Obispo Fundador y Mártir Patrón de la Ciudad y de la diócesis de Almería

 “Yo soy la puerta: quien entra por mí, se salvará,

y podrá entrar y salir, y encontrará pastos” (Jn 10,9).

Queridos hermanos sacerdotes;

Ilustrísimo Sr. Alcalde;

Excelentísimas e Ilustrísimas Autoridades civiles y militares;

Queridos hermanos y hermanas:

San Indalecio, Fundador y Patrón de nuestra ciudad y nuestra diócesis, es  un  claro ejemplo de testigo de Cristo como evangelizador y pastor  acreditado por su martirio, que según la tradición consumaron los perseguidores; y aunque nos falta la verificación histórica de la tradición en lo tocante a su martirio, la condición de mártir del primer obispo de nuestra Iglesia queda patente en las lecciones de su  Oficio, que lo presentan “consumido por las muchas fatigas y a causa de los grandes trabajos sufridos por la confesión de Cristo y propagación de la fe cristiana” (Breviarium Romanum: Lectio VI in secundo nocturno). Son estas fatigas y trabajos causa de un martirio espiritual que identifica al buen pastor de su grey, que, configurado con Cristo crucificado, entrega su vida por la salvación de aquellos que le han sido confiados. San Pablo diría con gran dolor, ante la desviación de que habían objeto los gálatas, que la fidelidad a la verdad del Evangelio le costaba dolores de parto, y acosado por el temor del abandono de la fe recta por los nuevos cristianos exclamaba: “Me hacéis temer haya sido en vano mi afán por vosotros” (Gál 4,11).

Las amonestaciones del pastor bueno, que defiende a sus ovejas ante los zarpazos del lobo, no siempre son bien comprendidas; más aún, pueden resultar molestas y ser causa de enemistad con el pastor, al que se puede llegar a ver incluso carente de misericordia y de compasión evangélica. Cuando la desviación de la fe se apodera del corazón de los cristianos y éstos ya no pueden sufrir la corrección de sus pastores, los propios pastores vienen a ser desacreditados por aquellos fieles que no aceptan con humildad y de buen grado el mensaje evangélico y la claridad de la doctrina de la fe, y desearían tener un evangelio a la propia medida de sus deseos. Lo advertía san Pablo, exhortando a su discípulo Timoteo: “Vendrá un tiempo en que no soportarán la sana doctrina, sino que se rodearán de maestros a la medida de sus propios deseos y de lo que les gusta oír” (2 Tim 4,3).

Lejos de acoger la palabra de la predicación con corazón abierto a la compunción y el arrepentimiento, como los que escucharon el sermón de Pedro el día de Pentecostés, a veces se rechaza al pastor mediante la descalificación y burla de su mensaje, como sucedió con Pablo  en areópago de Atenas. Dice el libro de los Hechos: “Al oír «resurrección de los muertos», unos lo tomaban a broma, otros dijeron: «De esto te oiremos hablar en otra ocasión»” (Hech 17,32).  Entre nosotros hemos pasado de vivir como pueblo bajo la inspiración del evangelio y la moral católica a la descalificación del mensaje cristiano. Se tiene la impresión fundada de que, para algunos grupos influyentes sobre la vida social y la orientación de la cultura, se trata de apartar al pueblo fiel de la fe de sus padres, calificándola de visión del mundo sin fundamento científico y contraria al afianzamiento y progreso de las libertades; y sobre todo, como un obstáculo para lograr aquella modernidad que sólo sería posible mediante la implantación del laicismo sin tolerar alternativa alguna.

El apartamiento del pastor de la vida pública es el gran símbolo de su muerte sentenciada por la nueva ideología. Una muerte incruenta del ministro de la palabra de Dios, que, en el marco de una cultura relativista, no requiere su martirio físico, sino tan sólo la inteligente neutralización de su presencia social, evitando así que perturbe la pacífica posesión de una opinión dirigida por el poder en una sociedad sin referencia moral alguna de carácter transcendente.

Las lecturas que hemos escuchado hacen dos observaciones que el verdadero cristiano no puede pretender desconocer: La primera con relación a la carta de san Pedro que hemos escuchado como segunda lectura: contra el parecer común de la gente, el sufrimiento de Cristo crucificado entraba de lleno en el designio de Dios como medio de redención de los pecados de los hombres, por eso Dios lo ha resucitado de entre los muertos a Aquel, “que no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca” (1 Pe 2,22), para que, por el bautismo en su nombre, a cuantos creen en él le sean perdonados los pecados. Se cumple en Jesús la pasión del Justo, pues fue Dios mismo quien incluyó en su designio el sufrimiento del mártir sacrificado. Ya el libro de la Sabiduría contempla el sufrimiento de los justos como crisol de purificación de sus conciencias con el sacrificio de su vida, y a cambio, en el día final, “en el día de la cuenta, los justos resplandecerán como chispas que prenden en un cañaveral” (Sb  3,7).

El rechazo del mensaje de la cruz es tan sólo ciencia aparente, sabiduría del mundo que Dios destruye con la necedad de la cruz de Jesús. La cruz es revelación de una sabiduría divina que el hombre no entiende sin la fe, si le falta conversión al evangelio y permanece prisionero de sus pasiones y cautivo del pecado. Dios pide la conversión del pecador y la conversión sólo se puede dar prestando oído al mensaje del evangelizador, porque “quiso Dios salvar a los creyentes, mediante la locura de la predicación” (1 Cor 1,21). Por eso el rechazo del Evangelio trae consigo la persecución del evangelizador, pero su sufrimiento forma parte de la predicación de la palabra de Dios y de la llamada a la conversión.

Por otra parte, el martirio de los evangelizadores ha sido siempre manifestación inequívoca de la resistencia culpable de aquellos que rechazan el Evangelio, una resistencia a la palabra de Dios que sólo se disculpa a quienes obran por ignorancia invencible, sin que Dios cancele la llamada a su conversión al Evangelio. La palabra de Dios, que reclama conversión, ilumina la inteligencia y abre el corazón al amor de Dios. El hombre actual, que ha nacido en una tradición de fe que repudia o ignora, llevado por una desmesurada pasión de autosuficiencia, que le hace creer que la inteligencia emancipada y moderna es incompatible con Dios, desoye la palabra divina y se cierra a la salvación acontecida en la cruz de Jesús.

La cultura vigente, difundida desde el poder cultural de los grupos sociales que gobiernan la opinión pública, con el amparo cada vez más explícito del poder político parece querer erradicar del ámbito público los signos de la presencia de Dios. Se produce así una profunda contradicción entre lo que se pretende promover: una sociedad abierta y democrática, y  el sometimiento programado del silencio de Dios en esa sociedad, desterrando los signos y señas visibles de una tradición histórica de fe imposible de reprimir; porque una sociedad que ha sido cristiana, sin los signos de la presencia de Dios queda sin el amparo de un sentido de la vida, conocido y amado, en el cual se ha crecido. Sin Dios el hombre carece de otra esperanza que la frágil capacidad de hacerse a sí mismo sin Dios, una quimera y un intento vano y sin éxito posible, como acredita la memoria histórica reciente del siglo XX, memoria que se reprime y se tergiversa deliberadamente por la ceguera de la increencia y del odio a la fe.

Lo más duro de cuanto dice san Pablo es que “el mensaje de la cruz es necedad para los que están en vías de perdición” (1 Cor 1,18), es decir, prisioneros de sí mismos sin poder abrir la mente y el corazón para dar entrada a Dios en su vida. Sin Dios es fácil burlar la ley, amparar la corrupción y la inmoralidad de conducta en una sociedad que ha perdido el sentido del pecado. Es fácil, porque, de cualquier modo, todo depende de las relaciones de poder y de su control, para someter la ley y el orden moral a los propios deseos y estrategias; y, al final, el triunfo aparente es de quien tiene mayor capacidad de poder y control social y, por eso, puede silenciar o reprimir cualquier aspiración que disienta aun a costa de cometer injusticia.

El hombre de nuestras viejas sociedades, que parece conducirse por el mero interés y desentenderse del valor moral de la vida,  necesita del retorno a los principios éticos y morales que la luz de la razón y la revelación de Dios en Cristo le proporcionan. En esta sociedad a la que hemos dado lugar llevados por el desinterés por Dios y la pasión egoísta por el propio bienestar y el sentido materialista de la vida, la Iglesia de Cristo cumple una función que los responsables de la sociedad deberían apreciar: predicar el Evangelio y, mediante la predicación, ofrecer al hombre actual los valores religiosos y morales de la existencia, los valores que pueden reconstruir un vida acorde con la dignidad del hombre y generar la paz social.

Nos es obligado hacer esta reflexión en la fiesta del Patrón de nuestra ciudad y de nuestra diócesis, porque san Indalecio fue testigo del Evangelio y pidió la conversión de sus oyentes a Cristo. San Indalecio puso con ello los cimientos de nuestra Iglesia proclamando la doctrina apostólica. El Obispo evangelizador plantó la Iglesia como luz que disipaba las tinieblas de la idolatría y del paganismo, que hoy vuelve a renacer en tantas personas, cautivas de ambientes profundamente alejados de la luz del Evangelio, donde se propician modos de conducta hostiles a la fe cristiana por los partidarios de la exclusión de Dios de la sociedad.

El hombre, sin embargo, no puede deshacerse de Cristo, porque la v ida humana se ilumina en él, en su palabra y en sus acciones, en su persona divina. Contra ladrones y bandidos que abandonan las ovejas cuando llega el lobo, y asalariados a quienes no les importan las ovejas, Cristo es el Buen Pastor, que se deja conocer por sus ovejas entregando su vida por ellas. Jesús ha dado la vida por nosotros y en su muerte hemos sido salvados de nosotros mismos, de nuestro pecado y de nuestra miseria. Por él, que es la puerta de las ovejas que conduce a los pastos de la luz y de la vida, hemos conocido nuestro destino inmortal y feliz. La resurrección de Cristo ha iluminado el corazón del hombre con sus aspiraciones al bien y a la belleza, a la felicidad plena, que sólo Dios puede ofrecer.

Que la fiesta de san Indalecio nos ayude a volver sobre nuestra propia tradición cristiana, porque en ella Dios nos ofrece ya en nuestra condición de peregrinos la esperanza de la meta a la que el hombre aspira.

Que la santísima Virgen, a la que invocamos como Nuestra Señora del Mar, estrella de la evangelización y guía en las dificultades de la vida, interceda por nosotros amparando la oración y súplica de nuestro Patrón ante su divino Hijo.

Lecturas bíblicas: Hech 2,14a.36-41

                               Sal 22,1-6 

                               1 Pe 2,20b-25

                              Aleluya: Jn 10,14

                              Jn 10,1-10

S.A.I. Catedral de la Encarnación

15 de mayo de 2011

                                                                       +Adolfo González Montes

                                                                             Obispo de Almería

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