“Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados

y  yo os aliviaré”.

Mt 11,28

Queridos sacerdotes, diáconos, religiosas y fieles laicos;

Hermanos y hermanas:

Con la solemnidad del sagrado Corazón de Jesús la Iglesia tributa a Cristo el culto de adoración que corresponde al Hijo unigénito de Dios, en quien Dios Padre misericordioso ha salido al encuentro de la humanidad pecadora, para recuperarla de la perdición que la alejaría definitivamente de la felicidad para la cual el hombre fue creado. Esta salida de sí mismo de Dios es fruto del dinamismo del amor divino, amor que es comunión de las tres divinas personas: del Padre, del Hijo y del Espíritu, en la unidad del Dios que, siendo uno y único, es asimismo permanente diálogo de amor interpersonal.

Lo acabamos de escuchar en la primera carta de san Juan: “Dios es amor” (1 Jn 4,8), y la salida de Dios fuera de la comunión divina es para introducir a la criatura en esa comunión de amor, que la hará eternamente feliz. Dios no sólo creó al hombre por amor, sino que por amor se reveló al hombre afectado por el desamor a causa del pecado, para manifestarle el  misterio de su voluntad, dicen los dos concilios del Vaticano. En su revelación al hombre, Dios, que habló antiguamente a los padres por los profetas se ha manifestado, en el tiempo por él determinado, por medio de Jesucristo su Hijo hecho carne (cf. Hb 1,1-2), para que, por medio de él y con la acción del Espíritu Santo, puedan llegar hasta él cuantos le buscan y quieren conocerle, y así, por el conocimiento de Dios, alcanzar la meta de la felicidad que es la participación de la misma vida de Dios. El Vaticano II  lo dice bellamente, cuando declara: “En esta revelación, Dios invisible, movido por amor, habla a los hombres como amigos, trata con ellos para invitarlos a recibirlos en su compañía” (Vaticano II: Const. dogm. sobre la divina revelación Dei Verbum, n.2).

Esta búsqueda amorosa del hombre no tiene para Dios otro interés que la salvación del hombre, su amor es enteramente gratuito. Por puro amor eligió al pueblo de Israel, como dice el Deuteronomio: “Si el Señor se enamoró de vosotros y os eligió no fue por ser vosotros más numerosos que los demás —porque sois el pueblo más pequeño—, sino que, por puro amor vuestro, por mantener el juramento que había hecho a vuestros padres, os sacó de Egipto con mano fuerte y os rescató de la esclavitud…” (Dt 7,7-8).

En la elección de Israel como pueblo de su heredad, Dios anticipa la su voluntad de congregar y salvar a la humanidad en la Iglesia, por la cual, como esposa de su amor, el Hijo de Dios  se entrega a la muerte, para lograr su redención. En una bella imagen nupcial, san Pablo habla de Cristo como esposo de la Iglesia, invitando a los maridos a amar así a sus esposas, porque Cristo “se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y de la palabra, y para presentársela gloriosa, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada” (Ef 5,26-27).

Creados los hombres en Cristo y redimidos por la amorosa entrega del Hijo de Dios a la cruz por nosotros, la salvación es un puro don divino, como dice el Apóstol: “Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo: estáis salvados por pura gracia” (Ef 2,5). Jesús habla del amor redentor de Dios mediante la parábola de la oveja perdida, que se prolonga en la alegoría mediante la cual Jesús se revela como el buen Pastor, que conoce a sus ovejas y da la vida por ellas dando a conocer que en su propia persona es Dios mismo quien salva al hombre de su eterna perdición.

En Cristo es Dios misericordioso quien revela el movimiento amoroso de su corazón sin angosturas, abarcador de la humanidad creada y salvada en él mediante por la pasión y la muerte en cruz. La misericordia divina salva la vida del pecador y como canta el salmista es el Dios misericordioso quien “rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura”  (Sal 102,4). La misericordia de Dios se revela en los latidos del corazón exánime de Cristo, pendiendo de la cruz y herido por la lanza del soldado que abrió su costado hasta alcanzar el corazón, del cual “al punto salió sangre y agua” (Jn 19,34).

El corazón es símbolo del centro de la personalidad y de los movimientos afectivos del alma. En el corazón se concreta la condición de cada ser humano en cuanto es capaz de afectos y sentimientos, hasta convertirse en símbolo del amor y del desamor, de la afección amorosa y del odio. Por eso, el corazón igual que la mente ha de ser redimido para que el hombre pueda entrar en sintonía con Dios. La acción redentora de Cristo cumple lo anunciado por los profetas: cambiar el corazón pecador en corazón arrepentido, ablandar su dureza hasta convertirlo de corazón de piedra en corazón de carne, suscitando, en el alma del pecador convertido por el amor del Redentor crucificado, aquella respuesta de amor que es arrepentimiento y retorno al amor de Dios. La redención de Cristo devuelve al pecador al Padre amoroso, creador y sanador de las heridas que laceran las facultades del alma. Sobreviene así en la vida humana el acontecimiento de gracia que es la restauración del corazón, fruto del amor de Dios por su pueblo: “Voy a cerrarte la herida, voy a curarte las llagas (…) Con amor eterno te amé, por eso prolongué mi misericordia contigo” (Jer 30,17 y 31,3).

El corazón de Cristo coronado de espinas y sangrante es el símbolo de la entrega de Cristo por amor, un corazón que pide respuesta de amor, invitando al acto de fe en el Hijo de Dios, en quien “están encerrados todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento del misterio de Dios” (Col 2,3). La fe abre la entrada al corazón de Cristo, para que en unión de todos los santos, podamos “abarcar lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo, comprendiendo el amor de Cristo, que trasciende todo conocimiento” (Ef 3,18-19). Sin la fe el misterio de Cristo permanece cerrado para quienes se acercan a él, pero la fe abre los ojos del alma permitiendo ver lo que los ojos de la carne no ven: que es inmenso el amor divino revelado en Jesucristo y mezquina la repuesta del corazón humano, ocupado no por el amor de Dios y del prójimo, sino por el egoísmo mundano del propio interés, el orgullo de la autocomplacencia, la búsqueda ensimismada de una autoestima que nunca se sacia de amor propio.

En el egoísmo que alimenta la vida de tantas personas en cuyas palabras y obras se manifiesta el desconocimiento de Dios en que viven, porque “quien no ama no ha conocido a Dios” (1 Jn 4,8). La increencia es aliada del desamor del hombre para con su prójimo, mientras que la fe abre el corazón del creyente al amor de sus hermanos, pues “quien permanece en el amor, permanece en Dios y Dios en él” (1 Jn 4,16).

El hombre de nuestro tiempo se manifiesta frágil a pesar de inmenso su poder científico y técnico, porque no conoce a Dios y trata de vivir sin Cristo. Sus conocimientos, que habrían de servirle para humanizar la vida  extendiendo el progreso y el bienestar a los más desheredados de la tierra y a los necesitados, aliviando las heridas de la enfermedad y del desamor, son conocimientos que se vuelven fácilmente en medio de desencuentro y hostilidad. Se hacen muchas cosas buenas y la humanidad ha alcanzado logros objetivos de bondad, pero la voluntad de dominio sobre el conocimiento que da acceso al control de los bienes de la tierra se convierte en afán de poder que enfrenta a los hombres unos con otros. Sucede así porque no conocen el amor de Dios y no sienten necesidad de aquellos bienes espirituales y de la misericordia divina que les ayudarían a acrecentar sentimientos de humanidad y fraternidad. En su soberbia y egoísmo, el hombre de hoy como el de siempre rehúsa ser consolado y aliviado del yugo pesado de las cargas que coloca sobre sí mismo y sobre los otros.

El ministerio sacerdotal tiene por misión llevar a los hombres los bienes espirituales que manan del corazón abierto de Cristo crucificado, origen de la Iglesia y de los sacramentos de salvación. Al concluir en esta solemnidad los días de oración que ofrecemos por la persona y el ministerio del Papa, unidos al Santo Padre hemos de suplicar a Cristo que allegue a su corazón hasta que pueda latir al unísono con él el corazón de todos los sacerdotes, por cuya santificación ofrecemos nuestra oración. Queremos hacerlo así para que, mediante una vida santa, el ministerio de los sacerdotes atraiga a Cristo a los hombres necesitados de la misericordia de Dios, amor redentor que restaura las heridas que en todos deja la vida sin Dios. Cristo se ofreció a sí mismo para que, mediante su sacrificio, la humanidad no pierda definitivamente su vida, pues fuimos creados para vivir eternamente participando de la vida dichosa de Dios.

El valor redentor del sacrificio de Cristo se prolonga en cada eucaristía y, por medio del sacrificio eucarístico de la Iglesia, los efectos de salvación del sacrificio redentor del Calvario, ofrecido de una vez para siempre, alcanzan a cuantos participan en la comunión eucarística. En esta solemnidad del Corazón de Cristo, adoremos el misterio del amor de Dios hecho entrega del Hijo de Dios por nosotros, mientras tomamos parte en este banquete de fraternidad que él ha dispuesto para nuestra salvación.

Que nos ayude a obtener tan grandes bienes el Corazón Inmaculado de María.

Lecturas bíblicas: Dt 7,6-11

                            Sal 102, 1-4.6-8.10

                            1 Jn 4,7-16

                             Mt 11,25-30

S.A.I. Catedral de la Encarnación

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

1 de julio de 2011

                                                                       + Adolfo González Montes

                                                                              Obispo de Almería

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