Queridos hermanos sacerdotes, religiosas y seminaristas;

Queridos fieles laicos;

Hermanos y hermanas:

Celebramos este día la misa de acción de gracias a Dios por la solemne beatificación del Papa Juan Pablo II, que murió en olor de santidad, con la talla y la figura del gran evangelizador de nuestro tiempo. Como profetizara el siervo de Dios y primado de la Iglesia en Polonia Stefan Wyszynski, el Papa Juan Pablo II fue el pastor universal que, por la designio de la Providencia divina, había de conducir la Iglesia al tercer milenio de nuestra era. Una vez que Papa Juan Pablo hubo introducido, en verdad, a la Iglesia en este nuevo milenio de la era cristiana, la Providencia divina dispuso que el Papa entregara su espíritu al Padre en la vigilia del segundo domingo de Pascua, domingo que él mismo se denominara en adelante como «de la divina Misericordia». El Papa moría a la luz de este mundo cuando ya las campanas que anunciaban la llegada del domingo se fundían en un mismo sonar anunciando al mundo la muerte del amado Papa Juan Pablo II.

La Congregación para el Culto Divino ha fijado la memoria litúrgica del nuevo beato, con categoría de memoria libre, en la fecha en que el Papa inauguró su pontificado, el 22 de octubre de 1978, después del inesperado fallecimiento de su predecesor Juan Pablo I y tras un difícil pontificado del gran Pontífice Romano Pablo VI, a quien el designio de Dios confió la tarea de llevar a buen puerto el Concilio convocado por el Papa Juan XIII, a quien Juan Pablo II beatificó en una celebración inolvidable en la que también fue declarado beato el Papa Pío IX. El Papa Roncalli sentía una gran admiración y devoción por Pío IX y hubiera deseado ser él mismo quien lo beatificara. Así, en la memoria litúrgica del Papa Juan Pablo II se une el recuerdo y la memoria de los grandes pontífices que le precedieron y d aquellos que han conducido a la Iglesia en la difícil, ciertamente, pero a un tiempo gozosa experiencia de la fe cristiana en el transcurso del tiempo que va desde la muerte de Pío XII a la segunda mitad del siglo XX y al primer tercio del siglo XXI.

El beato Juan Pablo II fue llamado por Dios como sucesor de Pedro, para gobernar la Iglesia universal impulsando la obra de evangelización en tiempos complejos por las profundas transformaciones sufridas por los países cristianos. La evangelización es, ciertamente, la misión que la Iglesia ha recibido de Cristo: “Id por el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación” (Mc 16,15). Le tocó al Papa Juan Pablo II, cuya fiesta celebramos por primera vez después de su beatificación por Benedicto XVI, tiempos de conocidas dificultades para la fe, cuando la honda secularización de las sociedades tradicionalmente cristianas había conducido a la Iglesia a un mundo marcado en los países occidentales por la ausencia de Dios y el materialismo hedonista, que caracteriza a las sociedades de bienestar. Estas sociedades viven ahora la crisis económica de un desarrollo fundamentalmente basado en la pasión por el consumo de mercancías cada vez más sofisticadas y el culto al bienestar bajo el criterio del principio del placer. Un mundo, al mismo tiempo, contrapuesto a las sociedades orientales de la Europa del Este, marcadas por el totalitarismo del sistema comunista, en cuya quiebra tuvo el Papa influencia decisiva. Su empeño a favor de la libertad de los pueblos estuvo animado por la fe en Dios, que le sostenía en la defensa que emprendió sin descanso de los derechos de la persona humana que alentaba su acción evangelizadora. Tarea y cometido que el Papa vivió primero como obispo en una patria sin libertad, cuyos ciudadanos se hallaron en pugna con un totalitarismo anticristiano que tuvieron que sufrir, después de haber vivido bajo el terror del nazismo. Ambos totalitarismos, a pesar de los incontables sufrimientos que causaron a las personas y las humillaciones que impusieron a los países que dominaron, estaban llamados a ser vencidos, porque se asentaban no sólo sobre un sistema económico equivocado, sino sobre una concepción errónea del ser humano y la convivencia social.

Hoy queremos dar gracias a Dios por el envío de este Papa a su Iglesia, testigo de la fe en Cristo, que proclamó vigorosamente en los cinco continentes, que él visitó en sus inolvidables viajes, alentado la vida de las Iglesias y, como sucesor de Pedro, estrechando entre ellas los lazos de la caridad. Hoy resuenan con fuerza, iluminando el ministerio del Papa, las palabras del gran profeta Isaías: “¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva…!” (Is 52,7).

Para cuantos han perdido la esperanza en que el mundo tenga algún sentido y algún valor el dolor y los padecimientos que en frecuentes ocasiones acompañan la vida del hombre, el Papa anunciaba sin reservas el valor redentor de la muerte de Cristo y la amorosa misericordia del Dios, Padre amoroso de todos y cada uno de los hombres. Al defender los derechos inalienables de la persona humana, el Papa proponía a Cristo como «redemptor hominis», como redentor del hombre. Cristo ha recobrado al hombre de su perdición eterna a causa del pecado, y por su sangre y por su pasión, muerte y resurrección,  ha restablecido en su dignidad como hijo de Dios. Como defensor incansable de la vida humana, resuena vivo en la Iglesia el grito del Papa en favor de la vida concebida de las personas que han de nacer, cuando denunciaba el crimen de exterminio de tantos millones de seres humanos eliminados en el vientre materno. Una tarea evangelizadora en la que el Papa recordaba a todos los hombres de buena voluntad, con gran claridad y valor, mediante sus encíclicas el «esplendor de la verdad», que da fundamento a los principios de la moralidad que han regir la vida del ser humano según el designio de Dios.

Defensor del amor conyugal, puso particular énfasis en exponer a los ojos del mundo el sentido y valor trascendente de la alianza matrimonial, sacramento del amor de Cristo por la Iglesia. Promotor de la vida familiar como escuela de humanidad y de fe, el beato Juan Pablo II no dudó en empeñar su magisterio en la profundización del magisterio de sus predecesores, particularmente de la enseñanza de Pablo VI, poniendo de relieve el significado del amor humano contra las desviaciones de una sociedad que se ha vuelto de espaldas en gran medida contra la luz de la razón natural.

Juan Pablo II se entendía a sí mismo, ciertamente, como primer pastor de la Iglesia, y como tal era consciente de que el amor por Cristo exigía de él un camino de santidad ejemplar que no podía esquivar el dolor y el sufrimiento. Esta conciencia de su ministerio habría de acompañarle, sin claudicar, en los años finales de su pontificado, víctima de las secuelas que le dejó el brutal atentado contra su vida que, desde muy pronto, marcaron su pontificado y le acompañaron en adelante. El Papa padecería de una enfermedad que no sólo le causaba grandes molestias y sufrimientos físicos, sino dolorosa experiencia de sus propia limitaciones físicas, entre las que al final tuvo que soportar la dificultad para hablar. Por eso, crucificado con Cristo, quiso poner ante la Iglesia el ejemplo de su vida, sostenida por la gracia de Dios, como signo de la capacidad del hombre para el sufrimiento, que purifica y santifica cuando se asume con la obediencia de la fe. Él, que propuso el ejemplo de los santos y de los mártires perseguidos y muertos a causa de su fe, cuya memoria reivindicó como presencia de la cruz de Cristo en el siglo XX, hizo suyo este camino de santificación que no abandonó hasta que la muerte le abrió el camino definitivo de la liberación en el amor de Dios. Su vida se convirtió así en una manifestación del amor de Pedro pro Cristo, respondiendo en la humildad de su fe con las palabras del Príncipe de los Apóstoles en respuesta a la pregunta del Resucitado: “—Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? —Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero” (Jn 21,15.17).

Al celebrar hoy esta misa, en el día de su primera fiesta, en acción de gracias por su beatificación, le sentimos particularmente presente en la Iglesia de la que fue Pastor universal y nos encomendamos a su intercesión. Este verano, durante los días inolvidables de la Jornada Mundial de la Juventud, hemos recogido parte de los frutos que por su medio el Señor ha querido regalar a la Iglesia, resultado de la empresa que él emprendió con esperanzada ilusión a favor de evangelización y educación en la fe de los jóvenes, futuro de la Iglesia y de la sociedad, a los que tanto amó el Papa y que tanto le amaron a él.

Por el amor que Juan Pablo II tuvo por la santísima Virgen María y que habrá completado en el cielo con la mayor perfección, quiera la Virgen Madre de Dios obtener todavía de su Hijo abundantes frutos de la siembra del Evangelio que el Papa llevó a cabo, si nosotros seguimos el camino de evangelización del mundo abierto por el beato Juan Pablo II. Amén.

S. A. I. Catedral de la Encarnación

Almería, a 22 de octubre de 2011

                                                                       + Adolfo González Montes

                                                                              Obispo de Almería

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