“El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí”.

Juan 6, 58

Queridos sacerdotes, diáconos, religiosas y seminaristas,

Queridos hermanos y hermanas:

Estas palabras de Jesús que recoge el evangelio de san Juan manifiestan que Jesús procede de Dios Padre y que quien vive de la vida divina que Jesús le puede dar, vivirá del Padre del mismo modo que Jesús vive del Padre. Es lo que confesamos en el credo, el símbolo de nuestra fe, cuando afirmamos que Jesucristo es el “Hijo único de Dios nacido del Padre antes de los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero”. Como quien es en verdad, Jesús nos hace en él hijos de Dios, adoptivos, pero verdaderamente hijos. Por la muerte y resurrección de Cristo hemos sido redimidos y nos hemos convertido en aquello que de verdad somos, nos dice el apóstol evangelista: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!” (Jn 3,1). La filiación divina nos ha introducido en la participación de la vida de Dios y por eso, el evangelista añade: “Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos” (Jn 3,2); algo que el evangelista dice aludiendo a la asimilación a Dios que nos espera y que ya está en desarrollo en nuestra vida mortal.

Sabiendo todo esto, hemos de tratar de vivir como discípulos de Cristo, y como tales no podemos vivir sin la Eucaristía, porque con este sacramento de amor, Dios ha comenzado, por la acción del Espíritu Santo, a hacer realidad la divinización del hombre. Esta divinización sucede por la participación en la comida celestial de la Eucaristía. El evangelio de san Juan nos dice que la comida de Jesús es hacer la voluntad del Padre, porque “no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Dt 8,3; cf. Mt 4,4). Aquello que Jesús nos dice es la palabra que el Hijo ha escuchado al Padre y nos da a conocer a Dios. Jesús habla las palabras de Dios Padre y todo su ser es palabra de Dios, por eso comer el cuerpo y beber la sangre de Jesús es alimentarse de la palabra divina que nos llega por medio de él y, más aún, en su propia persona. Por eso Jesús puede decir a sus adversarios: “Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás (…) Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna” (Jn 6,35.40).

Jesús es el único y definitivo evangelio de Dios, por eso no es posible ir al Padre si no es por medio de él. Toda la vida cristiana se asienta sobre la fe en Jesús como Hijo de Dios, y de esta fe depende el bautismo, que nos abre las puertas de la Iglesia y nos hace miembros de su cuerpo. El bautismo y la confirmación nos abren el acceso a la Eucaristía, para que por la comunión en el Cuerpo de Cristo entremos en la comunión plena con el Padre y con su Hijo en la unidad del Espíritu Santo. Aquel maná del desierto, con el que Dios alimentó a su pueblo en la dura travesía hacia la tierra prometida, era figura de lo que había de venir, por eso dice Jesús poniendo en contraposición aquel pan del desierto, el maná de los hebreos, y el pan celestial que es su Cuerpo: “Este es el pan que ha bajado del cielo, no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron: el que come este pan vivirá para siempre” (Jn 6,59).

Ved cómo no es posible vivir de Dios y hacer su voluntad sin vivir en comunión eucarística con Jesucristo Hijo de Dios y pan de vida eterna. Tan central es la participación en la mesa de la palabra de Dios y de la Eucaristía, servida en cada misa, que no es posible mantener la condición de discípulo de Cristo alejados de esta participación en el banquete de Cristo, que la comunidad cristiana hace realidad cada domingo, día memorial de la resurrección del Señor.

Cada domingo la Eucaristía nos congrega en torno a la mesa del Señor, sin cuyo alimento no hay permanencia de la vida divina en nosotros, que se nos comunica en la celebración eucarística de la Iglesia. La Eucaristía realiza la comunión eclesial, en la cual Cristo ha querido congregarnos como su cuerpo místico, articulado misteriosamente por el Espíritu Santo en la pluralidad de sus miembros. La Eucaristía es el sacramento de la unidad de la Iglesia, que Cristo le otorga como don de la redención congregando en un solo pueblo a los que el pecado había divido por la diversidad de las lenguas.

Es por medio de la acción del Espíritu Santo como aquel que participa en la Eucaristía recibe la vida que dimana del Padre, en virtud por la obra redentora de Cristo, y es vida de la Iglesia: “La acción conjunta e inseparable del Hijo y del Espíritu Santo, que está en el origen de la Iglesia, de su constitución y de su permanencia (en el tiempo) continúa en la Eucaristía”, decía Juan Pablo II en su encíclica sobre la Eucaristía, añadiendo: “La Iglesia es reforzada por el divino Paráclito a través de la santificación eucarística de los fieles” (Juan Pablo II, Carta encíclica Ecclesia de Eucharistia, n.23). La Eucaristía es así el gran sacramento que alimenta la vida espiritual de los fieles realizando la comunión de la Iglesia mediante la congregación en ella de los creyentes, más allá de sus diferencias. Contra una ideología, que hace de la oposición y la diferencia uno de los dogmas de la modernidad, forzando a la división a la sociedad inspirada por la fe cristiana, la fe eucarística congrega en la unidad y hermana a los que se oponen y se enfrentan como adversarios y enemigos cuando en ellos obra la fe.

  La Eucaristía es el gran sacramento del amor de Dios y del prójimo, cuya relevancia no puede pasar desapercibida para nadie que quiera ser fiel a Cristo y mantenerse como discípulo suyo. Por eso el evangelista san Juan hace del cumplimiento del mandamiento del amor criterio determinante de la pertenencia a Cristo y a su Iglesia. No es posible participar en el sacramento del amor de Cristo a su Iglesia sin amar al prójimo, porque “quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor” (1 Jn 4,8). De ahí que el amor al prójimo es manifestación y prolongación del amor de Dios por el hombre revelado en la entrega esponsal de Cristo por la Iglesia. Quien permanece en la Iglesia y participa de la vida eucarística acrecienta su amor por los hermanos: “A los gérmenes de disgregación entre los hombres, que la experiencia cotidiana muestran arraigada en la humanidad a causa del pecado, se contrapone la fuerza generadora de unidad del cuerpo de Cristo. La Eucaristía, construyendo la Iglesia, crea precisamente por ello la comunidad entre los hombres” (EdE, n.24).

Que es así se manifiesta en el dinamismo de amor que genera la práctica de eucarística de la fe en todas las comunidades cristianas, sin cuya caridad y voluntad de justicia la crisis social y económica que estamos soportando sería mucho más desoladora. La generosa participación de bienes que Caritas representa y realiza no sería posible sin la vocación de servicio de miles de voluntarios que han hecho del amor  cristiano signo del seguimiento de Cristo en una sociedad distorsionada por los egoísmos y la falta de valores morales. No cabe soslayar la naturaleza religiosa de las normas morales que dimanan del evangelio de Cristo y hacen del amor al prójimo verdadera manifestación del amor de Dios. Por eso conviene recordar que el testimonio moral del cristiano no se agota en el reparto de bienes, sino que ha de transmitir al mismo tiempo aquel amor que alimenta el reparto, descubriendo a los ojos de los demás la coherencia de un compromiso que tiene su razón de ser en la participación del testigo de la vida y amor divinos. Es así como aparece ante el mundo la vida del cristiano como una vida consecuente con la fe profesada, porque dice el Apóstol: “y si repartiera todos los bienes entre los necesitados; y si entregara mi cuerpo a las llamas, pero no tengo amor, de nada me serviría” (1 Cor 13,3). Sólo el amor que hace de la solidaridad caridad divina salva dando coherencia a la vida del cristiano.

Por esto mismo, el amor al prójimo es inseparable del conjunto de los valores evangélicos que emanan de la dignidad de la persona, fundada en la semejanza divina del ser humano. No es posible honrar la Eucaristía convirtiéndola en mera constante cultural de un pueblo sin hacer justicia a su condición de cristiana y a la conducta moral que se sigue de la predicación evangélica y que alcanza la totalidad de la persona y la convivencia social. La subversión de las normas morales o la deliberada ignorancia de las mismas son inconciliables con  el culto eucarístico. Por esto mismo, como recuerda Benedicto XVI, en su exhortación apostólica sobre la Eucaristía, refiriéndose al culto eucarístico como nuevo culto en espíritu y en verdad: “La Eucaristía implica la realidad humana concreta del creyente, hace posible, día a día, la transfiguración progresiva del hombre, llamado a ser por gracia imagen del Hijo de Dios (cf. Rom 8,29s). Todo lo que hay de humano —pensamientos y afectos, palabras y obras— encuentra en el sacramento de la Eucaristía la forma adecuada para ser vivido en plenitud” (Benedicto XVI, Exhort. apos. posts. Sacramentum caritatis, n.71).

No es, pues, posible para el cristiano separar la vivencia del amor conyugal y la vida de familia de la comunión eucarística, ni es posible para el cristiano excluir de la vivencia del culto eucarístico la paz social que se alcanza por la promoción de la justicia y el don de la caridad que lleva consigo el perdón y el respeto al prójimo. El verdadero amor a los pobres es para el cristiano manifestación del amor eucarístico de Cristo que en cual somos congregados en la unidad de la comunión eclesial, que se expande abarcando las necesidades del prójimo y construyendo la convivencia solidaria, que es fraternidad a que da lugar e impulso al comunión eucarística.

Que así lo confesemos y así vivamos y que Santa María de la Encarnación, mujer eucarística que llevó al Verbo de Dios en sus entrañas para ofrecerlo como pan celestial y alimento de vida para el mundo nos enseñe a hacer de nuestra vida donación eucarística y vida en la caridad, y que por su intercesión nada pueda separarnos del amor de Cristo.

Lecturas bíblicas: Dt 8,2-3.14b-10a

                                Sal 147,12-20

                                1 Cor 10,16-17

                                 Jn 6,51-59

 

S.A.I. Catedral de la Encarnación

Solemnidad del Corpus Christi

26 de junio de 2011

 

                                                                       + Adolfo González Montes

                                                                              Obispo de Almería

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