Queridos hermanos sacerdotes;

Queridos educadores de la fe religiosos, religiosas, y  laicos;

Queridos adolescentes y jóvenes:

La vigilia de este atardecer junto a la cruz de Jesús y el icono de María nos preparan para la gran Jornada mundial de la Juventud como un acontecimiento de fe. La Jornada es una convocatoria que el Papa hace a los jóvenes del mundo, para que juntos tomen conciencia de que Jesús es la salvación de todos, porque sólo Jesús nos ha dado a conocer el misterio de Dios como amor; para glorificar a Dios Padre y a Jesús, en el Espíritu. Cada Jornada Mundial de la Juventud es una gran fiesta de la fe que celebra la juventud de la vida y de la Iglesia.

En todas mis catequesis a los jóvenes, cuando me reúno con los adolescentes y jóvenes de primera juventud que quieren recibir el sacramento de la confirmación, les digo siempre que miren a Jesús como realmente es: el Hijo de Dios hecho carne en las entrañas de la Virgen María. Jesús es la Palabra de Dios hecha carne, y, como nos enseñan los Apóstoles, “por medio de Él fueron hechas todas las cosas” (Jn 1,3) y “ha realizado los siglos” (Hb 1,2). Jesucristo, Hijo de Dios, es asimismo el Redentor del mundo, porque con su entrega a la muerte en cruz nos reveló qué amor nos tiene Dios, “que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16).

Jesús nos ha revelada con su palabra, y sus acciones y, con su vida, pero sobre todo con y su muerte y resurrección, que el misterio de Dios es el amor recíproco de las tres divinas personas, que sin embargo son un solo Dios, comunión de amor que se derrama con la venida del Espíritu Santo sobre la humanidad redimida y salvada por Jesús.

Queridos adolescentes y jóvenes, este es el Dios que Jesús nos ha dado a conocer y al que queremos amar sobre todas las cosas y al prójimo por amor a él. Dios nos ha descubierto en Jesús su amor por el hombre y cómo no es posible amar a Dios sin amar al prójimo, porque el amor de Dios por el prójimo es su amor por nosotros. Dios ha querido amorosamente estar presente en todos los seres humanos, y de manera singular en aquellos que sufren o carecen de amor y padecen la carencia de no poseen aquellos bienes sin los cuales la miseria destruye la vida del hombre: desde la salud al trabajo y desde el amor del hogar donde cada uno fue engendrado al amor del hogar que cada ser humano aspira a crear y a ensanchar comunicando amorosamente la vida.

En el evangelio que hemos escuchado, Jesús nos dice que tenemos que ser luz y sal de la tierra. Es decir, tenemos que dar testimonio del Dios que Jesús nos ha revelado y nosotros hemos acogido gracias al don de la fe que el Espíritu Santo ha infundido en nuestras almas. Jesús, en verdad, nos ha dado a conocer al Dios que el hombre sólo a tientas puede conocer. La causa del desconocimiento de Dios que el hombre padece es el pecado, que nubla y oscurece su inteligencia y le impide abrir su corazón al misterio de amor que es la creación. Para que todos puedan conocerle, Dios Padre envió a su Hijo al mundo, para que con su muerte y resurrección nos diera a conocer que Dios ama al mundo y nada de lo nuestro le es ajeno.

El hombre tiene en su mente muchos fantasmas de Dios, imaginaciones sobre Dios que no se corresponden con la verdad de Dios, como creador del universo y del hombre y amigo de la vida. Justamente por eso, nosotros, asociados a la muerte y resurrección de Jesús por el bautismo, tenemos que ser la luz que ilumine la conciencia de los hombres y abra sus ojos a la verdad de Dios, porque sin Dios el mundo no tiene otro futuro que la muerte.

En la sociedad de nuestros días es una sociedad en la que se va imponiendo poco a poco una cultura de la muerte: se aniquila, por millares cada año, la vida de los niños recién concebidos en el seno de su madre mediante la práctica del horrible crimen del aborto; se producen guerras que dan muerte a miles de jóvenes como vosotros, arrastrando en África incluso a los niños a tomar las armas; el terrorismo siembra con la muerte de personas inocentes el odio y la desolación; el crimen organizado que trafica con la droga, las armas y las personas, sobre todo con mujeres y jóvenes adolescentes, explotados sexualmente como bienes de placer inmediato.

Frente a este modelo de vida sin Dios donde reina la muerte, los cristianos estamos llamados a ser testigos de la luz y de la vida. La luz ilumina las tinieblas del mundo, descubriendo el pecado, por eso hay quien no quiere ser descubierto por la luz del Evangelio predicado por la Iglesia. La luz denuncia, pero también y sobre todo anuncia la belleza de Dios que es luz, iluminando la vida y a su vez, la vida llenando de alegría el corazón de las personas que acogen la proclamación del Evangelio. Quien así da testimonio de la luz y de la vida, sazona la existencia del hombre sobre la tierra, aporta la sal que hace sabrosa la vida del hombre sobre la tierra.

Preguntaréis qué podéis hacer vosotros para llevar la luz y la sal que la vida necesita; y esa pregunta es Cristo Jesús quien la responde: llenad el mundo del amor, como amor de Jesús, que nos amó hasta la muerte. Amad vosotros también del mismo modo, como Jesús nos ha amado: sed sembradores de entendimiento y amistad entre las personas, pero hacedlo dando a conocer que este es el modo de vida propuesto por Dios, que revela su amor por nosotros en la muerte y resurrección de Jesús, que entregó la vida por nosotros. En Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, decían los Padres de la Iglesia antigua, Dios se ha hecho hombre, para que nosotros vengamos a ser hijos de Dios. Decid, pues, a todos que vuestra manera de comportaros y en apertura a todos es resultado de vuestra condición de hijos de Dios en Jesucristo.

No todos lo entenderán con facilidad, pero si ven que vosotros sois consecuentes con lo que creéis rompiendo los moldes de una forma de vivir sin Dios, comenzarán decirse a sí mismos que tal vez tengáis razón, que la alegría brota de la fe, que el placer momentáneo, no es duradero y que al final, la desilusión lleva a la pérdida de toda esperanza.

Tal vez algunos de vuestros compañeros no quieran saber mucho de la fe que tenéis o incluso hayan sido educados en el odio a la fe cristiana, pero no os desaniméis, porque la incomprensión forma parte del testimonio de Cristo, es parte de la cruz de Jesús que habéis de ayudarle a llevar vosotros.

Finalmente, dejadme deciros también que algunos quisieran ocultar la fe cristiana, para que nadie fuera influido por el Evangelio de la vida de Jesús, predicado por la Iglesia. Vuestro testimonio no puede ceder ante la dificultad. La fe es para predicarla públicamente, es decir, el testimonio de Cristo es imposible de ocultar porque marca toda la vida, la forma de vivir y de estar en la sociedad, el modo de relacionarse con los demás. Es que nadie puede ocultar una ciudad elevada sobre el monte, como no se pueden ocultar las blancas poblaciones mediterráneas de nuestra tierra, que resplandecen a lo lejos a penas se avistan desde las vías de comunicación. Sí, como dice Jesús: “Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5,16).

Permaneced, pues, como reza el lema paulino de la Jornada Mundial de la Juventud de Madrid: «Arraigados en Cristo, firmes en la fe», porque no estáis solos. Es Jesús mismo quien con su gracia sostiene el testimonio de los cristianos: “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin de los tiempos” (Mt 28,21). Y Acompañando la  presencia de Jesús está a nuestro lado la presencia de su María, madre suya y madre nuestra, porque él nos la entregó cuando estaba junto a la cruz de su Hijo. Ella nos dice siempre: “Haced lo que él os diga” (Jn 2, 5).

Lectura del santo Evangelio: Mt 5,13-16

S.A.I. Catedral de la Encarnación

Almería, 16 de mayo de 2011

                                                                       + Adolfo González Montes

                                                                             Obispo de Almería

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