IV Domingo de Cuaresma

Queridos hermanos sacerdotes, religiosas, seminaristas y laicos; Queridos hijos que hoy recibís el sagrado orden del Diaconado:

“Festejad a Jerusalén  (…) alegraos de su alegría los que por ella llevasteis luto” (Is 66,10-11).  La antífona de entrada nos invita a sumarnos a la alegría de Jerusalén, porque el Señor vuelve a la ciudad santa después del destierro. El profeta Isaías invita al gozo y al regocijo que suscita el retorno de Jerusalén a la libertad después de haber sido cautiva. En la cautividad de Jerusalén y en su restauración Dios ofrece a su pueblo un signo de la salvación. Este domingo llamado tradicionalmente de «Laetare» o domingo de la alegría, colocado ya cerca de la celebración de los misterios de la pasión de Cristo, ofrece a los cristianos el símbolo de la ciudad santa, en el cual se anuncia la muerte y resurrección del Señor y el paso así de la esclavitud de Egipto, primero, y del destierro de Asiria, después, a la libertad de la tierra prometida y a la Jerusalén restaurada. Si el camino que conduce hasta la cruz de Jesús es una vía dolorosa, la cruz no es el término de esta vía sino la resurrección, la Pascua de Cristo y su glorificación junto al Padre. Este es el fundamento de la alegría a la que invita la antífona de entrada.

El Señor resucitado y glorioso es el que ha enviado a sus apóstoles a la proclamación del Evangelio de la vida y de la alegría, y es él quien guía a su Iglesia; y no la deja de su mano, conducida por él “en medio las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios” (San Agustín, De Civ. Dei XVIII 51,2: PL 41,614; cf. Vaticano II: Const. dogm. Lumen gentium, n.8). Es el Resucitado, queridos hijos que vais a ser ordenados diáconos, quien os ha elegido y, como a David, os ha sacado de estar tras el rebaño de vuestras aspiraciones humanas, para enviaros hoy a anunciar la palabra de la salvación. Algunos de vosotros habéis dejado profesión y un futuro prometedor. Los ordenandos más jóvenes ofrecéis hoy a Cristo la frescura de vuestro corazón sin estrenar y todos habéis puesto al servicio de Cristo vuestra vida.

El Señor ha querido llamaros a unos para que le sigáis como partícipes del ministerio sacerdotal que le confió el Padre para la redención del mundo y la santificación, y os ha llamado a otros, para que ejerzáis como diáconos permanentes al servicio del Evangelio, como ministros de la Palabra, del altar y de la caridad. Los que habéis sigo llamados al ejercicio permanente del diaconado, llegáis a él con el consentimiento de vuestras esposas y familia, que apoyan vuestro compromiso eclesial como forma de su compromiso personal de bautizados en Cristo y miembros vivos de la Iglesia. Los dos venís equipados con la con experiencia de la vida, que ahora ponéis al servicio de Cristo como testigos de la caridad de Dios ante los hombres. Vuestra incorporación al clero diocesano representa una contribución de apoyo al ministerio del Obispo y de los presbíteros, que llevaréis a cabo mediante el ejercicio de un ministerio específico y propio: la proclamación del Evangelio, y su extensión en la predicación y la catequesis. Como servidores del altar, se os encomienda la sagrada Comunión, que habréis de repartir a los fieles y llevar a los enfermos, el culto eucarístico y la formulación de las súplicas y preces de la asamblea litúrgica. Como testigos y ministros de la caridad de la Iglesia, se os encomienda la atención especial de los más necesitados y de los pobres, y el particular cuidado de los bienes de la Iglesia. Podréis bautizar como ministros ordinarios del sacramento del agua y del Espíritu; asistir en nombre de la Iglesia a las uniones matrimoniales y bendecirlas en nombre de Cristo. Se os confía asimismo la convocación de la asamblea para el culto cristiano en ausencia del presbítero y, entre los sacramentales que podréis realizar, la Iglesia os faculta para bendecir en nombre de Cristo, y para encomendar a Dios a los fieles difuntos y celebrar las exequias.

Por vuestra parte, vosotros, queridos seminaristas, ejerceréis de forma transeúnte o transitoria este ministerio del diaconado, pues vuestra meta es el ministerio sacerdotal y el ejercicio en un día ya cercano del presbiterado. Hasta que llegue ese momento contribuiréis, según mandato del Obispo, a aliviar también la carga pastoral de los sacerdotes mediante el ejercicio del diaconado, que habrá de serviros sobre todo, y en vuestro caso, para mejor acceder al sacerdocio. Por esta razón, a vosotros, ahora que al recibir el diaconado accedéis ya al estado clerical, se os exige la promesa del celibato de por vida y la consagración plena de vuestro corazón a Cristo, para que identificados con él podáis ejercer pronto el ministerio sacerdotal como imagen viva de Cristo Esposo de la Iglesia. El ejercicio permanente del diaconado pueden ejercerlo varones tanto célibes como casados, pero para el ejercicio del presbiterado la Iglesia latina selecciona sus candidatos de entre aquellos que han recibido el don del celibato y hacen de la consagración de vida un modo de identificación con Cristo. Este don admirable configura al sacerdote plenamente con Cristo mediante la en totalidad a voluntad de Dios Padre y a la causa del reino de los cielos.

Queridos hermanos en el Señor e hijos muy amados, si a todos los cristianos Cristo les pide que sean luz y sal de la tierra, con vosotros cuenta de un modo singular para iluminar el mundo y disipar las tinieblas que lo envuelven. Este cuarto domingo de Cuaresma es conocido como el domingo del evangelio del ciego de nacimiento. Hemos escuchado la narración del evangelio según san Juan y en ella Cristo se presenta como la luz del mundo. El ministerio ordenado prolonga y representa la misión de Cristo como luz del mundo. La iluminación del hombre llega con el conocimiento de Cristo y la conversión a él, por eso el bautismo fue concebido por los santos Padres de la antigüedad cristiana como verdadera iluminación de los catecúmenos. La palabra proclamada abre el entendimiento del hombre a la verdad divina que Cristo revela y en él se manifiesta; y la unción con el santo Crisma otorga el Espíritu de la santificación que con sus dones y carismas transforma el alma de los recién bautizados. Por eso, san Pablo dice a los cristianos de Éfeso que han venido a la fe: “En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz (toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz) buscando lo que agrada al Señor” (Ef 5,8).

Es el evangelista san Juan quien da cuenta del designio de Cristo, luz del mundo que quisieron anular las tinieblas del hombre marcado por el pecado y envuelto sobre su propia oscuridad. El mundo al que sois enviados parece haber rechazado la luz divina y no reconocer otra luz que la luz artificial con que puede alumbrar sus propias obras. Este rechazo de la luz de Cristo es el resultado de la maldad del mundo que rechaza aquella iluminación que descubre el mal que los hombres realizan sin poder soportar ser descubiertos como hacedores del mal. Olvidar o desconsiderar esta realidad es tanto como renunciar a proclamar la verdad e iluminar el mundo con la verdad de Dios que se revela en Cristo.

La evangelización no es otra cosa que dar a conocer la verdad de Cristo y la iluminación que esta verdad produce del misterio del hombre y del mundo; porque, en palabras conocidas y citas con reiteración del Vaticano II, «el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado» (Vaticano II: Const. past. Gaudium et spes, n.22a). El Concilio  da la razón de esta iluminación del misterio del hombre por Cristo declarando: «El hijo de Dios con su encarnación, se ha unido, en cierto modo,  con todo hombre. Trabajó con sus manos, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros excepto en el pecado» (GS, n.22b).

Es muy difícil entender cómo en se puede rechazar a Cristo después de haberle conocido e incluso amado, haber recibido el agua bautismal, haberse acercado a la mesa de su Cuerpo y Sangre contemplando la imagen suprema de amor de Aquel que por nosotros extendió sus brazos en la cruz para que pudiéramos sentir el abrazo de Dios que salva y nos recobra de la miseria del pecado y de la muerte. ¿A quién puede molestar esta imagen del amor capaz de la entrega total por la vida de aquellos que han sido amados? Una sociedad como la nuestra, iluminada por la fe cristiana a lo largo de la historia dio misioneros al mundo que llegaron a los cuatro puntos cardinales de la tierra. Esta sociedad se aleja hoy de sus raíces cristianas y, por esto, reclama un esfuerzo de nuestra parte de nueva evangelización. Estamos llamados a llevar de nuevo el Evangelio a nuestras sociedades históricamente cristianas, hasta provocar en el hombre contemporáneo, tentado ideológicamente de una cristofobia suicida e irracional, aquel interrogante que toca el alma de quien es interpelado por Cristo, como lo fue el ciego de nacimiento, curado por Jesús de su ceguera. Expulsado de la sinagoga, Jesús encontró a aquel hombre, al que en realidad no conocía, pero cuya virtud divina intuía por sus obras; y Jesús le dijo: “¿Crees tú en el Hijo del hombre? Él contestó: ¿Y quién es, Señor, para que yo crea en él? Jesús le dijo: Lo estás viendo: el que te está hablando ese es. Él le dijo: Creo, Señor. Y se postró ante él” (Jn 9,35-38).

Hoy damos gracias a Dios porque ha querido regalarnos el don admirable de vuestro ministerio, nosotros os encomendamos a Cristo, Pastor único de nuestras vidas, para que él logre en vuestras almas el troquelado de su imagen de Diácono del Padre, “que no a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos” (Mc 10,45). Os encomendamos a la Madre del Redentor, para que por su intercesión sigáis las huellas del ejerció la mayor caridad, que consiste en dar la vida por aquellos a quienes se ama. Juan Pablo II, de cuya muerte se cumplen ahora seis años en espera de su pronta beatificación, nos recordó que la mediación de María, subordinada a la única mediación de Cristo, alcanza a todos los hombres de todos los tiempos; pues, «con la muerte redentora de su Hijo, la mediación materna de la esclava del Señor alcanzó una dimensión universal, porque la obra de la redención  abarca a todos los hombres» (Juan Pablo II, Carta encíclica Redemptoris Mater, n.40a). Vosotros, queridos ordenandos, habéis sido llamados a servir a esta obra única de redención. En este servicio que la Iglesia os confía  contáis con la ayuda de la Santísima Virgen. Que Nuestra Señora custodie vuestra vocación y os mantenga fieles a su divino Hijo.

Lecturas bíblicas: 1 Sam  16,1.6-7.10-13

      Sal 22, 1-6

                    Ef  5,8-14

                    Tracto Jn 8,12

                    Jn 9,1-41

En la Catedral de la Encarnación

Almería, a 3 de abril de 2011

 

                                                                       +Adolfo González Montes

                                                                            Obispo de Almería

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