“Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor hasta que vuelva”

(1 Cor 11,26).

Queridos hermanos sacerdotes, seminaristas, religiosas y fieles laicos,

Hermanos y hermanas:

La Pascua instituida por Dios  como memorial de la antigua Alianza era figura de la Pascua que había de cumplirse en Cristo. Aquella figura celebrada por los israelitas nuestros padres, para conmemorar la salida de Egipto y la liberación de la esclavitud del Faraón tenía un contenido que trascendía su celebración, pues anunciaba la Pascua de la Alianza nueva y eterna, fundada en la sangre redentora de Cristo, verdadero cordero de la expiación, que “quita el pecado del mundo” (Jn 1,29), y cordero pascual sacrificado en la cruz para nuestra salvación.

En la sangre de Jesús Dios ha instituido la Alianza nueva prometida en los profetas, y mediante la purificación llevada a cabo por Cristo, nos han sido borrados los pecados y Dios ha impreso en el corazón del hombre regenerado por la obra redentora de Cristo, su ley: el mandamiento nuevo del amor incondicional al prójimo. La nueva Alianza  sustituye así el sacerdocio de la antigua, que no podía obtener el perdón de los pecados oficiando reiteradamente los mismos sacrificios, “pues es imposible que la sangre de toros y machos cabríos borre los pecados” (Hb 10,3). Por el contrario, como dice la carta a los Hebreos, Cristo, “habiendo ofrecido por los pecados, se sentó a la diestra de Dios para siempre” (Hb10,12),  lo cual llevó a cabo mediante una sola oblación, por la cual “ha llevado a la perfección definitiva a los santificados” (Hb 10,14).

La carta a los Hebreos desarrolla su reflexión sobre el sacrificio de Cristo, contenido de la Pascua de la nueva Alianza, poniendo de manifiesto que esto lo realizó el Señor mediante su entrega a la muerte por nosotros por ser el Hijo de Dios encarnado y haber asumido como propia nuestra humanidad, aun siendo una persona divina: por tener el Hijo de Dios un cuerpo objeto del sacrificio que le hacía capaz de padecer la muerte.

Es san Pablo el que nos recuerda hoy en la segunda lectura la institución de la nueva Alianza en la sangre de Jesús, al transmitirnos la narración de la institución de la Eucaristía, dando cuenta de una tradición que le precedía y que él no había creado: la tradición apostólica que transmitió a la Iglesia la institución de la Eucaristía por Jesús la noche de la última Cena, en la cual Cristo Jesús anticipó su propia muerte en la cruz. El Apóstol transmite con la narración de la Cena el mandato de Cristo de reiterarla en conmemoración de la muerte del Señor, que la Eucaristía anuncia hasta el retorno de Cristo.

La Eucaristía está en el centro de la comunión eclesial como sacramento de la unidad de la Iglesia y referencia permanente de su propia apostolicidad. Los Apóstoles nos han transmitido la Eucaristía como testamento de Cristo, sobre el cual se levanta la construcción de la Iglesia y medio por el cual reciben la vida divina cuantos vienen a la fe y entran en la Iglesia por el bautismo. La vida sobrenatural que nos viene de la redención de Cristo le llega a cada uno de los miembros de la Iglesia mediante la participación en la Eucaristía. Esta participación se hace posible para los fieles por el sacerdocio del Nuevo Testamento, que Cristo instituyó simultáneamente a la Eucaristía. Cristo entregó la Eucaristía a sus Apóstoles y estos a sus sucesores, para que la Iglesia celebrara el memorial de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, y a lo largo de los siglos se realizara en continuidad con la predicación de los Apóstoles y con su ministerio en la Iglesia. En este sentido, el Siervo de Dios Juan Pablo II declaraba que la Eucaristía es inseparable de la fe apostólica y nada puede desviar la doctrina sobre la Eucaristía de la predicación y enseñanza de los Apóstoles.

La Iglesia es apostólica, enseña en Catecismo de la Iglesia Católica porque «guarda y transmite, con la ayuda del Espíritu Santo que habita en ella, la enseñanza, el buen depósito, las sanas palabras oídas a los apóstoles» (CCE, n. 857). A lo cual añade Juan Pablo II que  es apostólica «porque celebra en conformidad con la fe de los Apóstoles» (Juan Pablo II, Carta encíclica Ecclesia de Eucharistia, n. 27). Y justamente es enseñanza apostólica que la Eucaristía es indisociable del sacerdocio instituido por Cristo para servicio de la Eucaristía a favor del pueblo sacerdotal de la nueva Alianza, que es la Iglesia. Por esto el Papa añadía refiriéndose al ministerio de los obispos como sucesores de los Apóstoles, a quienes ha sido confiada la Eucaristía: «La sucesión de los Apóstoles en la misión pastoral conlleva necesariamente el sacramento del Orden, es decir, la serie ininterrumpida que se remonta hasta los orígenes, de ordenaciones episcopales válidas. Esta sucesión es esencial para que haya Iglesia en sentido propio y pleno» (EE, n. 28).

Los fieles ejercen su sacerdocio real, como miembros del pueblo sacerdotal participando en la Eucaristía que presiden los ministros ordenados. Cristo ha querido hacerse presente con su sacrificio en la Iglesia por medio del ministerio de los sacerdotes. Cada uno de los fieles se ofrece a Dios con Cristo, que hace suya la ofrenda de los fieles y la presenta al Padre con la suya propia por medio del sacrificio eucarístico realizado por ministerio de los sacerdotes: del Obispo, sucesor de los Apóstoles, y de los presbíteros, que son asociados al ministerio del Obispo, para seguir haciendo presente en la Iglesia en cada celebración de la Misa el sacrificio redentor de Cristo.

Hemos que tener claridad en la fe que profesamos, porque grande es este misterio admirable del amor de Dios, que se nos ha manifestado en el sacrificio de Cristo por nosotros, derramando su sangre para borrar nuestros pecados y devolvernos a la amistad de Dios. La claridad sobre la fe eucarística nos ayudará entender mejor el misterio pascual y cómo nos afecta a cada uno de los bautizados, transformando nuestra vida mediante la configuración de nuestra existencia con Cristo.

Nadie se configura con Cristo por sí mismo, porque ser conformados con Cristo es obra del mismo Espíritu Santo, por cuya acción se transforman el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor. En la medida en que cada uno de nosotros es transformado por el Espíritu, la caridad de Dios habita en él, y el amor se convierte en norma y criterio de la vida del redimido. El amor es el gran signo de la presencia de Cristo inseparable de la Eucaristía, porque en ella Cristo se nos entrega como alimento nuestro. Amar al prójimo como a uno mismo es alimentar su vida con nuestra entrega, dándole así a conocer a Cristo y, en su entrega por nosotros a la muerte, a Dios como fuente amor.

El lavatorio de los pies que realizamos en esta misa del Jueves santo es signo de aquello mismo que acontece en la celebración sacramental de la Eucaristía. Este signo exterior es, en verdad, algo que Dios realiza por Cristo en cada Misa: ponerse a nuestro servicio amándonos, y nos ama entregándonos la vida de su Hijo para que nosotros tengamos la vida divina. ¿Cómo podemos ser “imitadores de Dios”, como dice el Apóstol, si no es imitando la caridad de Cristo? Y, ¿cómo mostrar a los hombres que Dios los ama si no es mediante gestos de amor que nos lleven a ser comprendidos como verdaderos constructores de fraternidad entre los hombres?

Ningún dolor y sufrimiento nos puede ser ajeno y así hemos de hacer nuestras las carencias y necesidades de nuestro prójimo, sobre todo de aquello hermanos más desvalidos y necesitados: ancianos y enfermos, y personas que viven en soledad y sin entorno social alguno; aquellos otros que carecen de trabajo y de hogar, emigrantes y personas de sectores marginados. De todos estos hermanos nuestros quiere ocuparse la Iglesia por medio del ejercicio de una caridad fraterna y solidaria, que descubre el amor de Dios a los hombres a quienes tienen los ojos limpios de prejuicios.

Nuestra voluntad de imitar a Cristo tiene incluso que llevarnos a soportar con amor la hostil oposición de algunos a la fe cristiana y, sin renunciar a defender en justicia los derechos fundamentales de todos, y también los nuestros, mostrarnos dispuestos a hacer del diálogo y de la tolerancia un medio real de entendimiento y paz social.

El gran ejemplo de amor que Cristo nos ha dado nos mueve a seguirle por la senda del amor y, por eso, renovamos nuestro compromiso con nuestros hermanos en este Jueves santo de la Eucaristía y del sacerdocio, en los que Cristo nos revela el misterio de amor que es Dios, creador, padre y redentor del hombre.

Lecturas bíblicas: Ex 12,1-8.11-14

                                   Sal 115

                                   1 Cor 11,23-26

                                    Jn 13,1-15

S.A.I. Catedral de la Encarnación

Almería, 21 de abril de 2011

Jueves Santo

 

                                                           + Adolfo González Montes

                                                                       Obispo de Almería

 

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