus paisanos, éstos se preguntan: “¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas?” (Mt 13,55).

La necesidad de cumplir la ley se sigue de la pertenencia al pueblo elegido, como estipula la alianza entre Dios y su pueblo: “Ahora, pues, si de veras me obedecéis y guardáis mi alianza, seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra” (Ex 19,5; cf. Dt 7,6). La guarda de los mandamiento es lo estipulado por Dios con Israel, que en consecuencia exige su cumplimiento: “Guarda, pues, los mandamientos,  preceptos y normas que yo te mando hoy poner en práctica” (Dt 7,11).

Así, cuando se cumplieron los ocho días del nacimiento del Niño, José y María acudieron a presentar a Jesús al templo para poder rescatarlo, ofreciendo “en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme  a lo que se dice en la Ley del Señor” (Lc 2,24), y que leemos en el libro del Levítico: “Todo varón primogénito será consagrado al Señor” (Lv 5,7; 12,8). De este modo en Jesús se cumple la ley, para que nosotros fuéramos liberados de ella según dice san Pablo; y el autor de la carta a los Hebreos agrega que Jesús “tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser compasivo y pontífice fiel en lo que a Dios se refiere y expiar así los pecados del pueblo” (Hb 2,17).

Hemos de tener en cuenta que nuestra liberación de la Ley viene por la carne de Jesús, mediante la cual él comulgó con nuestra humanidad y cargó sobre sí nuestras trasgresiones. Haciéndose uno de nosotros y siendo “probado en todo como nosotros, excepto en el pecado” (Hb 4,15), el Hijo de Dios a pesar de ser Hijo y el único Justo, “aprendió sufriendo a obedecer” (Hb 5,8) y llevando sobre sí las carga de nuestras culpas nos hizo libres de ellas.

Comprendamos de esta suerte que la presentación de Jesús en el templo anuncia su condición de Redentor del mundo, quien por el sacrificio de la cruz alcanzó la gloria de la resurrección brillando como luz del mundo. Jesús niño experimentó en su carne el dolor de la circuncisión y vertiendo su primera sangre anticipó su propio destino de cruz, que Simeón profetizó a su madre: “Este está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten, será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti una espada te traspasará el alma” (Lc 2,34-35).

El camino de la Ley es para Jesús como para ser humano el camino de la obediencia al designio de Dios para el hombre, que es inseparable de la carne, pero no porque en sí  la carne estuviera destinada por Dios a ser “carne de pecado”, sino porque en el ejercicio de su libertad el hombre se ha volvió desde el principio contra Dios y antepuso su voluntad al mandamiento de Dios, desoyendo las palabras de Dios:  “Mira, yo pongo hoy ante vosotros bendición y maldición. Bendición si escucháis los mandamientos de Yahvé vuestro Dios que yo os prescribo hoy. Maldición, si desoís los mandamientos…” (Dt 11,26-28; cf. 30,15-20).

En el cumplimiento de los mandamientos está la bendición, porque Dios tiene “designios de paz y no de aflicción” (Jer 29,11) para cuantos le aman, pero el hombre tiene que querer el bien que los mandamientos garantizan, comprendiendo a la luz de la fe que la ley el contenido de la vida, “porque los preceptos del Señor son rectos y alegran el corazón” (Sal 19,9). Jesús es presentado en el templo y, al entrar en él lo purifica e ilumina, aconteciendo así en la figura material del hecho histórico la revelación del misterio que encierra: al entrar en la carne revistiéndose de nuestra humanidad, el Hijo de Dios la purifica y la convierte en morada, “donde habita la plenitud de la divinidad corporalmente” (Col 2,9; cf. 1,19). Llevando nuestra humanidad a plenitud Jesús será revelado en el bautismo y en la transfiguración como aquel en quien el Padre tiene su complacencia (cf. Mc 1,11; Mat 17,5), porque en él se cumplirán la Ley y los Profetas, donde Dios sale al encuentro del hombre para arrancarlo de la perdición.

Sólo los ojos de la fe descubren quién es aquel que José y María presentan al templo y que entra en él para realizar la purificación que devuelva al hombre la justicia perdida. Con los ojos de la fe lo Simeón reconociéndolo en la carne de María. Dice san Agustín que el justo Simeón lo vio tanto con el corazón como con los ojos, “viéndole de esta doble manera, es decir, reconociendo en Él al Hijo de Dios y abrazando al engendrado por la Virgen”, porque sostenido por la esperanza que alimenta la fe, Simeón “se hallaba retenido aquí hasta que viera con los ojos a quien veía con la fe” (San Agustín, Serm. 227, 17: PL 38, 1267). Con los ojos de la fe reconoció del mismo modo en el Niño Jesús al que había de traer la salvación de Israel la anciana profetisa Ana, cuya esperanza se había alimentado de las promesas de Dios a su pueblo.

La vida de consagración, a la luz de la palabra de Dios, es un camino de discipulado de Cristo mediante el seguimiento de los consejos evangélicos; y por la observancia de estos consejos el fin de la vida religiosa y de consagración es la de hacerse semejante a Cristo, obediente, pobre y casto, para alcanzar en figura de este mundo la comunión con Dios en la caridad perfecta. Esta caridad consiste en el amor de Dios sobre todas las cosas hasta la relativización de cualesquiera otros amores legítimos que le es dado al hombre alcanzar en este mundo.

La obediencia se torna en la vida en religión camino hacia la caridad perfecta mediante el desprendimiento de sí mismo. El servicio de la salvación que el Padre quiso de su propio Hijo se convierte para el religioso en modelo de su propia obediencia, que dispone para servir mejor a los hombres. Dice el Concilio, refiriéndose a la vida consagrada, que siguiendo el ejemplo de Jesús, “los religiosos, por la acción del Espíritu Santo, se someten con fe a sus superiores, representantes de Dios, que los dirigen a servir a todos los hermanos en Cristo” (Vaticano II: Decreto Perfectae caritatis [PC], n.14). Alcanzan de este modo los religiosos aquella pobreza en la que la renuncia de sí representa la afirmación plena de la voluntad de Dios. Sin otra posesión que la heredad prometida del reino de los cielos, participan de la pobreza de Cristo, que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros para enriquecernos con su pobreza (cf. 2 Cor 8,9; Mt 8,20)” (PC, n.13). Finalmente, por la castidad perfecta, libres de toda atadura afectiva, se dedican “al servicio de Dios y a las obras apostólicas (…) evocando ante todos los cristianos aquel maravilloso matrimonio fundado por Dios y que se ha de manifestar plenamente en el siglo futuro, por el que la Iglesia tiene como único esposo a Cristo” (PC, n.12).

El seguimiento de los consejos evangélicos sirve a la radicalización de la consagración a Dios del bautizado en forma tal que, en la comunión de la nueva familia religiosa que lleva consigo la vida de comunidad, se manifiesta la comunión de la Iglesia como familia de Dios. Agrega, por eso el Concilio: “La comunidad, en efecto, es como una auténtica familia, reunida en nombre del Señor por el amor de Dios derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo” (PC, n.15). En la vida de comunidad, fundada en la presencia del Señor  (cf. Mt 18,20), el amor alcanza la plenitud de la ley (cf. PC, n.15). Por eso la descomposición o merma de la vida en comunidad de los religiosos y religiosas representa una grave amenaza para los institutos de vida consagrada de las órdenes y congregaciones. La comunidad religiosa es un elemento sustantivo del carisma, como lo ha puesto de relieve la exhortación apostólica Vita consecrata, al referirse a ella como expresión y signo de la comunión eclesial que dimana de la comunión intratrinitaria de las tres divinas Personas. Es tan inherente a la vida de consagración que, como dice el beato Juan Pablo II, “no falta tampoco en los institutos seculares ni en las mismas formas individuales de vida consagrada” (Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Vita consecrata, n. 42a).

En este año, la relectura de las enseñanzas conciliares y del magisterio pontificio ayudará a las personas de vida consagrada a lograr aquella renovación del propio carisma, la cual redundará en obediente fidelidad a la vocación al seguimiento de Cristo a la que han sido llamadas por Dios; es decir, en amorosa respuesta a las mociones del Espíritu santificador que las hace progresar en aquella configuración con Cristo mediante la cual se alcanza la santidad de vida. La renovación de la vida religiosa pasa por la fidelidad a su identidad, aun cuando la aventura de hallar formas nuevas y acomodadas a la realidad social y cultual del presente constituya un reto.

Que el Señor, hoy presentado en el templo como Luz que ilumina nuestras oscuridades y disipa las tinieblas de una vida sin fe, nos ilumine a nosotros que le hemos conocido en la fe y hemos emprendido el camino de la caridad perfecta, para que alcancemos a realizar la vocación a la que hemos sido llamados. Así lo esperamos alcanzar con la intercesión de la Virgen Madre que siempre nos acompaña con el ejemplo amoroso de su vida consagrada al designio de Dios dándonos a luz a Aquel que nos ilumina como Luz imperecedera.

Lecturas bíblicas: Mal 3,1-4

Sal 23, 7-10

Hb 2,14-18

Lc 2,22-40

S. A. I. Catedral de la Encarnación

Fiesta de la Presentación del Señor

2 de febrero de 2013

+ Adolfo González Montes

Obispo de Almería

Pin It

BANNER02

728x90