Queridos hermanos sacerdotes y diáconos,

Queridos seminaristas, religiosas y fieles laicos:

La unción de Cristo por el Padre le manifiesta como aquel que ha sido enviado para llevar a cabo su misión redentora. Es verdad que Cristo en cuanto Hijo eterno de Dios poseía el Espíritu Santo por su unión con el Padre, de quien procede por generación desde toda la eternidad, pero en cuanto que es la Palabra encarnada de Dios, la humanidad de Jesucristo recibe la unción para llevar a cabo la misión de Mesías. Por esta razón, después de haber leído la profecía de Isaías sobre la unción del Siervo del Señor, pudo decir Jesús en la sinagoga de Nazaret: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír” (Lc 4,221).

Jesús, en efecto, es el Ungido, el Mesías de Israel, al cual Dios ha manifestado como el salvador de toda la humanidad mediante su resurrección de entre los muertos. Ungido por Dios, Jesús es la Palabra del Padre que revela su divino misterio y abre al hombre a la comprensión del sentido de la existencia y a su destino último. En Jesucristo, hombre nuevo, Dios nos ha mostrado el modelo y el paradigma de nuestra humanidad. Fuimos creados en Cristo y por su pasión y su cruz Dios nos ha perdonado los pecados y nos ha otorgado, por el derramamiento de la sangre de Cristo, la justificación que nos da acceso a la participación del Espíritu con el que Jesús fue ungido. Esta participación del Espíritu de Cristo nos abre a la acción de santificación del Espíritu Santo, señor y dador de vida, que procede del Padre y el Hijo.

Es así, en la misión de Cristo y en su persona divina, acontecimiento de revelación y de gracia, Dios ha ofrecido al mundo el camino de la salvación. Todos los cristianos somos por esto configurados místicamente con la persona de Cristo y hechos partícipes de su misión mediante la recepción de los sacramentos de la iniciación cristiana. Así es, en verdad, como, purificados y regenerados por el agua y la acción del Espíritu Santo en el bautismo y la confirmación, los que han sido hechos miembros de Cristo mediante su ingreso en la Iglesia, que es su Cuerpo místico, reciben en modo singular la vida divina que les llega por la participación eucarística del Cuerpo y Sangre del Señor.

La iniciación cristiana es, en consecuencia, la meta y el objetivo, y al mismo tiempo el reto pastoral de toda la acción evangelizadora de la Iglesia. La bendición de los santos oleos y consagración del crisma que vamos a realizar en el desarrollo y colación de esta misa crismal, es acción sagrada en la cual se manifiesta el ser sacramental de la Iglesia, y por medio del sacramento de la Iglesia cuantos vienen a la fe son hechos partícipes de la unción de Cristo, alcanzando cada uno de los creyentes en él la meta de la acción evangelizadora: la participación en Cristo de la vida divina.

La evangelización es anuncio de Jesucristo como revelación de Dios y salvación del mundo, para que mediante el conocimiento del Hijo de Dios todos tengan acceso al Padre. Desconocer a Jesús es cerrarse el camino al conocimiento del Padre. Es Jesús quien habla de sí mismo como mediador del acceso a Dios en términos de conocimiento. Dirigiéndose a sus adversarios, dice Jesús: “Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre” (Jn 8,19); y respondiendo a la pregunta de Tomás, que le pide les muestre al Padre, Jesús añade la noche de la despedida: “Yo soy el Camino, al Verdad y la Vida. / Nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14,6). Y a Felipe le responde: “El que me ha visto a mí ha visto al Padre” (Jn 14,11).

El conocimiento de Cristo viene del anuncio del Evangelio, que sólo puede ser llevarse a cabo siempre que haya mensajeros: “¿Cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Cómo creerán en aquel a quien no han oído? ¿Cómo oirán sin que se les predique? Y ¿cómo predicarán si no son enviados?” (Rom 10,14-15). La misión del apóstol es llevar el conocimiento de Cristo al mundo. Misión de los ministros de la Palabra es el anuncio de Cristo y prolongar y perfeccionar el proceso de conocimiento de Cristo de cuantos vienen a la fe como medio de llegar al conocimiento del Dios único y verdadero en el cual consiste la vida eterna, según las palabreas de Jesús: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo” (Jn 17,3). Los sacerdotes, ayudados por los diáconos y los catequistas, con la especial colaboración de padres y maestros cristianos, no pueden renunciar a llevar personalmente, siguiendo las orientaciones del Obispo, la acción catequística de la Iglesia. Los sacerdotes son los responsables de la instrucción en la doctrina cristiana de los niños y adultos que se inician en la fe, y son ellos, de consuno con el Obispo, los llamados a guiar la introducción en la experiencia de la fe y la plena integración de los creyentes en la Iglesia.

Damos gracias a Dios que ha querido bendecirnos con las vocaciones sacerdotales y al diaconado permanente. Estas últimas, las vocaciones al ejercicio permanente del diaconado, nos darán los ministros que han de asociarse a la misión evangelizadora del Obispo y del presbiterio diocesano, para prolongar la acción evangelizadora y santificadora de la Iglesia. Esta acción eclesial es la que ha de llevar a la unción con los santos oleos y la crismación de nuestros catecúmenos y, sobre todo, de los niños que el Señor agregará a su Iglesia gracias a la labor catequística y sacramental de la educación en la fe de la infancia y de la adolescencia, que tiene su culminación en la recepción de la Eucaristía.

En una sociedad ampliamente influida por la visión católica de la vida humana, a pesar de la hostilidad que algunos muestran hacia la fe cristiana y la beligerancia de la ideología laicista, no podemos cejar, queridos sacerdotes y diáconos, en el empeño y la tarea de la educación en la fe de los niños, adolescentes y jóvenes, en la que contamos con la ayuda de tantos religiosos y religiosas y de tantos seglares comprometidos con la acción evangelizadora y catequística de la Iglesia. Es un gran reto, ciertamente, indisociable de la acción pastoral con las familias cristianas y con aquellas otras más alejadas de la Iglesia, ya por razones de apartamiento de la fe o que se han visto llevadas a este apartamiento de la vida de la Iglesia por la situación anómala en la que se han visto envueltos los cónyuges. En este sentido, la iniciación cristiana de los niños, que, con tanta frecuencia, solicitan de la Iglesia padres que se hallan en situaciones irregulares, es también un medio que la providencia de Dios nos ofrece para llevar de nuevo el mensaje de salvación del Dios misericordioso, que no nunca deja a sus hijos sin el amor redentor que recupera la vida aparentemente perdida del hombre.

La Iglesia acoge la Palabra de Dios, que el Espíritu Santo hace fructificar en ella y, por medio de ella en cada uno de los destinatarios del mensaje de salvación que Cristo le ha entregado para ser proclamado al mundo. La exhortación apostólica postsinodal del Papa Verbum Domini contempla la acción de la Palabra de Dios en la Iglesia en el sentido en que la Iglesia, por ser portadora de la Palabra, se convierte en el medio sacramental por el cual Cristo se hace contemporáneo de cada generación y de todo hombre. Recuerda el Papa en su exhortación las palabras de su predecesor en encíclica Veritatis splendor, que afirmaba cómo «la contemporaneidad de Cristo al hombre de cada época se realiza en el cuerpo vivo de la Iglesia» (Juan Pablo II, Carta encíclica Veritatis splendor, n.25), ya que la acción en ella del Espíritu Santo tiene la misión de activar el recuerdo de la palabra de Cristo que, por medio de la Iglesia se convierte en «el principio fontal de una vida nueva para el mundo» (ibid.). Es imposible soslayar la presencia de Cristo en la Iglesia, porque la Iglesia es obra de Cristo y rechazar a la Iglesia es rechazar a Cristo.

La Palabra de Dios, recuerda Benedicto XVI en la última exhortación postsinodal tiene un lugar privilegiado en la acción litúrgica de la Iglesia. El gran empeño del Santo Padre Benedicto XVI por recuperar la ejecución genuina de la liturgia y la belleza en la celebración responde a esta consideración de la liturgia como ámbito de la presencia de la palabra de salvación hecha carne que es Cristo. En la liturgia, su propia naturaleza sacramental, la acción de Cristo en su Iglesia acontece mediante gestos y ritos que expresan y significan la acción de salvación que el anuncio del Evangelio proclama. De ahí la importancia de celebrar y vivir la liturgia como presencia de la Palabra de Dios en la Iglesia y acción de salvación. Por eso, añade el Papa a propósito de la presencia divina en la acción litúrgica: «En efecto, la Iglesia siempre ha sido consciente de que, en el acto litúrgico, la Palabra de Dios va acompañada por la íntima acción del Espíritu Santo, que la hace operante en el corazón de los fieles (…) Así, pues, es necesario entender y vivir el valor esencial de la acción litúrgica para comprender la Palabra de Dios» (Benedicto XVI, Exhortación apostólica postsinodal Verbum Domini, n.52).

La iniciación cristiana es, al mismo que iniciación catequística en la doctrina de la fe, iniciación sacramental, y por eso hemos de hacer un gran esfuerzo por introducir en la acción litúrgica a los niños, igual que a los catecúmenos. La explicación del desarrollo ritual de la santa Misa y de la práctica sacramental cristiana, acompañando su introducción en la oración personal y comunitaria, es parte sustancial de la acción del ministro de la Palabra y de la catequesis, para que llegue a su meta la transmisión de la fe y la acción evangelizadora de la Iglesia.

Los ritos sagrados de la litúrgica del Triduo pascual expresan de modo singular el misterio de Cristo presente en la acción litúrgica de cada domingo. Toda la comunidad cristiana se reúne el día del Señor para la acción litúrgica dominical, en la cual Cristo se hace presente para seguir salvando al mundo por medio de la Palabra de Dios y del sacramento de la Eucaristía, por cuyo medio el Espíritu Santo santifica al pueblo sacerdotal que formamos todos los bautizados en Cristo. Se comprende que el Vaticano II pudiera decir que «toda celebración litúrgica, como obra de Cristo sacerdote y de su cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencias cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo gado, no iguala ninguna otra acción de la Iglesia» (Vaticano II: Constitución sobre la sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium, n.7).

La Iglesia, nuevo pueblo de Dios, injerto en el pueblo de la elección de nuestros padres, por designio divino es un pueblo todo él sacerdotal, en el cual se cumple la profecía de Isaías: “Vosotros os llamaréis «Sacerdotes del Señor»; dirán de vosotros: «Ministros de nuestro Dios»” (Is 61,6a). ¿Cómo no evocar las palabras de Dios a Moisés: “Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa” (Ex 19,6). Palabras que serán aplicadas a la comunidad de los bautizados por san Pedro, para señalar cuál es la acción a la que la nueva condición de redimidos, miembros de la comunidad de los santos, convoca a los bautizados: “Pero vosotros sois linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, para anunciar las alabanzas de Aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 Pe 2,9).

Queridos hermanos y hermanas, la liturgia de este día expresa de modo admirable esta condición sacerdotal de la Iglesia: que estos ritos sagrados que hoy realizamos nos introduzcan nos introduzcan en las celebraciones del Triduo pascual, en el cual se actualiza la obra de nuestra redención realizada por él mediador único entre Dios y los hombre, el único sacerdote y Obispo de nuestras almas, Jesucristo nuestro Señor. Que su Madre santísima, asociada por designio de Dios a la misión del Redentor interceda por nosotros y nos ayude a llevar a nuestra sociedad y a vivir en ella el misterio de la fe que celebramos.

Lecturas bíblicas: Is 61,1-3.6.8-9

   Sal 88, 21-22.25.27

            Ap 1,5-8

   Lc 4,16-21

 

S. A. I. Catedral de la Encarnación

Almería, a 20 de abril de 2011

Miércoles Santo

                                                                                  + Adolfo González Montes

                                                                              Obispo de Almería

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