Queridos sacerdotes, religiosas y seminaristas;

Queridos fieles laicos;

Hermanos y hermanas en el Señor:

Damos gracias a Dios que, en su misericordia, nos concede un año más ordenar nuevos presbíteros. Dos seminaristas diocesanos, que han sido formados en nuestro Seminario Conciliar, primero como seminaristas menores y después, en el Seminario Mayor. Ordenados de diáconos hace más de año y medio, ambos se han ido introduciendo en la acción pastoral propia del ministerio ordenado de forma gradual y con gran aprovechamiento. Los dos, en su última etapa de preparación, han sido colaboradores inmediatos a plena satisfacción de aquellos sacerdotes a quienes se los confiamos, para que auxiliaran a los presbíteros que requerían de su ayuda como diáconos transeúntes. Uno de los dos ha sido además formador de los seminaristas menores durante el último curso académico.

Hoy, después de estos años de formación en el Seminario y, tras obtener el grado en sagrada Teología y licenciatura en Estudios Eclesiásticos, reciben dentro de esta gozosa celebración eucarística la ordenación de presbíteros. Por la ordenación participarán del ministerio sacerdotal de Cristo en forma propia, no reducible al ejercicio del sacerdocio común de los bautizados, al servicio del pueblo sacerdotal. Desde ahora, con la autoridad de Cristo, tendrán la misión de enseñar y regir al pueblo santo de Dios, que ellos congregarán en la asamblea litúrgica, para la escucha de la palabra de Dios y la celebración de los misterios o sacramentos de la fe.

En el ejercicio del ministerio sacerdotal que se les confía representarán a Cristo, único sacerdote y mediador entre Dios y los hombres, dispensando la gracia de la redención para salvación y santificación de los fieles cristianos. Con ello colaborarán con el Obispo, al cual han de ayudar en el ejercicio del ministerio sacerdotal y auxiliar en el gobierno pastoral de la grey a él confiada como sucesor de los Apóstoles. Por esto, su vida se convierte desde hoy en existencia personal sacramentalmente vivida como ministros de Cristo, en medio de la comunidad eclesial y para ella; pues, al actuar en la persona de Cristo, por medio de su palabra y de las acciones sacramentales, es Cristo mismo quien salva y santifica a cuantos reciben, por su medio, el beneficio de la redención. Beneficio que el Señor Jesús obtuvo para la humanidad pecadora, derramando su sangre por ella, aceptando sobre sí el peso de nuestros pecados que le llevó a la muerte en la cruz, y resucitando para darnos vida eterna.

Desde hoy tendrán el cometido de predicar autorizadamente el evangelio de Cristo y de ser maestros de la fe de los fieles. A ellos, ayudados por los diáconos y los catequistas, confíamos la iniciación cristiana de los niños y adolescentes, y de los adultos que entran en el catecumenado para recibir el bautismo. Es éste un cometido de grande responsabilidad, porque sin la transmisión fiel de la doctrina de la fe y de la moral católica, no podrán extender la Iglesia, que ha de prolongarse en las próximas generaciones.

Por eso, queridos hijos que recibís hoy el orden del presbiterado , como vengo insistiendo a los sacerdotes, habréis de poner un particular empeño en la ordenación de la catequesis, siendo vosotros mismos los primeros y principales catequistas de vuestras comunidades. A vosotros toca colaborar con el Obispo en la programación de la catequesis y procurar su desarrollo, confiándola sólo a quienes puedan cumplir tan importante tarea; e instruyendo vosotros mismos a los catequistas, a los cuales debéis elegir con responsabilidad y conocimiento de las personas que han de colaborar con vosotros.

Habéis de poner gran empeño en la instrucción de los fieles, ayudando a que los grupos de formación cristiana que podáis establecer tengan por objetivo el más hondo conocimiento de Cristo y vivencia de la fe, que alimente e impulse el testimonio cristiano que reclama una sociedad alejada de la vida orgánica de la Iglesia. Todo lo que hagáis para que la revelación divina ilumine la razón, y sea vivencialmente apropiada por cuantos son confiados a vuestro cuidado pastoral, redundará en una fe eclesialmente integrada y conscientemente testimoniada.

Para ello tenéis que ser vosotros mismos fieles a la vocación a la que Cristo os llama. Como Jeremías, Dios os ha llamado desde el seno materno; y consagrados en el bautismo, hoy os consagra de nuevo con el don del Espíritu Santo mediante la imposición de las manos del Obispo y la plegaria de consagración, destinándoos a llevar la palabra de la salvación. No tengáis miedo a hablar con fortaleza y no digáis como el profeta: “¡Soy un muchacho!” (Jer 1,7), porque es Dios el que os envía y el que os sostiene; procurad imbuiros vosotros mismos de tal manera de la palabra de Dios que anunciáis, y en la que instruís a los demás, que podáis desempeñar el oficio eclesiástico como expertos en las sagradas Escrituras con la sabiduría que sólo se adquiere cuando se ha asimilado la palabra de Dios y se ha hecho norma de la propia vida. Hacedlo así, conduciéndoos, al mismo tiempo, con prudencia y moderación; conscientes de que el Evangelio se acoge en libertad, aun cuando sea vuestro cometido discernir qué es y qué no es concorde con el Evangelio, exponiendo la doctrina de la fe y la moral católica.

La sociedad y la cultura de nuestro tiempo exigen de vosotros una particular preparación en la doctrina moral de la persona, de su dignidad y sus derechos fundamentales, y contar con un conocimiento adecuado de la doctrina social de la Iglesia. Os habéis preparado para exponer la doctrina de la fe en un mundo globalizado, en el que los problemas de los más alejados no nos son a nadie ajenos, pero debéis tener en cuenta las necesidades más urgentes que reclama una vivencia coherente de la vida cristiana en vuestras comunidades parroquiales. Lo habéis de hacer sin olvidar los problemas y las dificultades de la sociedad en su conjunto, pero con particular atención a los grupos sociales más necesitados del mensaje de salvación y de la gracia sanadora de Cristo.

No confundáis vuestra misión de sacerdotes con otros cometidos y tareas sociales y culturales, necesarias e importantes para el logro de una sociedad más justa y humana, pero que exceden vuestro propio cometido y tareas pastorales. Por eso, tened particular preocupación por cumplir aquello que a vosotros se os ha encomendado: sois ministros de la reconciliación de los hombres con Dios, como recuerda san Pablo a los Corintios, a los cuales el Apóstol les dice: “Nosotros no nos predicamos a nosotros mismos, predicamos que Cristo es Señor, y nosotros siervos vuestros por Jesús” (2 Cor 4,5). Nuestro servicio como ministros de la reconciliación consiste en ser instrumentos de Cristo que reconcilia perdonando y recreando el hombre interior, liberando al pecador del peso y las consecuencias del pecado.

El fin y objetivo de la Iglesia no es su propia reproducción, sino atraer a los hombres al reino de Dios que ha llegado en la persona de Jesucristo. La Iglesia ha recibido de Cristo la misión de congregar en ella a los hombres y a los pueblos para que alcanzando el conocimiento y la gracia de Cristo, lleguen por su medio a Dios. Congregando a los hombres en la comunidad eclesial, los que anuncian el evangelio ven como su ministerio se convierte en tarea pastoral. Bien sabéis que los pastores de la Iglesia son ministros de Cristo para ser servidores de sus hermanos los hombres, no para dominar sobre el rebaño, sino para servirlo por causa de Cristo, y como tales no proceden con astucia adulterando la palabra de Dios, sino que, como dice el Apóstol, “manifestando la verdad nos recomendamos a la conciencia de todo hombre delante de Dios” (2 Cor 4,2).

El sacerdote, como dice la carta a los Hebreos,  es “tomado de entre los hombres” (Hb 5,1), por eso es asimismo pecador y necesitado de redención como los demás. Cristo ha elegido a sus sacerdotes y los ha puesto delante de los hombres como signo vivo de su presencia, y ha puesto el tesoro de la redención y de la gracia santificadora “en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros” (2 Cor 4,7).

Conscientes de esta vuestra fragilidad, queridos hijos, habéis de confiar plenamente en la gracia de Dios, que os sostendrá y os mantendrá en la fidelidad que Cristo pide de vosotros. Sed irreprochables ante los hombres, para que no tengan de qué acusaros ni tengan los enemigos de la cruz de Cristo pretexto alguno para oponerse a la misión que se os confía, pues “la mies es abundante y las trabajadores son pocos” (Mt 9,37). Como Jesús que sintió compasión de quienes le seguían y acudían esperanzados a él, porque “curaba a los que tenían necesidad de ser curados” (Lc 9,11; cf. Mt 14,14), tened compasión de cuantos sufren y están “como ovejas que no tienen pastor” (Mc 6,34), pues habéis de ser capaces de dar la vida por el rebaño que Cristo os llama a pastorear con él.

En vuestra fragilidad humana, tenéis una señal de la compasión que todos necesitamos. Alegres por haber conocido la misericordia de Dios que os llama a ser ministros de la reconciliación y del perdón, que vuestra caridad pastoral sea un signo de la caridad de Dios para con todos, de modo particular con los pecadores y alejados, con los pobres y los más necesitados. A vuestra condición de maestros de la palabra y ministros de los sacramentos, como guías que vais a ser de la comunidad, os corresponde ser asimismo mensajeros y ministros de la misericordia divina. Tened presente que, como recordaba el Santo Padre en su exhortación sobre la Eucaristía, debido a la relación que  se da entre ambos sacramentos, la Eucaristía no puede separarse de un camino penitencial (Benedicto XVI, Exhortación apostólica postsinodal «Sacramentum caritatis», n.20); por lo cual será necesario que iluminéis la conciencia de los fieles mediante la predicación y la catequesis sobre el necesario sentido del pecado que tiene que tener el cristiano. Sobre todo, orientando personalmente la conciencia de cuantos acudan a vosotros buscando consejo. El sacerdote ha sido puesto, en efecto, al frente de la comunidad para ser asimismo director de conciencias y padre espiritual de los fieles, consciente de que quien guía a las almas es, en verdad, el Espíritu Santo.

Si así lo hacéis, uniendo la ofrenda de vuestras vidas a la entrega obediente de Cristo al designio del Padre, cuando el Señor vuelva a recoger el fruto de vuestro esfuerzo misionero y pastoral, podréis gozaros un día de haber sido cooperadores de Cristo en la salvación del mundo y recibiréis el premio de aquel que es Cabeza y Pastor de la Iglesia, y al que habéis de representar entre los hombres. Cuando acabamos de celebrar la memoria de Nuestra Señora del Rosario y vamos a celebrar la fiesta del Pilar, que nos presenta a María acompañando nuestra fe desde los orígenes de la predicación apostólica, deseo vivamente que la intercesión de la Santísima Virgen os obtenga de su divino Hijo la gracia de la fidelidad, y que ella os ayude a realizar en vuestras vidas la vocación que hoy vivís colmada en vosotros.

Lecturas bíblicas:  

Jer 1,4-9

           Sal 83,3-5.11

2 Cor 4,1-2.5-7

Aleluya Mt 28,19-20

Mt 9,35-38

S.A.I. Catedral de la Encarnación

Almería, a 8 de octubre de 2011

                                                              + Adolfo González Montes

                                                                    Obispo de Almería

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